La Habana. Año X.
4 al 10 de FEBRERO
de 2012

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entrevista con Sara González
La guitarra protege
Antonio López Sánchez • La Habana
Foto: Alain Gutiérrez, Jorge Villa y cortesía de Sara

Mientras diciembre va llegando a su final y el año termina en las calles y en los rostros como una de esas canciones de repetido estribillo, ocurre esta entrevista. Con el tímido sol de las tardes del poco duradero y desacostumbrado invierno cubano, llegamos fotógrafo y periodista a nuestro destino.

Un apartamento alto, que aleja un poco el bullicio de la céntrica avenida que se agita viva unos pisos más abajo, es el refugio de nuestra entrevistada. Después de los saludos de rigor y un “déjame cambiarme para las fotos que este suéter no me gusta”, pasamos al estudio. Nuevamente siento esa grata sensación, que me ha acompañado a veces en algunos empeños de trabajo como este, de que la música puede pasearse tranquilamente por algunos lugares; hacerse sentir, estar palpable, aunque no se escuche el menor sonido.

Sin embargo todo es música alrededor: Los cuadros de Diana Balboa que adornan todo el estudio, con la presencia de Sindo, del Bola, de más música; las guitarras que desde sus atriles parecen dormir alguna siesta o soñar quién sabe qué melodías; los muchos discos y casetes que nos rodean en sus estantes o recién escuchados junto al equipo de música; los colores y fechas de los afiches que anuncian conciertos de la Nueva Trova; las varias caricaturas de esta cantante, compositora y ahora casi entrevistada; o la excelente foto donde mira a la cámara y sus ojos y los dedos de una mano perpetúan sobre su brazo algún acorde, en ese típico gesto trovadoresco cuando desean hacer sonar su cuerpo y lo tornan guitarra. Todo suena, todo sabe a música a pesar de lo callado de esta hora vespertina: the sound of silence, recuerdo la vieja tonada de Simon y Garfunkel.

Desde lo alto de la pared, en un enorme póster, Janis Joplin sonríe para siempre y parece a punto de echarse a volar, sentada sobre el techo de un automóvil deportivo, ¿un porsche, un jaguar?, de agresivo, sicodélico rosado lleno de mariposas y dibujos. Así de seguro sería el retrato de su portentosa garganta. Aquí en la tierra y ya lista ante mis preguntas otra voz me devuelve a la realidad. La misma voz que ha sido capaz de celebrar victorias y apaciguar dolores con su canto; de enardecer multitudes al conjuro único de su emoción hecha sonido; o de transmitir la más grata alegría, la invitación al baile o al amor desde las muchas canciones que ha entonado, ahora me pregunta si será muy larga la entrevista.

Sara González, fundadora del Movimiento de la Nueva Trova, imprescindible intérprete de la obra trovadoresca y de la canción cubana en general, compositora, productora de discos, actriz humorística, espera pacientemente por mis preguntas. Y cuando responde, habla con los ojos, con el gesto inevitable y casi perenne de las manos y convierte sus respuestas en otra especie de canto. Sara practica la conversación con esa amplitud habitual del que disfruta hacerlo; con el gozo de los que aman cultivar el diálogo. Se muestra seria, apasionada, sonriente, modulando con su voz entre las alturas y la fuerza o navegando desde el tono más bajo y quedo de ciertas confesiones, pero siempre cubanísima en su modo de expresarse con todo lo posible además de las palabras. Si los cubanos fuéramos dioses, al conversar en el cielo se estremecería el mundo.

Prefiero entonces recorrer los muchos caminos habituales que trae el hablar libremente y no ponerle a mi interlocutora las absolutas riendas del cuestionario. Así, más de una vez desbordamos los límites de mis preguntas para viajar por el amplio terreno de la historia, los comentarios o simplemente el más personal criterio sobre alguno de los temas que deshojamos.  

Artista aficionada, instructora de arte, intérprete y compositora dentro del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC... ¿Cuándo Sara González se sintió trovadora?

Realmente fue cuando empecé a identificarme personalmente con los trovadores. Y eso fue estando en la Escuela Nacional de Instructores de Arte. Conocí a Pedro Luis Ferrer, a Mike Pourcell... que estaban en ese momento recibiendo clases allí. Empecé por ellos a saber de la gente de la trova; eso, además de que había ido a los conciertos allá en la Casa de las Américas, hasta conocerlos personalmente.

Ahora, conocerlos personalmente fue a través de ellos y de las descargas. Ya sabes, que si va a estar Silvio o Noel o Vicente... Y así empecé a cantar y ahí empecé a sentir verdaderamente la necesidad de cantar. Porque, hasta ese momento, mi idea fundamental era la de ser una maestra. Yo estaba estudiando allí en la ENIA muy seriamente para ser profesora.

Es ahí donde me doy cuenta de que canto. Yo no tenía la menor idea de que tenía voz para cantar ni de que podía hacerlo ni nada. Había cantado y tenía cierta técnica gracias al coro y a las clases en la Escuela; incluso daba clases de Dirección coral, clases de Bajo, de Batería; allí estaba aprendiendo a tocar de todo...

¿Eso es como en qué año, 66 más o menos?

No, ya eso es en el 69, el año antes de entrar en el Grupo de Experimentación. Entonces, saliendo de unas vacaciones en la Escuela me encuentro con Silvio y con Pablo. Y el uno me propone cantar la canción de Los comandos del silencio y el otro me dice acerca de hacer un programa sobre la poesía de Martí; y si yo tenía algo musicalizado, que si yo me atrevía, en fin. Ahí mismo me dio unos versos...

Es justamente estando en el Grupo de Experimentación donde yo empiezo a componer. Lo primero que hago ya más seriamente fue ese trabajo de hacer música sobre los versos de José Martí. Y surge entonces la propuesta de la Casa de las Américas de hacer también un disco sobre los versos de Martí. Por supuesto les dije que sí. En ese momento lo que tenía hecho eran tres o cuatro versos y yo dije que tenía de todo. En un mes y medio tuve que hacerle música a todo aquello para grabar. Y fueron 14 piezas.

¿Ya Pablo había hecho su disco sobre los versos de Martí?

Sí, el primero fue Pablo, recuerdo que su disco no era de los grandes. Era una cajita con discos pequeños de 45 revoluciones por minuto. Esos discos eran para que la Casa los obsequiara; esos discos no se vendían, no eran para eso.

¿En aquel momento tú crees tener ya alguna influencia de trovadoras específicamente o era simplemente más amplia?

En aquel momento venía de todas partes. Vine a tener un conocimiento de la trayectoria de la música y demás, a partir del Grupo de Experimentación, honestamente. Hasta ese momento yo estudiaba música, oía lo que oía todo el mundo en este país, pero no conocía profundamente la música. Había oído de Marta Valdés pero no conocía profundamente su obra; es en la Escuela, a través de la profesora de Guitarra Leopoldina Núñez, donde conozco un poco más de la obra de Marta... Imagínate que yo fui alumna de Nené Enrizo cuando tenía 11 años y no sabía nada de lo que era la trova tradicional. ¡Si yo llego a saber... ¿tú te imaginas teniendo ese maestro, lo que hubiera aprendido de la Trova Tradicional?!

A partir de entonces, la Escuela Nacional de Instructores de Arte y el Grupo de Experimentación Sonora, es que empiezas a acercarte a toda la historia anterior.

En mi casa se oía mucha música popular, la misma que se escuchaba en el país. Sobre todo Beny Moré, los boleros... la música cubana popular; la buena por suerte. Después empiezo a conocer del filin. Pero es desde el Grupo y desde la Escuela donde se dan las condiciones para que a mí se me abran todos los campos de interés y de conocimiento.

Vamos a la relación entre mujer y canción. Siempre ha sido la mujer una de las destinatarias habituales de la canción, es algo inseparable. ¿Cómo te sientes como mujer en el trance de pasar de destinataria de canciones a creadora de canciones?

Mi fuerte no ha sido componer. Hay mucha gente que me ha dicho que he perdido mucho el tiempo en eso, pues les gusta lo que compongo y se pasan la vida peleándome por eso. Y me dicen: ¿Por qué no compones más? Que si haces una canción al año; que si una cada dos años, pero cada vez que la haces es una canción buena, es una canción que queda, una canción que sirve, me dicen. De veras no lo he hecho porque no me toca la musa a la puerta así como a muchos otros.

Me ha gustado, por ejemplo, mucho más ese trabajo, cuya palabra es muy fea, feísima, que parece otra cosa cuando lo nombras: Y es trabajar por encargo. Me ha motivado mucho trabajar por encargo. La gran mayoría de mi obra ha sido escrita por encargo: por encargo hice el trabajo con los versos de Martí; por encargo hice “La victoria”; muchas de las cosas que hice para el cine, las hice por encargo sobre imagen cinematográfica. Creo que he hecho bien poco cosas que no sean por encargo...

¿Y no sientes que te lastra eso a la hora de trabajar?

No, no, en realidad yo quisiera hacer más pero me tengo que obligar. Ahora mismo, compuse una canción pero era por el disco; para hacer una cosa nueva. Es que me tengo que buscar el motivo; eso, el motivo o la imagen. Quizá sea el temor a no hacerlo bien. Tengo inseguridad por ese lado, qué le vamos a hacer; pero a estas horas del asunto ya no me puedo poner a buscar las razones o los motivos; solo me pasa y es así...

Pero... ¿inseguridad? ¿¡A estas alturas!?

¡Cómo no! ¡Tú no sabes nada! Lo único que uno aprende con los años de profesionalismo es a disimular el miedo. No es que se te quita. El día que no me emocione, ni me ponga nerviosa para subir a un escenario... ¡entonces ese día estoy muerta para que lo sepas!

Además, en ese caso de la creación me pasa que muchas veces me digo: ya lo que dijo Fulano o Fulana era lo que yo quería decir ¿para qué voy a hablar más? Entonces me he preocupado mucho más a veces en el trabajo de la interpretación. Me he esforzado más; me he dedicado más. Mira, no vengo a sacarle lo que quiero a una canción como al año o dos de cantarla. ¿A sacarle lo que yo quiero? Mucho después. Empiezo y le voy cambiando y cambiando. Por eso no grabo más discos. Me gusta cuando voy a grabar un disco llevar un material que he preparado, que he saboreado y está ya hecho. Pero creo que voy más en la línea de intérprete.

Y a propósito de componer y de obras de otros, ¿te parece que hay alguna diferencia entre el modo de componer de las trovadoras con los trovadores? ¿Habrá un modo femenino de componer?

No, no creo que haya un modo femenino de componer. Creo que hay épocas. Ahora mismo, te digo honestamente, las compositoras están mejor que los compositores. En términos generales están haciendo una obra mejor; una obra más terminada, con más calidad. Conste que es mi gusto personal y jamás he discriminado ni por mujer ni por hombre. Además, me formé en un mundo de músicos y creadores. Pero me pasa eso y no quiere decir que sean malos los que están ahora; lo que veo mayor calidad en lo que están haciendo las compositoras. Hay más peso, más obra, más madurez.

¿Me dices en música, en poesía o en general?

En todo, en general. En las dos cosas hay mayor madurez. Pero te repito: eso no quiere decir que no haya muy buenos trovadores. No voy a nombrar a nadie de ningún sexo ni nada por el estilo. En esta etapa, en este momento, en esta generación, creo que es más atrevido, más interesante el trabajo de las trovadoras.

¿Y anteriormente?

Increíblemente, lo que ocurre con la historia anterior es un problema de cantidad y no de calidad. ¿Quién duda de la calidad de Marta Valdés? Ella está entre las mejores. Al mismo nivel de José Antonio Méndez, de César Portillo de la Luz... ¡A ese nivel! Lo que pasa es que solo estaba ella, o una Isolina Carrillo. Desde un punto de vista de cantidad las mujeres siempre fueron menos pero eran tan buenas como cualquiera. Tania Castellanos era formidable también; tenía unas canciones maravillosas. Lo que pasa es que ellas eran menos. En lo que había diez hombres había una mujer.

¿La clásica dominación masculina?

Por eso y porque la formación en las casas era diferente. Era la niña con el piano, para que sea pianista y para que toque música clásica. ¡¡Ya lo otro era ser puta o ser lo que fuera!! Hubo mucha marginación con la mujer en ese sentido. Entonces fueron pocas. Pero, fíjate que te lo repito: Las pocas eran muy buenas. Piensa que las orquestas de mujeres que hubo en este país en el siglo pasado eran maravillosas. No tenían nada que envidiarle a ninguna orquesta de hombres.

De hecho, para competir en ese medio tenían que ser buenas.

Imagínate. Las mujeres tienen el mismo problema de los homosexuales y de los discapacitados: cuando vas a ser algo tienes que ser el mejor para que te respeten. Si no, no te respetan; tienes que ser superior. Eso es una verdad como un templo.

Eso es una verdad y falta mucho; aunque ya hemos pasado bastantes cosas y hay mucha mejora. Ahora tú te encuentras en todas las escuelas de música que hay muchachas que tocan trompeta, trombón, batería, bajo. Cuando yo estudiaba había una muchacha nada más que se le ocurrió y estudiaba el trombón. Y eso es porque era hija de un músico famoso y entonces era como que estaba justificada. Todavía en los años 60, las mujeres no tocaban saxofón ni trompeta ni nada de eso. Me acuerdo de un momento que teníamos un combo y no teníamos una bajista y hubo que poner a una fagotista a hacer los sonidos del bajo, porque no había mujeres que tocaran el bajo.
  

¿Y en tu caso, Sara, cómo te fue en un medio también mayoritariamente masculino?

Siempre me sentí bien. Siempre tuve la suerte de estar en este medio y de rodearme de amigos. Tengo muy buenos amigos. En el Grupo de Experimentación, por ponerte un ejemplo, yo ni bebía ni nada de eso. Pero cuando vi a todo el mundo con un trago en la mano, ah, pues, yo lo tengo también. Yo no me quedo atrás aquí. Y si hay que estar hasta la cuatro de la mañana, estoy hasta las cuatro de la mañana. Yo me dije que tenía que estar a la par de todo el mundo allí.

Mi vida cambió totalmente. Me adapté a todo eso. Y lo primero que hice fue unirme a ellos, pero sin prejuicios. Y ellos se unieron. Además, por suerte, di con un medio de gente, coño, pensante e inteligente que siempre también hizo lo mismo. Nunca me vieron a mí como un ser aparte ni un caso extraño, ni mujer ni hombre: me vieron como una compañera más.

Y también tenías cierta diferencia de edad.

Exacto. En aquel momento yo era más joven, y eso un poco te hace que aparezcan los padrinos. A esa hora te quieren proteger más que nadie.

Sara, hay gente que casi no sabe, o no sabe en lo absoluto, que tú trabajaste mucho con el Conjunto Nacional de Espectáculos como actriz y cantante, haciendo humor.

Es increíble. Hace unos días Virulo y yo comentábamos qué pasó que muchas de esas cosas nunca se filmaron. Me acuerdo de que nunca la televisión fue a filmar ninguno de aquellos espectáculos.

¿Cómo influyó esa experiencia del teatro y el humor en tu obra?

Me influyó mucho; me ayudó muchísimo. Dar clases de Actuación con Carlos Ruiz de la Tejera, con José Antonio Rodríguez que en aquel momento asesoraba el grupo, fue de gran ayuda para tomar conciencia del escenario y del tiempo. Sobre todo del tiempo a la hora de interpretar, de hacer. Me fue muy grato pasar por allí y me gustaba mucho ese trabajo. Luego no lo continué, pues llegó un momento en que pesaba un poco más el chiste y ya no se cantaba tanto. Y yo tenía más relación con esa idea que hizo Virulo maravillosamente al crear la ópera-son.

Siempre me ha gustado el trabajo humorístico y de vez en cuando lo he seguido haciendo, sin ningún prejuicio y me divierto mucho. Me siento muy cómoda. Además tiene que ver con mi carácter también.

Lo que ocurre es que la Trova la han querido asociar con lo solemne, y nada más.
Sí, a las cosas muy serias. Pero respecto a ese trabajo del humor, la gente siempre lo recibió muy bien. Y eso era lo más importante. Aunque de primera intención fuera como un rompimiento ¿no? Pero después se acostumbraron. A lo mejor me lo aguantaron y no se lo hubieran aguantado a otro; pero nada, me lo aguantaron.

Ahora, eso no te restó seriedad, desde el público quiero decir, a la hora de cantar “La victoria”, digamos.

Para nada. De hecho, haciendo algunos de estos trabajos hubo ocasiones de hacer espectáculos realmente solemnes. Y era el mismo público que iba a ver al Conjunto Nacional. Totalmente aceptado y en serio y respetado por las mismas personas serias que ayer te vieron hacer todos los monos del mundo.

Sé que lo has dicho otras veces pero quisiera escucharlo de ti ahora, no solemne, pero sí bien pensado. ¿Qué es para ti la guitarra?

La guitarra es la vía de comunicación desde mi adentro. De lo más profundo, de ese sentimiento que uno tiene por dentro. Lo blandito ese que a uno le sale, la guitarra es la que me ayuda a sacarlo. Y me protege. La guitarra protege.

¿Te protege?

Sí, la guitarra protege, cómo no. Ella te cuida. Porque en su sonoridad está también el rectificarte a ti misma. Entonces ella te enmarca por dónde ir. Es como decirte sin querer: Esto es un trovador y así lo tienes que hacer.

Hablemos de trovadoras. Me gustarían tus definiciones, las que se te ocurran al oír estos nombres. Primero: María Teresa Vera...

Ella es la madre. María Teresa es el pensamiento de la creación. Es esa señora que uno respeta cada vez que conoce algo de su vida. Y todavía son pocos los que hablan de ella. Es una mujer extraordinaria en su mundo, en la época que le tocó vivir. Una mujer muy valiente y arriesgada. Y también tuvo muy buenos compañeros. Fue alguien con muchos amigos, y muy querida. Eso de seguro la ayudó a enfrentar su realidad; era una época donde había que comer y llevar dinero a casa; no solo se hacían cosas por amor al arte.

¿Marta Valdés?

Marta es una escuela. Marta es una mujer con una personalidad admirable y una compositora única. Es increíble cómo Marta es capaz de enseñar. Te digo que Marta es una escuela: para el que quiera aprender la guitarra; para el que quiera saber de armonía; para el que quiera oír una buena letra y una buena canción.

¿Teresita Fernández?

Esa es otra que bien baila. Con Teresita hay algo que yo quisiera que antes de... no voy a decir morirse, esa no es la historia, porque ella no se va a morir nunca. El problema es que no se olviden sus canciones de amor, sus canciones para adultos. Porque si mucho valor tiene la obra de Teresita en la canción infantil, algo que es innegable; tanto o más valor tienen las canciones adultas de esa señora. Quisiera saber cuándo una disquera de este país le propondrá algo así.

¿Miriam Ramos?

Una compositora de un talento tremendo. Y me paso la vida fajándome con ella porque no canta más sus canciones. Cosa que debía hacer. Miriam hizo el disco con sus canciones porque ya la íbamos a matar. Es una excelente intérprete, sin duda, unas de las voces más lindas de este país, pero tiene unas canciones que tú no te imaginas. Canta a otros autores y ella tiene maravillosas canciones. Bueno, yo soy la que le está grabando sus canciones. Y son canciones de todas las épocas.

Vamos al presente. Hay en este momento más trovadoras que nunca en la historia de la trova. ¿Cómo ves el presente de la trova femenina?

Eso ha ido pasando porque los resultados de la mujer incorporándose a todo más que antes, tienen que verse en algún momento. Tampoco han surgido de un año para otro; fue poco a poco. Pero sí en este momento hay muchas más que antes no había. Y responde a todo eso. A las escuelas de arte... No solo hablemos de trovadoras. Hay más mujeres haciendo música en este momento. En el jazz, por ejemplo, hay muchas. Y las hay que son genios, realmente, con un talento tremendo.

Entonces veo muy bien, muy saludable, ese presente de la trova femenina. Creo que la mujer, no solo en la trova, en la cultura de nuestro país, la mujer va tomando un peso bien importante.

¿Y el futuro?

¡Luminoso, mi hermano, aquí todo va pa´lante!

Esta entrevista forma parte del libro Trovadoras, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2008.

 
 
 
 


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Sara González


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Amor de millones
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Querer tener riendas-Silvio Rodríguez

Su nombre es pueblo-Eduardo Ramos

De dónde viene el amor-Pepe Ordaz
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.