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Sobre identidad, transparencias y fugacidades

Al encuentro con la obra de Enrique Estuardo

Carina Pino Santos • La Habana

Desde la cumbre de la colina Itchimbía el fascinante paisaje de miles de diminutas luciérnagas encendidas resultaría inolvidable para quienes, como yo, amanecemos cada día en una isla cual verde caimán ribeteado por el azul intenso del Caribe.

Era noviembre en Quito cuando se celebraba la Feria Internacional del Libro de 2010 en la histórica ciudad. Y hubiese querido detener el instante para revivirlo infinitamente, pues la perspectiva desde el Palacio de Cristal era óptima, gracias a esa singular vista que te hace sentir en el centro de la catedral de vidrio, cual si estuvieras en el ombligo del mundo, sin olvidar que nos hallábamos, además, simultáneamente rodeados de stands de libros, como si estuviéramos en el nodo de un laberinto de saber.

Fue allí, al centro de la cruz latina, bajo una cúpula translúcida y nocturna, con la ciudad prendida a casi tres mil metros sobre el nivel del mar a nuestros pies, y con un fondo musical de canciones del trovador cubano Silvio Rodríguez que conocí, fortuitamente, al artista ecuatoriano Enrique Estuardo.

Solo unos días después el artista nos llevó, al pequeño grupo de colegas cubanos del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau de visita cultural en Quito, a su estudio, una sencilla visita que luego me motivaría a la aventura de escribir un proyecto que, para alegría nuestra, no solo halló acogida por la dirección de la Casa Guayasamín de La Habana, sino que fue aprobado para celebrar el aniversario 19 de fundada la institución habanera.

Se trata de un bellísimo inmueble del siglo XVIII que fuera solicitado por el gran pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín para establecer su estudio-galería en Cuba, y que se ha convertido en una entrañable Casa para los cubanos, donde no solo se atesoran valiosas piezas museables, sino también se da a conocer la trascendencia de su legado artístico a la comunidad y al turismo internacional.

Exponer la obra de un ecuatoriano en esta galería de arte y museo, dedicada a la memoria de Guayasamín, en una edificación patrimonial perteneciente a la Dirección de Patrimonio de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana ha sido, desde luego, un estímulo indudable en estos meses de trabajo tanto para Enrique Estuardo, como para la autora de estas líneas.


Intervención de arte urbano QUILANGO, 2008

Mas fue en el estudio de Quito donde comenzó este suceso, allí al ver las pinturas de Estuardo me parecía disfrutar una poética artística que, al Sur de nuestro continente, me permitía reflexionar sobre una de las problemáticas más esenciales del siglo XX y también del XXI: la identidad y sus múltiples aristas, referencias y entrecruzamientos en la Latinoamérica contemporánea.

Esta, ciertamente, era la obra que yo descubría en las pinturas que me mostraba Estuardo durante aquella breve mas productiva tarde, visión que luego ampliaría, dada la brevedad de mi estancia en Quito, con la lectura del libro que Estuardo me obsequiara, una edición que recorre las sucesivas etapas por las que ha atravesado el artista.

Los diversos títulos y series que el artista puso a sus lienzos, “Encuentros y desencuentros”, “Concierto y Desconcierto”, “Adaptaciones” expresan una constante alusión a la identidad. También se aprecia una continua referencia que se transmuta en obsesión artística: “siempre busqué retratar lo que estaba cerca, la crisis de identidad que me cercaba…”—confiesa Estuardo en una de las páginas del libro.

Sin embargo, es visible en su quehacer cómo el artista, pese a los riesgos, nunca se ha inmovilizado en conceptos fijos, sino trabaja sobre el devenir transformador de la realidad: “Mi intención estaba en remover los arquetipos y así generar reflexiones sobre las escalas de valores” (aclara más adelante en su libro). Y es que para Estuardo, “el acto de pintar, en lo personal, viene a constituirse en el fluir de la vida misma…” Todo en una coherencia artística vital que atrapa al espectador de todas partes.

Esa intención de comunicarse con nosotros, de modo de involucrarnos en su diálogo visual es quizá el principio (sin final) de una atracción que nos convierte de espectadores en “observados”. Veamos cómo lo explica Estuardo: “Lo que considero importante es el acto y el diálogo interno o emocional que se puede establecer entre la obra y quien se enfrenta a ella, de manera que el objeto en sí se constituye en vehículo emocional”.

Quisiera detenerme, pues, en este punto. Porque en la obra de Estuardo, la propia identidad se aprecia desde la dialéctica de un imaginario que entrelaza antinomias complejas y presentes en la cultura del continente, dinamizadas por el artista desde desplazamientos morfológicos que enlazan expresionismo abstracto y pop, así como conceptuales, mediante las que transmite categorías que han sido esencia de los discursos problematizadores sobre nuestro devenir social latinoamericano.

La de Estuardo es, por ende, también una obra contentiva de una coherencia conceptual en la que el artista no se ha eximido, además, de realizar búsquedas técnicas y formales.

En estos lienzos como también en sus videos, Estuardo ha imbricado sus propias investigaciones antropológicas, de género y ontológicas en las que el hombre es el centro de irradiaciones sociales, culturales, existenciales y psicológicas.

He intentado a través de esta exhibición visualizar estos complejos conceptos para el público, mediante una puesta en escena donde se recorren distintos períodos de su obra. Todo en busca de que los espectadores puedan apreciar esa investigación tangible, nada epidérmica, de un nosotros latinoamericano y a la vez universal, cuyo sino no ha dejado de ser dramático y existencial, pero sobre todo, tal y como lo siento, emancipatorio y humanista.

La exposición pretende resaltar esos sentidos de apropiación y de asimilación colectivas desde Latinoamérica, y su redimensionamiento desde enclaves existenciales y emocionales en una transferencia de fuerte mensaje introspectivo que se devela en su serie “Adaptaciones”, uno de los núcleos fundamentales de esta muestra personal.

En esta serie Estuardo “pinta” un concepto siempre mutante. Como nos explica el profesor Stuart Hall “las identidades nunca están unidas, sino cada vez más fragmentadas y fracturadas en las postrimerías de los tiempos modernos. Nunca son singulares, sino múltiples, construidas a través de discursos, prácticas y posiciones diferentes, a menudo entrecruzadas y antagónicas. Están representadas como hechos históricos, y constantemente sometidas a un proceso de cambio y transformación.” (Véase su ensayo “¿Quién necesita la identidad? Revista Temas, La Habana, abril-septiembre del 2004, pp. 168-182).

Si en el acrílico “Evocación” de mediodía esa identidad se devela en los opuestos de historia y mito, de dripping y figuración pop (de multitudes) o en el reflejo de la apropiación del pasado colectivo, en otra serie, “Adaptaciones”, esa intencionalidad del artista deviene un discurso dialéctico que nos devuelve la imagen de nosotros mismos luego de un proceso de ajuste al contexto.

Es la referencia de Estuardo a una transformación incesante en la que mutamos conceptos, tras sufrimientos, pérdidas, a la vez que adquirimos valores o nutrimos nuestras emociones.

Se trata de un proceso cultural de construcción, donde el artista busca delinear mapas en el sentido de la investigación de una mismidad que nos define del Otro (por ejemplo, en el pasado colonial representado por el poder religioso o económico).

Mutaciones, cambios, reconocimientos de la mismidad que nos diferencian, híbridas interlocuciones como abordajes que el artista realiza en medio de las condiciones actuales.

Ticio Escobar ha alertado en un panorama actual de consumismo y comercialización capaz de devorarlo casi todo, se trata, pues, de: “El desafío del arte de nuestro tiempo que debe ser capaz de confrontar las particularidades sin volverlas esenciales y enfrentar los interrogantes que levanta el tiempo sin invocar misiones redentoras”.

En el Sur, cartografiando desde adentro con sus pinceles, su paleta o su cámara, Enrique Estuardo se ha arriesgado en esos lances a base de oficio y poesía.

Su discurso apuesta por hallar venturas en los pliegues y no en los subrayados ya revisitados por muchos otros. Su búsqueda de la memoria implica una reflexión activa del público de álgida contemporaneidad. Su denuncia es contra la alienación, la indiferencia y el olvido. La suya es una apuesta dura en tiempos de mercantilización global.

Le deseamos suerte desde esta Habana resistente y tierna.
 

La Habana, 22 de octubre del 2011

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.