La Habana. Año X.
28 de ENERO al
3 de FEBRERO de 2012 

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

José Antonio Fulgueiras vindica en un libro
el papel de los árbitros cubanos de béisbol
Nuestros hombres de negro
Pedro de la Hoz • La Habana

Los hombres de negro es un título que faltaba a la literatura testimonial cubana y a la cultura del béisbol en la Isla. Me atrevo a afirmarlo, sin que medie en ello el conocimiento personal del autor —uno de los cronistas más imaginativos y apasionado que he conocido— ni el hecho de que de alguna manera, como se verá más adelante, haya tenido una participación tangencial en uno de los hechos que se narran, ni en dar cuerda a la decisión de Fulgueiras para que presentara lo que todavía era un proyecto al Premio Memoria, del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, institución que avaló y acaba de publicar el libro.

Los argumentos para resaltar la importancia de la aparición del volumen son quizá demasiados evidentes. Que recuerde es la primera vez que se le hace justicia a esos hombres —y una mujer, deberían ser más, por cierto—, que salen al estadio, ante miles de espectadores, de tarde o de noche, por más de dos horas y hasta cuatro o cinco, a dirimir las incontables situaciones que se producen en un juego de béisbol y son objeto de las críticas más severas y los insultos más tremendos cuando lo que tratan es, ni más ni menos, que conducir a feliz término el enfrentamiento entre dos bandos, mediante la aplicación de reglas escritas y universalmente aceptadas por los practicantes y seguidores de un deporte que en Cuba, perdonen el lugar común, constituye una verdadera pasión.

Pero también —y he aquí por qué hablo en términos culturales— el libro debe considerarse, por el imaginario que ofrece en palabras, metáforas y vivencias, como una pieza imprescindible en el develamiento y disfrute de zonas enraizadas en el acervo popular, en clave de continuidad y sintonía con la obra narrativa y testimonial del Samuel Feijóo, de Juan Quin Quin en Pueblo Mocho y Tumbaga.

Fulgueiras es villaclareño de pura cepa. Fanático, más que yo, al color naranja del equipo local. Sin embargo, aquí no importó que uno u otro ampaya —aceptemos con orgullo esa variante lexical mucho más criolla que el inglés umpire— haya inclinado una decisión contra su equipo, o le sea o no simpático. La honestidad profesional va por delante. En el libro están las memorias y las voces de varios de los más importantes y respetados ampayas que han actuado o actúan en nuestros clásicos y el recuerdo a algunos de los paradigmas de la profesión, como Amado Maestri, Rafael de Paz, el Chino Hernández y Panchito Fernández Corton. Se mezclan aciertos y errores, críticas y autocríticas, pasiones y aficiones, anécdotas y valoraciones, en medio del despliegue de una prosa directa y centelleante, sazonada por el humor y la poesía; y unas viñetas intercaladas que no tienen desperdicio.

Y aquí va lo mío. Del capítulo “La guerra de los árbitros” estuve cerca. Compartía labores en la redacción del diario villaclareño Vanguardia cuando sucedió aquel hecho, el de cuarteto uniformado que fue a exigir a la dirección del periódico una reparación pública por la diatriba que Fulgueiras le endilgó en su columna beisbolera —instigado por el ímpetu del jefe de redacción, el venerable Roberto González Quesada, por sobrenombre El Patriarca y por más señas mi tío—, en represalia por haber sido expulsado la noche antes de la banca de Villa Clara. Reacción arbitral ante un criterio esgrimido por el redactor en una columna anterior.

No voy a adelantar la ingeniosa solución del conflicto, porque Fulgueiras lo cuenta en el libro mejor de lo que yo podría hacerlo. Pero sí diré que cuando las aguas tomaron su nivel, el propio Fulgue reconoció que el episodio parecía un remake de lo que me había sucedido pocos años antes, cuando a raíz de una crítica —pertinente en términos conceptuales, aunque expresada con un lenguaje demoledor— que hice a una representación teatral de un grupo que participaba en el llamado Festival de Teatro Nuevo, en Santa Clara: los actores, que eran trabajadores del puerto de La Habana, fueron en masa hasta el albergue de Vanguardia a lincharme. Y si no es por la capacidad diplomática del colega y amigo Jorge García Sosa, los buenos oficios del propio Fulgueiras y mi decidido atrincheramiento detrás de un televisor ruso que estaba dispuesto a proyectar al primer intento de agresión física, quizá no estuviera haciendo esta historia.

Cada página de Los hombres de negro depara una sorpresa y una revelación. Los lectores conocerán grandezas y miserias, voluntades y bajos golpes del destino. Pero sobre todo aprenderán a valorar la entereza y consagración de los protagonistas más olvidados del espectáculo beisbolero. Y habrá que situarse detrás del plato o junto a una base junto a ellos para comprenderlos mejor después de la lectura. Y aceptar, como lo hizo el prologuista Yamil Díaz Gómez, escritor de recia estampa y anaranjado como el que más, que “existen hombres de negro imprescindibles para que Cuba entera cuente con esa gozadera mayúscula a la que algunos llaman el pasatiempo nacional”.                

 
 
 
 
ARTÍCULOS RELACIONADOS:

Humor y agudeza para descubrir
a Los hombres de negro

Analía Casado

.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.