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“Cada generación, que
recibe como herencia
momentánea la Tierra,
tiene solamente el
mandato
de administrarla, con el
compromiso
ante las generaciones
futuras de impedir todo
atentado irreversible a
la vida sobre la
Tierra...”
Declaración Universal de
los Derechos
Humanos de las
Generaciones Futuras
1994.
Desde los albores de la
civilización, un aspecto
que presiona al hombre
ha sido el futuro. La
modernidad trató de
crear un mundo
asegurado, al priorizar
a la ciencia y la
tecnología en función de
la obtención de
ganancias, productividad
y eficiencia, explotando
la naturaleza y
maximizando el
bienestar.
Hemos cambiado el medio
ambiente de manera
radical en los últimos
50 años, al punto de
poner en peligro la
existencia de la vida
sobre la Tierra, y esto
también ha pasado a ser
motivo de preocupación
ética.
Los problemas
ambientales no son
producto de la
fatalidad, están
relacionados con las
intervenciones humanas.
De ahí que nos hagamos
las siguientes
interrogantes:
¿En qué mundo queremos
vivir?
¿Qué mundo queremos
dejar a nuestros
descendientes?
El tema ambiental en la
actualidad, basada en
las sucesivas
catástrofes ecológicas
registradas en
industrias petrolíferas,
químicas o nucleares, la
polución en la
atmósfera, lluvias
ácidas, agujeros en la
capa de ozono, efecto
invernadero, han
conllevado una toma de
conciencia general de
los daños que ha sufrido
y sufre la naturaleza, y
un amplio consenso de la
urgencia de conservar y
proteger la Tierra. La
defensa del ambiente se
convirtió en un objetivo
prioritario de todos los
ciudadanos.
Esta situación ha
impuesto una nueva
dimensión de la
responsabilidad en
relación con la
naturaleza. Respetarla,
entenderla como un
patrimonio común para
transmitir a las futuras
generaciones.
Nuestro Comandante en
Jefe, Fidel Castro, en
la Cumbre del Milenio, 6
de septiembre de 2000,
alertaba: "La naturaleza
es destrozada, el clima
cambia a ojos vista, las
aguas para el consumo
humano se contaminan y
escasean, los mares ven
agotarse las fuentes de
alimentos para el
hombre, recursos vitales
no renovables se
derrochan en lujos y
vanidades..."
Preservar el medio
ambiente es
contradictorio con una
economía que pretende
ser eficaz. A esta
economía debemos
enfrentar el sentido de
sostenibilidad, equidad
y justicia. Es en este
punto que aparece el
principio de
responsabilidad como el
elemento de base para
considerar una nueva
ética. Porque ya no se
trata de que los hombres
hagan las cosas con la
diligencia del deber
cumplido. De lo que se
trata es de que las
hagan con
responsabilidad, es
decir, teniendo en
cuenta la existencia de
la naturaleza. Las
acciones incluyen al
presente y al futuro.
Esto exige una nueva
clase de imperativos
éticos. En principio, la
moral tendrá entonces
que invadir la esfera de
la producción económica,
de la que anteriormente
se mantuvo alejada, y
habrá de hacerlo en la
forma de política
publica. De hecho la
esencia modificada de la
acción humana modifica
la esencia básica de la
política. En síntesis,
la ética que tiene que
ver con el medio
ambiente, es la ética de
la responsabilidad. Tal
como ya se ha dicho, es
una responsabilidad con
el futuro.
Las nuevas dimensiones
exigen una ética de la
responsabilidad nueva
para las circunstancias
a que se enfrentan, una
ética de más amplio
compromiso para poder
valorar y juzgar con más
certeza.
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De inapreciable valor
son las ideas de José de
la Luz y Caballero uno
de los hombres preclaros
del siglo XIX que en sus
“Aforismos” nos planteó:
"Conocimiento del bien y
del mal: ... luego
aumento de la
responsabilidad. Lucha:
Luego responsabilidad...
Experiencia del mal:...
luego responsabilidad...
Ensanche de
conocimiento:.. luego
responsabilidad..."
Significativas ideas que
nos ponen en evidencia
que en la vida es clave
la asunción de la
responsabilidad a partir
del conocimiento y del
camino de lucha que
emprendamos.
Notables son las ideas
del filósofo alemán Hans
Jonás, muerto en 1993 al
legarnos la obra El
principio de la
responsabilidad que
sentó pautas a partir
de 1979 en que se
publica por primera vez.
La misma apunta que el
primer deber de la ética
es estar orientada al
porvenir y pensar en el
estado futuro de la
humanidad con su propia
existencia y esencia. El
objetivo es encontrar
los justos compromisos
entre bienestar y
salvaguarda del entorno,
tratando de reforzar el
espíritu de
responsabilidad, que es
imprescindible para
enfrentarse a los
avatares actuales y
prevenir el mañana.
Al sentido de
responsabilidad debe
también estar unida la
garantía de lo venidero,
la sustentabilidad. A
propósito, el
catedrático español
Ramón Folch en su libro
Ambiente, emoción y
ética. Actitudes ante la
cultura de la
sostenibilidad nos
expone la idea de que lo
sostenible es una
exigencia del futuro
para evitar el regreso a
las incomodidades del
pasado, pero al mismo
tiempo considera que la
sostenibilidad no es un
valor en sí misma, sino
que es un proceso
inteligente y
autorganizativo que
aprende mientras se
desarrolla y conducente
a la superación de las
dificultades del modelo
socioeconómico actual.
¿Podemos edificar un
mundo sustentable,
equitativo y apto para
vivir?
El profesor alemán Hans-Peter
Dürr nos habla de la
sustentabilidad en el
sentido siguiente:
1.
Sustentabilidad
ecológica: relación con
una adecuada moderación
de la intromisión humana
en el medio ambiente y
una apropiada
incorporación de las
actitudes del hombre en
el finito ecosistema,
para que no se exceda la
capacidad de carga de la
Tierra y no disminuya la
vitalidad, productividad
y flexibilidad de la
biosfera en la cual se
basa también la
productividad.
2.
Sustentabilidad social:
para mantener a la
humanidad como una
especie sobre el
planeta, garantizada por
una distribución justa
de los recursos de la
Tierra y los bienes y
servicios producidos por
el hombre entre los
países y sus pueblos, y
una participación
equitativa y activa de
todas las personas en la
organización de la
sociedad en que viven.
3.
Sustentabilidad
individual del hombre:
para apoyar plenamente
lo que según nuestras
aspiraciones es humano
en él, proporcionada por
una suficiente base
económica y condiciones
apropiadas a favor de
una vida de
autodeterminación
suficiente, digna,
significativa y feliz
para todos.
En este mismo sentido.
Enrique Leff analiza
como el futuro debe ser
sustentable y este
supone la apertura a
otro tipo de
racionalidad, es decir,
no a la económica e
instrumental existente
orientada a la gestión
de servicio ambiental,
sino construir una
racionalidad ambiental
fundada en el sentido de
humanización de la
naturaleza y
naturalización del
hombre como señaló
Carlos Marx en el siglo
XIX.
El discurso de la
sustentabilidad
—continúa argumentando
Leff— propugna el
crecimiento sostenido,
condición para la
supervivencia del género
humano, en busca de un
esfuerzo compartido por
todas las naciones del
orbe sin una
justificación rigurosa
sobre la capacidad del
sistema económico para
internalizar las
condiciones ecológicas y
sociales de este
proceso, o sea, equidad,
justicia y democracia.
La sustentabilidad
ecológica es condición
de la sostenibilidad del
proceso económico y, por
lo tanto, hay que
reconciliar a los
contrarios dialécticos:
medio ambiente y
desarrollo económico a
través de un proceso
sostenible de equilibrio
ecológico e igualdad
social, es decir, lograr
una productividad
ecotecnológica
sostenible mediante una
cultura autóctona, que
tenga en cuenta una
ética ambiental
responsable, una
democracia participativa
y la productividad de la
naturaleza sobre la base
de una racionalidad
productiva nueva.
Una ética ambiental
responsable tiene como
objetivo tratar de
garantizar que el futuro
sea promisorio para que
las futuras generaciones
puedan alcanzar el éxito
en su supervivencia.
Efectivamente, estamos
de acuerdo con Jorge
Riechmann en su libro
Un mundo vulnerable.
Ensayos sobre ética,
ecología y tecnociencia
cuando nos apunta:
“Hemos de aprender a
hacer más con menos; y
sobre todo
desengancharnos de la
adicción al “siempre
más” y aprender a decir
“es suficiente”. Por
supuesto, esto implica
respetar los límites de
los ecosistemas por lo
que los sistemas
socioeconómicos han de
ser sustentables sin
deterioro de ellos,
sobre los que nos
apoyamos, es decir, que
los intereses de todo
tipo y en particular los
morales “valen” de igual
manera los del presente
que los del futuro.
Realmente, la mayor
responsabilidad es de
los países del Norte,
por tanto es
imprescindible una
reducción sistemática
del impacto ambiental de
las acciones humanas.
Esto debe lograrse
mejorando la eficiencia
ambiental de las
economías, es decir,
como nos señala
Riechmann “producir de
forma ecológicamente
eficiente quiere decir
minimizar el flujo de
energía y materiales que
recorre nuestros
sistemas productivos,
maximizando el bienestar
que obtenemos de él”.
Continuando esta línea
de pensamiento, veamos
qué nos muestra El
manifiesto por la vida:
por una ética para la
sustentabilidad”,
elaborado en mayo de
2002 por una serie de
personalidades (Ismael
Clark, de Cuba; Beatriz
Paredes, de México;
Augusto Ángel, de
Colombia; Eloísa Tréllez,
de Chile; Juan Carlos
Ramírez, de la CEPAL;
Enrique Leff, del PNUMA,
por solo citar algunos),
provenientes de
distintos sectores que
analizaron, dada la
crisis de civilización,
de valores y la
ambiental, que es
necesario un llamado a
la reflexión desde el
punto de vista ético, a
todos los hombres del
planeta por lograr una
ética para la
sustentabilidad.
El manifiesto señala
que: “La ética para la
sustentabilidad plantea
la necesaria
reconciliación entre la
razón y la moral de
manera que los seres
humanos alcancen nuevos
estadios de conciencia,
autonomía y control
sobre sus mundos de
vida, haciéndose
responsables de sus
actos hacia sí mismos,
hacia los demás y hacia
la naturaleza en la
deliberación de lo justo
y lo bueno. La ética
ambiental se convierte
en un soporte
existencial de la
conducta humana hacia la
naturaleza y de la
sustentabilidad de la
vida, de la diversidad”.
Se proponen reorientar
los comportamientos
individuales y
colectivos y sus
acciones, por eso
identifica lo siguiente:
Ética de una producción
para la vida
Expresa la contradicción
entre opulencia y
miseria.
Construir una sociedad
sustentable implica
aprovechamiento de
fuentes de energía
renovable,
económicamente
eficientes y nuevas
formas sustentables de
producción, es decir, la
productividad
ecotecnológica. La
ciencia y la tecnología
en función de esta.
Ética del conocimiento y
diálogo de saberes
La ciencia tiene dos
alternativas:
- Búsqueda de ganancias.
- Promover calidad
ambiental, manejo
sustentable de los
recursos naturales y el
bienestar humano.
Una nueva visión de la
economía, la sociedad y
el ser humano implica la
hibridación de la
ciencia y la tecnología
con saberes populares y
locales en una política
de interculturalidad y
diálogo de saberes.
El cambio de una
concepción del
conocimiento de la
realidad hecha de
objetos por un saber
orientado hacia el mundo
del ser.
La construcción de una
racionalidad ambiental
implica una visión
holística del mundo y un
pensamiento de la
complejidad:
participación,
autodeterminación y
transformación.
Ética de la ciudadanía,
el espacio público y los
movimientos sociales
El movimiento ambiental
ha generado la
emergencia de una
ciudadanía global que
expresa los derechos de
todos los pueblos y
todas las personas a
participar de manera
individual y colectiva
en la toma de decisiones
que afectan la
existencia.
Ética de la
gobernabilidad global y
la democracia
participativa
Se apela a la
responsabilidad moral de
los sujetos, grupos
sociales y el estado
para garantizar la
continuidad y el
mejoramiento de la
calidad de la vida.
Cuestiona las formas
vigentes de dominación
por diferencias de
género, etnia, clase
social y opción sexual
en pro de la diversidad.
Ética de los derechos,
la justicia y la
democracia
Promover dignidad humana
como el valor más alto y
condición fundamental
para reconstruir las
relaciones del ser
humano con la
naturaleza.
Ética de los bienes
comunes y del Bien Común
Cambiar el principio del
egoísmo individual como
generador del bien común
por un altruismo fundado
en relaciones de
reciprocidad y
cooperación.
Ética de la diversidad
cultural y de una
política de la
diferencia
La sustentabilidad debe
estar basada en un
principio de integridad
de los valores humanos y
las identidades
culturales, con las
condiciones de
productividad y
regeneración de la
naturaleza, principios
que emanan de la
relación material y
simbólica que tienen las
poblaciones con sus
territorios, con los
recursos naturales y el
ambiente. Una ética de
la diversidad cultural
implica una pedagogía de
la otredad para aprender
a escuchar otros
razonamientos y otros
sentimientos.
Ética de la paz y el
diálogo para la
resolución de conflictos
La ética debe basarse en
una cultura de paz y de
no-violencia, resolver
conflictos a través del
diálogo y nutrirse del
ser cultural, de las
formas de saber y de la
identidad de los
pueblos.
Ética del ser y el
tiempo de la
sustentabilidad
La vida de una especie,
de la humanidad y de las
culturas no concluye en
una generación. La vida
individual es
transitoria, pero la
aventura del sistema
vivo y de las
identidades colectivas
trasciende en el tiempo.
El valor fundamental de
todo ser vivo es la
perpetuación de la vida.
Es una ética para la
renovación permanente de
la vida.
La ética de la
sustentabilidad es la
ética de la vida y para
la vida, es una ética de
la solidaridad, es
asegurar la producción y
justicia para todos.
Propugna una ética del
respeto, la protección
de la naturaleza,
garantía de la vida y la
sustentabilidad humana.
Significa, por tanto una
ética del bien común.
Por supuesto, el
manifiesto analiza un
conjunto de aspectos que
atañen a la necesidad de
la existencia de esta
ética para la vida, de
la cual ya nos hablaba
Aldo Leopold el siglo
pasado, pero pienso que
aún cuando el análisis
es válido y reúne una
serie de elementos del
bien común, las
cuestiones relativas a
la sustentabilidad
exceden lo relativo al
medio ambiente. Lo que
se necesita en general
es un sistema social y
económico flexible y
resistente, resistente a
los choques y las
crisis, que pueda
salvaguardar las
posibilidades de
bienestar de
generaciones futuras. La
protección de las
posibilidades del mañana
entraña también no
recargar a las
generaciones futuras con
deudas financieras
internas o externas y no
legarles un sistema
político inestable y no
democrático. Esto
requiere previsión y
dotes de conducción por
parte de los dirigentes
políticos actuales, ya
que las generaciones
futuras no puedan
intervenir sobre las
decisiones que se toman
actualmente.
La ética del siglo XXI
en relación con el medio
ambiente, debe continuar
trabajando y
extendiéndose a todos
los niveles de la
sociedad. Se trata de
una ética del género
humano, en el sentido
como Edgar Morin lo ha
señalado recientemente,
aquella que reconoce las
tareas del milenio:
1.
trabajar para la
humanización del
planeta,
2.
lograr la unidad
planetaria en la
diversidad,
3.
desarrollar la ética de
la solidaridad, la
comprensión y la
responsabilidad.
Esto es trascendente
para entender el proceso
de autovaloración que
cada individuo debe
hacer de sus actos para
cumplir con sus deberes
y responsabilidad. Así
como conocer el mundo en
que vive, para
interpretarlo y
transformarlo.
Una de las formas para
salir de la crisis
actual es enarbolar las
banderas de la ética,
que posibilite llevar a
cabo un proceso de
concientización en toda
la humanidad. Recabamos
de una ética
inteligente, prudente,
orientada hacia la justa
medida en relación con
las circunstancias
históricas, políticas,
económicas,
técnico-científicas y
sociales.
Evidentemente, la ética
para la sustentabilidad
es válida y necesaria.
Debemos abogar por ella,
junto con los otros
elementos de la vida
social que harán posible
que nuestro Planeta Azul
no desaparezca.
Estas reflexiones solo
significan una serie de
preocupaciones e
interrogantes que todos
los hijos de la Tierra
debemos hacernos y
ocuparnos de cómo
salvarla. Por ese
sendero he pretendido
avanzar en “Razones para
una ética sustentable”
Bibliografía:
Dürr Hans-Peter.
¿Podemos edificar un
mundo sustentable,
equitativo y apto para
vivir? En: Carlos
Delgado. Cuba Verde.
Editorial José Martí,
1999.
Folch
Ramón. Ambiente, emoción
y ética. Actitudes ante
la cultura de la
sostenibilidad.
Editorial Ariel, S.A.
Barcelona, 1998.
Jonas
Hans. El principio de
responsabilidad. Ensayo
de una ética para la
civilización
tecnológica. Editorial
Herder, Barcelona, 1995.
Leff
Enrique. ¿De quién es la
naturaleza? En: Gaceta
ecológica, México,
número 37, diciembre
1995.
Manifiesto por la vida.
Por una ética para la
sustentabilidad.
Programa de las Naciones
Unidas para el Medio
Ambiente. Red de
Formación Ambiental para
América Latina y el
Caribe, México DF, 2003.
Riechmann
Jorge. Un mundo
vulnerable. Ensayos
sobre ecología, ética y
tecnociencia. Los Libros
de la Catarata, 2000,
Madrid. |