La Habana. Año X.
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3 de FEBRERO de 2012

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Pedro Pablo Rodríguez

Sin falsos pudores

Dainerys Machado • La Habana

Lo he visto llorar. A Pedro Pablo Rodríguez se le han salido lágrimas en público, sin falsos pudores ni arrepentimientos postreros, medio encabronado porque recibió el Premio Nacional de Ciencias Sociales en 2009, dos años antes que el investigador Oscar Zanetti, medio feliz porque su amigo recibió por fin el mismo galardón en 2011.

Y ahora voy a su encuentro, casi una semana después de que el espacio El Autor y su Obra le regalara aquella tarde de confesiones y a mí el descubrimiento de un hombre sensible. Llevo un cuestionario lleno de tachaduras y notas al margen. Las entrevistas siempre me ponen nerviosa, más cuando el entrevistado tiene tanto que contar. No puedo olvidar preguntarle por qué se hizo periodista si es historiador; por qué las prácticas sociales y políticas andan casi siempre tan divorciadas de las teorías producidas por filósofos y teóricos; qué consecuencias ha tenido para la historiografía la fragmentación del pensamiento de José Martí en la representación de nuestros medios de prensa y libros de Historia; por qué cree en el socialismo del siglo XXI.

Calzada, número 807. A pesar de toda la sinceridad desbordada en el encuentro del Instituto Cubano del Libro, a pesar de que sus amigos aseguraron que es un tipo jovial, que no se detiene en protocolos, entro en el Centro de Estudios Martianos aún ansiosa. Pero la tarde guarda el mejor aprendizaje: las motivaciones de Pedro Pablo Rodríguez son tan terrenales como sus pasiones. Su valentía radica justamente en no encubrir sus esencias con palabras rebuscadas. Su ensayo más profundo, su más completo presupuesto filosófico, su mejor teoría social no es otra que él mismo.

Mas tal descubrimiento tendrá que esperar. He llegado media hora antes a nuestra cita.

La espera

“La 27, Errata; la 28, Lincoln; la 29, George Washington…”. El ritmo constante y desenfadado de su voz es la prueba más clara de la cantidad de años que Pedro Pablo Rodríguez lleva elaborando y cotejando, con su equipo de investigación, las notas de la Edición Crítica de las Obras Completas, de José Martí. La ceremonia posee, quizá por esos mismos motivos, una exquisita desacralización, pero ni una pizca de cansancio.

Martí es “Pepe” en estas oficinas. De él se habla con la misma naturalidad con que se debaten todos los temas humanos y divinos —sobre todo los humanos—. Pero reunir los originales de sus extensas escrituras y acotarlos en decenas de tomos, sí conserva algunos ritos.

Para probarlo bastan los siete lápices, atados por una liguita, sobre la mesa de Pedro Pablo. La madera, descarnada milimétricamente, deja al descubierto largos y puntiagudos grafitos. Especie de analogía a un pasado en que no habían llegado los lapiceros a las escuelas, cuando este hombre era apenas un niño, pero “ya leía a Aristóteles, a Platón, a todos esos locos, de quienes no entendía ni la mitad de las cosas, pero sí entendía la otra mitad, hasta donde podía”.

De esos lápices cuidados con celo, a pesar de sus dispares tamaños; de esa “cultura literaria brutal”, que era su mayor conquista a los 17 años y, por supuesto, de todo lo que vivió después en la Facultad de Historia, en el Departamento de Filosofía, en la revista Bohemia; nace una de las obras más prolongadas de la Historia y la Literatura cubanas.

Pedro Pablo pasa la página. Comienza a cotejar las notas de otro artículo martiano: “La 8, Steven. La 9, Errata. La 10… ¿George Washington otra vez?”. Perdida entre tantas enumeraciones, a la espera de la entrevista prometida, la mirada repara en el diminuto cesto de basura debajo de una de las mesas. Con marcador permanente lleva escrito “Propiedad de Aidita”, y se me antoja pensar que aún hoy, consagrarse a la obra martiana puede conservar el precio de la inopia tan bien conocida por el Apóstol.

“Nosotros somos los trabajadores más baratos del mundo, lo único que gastamos es papel, tinta y cinta de impresora”, jaraneará luego Pedro Pablo. Pero en sus palabras hay grandes verdades y otros dolores. “Aparentemente gastamos mucho papel. Pero cuando hacemos cuatro o cinco tiradas de cada tomo de la Edición Crítica de Martí, usamos dos mil hojas. Decirnos que somos gastadores es una fórmula más de incomprensión. Aunque no es la más dura”.

Al lado de su escritorio, un estante guarda todos los tomos publicados hasta hoy. Llevan carátula azul, y la imagen del Apóstol en la portada. No los cuento, pero deben sumar 23. Pedro Pablo ha trabajado al frente de la conformación de todas ellas.

Más tarde, cuando comience por fin nuestro diálogo, me contará cómo llegó a esta obra: “El Centro de Estudios Martianos estaba en una situación anémica. Se habían jubilado Cintio y Fina; Retamar dejó la dirección, porque no podía trabajar aquí y en Casa de las Américas; para donde también se había ido Emilio de Armas, otro de los fundadores. Con poco apoyo material y hasta espiritual, se quedó Luis Toledo al frente de todo. Entonces Armando Hart, quien era el ministro de Cultura, le ofreció a Manelo (Ismael González) la dirección del Centro de Estudios Martianos.

“Ana Cairo habla de refundación porque Manelo tenía gran capacidad organizadora. Atrajo a mucha gente, y no solo renovó el trabajo, también lo amplió. Yo estaba en la emisora CMBF en esa época y me pidió que me hiciera cargo de la subdirección de investigaciones del Centro. Vine, trabajé tres años, y surgió entonces la idea de retomar la Edición Crítica, detenida por la jubilación de Cintio y Fina. Ellos habían publicado dos tomos y tenían dos más preparados.”

Pero eso lo contará más tarde, porque ahora está enfrascado en asegurarse de que sus cotejos anteriores no hayan sumado nombres nuevos al índice onomástico. “Fanny, se te va la guagua”, se interrumpe él mismo con esa asombrosa capacidad de estar pendiente de todo. Comienza a recoger papeles, a cambiar otros de lugar. Pone los lápices a buen recaudo. El movimiento anuncia que casi es mi tuno.

Dice mi reloj que he esperado a Pedro Pablo Rodríguez durante 56 minutos. O mejor, lo he esperado durante más de 60 notas cotejadas en dos artículos de Martí y dos nombres agregados al índice onomástico. Quién diría que el tiempo puede medirse de formas tan diferentes.

El diálogo

He escuchado a sus amigos reprocharle su consagración a las Edición Crítica de José Martí, a costa del tiempo para desarrollar su obra. Solo por eso me atrevo a cuestionarlo, a preguntarle por qué el sacrificio cuando la vida es una sola. Me interrumpe antes que pueda terminar mi oración:

“Lo único que justifica que yo no escriba todo lo que quiero, y que es muchísimo, es justamente porque este proyecto se trata de Martí. ¿No es el más grande de los cubanos? ¿No es el más universal? Puede que nadie lea nunca un libro tuyo. Los de Martí siempre alguien los va a leer.

“¿Por qué se conoce a Gonzalo de Quesada y Miranda? Tanto al hijo, como al padre hoy los recordamos por editar las obras completas del Apóstol. Otro historiador amigo y yo tenemos una discusión, porque él casi está empeñado en mostrar que Gonzalo de Quesada era un traidor de la Patria. Primero, no comparto su análisis, y segundo le digo: chico, si metió la pata en algunas cosas, como de verdad lo hizo, hay que agradecerle toda la vida que recogiera los textos de Martí y los empezara a publicar. Con eso salva todos sus errores. ¿Te imaginas si nosotros hubiéramos tenido que buscar en los ‘70 esos originales?

“Lo que sí es cierto es que si tuviéramos otras condiciones materiales de trabajo, y otras estructuras laborales, aunque no me dedicara nada más a mis investigaciones, al menos podría hacer más. Escribo bastante. Pero no es lo mismo un ensayo de 20 páginas, en las que pongo algunas ideas, o un artículo para Cubarte, o hasta una colaboración para Radio Reloj, con las que me divierto muchísimo, que hacer una investigación metido tres años en bibliotecas, archivos.

“Muchas cosas conspiran: La Biblioteca Nacional está cerrada. Eso tiene parado los estudios de la historia y la cultura cubanas de un modo espantoso. Ahora es que el Archivo Nacional tiene una directora que ha empezado a modificar el tema de los accesos. Pero yo me había alejado de allí porque perdía mi tiempo sin resolver nunca un documento. Allí hay archivos que por diversas razones, ninguna malévola, pueden estar cerrados al público durante años. El de Máximo Gómez por ejemplo siempre estuvo clasificado, pero a alguien se le ocurrió reclasificarlo. Cuando me enteré, formé un berrinche tremendo. Después me ofrecí para ir una vez a la semana y ayudar a los archiveros a clasificar, porque había trabajado mucho a Gómez. No me lo aceptaron. La verdad es que en todo archivo o biblioteca lo que esté clasificado, así tenga 500 años, no se vuelve a recalificar.”

A pesar de todas esas limitaciones, creo que continuar trabajando en las ediciones críticas de las Obras Completas, de Martí depende sobre todo de una decisión personal.

Claro. Pero todo lo demás te come por un pie si quieres hacer otras cosas.

Lamentablemente, en Cuba hemos sufrido un retroceso en el servicio bibliotecario. El Instituto de Literatura y Lingüística heredó el antiguo fondo de la Sociedad Económica de Amigos del País, y ha ido para atrás. Todo parte de las limitaciones del país, pero también de que la mayoría de los buenos bibliotecarios se han jubilado o han muerto. Muchas veces se ha tomado la decisión de poner al frente de esas actividades a personas que no saben realmente el valor de cuánto tienen entre las manos.

¿Y qué pasará cuando los historiadores del presente tengan que acercarse a la prensa como testimonio de una época, de un sistema de pensamiento o de una figura específica?

Se ha perdido ya buena parte de la prensa cubana de los siglos XVIII, XIX y hasta del XX. No hubo un proceso de inversiones en la Biblioteca Nacional para la conservación del papel, a pesar de tener un clima tan agresivo como el nuestro. Hay colecciones de periódicos perdidas completamente, a las que tocas y se deshacen.

A finales de los años ‘60 y principios de los ‘70, cuando el país vivía una bonanza económica, debíamos haber hecho una inversión y empezar a microfilmar esos documentos. Entonces no se había inventado la digitalización, pero eso hubiera evitado el manoseo de los papeles. Por otro lado, se debieron instalar sistemas de climatización. Es verdad que todo eso es costoso, pero ¿de qué modo puedes proteger la cultura nacional?

Y la prensa que estamos haciendo hoy, ¿qué testimonio dejará para los historiadores que se le acerquen en el futuro?

No ayudará mucho. Una de las pocas maneras que tendrán de sacarle algo a la prensa es estudiando la sección de Pepe Alejandro en Juventud Rebelde, para darse cuenta de qué problemas y qué situaciones vive el país en realidad.

El pensamiento de José Martí también se trabaja de manera muy fragmentada en los medios de comunicación, y en otros espacios de divulgación. ¿Qué riesgos puede tener esa estrategia, cuando se sabe que la ideología está en construcción constante?

Martí para mucha gente es consigna y nada más. Eso lo ha desvirtuado mucho. Aunque es claro que en general esa tendencia no la hemos practicado los historiadores. En primer lugar, es parte de la propaganda; en segundo, del sistema escolar; y en tercero, del sistema de ideas que trata de organizar nuestra sociedad. Cuando la ideología se convierte en consignas se corren todos estos riesgos.

Nadie me tuvo que movilizar para que me hiciera miliciano. Todos estábamos esperando un ataque de los EE.UU. en cualquier momento. No teníamos dudas. Sentíamos que si éramos cubanos y queríamos defender un cambio, debíamos hacernos milicianos. Ese era un proceso que vivíamos todos, de modos paralelos y colectivos, pero también de manera individual. Había ciertas consignas —son útiles para sintetizar el espíritu de una época—, pero no me hice miliciano por una consigna, ni me fui a alfabetizar por un lema.

Fui a alfabetizar con 14 años porque me creía de verdad que era importante que todos los cubanos aprendieran a leer y a escribir. Puede que en mi decisión entrara mi inmadurez, o la aventura de un espíritu juvenil, de un muchacho de La Habana que va a la Sierra Maestra; incluso, si alguien quiere, puede llamarlo romanticismo, pero nadie me lo impuso. Cuando llegué a la Sierra me encontré con un campesino que quería seguir pagando las tierras al antiguo dueño. Y cuando empecé a convencerlo de lo contrario, supe que, de alguna manera, yo representaba para ellos también algo diferente.

Después, en la Universidad, creíamos que nos comíamos el mundo. Todo se transformaba, también la manera de vivir. Empezamos a rechazar incluso el matrimonio formal. Decíamos: “es tonto el papeleo, el amor es otra cosa”. Hasta las relaciones humanas empezamos a sentirlas distintas. Si hoy hay otra concepción sobre las relaciones sexuales, diferentes a las de la Cuba de mi niñez, es también por aquello que vivimos.

¿Qué es lo que más recuerda de esos años de descubrimientos?

Fui profesor en una escuela secundaria nocturna, luego impartí clases en un preuniversitario. Todo mientras estudiaba Historia en las mañanas, porque no había cursos para trabajadores.

Después empecé a trabajar en la Universidad de La Habana de profesor de Marxismo, y a formar parte de todo ese debate de ideas tan grande que hubo en los ‘60. Allí descubrimos que el marxismo no era los manuales soviéticos. Empezamos a conocer a los filósofos que trataban de romper con aquello a través de distintas corrientes de pensamiento. Estaba adquiriendo una cultura general porque tenía 20 años, y una cultura marxista incomprendida por algunas personas. Nos llamaban “revisionistas”. Y de repente nos encontrábamos debatiendo, acusados nosotros de antisoviéticos, y acusándolos a ellos de prosoviéticos, porque no se daban cuenta de que teníamos que construir lo nuestro.

Ese mundo tremendo de esos años iba acompañado del afán de hacer la Revolución en toda América Latina. No pensábamos que estaba al doblar de la esquina, pero sí en la posibilidad de llegar a ella. Empezamos a sacar la revista Pensamiento Crítico. Yo no era del equipo de dirección, porque era de los más jovencitos, pero ahí aprendí a leer de todo, a debatirlo todo. Decíamos: Marx se equivocó en esto, sin que nadie te juzgara como contrarrevolucionario. Esa formación intelectual ayuda mucho después a encontrar caminos propios.

¿No es una utopía creer en el socialismo del siglo XXI cuando el capitalismo se tambalea en crisis periódicas, pero se mantiene como sistema predominante? Más aún, cuando esa ideología idílica de la que me cuenta en la Cuba de los ’60 está lamentablemente ausente en las generaciones más jóvenes.

Lo mejor que tiene el socialismo del siglo XXI es lo impreciso que es. Su nombre es el intento de explicarse, fundamentar y ejecutar en la práctica un socialismo adecuado a las necesidades de la época. No le buscaría más vueltas teóricas, y ya eso me parece un paso de avance cuando lo comparamos con lo que se practicó en el siglo XX.

Muchas de las gentes que se mueven en esa esfera, no se afilian a una regla. Aunque siempre habrá ese peligro. En realidad no se puede hablar de socialismo, ni hacer ningún experimento así si no tienes dominios teóricos, que empiezan con Carlos Max, pero incluyen a los demás teóricos del siglo XIX, y más. Por ejemplo, no conozco la tradición del pensamiento chino, con siete mil años de historia… Pero creo muy positivo el sentido de identidad transhistórica gigantesca que se plantea. ¿Cuántos cuerpos de idea puede haber en la cultura china aplicables para hacer un mundo que no sea capitalista? Porque para mí lo que siempre ha estado claro, y cada vez más, es que el capitalismo no da salidas.

En general, el intelectual es muy cuestionador, eso es algo que estudia hasta la psicología social, son de los más cuestionadores quizá por su propia manera de expresarse.

La despedida: Epílogo

Desde que se hicieron las 5 de la tarde y casi todos partieron, la voz de Miladi, la secretaria del equipo, se escucha intermitente entre los silencios de nuestra conversación. Canta Mariposita de primavera, o cualquier otra melodía, mientras alista los papeles para la jornada siguiente. La melancolía de sus canciones es la música de fondo perfecta para algunos de los recuerdos de Pedro Pablo. Aunque en realidad él no luce triste, pero sí cansado.

Mejor dejamos preguntas pendientes. En la despedida hablamos de su intolerancia a la falta de humildad; de las ruinas de Cholula; de las formas de consumo en que se organiza riesgosamente la sociedad moderna. “Estamos educados desde determinados paradigmas, como dijo Pepe: desde que nacemos la familia, la escuela, el hogar, la sociedad, nos van creando fajas y el ser humano deja de ser él mismo o no saca sus potencialidades.

Por eso critica a Gorgias y al androcentrismo occidental que desató su pensamiento. Por eso mismo elogia a Ho Chi Minh y su sentido del sacrificio, así como a la atención de las culturas orientales a alimentar el espíritu de los hombres.

Pedro Pablo le tiene miedo a la muerte. Yo también. Hablamos un rato del vacío, de la nada, y a pesar de que sonreímos para espantar el disparate, los dos entendemos la sensación.

“Gracias”, le digo después que cierra su oficina, “hasta la próxima vez”, se me queda en los labios. “Aún es temprano”, sugiere él, aunque ya ha caído la noche y sale al día siguiente rumbo a Matanzas y Villa Clara a impartir conferencias y talleres. Lo veo alejarse, rumbo a una parada de la calle Línea. “Hace falta que la guagua pase rápido”, pienso. A la altura de la calle 23, miro de nuevo hacia atrás. Descubro que La Habana es más bella con estos tonos dorados, desde esta calle, y con estos sueños. Pedro Pablo tiene razón: “La vida es mejor cuando nos detenemos en sus pequeños detalles”. Ahora entiendo que quizá por eso, cuando está medio encabronado y medio feliz, también se da el lujo de llorar.

 
 
 
 
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