La Habana. Año X.
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3 de FEBRERO de 2012

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Exposición 1478 MB, de María Magdalena Campos Pons
Los caminos son largos
M. M. López • La Habana
Fotos: Abel (Casa de las Américas)

En el proceso de restitución positiva del término “raza” dentro el vocabulario artístico y científico-social de América y el Caribe sobresale el carácter crítico, creativo y de vanguardia que aportan las artes plásticas. En el año en que Casa de las Américas otorga por primera vez el Premio Extraordinario a estudios sobre la presencia negra en la región, inaugura a la par una exposición de la artista cubana María Magdalena Campos Pons, una de las primeras de su generación en abordar desde Cuba la experiencia de la diáspora y la memoria cultural africana.

La matancera, radicada en EE.UU. desde principios de la década de los 90, acumula más de tres décadas en la exploración de procesos de exclusión social como la discriminación racial y de género, en los que el capital cultural cubano heredado a partir de la introducción forzada de los negros esclavos a la Isla, ha constituido una de las matrices fundamentales. Al despuntar en los 80, el discurso artístico de María Magdalena se componía fundamentalmente de la recreación de contradicciones históricas irresueltas alrededor de la mujer y el negro, apoyándose en elementos de la religión afrocubana y el erotismo.

La Campos Pons, nacida en el 1959 del triunfo revolucionario en la devota provincia de Matanzas, se utilizaría a sí misma, a su madre, amigos y vecinos negros y creyentes, para representar un universo marginado que aún no había encontrado la posibilidad de ser reivindicado justamente. Si bien la Revolución Cubana declaró desde sus inicios el rechazo a la discriminación, el proyecto de emancipación femenina se adelantó al de la batalla contra el racismo, que continuaba manifestándose de forma solapada.

“Hablé de relaciones raciales cuando nadie lo hacía porque participé de eso —apunta María Magdalena—. ¿Dije que había racismo en Cuba?: sí y no. Yo pude estudiar una carrera y mi madre nunca pudo ser maestra como quería, porque había mucho más racismo antes; pero vi racismo cuando estudié mi carrera. Lo que aprendí en todos estos años es a hacer cosas, no a quejarme.”

Las mujeres negras, no obstante, aportaban un doble énfasis a la denuncia de la artista: no solo la sociedad mantenía una fuerte estructura patriarcal, sino que la propia religión presentaba en algunos casos carácter prohibitivo para las féminas. De tal modo, abordar el cosmos femenino permitía a María Magdalena —también lo haría con maestría la pintora Belkys Ayón— poner al descubierto el imaginario, la sabiduría, los deseos y las frustraciones de un grupo que no había tenido oportunidad de expresarse con autonomía.

El propio cuerpo de la artista sería muchas veces el conducto principal para traslucir las marcas de identidad de aquellas mujeres, el terreno principal de resistencia a los prejuicios y la discriminación, el mapa más exacto para encontrar la ruta del africano desplazado. María Magdalena, como Lydia Cabrera en su libro El Monte, entiende que no se comprenderá a nuestro pueblo sin conocer la influencia del negro: “Trato de que mi trabajo también recupere la memoria. No porque esté interesada en el pasado, sino porque sin entenderlo no se resuelve el presente y tampoco se avanza hacia el futuro. Trato de trazar esa línea entre los dos tiempos con materiales y formas siempre diversos. En su decodificación están todas las posibilidades, respuestas, cuestionamientos, soluciones, todo a lo que aspiro”.

La instalación Tra…, durante la IV Bienal de La Habana, se valió de la imagen de los barcos negreros y la trata para aludir a remanentes de la transculturación, la tragedia del esclavo y el tránsito, ideas que la artista retomaría con posterioridad en trabajos como los de la serie History of People Who Were Not Heroes (1994), cuya segunda parte, Spoken Softly with Mama (1998), introduce el elemento familiar para contrastar los macrorrelatos de la vida con los microrrelatos cotidianos.

“Me interesa el rito cotidiano, las cosas simples: cómo pones un vaso sobre una mesa, cómo miras desde la ventana el horizonte o su ausencia, cómo las personas se relacionan cada día, cómo hay elementos de delicadeza y magia en la intimidad, en la proximidad. Todo eso que uno toma como regalo de cada día, es precioso, único, irrepetible. Con todos esos gestos pequeños, trato de conformar una propuesta que los haga trascender; pero al mismo tiempo, que se convierta en alerta crítica.”

Para convivir con los rituales contenidos en sus exposiciones, María Magdalena protagoniza performances. El que concibió para la exposición 1478 MB, de Casa de las Américas, ayuda a comprender las resultantes de las últimas indagaciones de la artista. Desde su traslado a EE.UU, la partida, el desarraigo y la distancia pasaron a ser también ejes centrales de la obra de Campos, quien insertó su vivencia migratoria en el tratamiento del tema del esclavo africano. Las tiras de tela azul rajadas a la entrada de la galería de esta última muestra, evocan el sonido nostálgico del mar y el desgarramiento de las despedidas. Los pedazos de tela, sin embargo, se van anudando poco a poco en busca del regreso y la reconciliación, mientras la voz de la artista pide “más manos, más trapos, más amigos”.

María Magdalena ha comenzado a trazar la ruta de regreso de Boston a La Habana y de Boston a Matanzas, su provincia natal. Desde el título de la exposición, cuenta las millas que hacen la distancia. En la sala más amplia de la galería, colocó la instalación que da nombre al conjunto e hizo amarrar sus dos extremos con los mismos trapos azules que permiten imaginar el agua. De un lado, la ciudad de la enorme Massachussets sobre una tabla que sobrevivió a un naufragio; del otro, La Vega, cercana a Jagüey Grande, descansa sobre una puerta. Sobre ambas superficies ha colocado copas de vidrio. El emigrado, la fragilidad de la esperanza, el esfuerzo, la permanencia. Todo untado con manteca de corojo, encomendado a los orishas.

En EE.UU. la artista ha cobrado mayor conciencia de su identidad transculturada. A su inserción en la sociedad se añade su condición de latina, un asunto que ha sido también abordado durante la presente edición del Premio Casa de las Américas: “En mi obra convergen proximidad y distancia. Se mezclan con todas esas condiciones de la latinidad, el ser mujer… He tratado de entrelazarlos y de pulsarlos. Es un proceso interesante, porque cuando estoy en los EE.UU., no soy considerada afroamericana, sino afrocaribeña o cualquier otro tipo de denominación similar. Se establecen estas tensiones que enriquecen y que te plantean siempre oportunidades para nuevos cuestionamientos”.

Atravesada constantemente por iconos y referentes de la religión yoruba, en la exposición de María Magdalena destaca la presencia de Eshú-Elegguá, la deidad que abre los caminos, a quien dedica el conjunto “Corner”, de predominantes negro y blanco, donde relaciona las imágenes de un pie y el garabato, atributo distintivo del orisha. El garabato aparece recurrentemente en otras piezas y constituye uno de los elementos que apoyan el performance de inauguración.

Predominan también los motivos orientales en la muestra, que resaltan la multiplicidad cultural como componente esencial de la identidad de los sujetos contemporáneos. Muchos de los retratos que la artista plasma en polaroid a color sobre el oru (cielo) azul e infinito, se combinan con alusiones a la sensualidad de las geishas o con el significado erótico de la figura del cisne.

Las fotografías se asemejan a los performances congelados de René Peña, uno de los artistas que ha exhibido su obra, como María Magdalena, en varias ediciones de la iniciativa Queloides, sobre la raza y el racismo en el arte cubano contemporáneo. Mientras Peña vincula la figura del negro con el consumismo para referirse a la construcción de la identidad, Campos la relaciona con la situación del emigrado que se refugia en su fe religiosa, una línea que la emparienta con el trabajo de Meira Marrero y José A. Toirac, otros dos artistas que intervinieron en Queloides.

Tanto las fotografías identificadas, como “Mensajero I, II y II”, o el video en tres canales (“Intensity”), permiten a la artista prevenir a los agnósticos, como lo hace El Monte: “Toda cosa aparentemente natural excede los límites engañosos de la naturaleza: todo es sobrenatural”.

Las piezas de la exposición —armadas a partir de materiales que María Magdalena recolectó en Cuba— representan también los remanentes de su vida en la Isla y de una vida más allá del océano a través de sus antepasados. En una de las obras de la serie “Tree of life”, las trenzas del cabello de una mujer negra trazan una línea entre las fotos de una ceiba y una palma real, el árbol en el que se les entregan las ofrendas a los orishas y el árbol nacional de Cuba, respectivamente. En el centro del recorrido entre tiempos y cosmovisiones aparentemente distintas, aparece el rostro de una anciana negra, a quien le ha tocado heredar y construir.

“Dreaming of an island”, compuesta por cuatro fotografías, muestra a otra mujer negra de espaldas a la cámara, con los ojos puestos en un paisaje lejano que se perderá luego en un tejido de trenzas similar al de “Constelaciones”, una obra donde la artista acude a la fotografía abstracta.

La exposición de María Magdalena, ensartada por el componente ilusorio, obliga a cerrar el círculo de la reivindicación de los derechos, la historia y las identidades del negro, del emigrante y de la mujer en la realidad que ella misma ha descrito: “Los caminos atrapan, los caminos son largos, los caminos duelen”.

 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENEs

1478 MB, exposición de la artista cubana María Magdalena Campos Pons


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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.