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Los obituarios son parte
del oficio periodístico.
Quién sabe cuántos habré
escrito y los que me
faltan por escribir.
Pero esta vez la muerte
toca demasiado cerca y
uno termina por decir
cosas que no ha querido.
Al menor picuísmo de la
prosa, o a la primera
frase de conmiseración,
Sara es capaz de
rearmarse desde las
cenizas y con su voz
única, rotunda e
irrepetible, soltarme un
improperio.
Una de las mejores
maneras de evitar el
exabrupto pasa por el
ordenamiento cronológico
de su vida y obra
artísticas. Saltar
etapas de formación y
observarla en el Grupo
de Experimentación
Sonora del ICAIC —la más
joven trovadora del
equipo—, bajo las
enseñanzas de Leo
Brouwer y Federico
Smith, y la tutela de
los más crecidos:
Silvio, Pablo, Noel,
Sergio, Emiliano,
Eduardo. O contemplarla
en la pantalla del
Noticiero ICAIC, de
Santiago Álvarez, donde
ratificó con la "Canción
de los CDR", de Eduardo
Ramos, la conjugación de
épica y lozanía.
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Sara empinó su canto
desde diversas facetas.
La que grabó, para la
Casa de las Américas, su
primer disco de larga
duración con los versos
de Martí. La cantautora
que interpretó las
canciones de otros y
otras. La voz que
conquistó el teatro
Alcázar, de Madrid, y el
Auditorio Nacional, de
México. La que integró
una fenomenal triada
caribeña junto a Sonia
Silvestre y Lucecita
Benítez. La que despachó
los boleros del filin y
las guarachas más
sabrosas. La que nos
mató de la risa con su
incursión en el Conjunto
Nacional de
Espectáculos, al lado de
Virulo, Tatica, Carlos
Ruiz de la Tejera y el
chileno Jorge Guerra. La
que afianzó hermandades
con el combativo Andrés
Gómez y los directores
de las bandas que tuvo,
Pepe Guaicán y el
inefable Pucho López.
Así fue hasta ahorita
mismo, derrotada por la
enfermedad, pero jamás
vencida. Con su
compañera Diana Balboa,
artista extraordinaria,
urdía nuevos planes para
el Jardín de la Gorda,
que embelleció con
pinturas y dibujos de la
vanguardia pictórica y
de algún que otro amigo,
como Sigfredo y Abel. Y
pensaba en Marta Campos
y Heidi Igualada para
seguir tales andanzas y
girar nuevamente por las
ciudades de la isla con
exposiciones de Diana y
trovadas de Angelito
Quintero y los juglares
de la localidad y los
muchachos de las
escuelas de arte. Solo
espero que el Jardín
continúe floreciendo y
el itinerario nacional
no concluya.
Quiero hacer visible el
Ángel de la Jiribilla
—ah, Lezama—, que
siempre acompasó su
ternura y hasta los
estallidos de cólera,
estados de ánimo en los
que transparentó la
tremendísima humanidad
de su persona.
Es la Sara que este
último sábado en la
mañana recomenzó su
leyenda cuando sus
cenizas fueron
esparcidas en las aguas
de la Corriente del
Golfo, frente al litoral
habanero. En la
plataforma de popa de
uno de los buques de
mayor porte de la Marina
de Guerra
Revolucionaria, una
escuadra de muchachas
guardiamarinas presentó
armas tras el toque de
silencio y dos
trompetistas de la Banda
del Estado Mayor General
entonaron un pasaje de
"Girón: la victoria". Y
mientras las flores
tapizaban las olas que
bañaron las cenizas, el
aire se inundó con la
voz de Sara en ese
luminoso y desgarrador
bolero de Marta Valdés,
"Palabras".
Cuando Sara cantó, por
impulso propio, a la
lucha por la
emancipación de la mujer
en una pieza que
aplaudió más de una vez
Vilma, dijo en un verso
que no concebía que a
ellas las confinaran al
portal y al sillón.
Sabia metáfora instalada
ahora en los mares del
porvenir. Desde las
aguas, Sara no se
detiene y canta.
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