La Habana. Año X.
11 al 17 de FEBRERO
de 2012

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Razones para una ética sustentable
Célida Valdés • La Habana
Ilustración: Zardoyas

“Cada generación, que recibe como herencia
momentánea la Tierra, tiene solamente el mandato
de administrarla, con el compromiso
ante las generaciones futuras de impedir todo
atentado irreversible a la vida sobre la Tierra...”
Declaración Universal de los Derechos
Humanos de las Generaciones Futuras 1994.

 

Desde los albores de la civilización, un aspecto que presiona al hombre ha sido el futuro. La modernidad trató de crear un mundo asegurado, al priorizar a la ciencia y la tecnología en función de la obtención de ganancias, productividad y eficiencia, explotando la naturaleza y maximizando el bienestar.

Hemos cambiado el medio ambiente de manera radical en los últimos 50 años, al punto de poner en peligro la existencia de la vida sobre la Tierra, y esto también ha pasado a ser motivo de preocupación ética.

Los problemas ambientales no son producto de la fatalidad, están relacionados con las intervenciones humanas.

De ahí que nos hagamos las siguientes interrogantes:

¿En qué mundo queremos vivir?

¿Qué mundo queremos dejar a nuestros descendientes?

El tema ambiental en la actualidad, basada en las sucesivas catástrofes ecológicas registradas en industrias petrolíferas, químicas o nucleares, la polución en la atmósfera, lluvias ácidas, agujeros en la capa de ozono, efecto invernadero, han conllevado una toma de conciencia general de los daños que ha sufrido y sufre la naturaleza, y un amplio consenso de la urgencia de conservar y proteger la Tierra. La defensa del ambiente se convirtió en un objetivo prioritario de todos los ciudadanos.

Esta situación ha impuesto una nueva dimensión de la responsabilidad en relación con la naturaleza. Respetarla, entenderla como un patrimonio común para transmitir a las futuras generaciones.

Nuestro Comandante en Jefe, Fidel Castro, en la Cumbre del Milenio, 6 de septiembre de 2000, alertaba: "La naturaleza es destrozada, el clima cambia a ojos vista, las aguas para el consumo humano se contaminan y escasean, los mares ven agotarse las fuentes de alimentos para el hombre, recursos vitales no renovables se derrochan en lujos y vanidades..."

Preservar el medio ambiente es contradictorio con una economía que pretende ser eficaz. A esta economía debemos enfrentar el sentido de sostenibilidad, equidad y justicia. Es en este punto que aparece el principio de responsabilidad como el elemento de base para considerar una nueva ética. Porque ya no se trata de que los hombres hagan las cosas con la diligencia del deber cumplido. De lo que se trata es de que las hagan con responsabilidad, es decir, teniendo en cuenta la existencia de la naturaleza. Las acciones incluyen al presente y al futuro.

Esto exige una nueva clase de imperativos éticos. En principio, la moral tendrá entonces que invadir la esfera de la producción económica, de la que anteriormente se mantuvo alejada, y habrá de hacerlo en la forma de política publica. De hecho la esencia modificada de la acción humana modifica la esencia básica de la política. En síntesis, la ética que tiene que ver con el medio ambiente, es la ética de la responsabilidad. Tal como ya se ha dicho, es una responsabilidad con el futuro. Las nuevas dimensiones exigen una ética de la responsabilidad nueva para las circunstancias a que se enfrentan, una ética de más amplio compromiso para poder valorar y juzgar con más certeza.

De inapreciable valor son las ideas de José de la Luz y Caballero uno de los hombres preclaros del siglo XIX que en sus “Aforismos” nos planteó: "Conocimiento del bien y del mal: ... luego aumento de la responsabilidad. Lucha: Luego responsabilidad... Experiencia del mal:... luego responsabilidad... Ensanche de conocimiento:.. luego responsabilidad..." Significativas ideas que nos ponen en evidencia que en la vida es clave la asunción de la responsabilidad a partir del conocimiento y del camino de lucha que emprendamos.

Notables son las ideas del filósofo alemán Hans Jonás, muerto en 1993 al legarnos la obra El principio de la responsabilidad que sentó pautas a partir  de 1979 en que se publica por primera vez. La misma apunta que el primer deber de la ética es estar orientada al porvenir y pensar en el estado futuro de la humanidad con su propia existencia y esencia. El objetivo es encontrar los justos compromisos entre bienestar y salvaguarda del entorno, tratando de reforzar el espíritu de responsabilidad, que es imprescindible para enfrentarse a  los avatares actuales y prevenir el mañana.

Al sentido de responsabilidad debe también estar unida la garantía de lo venidero, la sustentabilidad. A propósito, el catedrático español Ramón Folch en su libro Ambiente, emoción y ética. Actitudes ante la cultura de la sostenibilidad nos expone la idea de que lo sostenible es una exigencia del futuro para evitar el regreso a las incomodidades del pasado, pero al mismo tiempo considera  que la sostenibilidad no es un valor en sí misma, sino que es un proceso inteligente y autorganizativo que aprende mientras se desarrolla y conducente a la superación de las dificultades del modelo socioeconómico actual.

¿Podemos edificar un mundo sustentable, equitativo y apto para vivir?

El profesor alemán Hans-Peter Dürr nos habla de la sustentabilidad en el sentido siguiente:

1.         Sustentabilidad ecológica: relación con una adecuada moderación de la intromisión humana en el medio ambiente y una apropiada incorporación de las actitudes del hombre en el finito ecosistema, para que no se exceda la capacidad de carga de la Tierra y no disminuya la vitalidad, productividad y flexibilidad de la biosfera en la cual se basa también la productividad.

2.         Sustentabilidad social: para mantener a la humanidad como una especie sobre el planeta, garantizada por una distribución justa de los recursos de la Tierra y los bienes y servicios producidos por el hombre entre los países y sus pueblos, y una participación equitativa y activa de todas las personas en la organización de la sociedad en que viven.

3.         Sustentabilidad individual del hombre: para apoyar plenamente lo que según nuestras aspiraciones es humano en él, proporcionada por una suficiente base económica y condiciones apropiadas a favor de una vida de autodeterminación suficiente, digna, significativa y feliz para todos.

En este mismo sentido. Enrique Leff analiza como el futuro debe ser sustentable y este supone la apertura a otro tipo de racionalidad, es decir, no a la económica e instrumental existente orientada a la gestión de servicio ambiental, sino construir una racionalidad ambiental fundada en el sentido de humanización de la naturaleza y naturalización del hombre como señaló Carlos Marx en el siglo XIX.

El discurso de la sustentabilidad —continúa argumentando Leff— propugna el crecimiento sostenido, condición para la supervivencia del género humano, en busca de un esfuerzo compartido por todas las naciones del orbe sin una justificación rigurosa sobre la capacidad del sistema económico para internalizar las condiciones ecológicas y sociales de este proceso, o sea, equidad, justicia y democracia. La sustentabilidad ecológica es condición de la sostenibilidad del proceso económico y, por lo tanto, hay que reconciliar a los contrarios dialécticos: medio ambiente y desarrollo económico a través de un proceso sostenible de equilibrio ecológico e igualdad social, es decir, lograr una productividad ecotecnológica sostenible mediante una cultura autóctona, que tenga en cuenta una ética ambiental responsable, una democracia participativa y la productividad de la naturaleza sobre la base de una racionalidad productiva nueva.

Una ética ambiental responsable tiene como objetivo tratar de garantizar que el futuro sea promisorio para que las futuras generaciones puedan alcanzar el éxito en su supervivencia.

Efectivamente, estamos de acuerdo con Jorge Riechmann en su libro Un mundo vulnerable. Ensayos sobre ética, ecología y tecnociencia cuando nos apunta: “Hemos de aprender a hacer más con menos; y sobre todo desengancharnos de la adicción al “siempre más” y aprender a decir “es suficiente”. Por supuesto, esto implica respetar los límites de los ecosistemas por lo que los sistemas socioeconómicos han de ser sustentables sin deterioro de ellos, sobre los que nos apoyamos, es decir, que los intereses de todo tipo y en particular los morales “valen” de igual manera los del presente que los del futuro.

Realmente, la mayor responsabilidad es de los países del Norte, por tanto es imprescindible una reducción sistemática del impacto ambiental de las acciones humanas. Esto debe lograrse mejorando la eficiencia ambiental de las economías, es decir, como nos señala Riechmann “producir de forma ecológicamente eficiente quiere decir minimizar el flujo de energía y materiales que recorre nuestros sistemas productivos, maximizando el bienestar que obtenemos de él”.

Continuando esta línea de pensamiento, veamos qué nos muestra El manifiesto por la vida: por una ética para la sustentabilidad”, elaborado en mayo de 2002 por una serie de personalidades (Ismael Clark, de Cuba; Beatriz Paredes, de México; Augusto Ángel, de Colombia; Eloísa Tréllez, de Chile; Juan Carlos Ramírez, de la CEPAL; Enrique Leff, del PNUMA, por solo citar algunos), provenientes de distintos sectores que analizaron, dada la crisis de civilización, de valores y la ambiental, que es necesario un llamado a la reflexión desde el punto de vista ético, a todos los hombres del planeta por lograr una ética para la sustentabilidad.

El manifiesto señala que: “La ética para la sustentabilidad plantea la necesaria reconciliación entre la razón y la moral de manera que los seres humanos alcancen nuevos estadios de conciencia, autonomía y control sobre sus mundos de vida, haciéndose responsables de sus actos hacia sí mismos, hacia los demás y hacia la naturaleza en la deliberación de lo justo y lo bueno. La ética ambiental se convierte en un soporte existencial de la conducta humana hacia la naturaleza y de la sustentabilidad de la vida, de la diversidad”. Se proponen reorientar los comportamientos individuales y colectivos y sus acciones, por eso identifica lo siguiente:

Ética de una producción para la vida

Expresa la contradicción entre opulencia y miseria.

Construir una sociedad sustentable implica aprovechamiento de fuentes de energía renovable, económicamente eficientes y nuevas formas sustentables de producción, es decir, la productividad ecotecnológica. La ciencia y la tecnología en función de esta.

Ética del conocimiento y diálogo de saberes

La ciencia tiene dos alternativas:

- Búsqueda de ganancias.

- Promover calidad ambiental, manejo sustentable de los recursos naturales y el bienestar humano.

Una nueva visión de la economía, la sociedad y el ser humano implica la hibridación de la ciencia y la tecnología con saberes populares y locales en una política de interculturalidad y diálogo de saberes.

El cambio de una concepción del conocimiento de la realidad hecha de objetos por un saber orientado hacia el mundo del ser.

La construcción de una racionalidad ambiental implica una visión holística del mundo y un pensamiento de la complejidad: participación, autodeterminación y transformación.

Ética de la ciudadanía, el espacio público y los movimientos sociales

El movimiento ambiental ha generado la emergencia de una ciudadanía global que expresa los derechos de todos los pueblos y todas las personas a participar de manera individual y colectiva en la toma de decisiones que afectan la existencia.

Ética de la gobernabilidad global y la democracia participativa

Se apela a la responsabilidad moral de los sujetos, grupos sociales y el estado para garantizar la continuidad y el mejoramiento de la calidad de la vida.

Cuestiona las formas vigentes de dominación por diferencias de género, etnia, clase social y opción sexual en pro de la diversidad.

Ética de los derechos, la justicia y la democracia

Promover dignidad humana como el valor más alto y condición fundamental para reconstruir las relaciones del ser humano con la naturaleza.

Ética de los bienes comunes y del Bien Común

Cambiar el principio del egoísmo individual como generador del bien común por un altruismo fundado en relaciones de reciprocidad y cooperación.

Ética de la diversidad cultural y de una política de la diferencia

La sustentabilidad debe estar basada en un principio de integridad de los valores humanos y las identidades culturales, con las condiciones de productividad y regeneración de la naturaleza, principios que emanan de la relación material y simbólica que tienen las poblaciones con sus territorios, con los recursos naturales y el ambiente. Una ética de la diversidad cultural implica una pedagogía de la otredad para aprender a escuchar otros razonamientos y otros sentimientos.

Ética de la paz y el diálogo para la resolución de conflictos

La ética debe basarse en una cultura de paz y de no-violencia, resolver conflictos a través del diálogo y nutrirse del ser cultural, de las formas de saber y de la identidad de los pueblos.

Ética del ser y el tiempo de la sustentabilidad

La vida de una especie, de la humanidad y de las culturas no concluye en una generación. La vida individual es transitoria, pero la aventura del sistema vivo y de las identidades colectivas trasciende en el tiempo. El valor fundamental de todo ser vivo es la perpetuación de la vida. Es una ética para la renovación permanente de la vida.

La ética de la sustentabilidad es la ética de la vida y para la vida, es una ética de la solidaridad, es asegurar la producción y justicia para todos.

Propugna una ética del respeto, la protección de la naturaleza, garantía de la vida y la sustentabilidad humana.

Significa, por tanto una ética del bien común.

Por supuesto, el manifiesto analiza un conjunto de aspectos que atañen a la necesidad de la existencia de esta ética para la vida, de la cual ya nos hablaba Aldo Leopold el siglo pasado, pero pienso que aún cuando el análisis es válido y reúne una serie de elementos del bien común, las cuestiones relativas a la sustentabilidad exceden lo relativo al medio ambiente. Lo que se necesita en general es un sistema social y económico flexible y resistente, resistente a los choques y las crisis, que pueda salvaguardar las posibilidades de bienestar de generaciones futuras. La protección de las posibilidades del mañana entraña también no recargar a las generaciones futuras con deudas financieras internas o externas y no legarles un sistema político inestable y no democrático. Esto requiere previsión y dotes de conducción por parte de los dirigentes políticos actuales, ya que las generaciones futuras no puedan intervenir sobre las decisiones que se toman actualmente.

La ética del siglo XXI en relación con el medio ambiente, debe continuar trabajando y extendiéndose a todos los niveles de la sociedad. Se trata de una ética del género humano, en el sentido como Edgar Morin lo ha señalado recientemente, aquella que reconoce las tareas del milenio:

1.   trabajar para la humanización del planeta,

2.   lograr la unidad planetaria en la diversidad,

3.   desarrollar la ética de la solidaridad, la comprensión y la responsabilidad.

Esto es trascendente para entender el proceso de autovaloración que cada individuo debe hacer de sus actos para cumplir con sus deberes y responsabilidad. Así como conocer el mundo en que vive, para interpretarlo y transformarlo.

Una de las formas para salir de la crisis actual es enarbolar las banderas de la ética, que posibilite llevar a cabo un proceso de concientización en toda la humanidad. Recabamos de una ética inteligente, prudente, orientada hacia la justa medida en relación con las circunstancias históricas, políticas, económicas, técnico-científicas y sociales.

Evidentemente, la ética para la sustentabilidad es válida y necesaria. Debemos abogar por ella, junto con los otros elementos de la vida social que harán posible que nuestro Planeta Azul no desaparezca.

Estas reflexiones solo significan una serie de preocupaciones e interrogantes que todos los hijos de la Tierra debemos hacernos y ocuparnos de cómo salvarla. Por ese sendero he pretendido avanzar en “Razones para una ética sustentable”

 

Bibliografía:

Dürr Hans-Peter. ¿Podemos edificar un mundo sustentable, equitativo y apto para vivir? En: Carlos Delgado. Cuba Verde. Editorial José Martí, 1999.

Folch Ramón. Ambiente, emoción y ética. Actitudes ante la cultura de la sostenibilidad. Editorial Ariel, S.A. Barcelona, 1998.

Jonas Hans. El principio de responsabilidad. Ensayo de una ética para la civilización tecnológica. Editorial Herder, Barcelona, 1995.

Leff Enrique. ¿De quién es la naturaleza? En: Gaceta ecológica, México, número 37, diciembre 1995.

Manifiesto por la vida. Por una ética para la sustentabilidad. Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Red de Formación Ambiental para América Latina y el Caribe, México DF, 2003.

Riechmann Jorge. Un mundo vulnerable. Ensayos sobre ecología, ética y tecnociencia. Los Libros de la Catarata, 2000, Madrid.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.