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Aunque el cambio
climático es un fenómeno
complejo, difícil de
entender y de valorar,
desde un elemental
sentido común, cabría
esperar que, a medida
que la ciencia produce
análisis más
concluyentes y los
medios de comunicación
tratan la cuestión con
mayor amplitud y rigor,
la gente tenga una
perspectiva más cabal
sobre el fenómeno; y se
plantee actuar en
consecuencia. Sin
embargo, los estudios
que analizan las
reacciones de la gente
ante el cambio climático
aportan resultados que
parecen desafiar esta
lógica elemental.
Negacionistas
En 2010 vieron la luz
diversos estudios
sociológicos relativos
al cambio climático. Por
ellos sabemos que, en
muchos países
occidentales, sigue
habiendo un
significativo porcentaje
de personas que
consideran que el cambio
climático no está
ocurriendo o que
rechazan elementos clave
de su interpretación
científica, al descartar
cualquier influencia
humana en el fenómeno o
negar sus consecuencias
negativas o su
peligrosidad.
En Estados Unidos, los
estudios elaborados por
el Programa de Cambio
Climático de la
Universidad de Yale1,
concluyen que el
porcentaje de
negacionistas se duplicó
en apenas dos años,
hasta alcanzar el 20%.
En Reino Unido en 20102,
ante la pregunta “¿Cree
usted que el clima
mundial está cambiando?”
un 78% respondió
afirmativamente, frente
a un 15% que respondió
negativamente. Cinco
años antes, frente a la
misma pregunta, los
porcentajes fueron del
91% y el 4%
respectivamente, lo que
significa que el número
de encuestados que
niegan el fenómeno se
habría triplicado.
En Alemania, una
encuesta realizada para
el semanario Der
Spiegel3
incluyó la cuestión
siguiente: “Los
científicos del clima
predicen que, a largo
plazo, la tierra será
cada vez más cálida.
¿Considera que esta
previsión es fiable?”.
Dos tercios de los
encuestados (66%)
respondieron
afirmativamente, pero
cerca de un tercio (31%)
respondió de forma
negativa. Todo un récord
en un país conocido por
su
importante movimiento
verde.
En España, una
demoscopia hecha también
en 2010 ha revelado que
los que niegan el
fenómeno constituyen
cerca del 9%, mientras
que los que declaran no
saber suman otro 11%4.
Algunas perspectivas
para analizar el
negacionismo climático
El fenómeno del
negacionismo y su auge,
a contracorriente de la
ciencia del clima, ha
sido analizado desde
diversas perspectivas,
entre las que destacan:
1- La perspectiva
psicológica
Los humanos tenemos una
habilidad probada para
rechazar la información
que nos resulta incómoda
o amenazante. De hecho,
la negación puede
considerarse una manera
habitual de abordar
problemas y conflictos5.
Corsini6 la
define como “un
mecanismo de defensa
consistente en una
ceguera inconsciente y
selectiva que protege a
una persona de afrontar
hechos y situaciones
intolerables”.
Los análisis sobre la
negación realizados
desde campos como la
psicología o la
filosofía moral
coinciden en atribuirle
una función
autoprotectora.
Paradójicamente este
mecanismo autoprotector
puede impedir que
prestemos la atención
necesaria a potenciales
amenazas a nuestro
bienestar, en este caso
las derivadas del
calentamiento global y
los cambios en el clima.
2- La perspectiva
informativa
Los medios de
comunicación
(principalmente prensa,
radio y televisión) y la
publicidad comercial son
las principales fuentes
a través de las cuales
la gente recibe
información sobre el
cambio climático en los
países occidentales. En
este sentido, diversos
autores han señalado la
existencia de sesgos
informativos que, a su
vez, han influido en las
percepciones sociales
sobre el cambio
climático. En esta
línea, es todo un
clásico el trabajo.
El equilibrio como sesgo7,
que defiende que, en un
afán por mantener un
cierto equilibrio entre
posiciones, sin
considerar que su
representatividad y
rigor no son
equivalentes, los medios
de comunicación de masas
han dado una visibilidad
inmerecida a las
perspectivas escépticas.
Otros estudios revelan
que, en ocasiones, la
visibilidad dada a las
visiones escépticas ha
tenido un componente
ideológico, siendo la
prensa conservadora
anglosajona
especialmente proclive a
difundir ideas
negacionistas8 y 9.
3- La perspectiva
educativa
Como si de un fenómeno
meteorológico se
tratara, cada año, con
la llegada del frío y de
la nieve, reaparecen en
los medios de
comunicación los
comentarios
negacionistas que
utilizan los datos del
tiempo para poner en
entredicho el fenómeno
del cambio climático.
Por ejemplo, los chistes
de nevadas que se mofan
del calentamiento global
son todo un clásico en
EE.UU. Es evidente que
estos argumentos
negacionistas, basados
en la confusión entre
los conceptos de tiempo
y clima, no tendrían
ningún predicamento en
sociedades con una
cultura científica
solvente. Pero pueden
hacer fortuna ante una
población poco formada y
deseosa de descartar una
causa más de
preocupación.
La inadecuada
comprensión de la
naturaleza de la ciencia
también alimenta
malentendidos y es
aprovechada por los
lobbies negacionistas
para sembrar dudas. La
cuestión de la
incertidumbre asociada
al conocimiento
científico ha sido
especialmente explotada
en este sentido10.
4- La perspectiva
política
En EE.UU., en 1997, los
porcentajes de
ciudadanos que apoyaban
la idea de que el
calentamiento global era
una realidad, eran muy
similares entre
republicanos y
demócratas (48 y 52%
respectivamente). Sin
embargo, las diferencias
han ido aumentando y en
2008 esos porcentajes
eran del 42 y 76%11.
Las discrepancias
también afectan a otras
cuestiones como la
percepción de que la
importancia del
problema del cambio
climático está siendo
exagerada por la prensa
(42 puntos de diferencia
entre republicanos y
demócratas) o la
causalidad humana del
cambio (32 puntos de
diferencia). George
Marshall12
hace notar el peligro
que encierra convertir
el cambio climático en
una cuestión de
identidad partidista:
“Si la incredulidad
respecto al cambio
climático se convierte
en un rasgo de identidad
política, es mucho más
probable que sea
compartida entre
personas que se conocen
y se tienen confianza
mutua arraigándose cada
vez más y haciéndose más
resistente a los
argumentos externos”. En
España, en una
demoscopia realizada en
201013, un
89% de los votantes del
PSOE y un 76% entre los
votantes del PP se
mostró “de acuerdo” o
“muy de acuerdo” con la
idea que “se está
produciendo un cambio
climático”. Un elemento
positivo que puede
extraerse de estos
resultados es que tres
de cada cuatro votantes
conservadores cree que
el cambio climático es
una realidad. Sin
embargo, la encuesta
detecta una distancia de
13 puntos entre votantes
socialistas y populares,
lo que resulta
preocupante.
Aunque el negacionismo
climático, en su sentido
más estricto (negación
de la existencia del
fenómeno o de su
causalidad humana) no es
mayoritario entre la
ciudadanía, es evidente
que desafía las
estrategias clásicas de
la comunicación, la
educación o la
divulgación científica,
ya que las evidencias y
los datos aportados se
estrellan contra un muro
de rechazo. Por otra
parte, el hecho de que
la mayoría de los
ciudadanos se sitúen
fuera de este
negacionismo formal no
supone que reconozcan
adecuadamente el
fenómeno, ni mucho menos
que actúen ante él de
forma consecuente con lo
que piensan o saben.
Refractarios
Una reacción frecuente
ante los mensajes sobre
cambio climático es
ignorarlos. El rechazo a
informarse activamente o
a hablar sobre el tema,
las actitudes de
desinterés o
indiferencia pueden ser
indicadores de esta
respuesta. No saber, no
entender, nos evita
padecer (“ojos que no
ven, corazón que no
siente”) y, también, nos
exime de la obligación
moral de reaccionar. En
castellano contamos con
numerosas frases hechas
para hacer referencia a
esa ignorancia
deliberada ante temas
que nos resultan
inconvenientes o
espinosos: “seguir la
política del avestruz”;
“mirar para otro lado”,
“no querer ver”...
Algunos investigadores
han resaltado que esta
actitud refractaria
puede ser consciente y
voluntaria (como cuando
cambiamos de canal en la
televisión para evitar
escenas o noticias
desagradables), pero a
veces no somos
enteramente conscientes
de esa desconexión o
bloqueo.
En este sentido, algunos
autores han descrito
estados mentales, o
incluso culturas, en las
que domina un ambiguo
“saber, pero no saber”
que nos mantiene en una
cierta ignorancia14.
Kari Marie Norgaard15
hace notar que, dado que
ignorar lo obvio puede
suponer un esfuerzo
importante “las
sociedades desarrollan y
refuerzan un completo
repertorio de técnicas o
herramientas para
ignorar los problemas
que resultan
inquietantes”. Esta
investigadora noruega
pone el ejemplo de una
comunidad, estudiada a
través de grupos de
discusión, que contaba
con información
accesible sobre el
calentamiento global,
pero en la que operaban
una serie de mecanismos
sociales, como normas
culturales de atención,
emoción y conversación,
y en la que existían una
serie de relatos
culturales orientados a
desviar la atención de
los temas incómodos o
inquietantes y
normalizar una visión de
la realidad en la que se
considera que todo va
bien.
El desinterés por la
cuestión del cambio
climático también puede
ser alimentado por la
impresión de que se
trata de un problema que
no tiene una solución
sencilla o inmediata. Ya
lo dice el proverbio:
“Si no tiene solución,
entonces no es un
problema”. Y, por tanto,
no merece la pena
preocuparse.
Inconsecuentes
A pesar de todo, hay
gente que entiende cada
vez mejor el fenómeno
del cambio climático,
reconoce en lo esencial
sus causas y sus
consecuencias y
comprende su gravedad.
Pero ser consciente de
su importancia, incluso
reconocer la necesidad
de actuar para
mitigarlo, no implica
actuar de forma
responsable. Los
inconsecuentes parecen
optar por ignorar las
consecuencias del
fenómeno, continuando
con las formas
tradicionales de hacer.
Esta respuesta no es
extraña: existen
numerosas evidencias
empíricas que indican
que los humanos no nos
comportamos
necesariamente de forma
coherente con lo que
sabemos o pensamos. Pero
la amplitud de la
inconsecuencia climática
evidencia que existen
barreras significativas
que dificultan que el
conocimiento y la
sensibilidad se
traduzcan en acciones
responsables. A
continuación resumimos
algunas de esas barreras16:
La percepción del coste
de la acción
responsable. Las
actitudes positivas
hacia el medio ambiente
se expresan a menudo en
comportamientos de bajo
coste (en la esfera de
lo personal, por
ejemplo, sustituir las
lámparas incandescentes
por modelos de bajo
consumo o colaborar con
los programas
municipales de
reciclaje). Sin embargo,
se expresan con menor
frecuencia en
iniciativas consideradas
de alto coste (por
ejemplo, dejar de
utilizar asiduamente el
automóvil o de adquirir
productos exóticos).
La percepción de
insignificancia de
nuestras acciones. Dada
la magnitud del fenómeno
del cambio climático, la
contribución de una
persona o una
institución es
frecuentemente percibida
como más insignificante:
¿De qué sirve cambiar el
coche por la bici o
acometer reformas en el
hogar para mejorar su
eficiencia energética si
estas iniciativas no son
seguidas por la mayoría?
¿Qué utilidad tiene el
que mi organización
cambie su sistema de
producción por otro más
limpio si los demás no
lo hacen?
Las incertidumbres
relativas al fenómeno y
su evolución futura. La
existencia de
incertidumbres tiene un
efecto desmovilizador en
la gente. ¿Cómo voy a
emprender cambios
sustanciales si no tengo
absoluta certeza sobre
cuál será la gravedad
futura del problema o
los efectos que
producirán mis acciones?
¿No será preferible
esperar hasta que
tengamos datos más
precisos?
La dilución de nuestras
responsabilidades. Es
probable que los gases
quemados en occidente en
el siglo pasado hayan
contribuido a la notable
intensidad del último
ciclón tropical sufrido
en Bangladesh. En
cualquier caso, la
distancia, espacial y
temporal, entre las
acciones que causan el
cambio climático y sus
efectos provoca que
nuestra sensación de
responsabilidad se
diluya notablemente.
Además, la atmósfera es
una gran bolsa común a
la que van a parar todas
las aportaciones y
resulta imposible
diferenciar las propias
de las ajenas, o
relacionarlas de forma
específica con impactos
definidos.
Contextos difíciles. Los
ciudadanos vivimos
habitualmente en
contextos de alta
energía. La
configuración del
urbanismo, con una
creciente segregación de
los espacios
residenciales, laborales
y de ocio y servicios y
el paso de las ciudades
compactas a las ciudades
extendidas, son ejemplos
de unos contextos
vitales que han
multiplicado nuestras
necesidades de movilidad
motorizada y, por tanto,
de energía. En estos
contextos muchas veces
resulta difícil que,
incluso las personas y
organizaciones más
sensibilizadas, puedan
traducir su sensibilidad
y su capacitación en
formas de hacer bajas en
carbono.
Pesimismo informado.
Algunos autores asocian
la inacción no tanto al
egoísmo o la falta de
información como a la
desesperanza y la
frustración. En palabras
de Immerwahr17
“nuestra investigación
sugiere que sobre lo que
la gente resulta ser más
escéptica no es sobre la
existencia del problema
sino sobre nuestras
habilidades para
resolverlo”. Desde esta
perspectiva, muchos
inconsecuentes serían
personas abrumadas por
la formidable dimensión
del problema,
conscientes de la gran
dificultad de atacar de
forma efectiva a sus
causas e inseguras sobre
el camino a seguir.
Algunas propuestas ante
el reto de la
comunicación del cambio
climático. La negación,
la ignorancia activa o
la inconsecuencia son
respuestas comunes ante
las informaciones que
recibimos, no solo en
relación con el cambio
climático, sino también
sobre otras cuestiones
espinosas. ¿Quién no se
ha resistido alguna vez
a “rendirse ante la
evidencia” cuando los
hechos apuntaban en una
dirección indeseada?
¿Quién no ha decidido en
algún momento que no
quiere ver o saber más?
¿Cuántas veces nuestras
formas de hacer o
nuestras decisiones
resultan contradictorias
con lo que sabemos o lo
que pensamos?
Negacionistas,
refractarios e
inconsecuentes ponen en
entredicho ideas
simplistas, pero muy
extendidas, en relación
con la sensibilización
pública. Como la idea de
que la falta de
sensibilidad y
respuestas responsables
se debe, básicamente, a
un problema de falta de
información.
La negación, la
ignorancia activa o
inconsecuencia nos
permiten entrever el
formidable reto personal
y social que supone
reconocer el cambio
climático y reaccionar
ante él de forma
adecuada. Pero su
análisis también está
proporcionando algunas
claves útiles para
plantear (o replantear)
la comunicación del
fenómeno. A este
respecto, presentaremos,
de forma breve, algunas
propuestas:
- Mostrar salidas
posibles. Si la
percepción del cambio
climático como un
proceso sin solución es
profundamente
desmovilizadora, es
obvio que debemos
otorgar visibilidad a
las soluciones posibles.
- Mostrar las ventajas
de los cambios
propuestos. Dado que el
miedo a las
consecuencias de la
lucha contra el cambio
climático es uno de los
alimentos de la
negación, parece
estratégicamente
importante resaltar las
ventajas asociadas a las
políticas para
combatirlo.
- Evitar encasillar el
cambio climático como
cuestión tecnocientífica.
Los discursos con una
excesiva carga
científica pueden ser
percibidos como
elitistas y arrogantes y
crear la falsa impresión
de que estamos ante un
problema que es,
esencialmente, de
naturaleza científica.
Esto puede traducirse en
reacciones de desinterés
por parte de aquellos
que no se ubican en esos
campos, además de crear
barreras entre los que
saben y los que no
saben, dificultando que
todos contribuyamos a
las soluciones.
- Evitar encasillar el
cambio climático como
cuestión ambiental.
Ciertamente, el cambio
climático constituye una
formidable amenaza para
la naturaleza. No
obstante, el cambio
climático no debería ser
considerado como un
problema ambiental
(entendiendo ambiental
en su acepción más
estrecha, pero también
la más reconocida
socialmente que se
asocia a pájaros y
flores). La razón es que
este marco facilita que
un amplio sector de la
sociedad se desvincule
del problema18.
- Asociar aprendizaje y
acción responsable. La
creación de comunidades
y redes orientadas a
impulsar cambios en la
práctica19,
basadas en la
comunicación entre
iguales y el aprendizaje
a través de la acción
(aprender haciendo),
hace más fácil romper la
barrera entre saber y
hacer y aporta a los
participantes la
necesaria capacitación
para construir
respuestas sociales.
Notas y referencias:
- Una versión de este
artículo fue preparada
para el seminario
“Biodiversidad, cambio
climático,
desertificación y lucha
contra la pobreza:
cuatro grandes retos,
una solución global”
Madrid 22-24 de
septiembre de 2010,
organizado por la
Fundación IPADE.
1. Leiserowitz, A.,
Maibach, e., &
Roser-Renouf, C. (2010).
Climate change in the
American Mind:
Americans’ global
warming beliefs and
attitudes in January
2010. Yale University
and George Mason
University. New Haven,
CT: Yale Project on
Climate Change.
http://environment.yale.edu/uploads/AmericansGlobalWarmingBeliefs2010.pdf
2.
Spence, A. et Al.
(2010).
Public Perceptions of
Climate Change and
Energy Futures in
Britain: Summary
Findings of a Survey
Conducted in
January-March 2010.
Technical Report
(Understanding Risk
Working Paper 10-01).
Cardiff: School of
Psychology.
3. Der Spiegel (2010).
Spiegel-umfrage.
Deutsche verlieren Angst
vor Klimawandel. En:
http://www.spiegel.de/wissenschaft/natur/0,1518,685946,00.html
(Publicado en Spiegel on
line 27.03.2010).
4. meira, P. (Coord.)
(en prensa).
5. Opotow, S. Y weiss,
L.
(2000). “Denial and the
process of moral
exclusion in
environmental conflict”.
Journal of Social
Issues, Vol 56, 3:
475-490 (página 479)
6. Corsini, R.J. (1999).
The Dictionary of
Psycology. Philadelphia:
Bruner/Mazel
7. Boycoff, M.T. &
Boycoff, J.M. (2004).
“Balance as bias: global
warming and the US
prestige press”. Global
Environmental Change, 14
(2004) 125-136.
8. Gavin, N.T. (2009).
“Adressing climate
change: a media
perspective”.
Environmental Politics,
Volume 18, Issue 5: 765
– 780.
9. Existen evidencias de
que algunos informadores
han recibido
instrucciones orientadas
a asegurar la
visibilidad de las
perspectivas
negacionistas en sus
reportajes. La cadena
Fox News, en plena
cumbre de Copenhague,
dio claras indicaciones
a sus corresponsales en
ese sentido.
10. Macilwain, C.
(2010). “Calling science
to account”.
Nature, Vol 463, pág.
875, 18 de febrero de
2010
11. Dunlap, R. &
McCright, A.M. (2008).
“A Widening Gap:
Republican and
Democratic Views on
Climate Change.”
Environment 50
(September/October):
26-35
http://www.environmentmagazine.org/Archives/Back%20Issues/September-October%202008/dunlap-full.html
12. Marshall, G. (2010).
“Why we find it so hard
to act against climate
change”.
Yes Magazine, 52: 44-47
13. Real Instituto
Elcano (2010) Barómetro
del Real Instituto
Elcano (23ª oleada).
14. Cohen, S. (2005).
Estados de negación.
Ensayo sobre atrocidades
y sufrimiento. Buenos
Aires: Departamento de
Publicaciones. Facultad
de Derecho. Universidad
de Buenos Aires.
15. Norgaard, K. M.
(2009). Cognitive and
Behavioral Challenges in
Responding to Climate
Change (May 1, 2009).
World Bank Policy
Research Working Paper
4940.
http://ssrn.com/abstract=1407958
16.
Este apartado está
tomado de un escrito
previo: Heras, F.
(2008). “Comunicar el
cambio climático”. En J.
Riechmann (coord.). ¿En
qué estamos fallando?
Cambio social para
ecologizar el mundo.
Barcelona: Icaria.
17. Immerwahr (1999)
Waiting for a Signal:
Public Attitudes toward
Global Warming, the
Environment and
Geophysical Research.
A report by Public
Agenda.
18. Podemos encontrar
una interesante
argumentación sobre la
importancia de los
“marcos” en la
comunicación del cambio
climático en Lakoff, G.
(2010).
“We are the polar bears:
what’s wrong with the
way that the environment
is understood”. En:
Rowley, S. y Phillips,
R. (eds.) From hor air
to happy endings. How to
inspire public support
for a low carbon
society.
London: Green Alliance.
19. En esta categoría
podemos incluir
experiencias muy
diversas, entre ellas
los grupos de
racionamiento de carbono
o los grupos de
transición.
Fuente: Rebelión |