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Entrevista con el cineasta Arnold Antonin
Haití es una tierra de paradojas
Cristina Hernández • La Habana
Fotos: Abel (Casa de las Américas)

La historia de Haití lo distingue como país precursor: la primera república latinoamericana, la primera dirigida por negros y una de las primeras naciones en abolir la esclavitud. Sin embargo, esta osadía ha sido castigada por el poder hegemónico hasta el punto de que hoy es uno de los países más pobres del orbe. La condena al aislamiento por parte del mundo occidental, las dictaduras políticas, las epidemias y las catástrofes naturales, han dejado un panorama aparentemente desolador.

Preso de la admiración y angustia que provoca la realidad de su patria, ha desarrollado su obra el cineasta haitiano Arnold Antonin. En más de 30 piezas documentales y de ficción, su cámara denuncia, profundiza y refleja aspectos relativos al pasado y presente de la nación de Toussain Louverture.

“Cuando tenemos países con tantos problemas la tierra natal se vuelve siempre una obsesión. Hay toda una literatura del exilio, de la nostalgia de la patria. El problema de Haití es que es un país heroico y a la vez de grandes desgracias. Una tierra que tiene un aspecto épico y a la vez un lugar de dolores y miserias.”

Desde 1974 se convirtió en uno de los más reconocidos y prolíficos autores audiovisuales de la región Caribeña. Es suya la primera película de su país: Haití el camino de la libertad, en la cual recorre la historia haitiana desde la llegada de Cristóbal Colón hasta la dictadura de los Duvalier.

“Haití es un país dominado por dos locuras: una de los politiqueros, declarados o no, ávidos de poder, de gloria y de dinero, y, por otro lado, la locura creativa de los haitianos. A la gente le atrae porque es una tierra de paradojas, y las paradojas son realidades que funcionan en el mismo lugar pero con lógicas diferentes. Mi esposa dice que Haití es un paraíso infernal, porque a la vez tienen todas las condiciones para ser un paraíso pero, por la maldad de los hombres que la dirigen, se ha vuelto un infierno. Sin embargo, existe una capacidad, una energía casi heroica de la gente del pueblo para sobrevivir en esas condiciones.

“Hago un cine que muestra la gran dignidad dentro de la miseria de la gente del pueblo de Haití, por una parte, y por la otra muestra la gran capacidad creativa del pueblo haitiano. Mi cine tiene una parte de denuncia a los que continuamente tratan de mantener ese pueblo en condiciones infrahumanas”.

Fue fundador del Centro Cultural Pétion-Bolívar, presidente de la Asociación de creadores de Haití, profesor universitario y de la Escuela Nacional de Artes. Se doctoró en Economía en la Universidad de Roma, y en 1983 obtuvo la Maestría en Derecho Económico e Internacional de la Universidad Central de Venezuela, país donde vivió hasta 1986, año en que pudo regresar a Haití tras la caída de la dictadura.

Es también un gran conocedor de la literatura francófona y creolófona de la región, motivo por el cual ha venido a integrar el jurado de literatura caribeña del Premio Casa de las Américas, al que considera el más prestigioso premio literario del continente.

“Se vale por su prestigio y no por la cantidad de plata que da a los que ganan; es el reconocimiento que representa lo que motiva a los autores a enviar sus obras a este certamen. Casa de las Américas es una institución de alcance mundial y como dice su nombre, pertenece a todo nuestro continente.”

Las tendencias de la literatura caribeña pudieran también advertirse a partir de las publicaciones de este premio, señala el realizador. “Independientemente de los libros presentes en el concurso, la literatura caribeña es muy viva y está dando grandes contribuciones a la literatura universal. Hablando por el Caribe francés y Haití, hemos contribuido a enriquecer la lengua francesa, la cultura francesa y el creole, como idioma de nuestros países, es un factor de riqueza cultural increíble que hay que defender.”

En cuanto a las posibilidades de los autores y autoras del Caribe para insertarse en circuitos literarios internacionales, Antonin considera que en el mundo francófono y creolófono sigue siendo, desgraciadamente, a través de Francia y de Canadá. “Para el resto de  América Latina, que escribe en creole, en inglés, en español, evidentemente Cuba es una gran oportunidad. En nuestros países, aparte de algunos monstruos sagrados, los escritores latinoamericanos no son muy conocidos. Entonces, como yo soy un panantillano, pancaribeño, con americanolatinista, creo que hay que difundir la literatura nuestra en el resto de América Latina”.

El cine es una necesidad

La llegada de Antonin al mundo de las cámaras coincide con la subida al poder del hijo del dictador François Duvalier, Jean Claude, autodeclarado sucesor de su padre y nuevamente presidente vitalicio. Él militaba en el movimiento revolucionario 18 de mayo y fue como parte de este que filmó la acusación frente al Tribunal Internacional Rusell contra la dictadura haitiana, luego de lo cual se produjo el material de 15 minutos Los Duvalier en el banquillo de los acusados.  

“Como muchos haitianos yo escribía en la clandestinidad, en periódicos, pero pensaba que para un pueblo como el haitiano, de mayoría analfabeta, hacía falta mostrar las imágenes de esa realidad. Una imagen habla más que mil palabras y en el caso de Haití la proporción se multiplica. Decidí hacer un cine que contara la explotación del pueblo de Haití desde la llegada de Colón. Como era cinéfilo, llegar al cine fue algo casi natural.”

Si bien la obra de Antonin ha sido reconocida internacionalmente, con premios tan prestigiosos como el de Cannes, la situación para el desarrollo del séptimo arte en su país ha debido enfrentar muchas barreras.

“Durante bastante tiempo, sobre todo cuando se filmaba en película, había muy poca gente en el cine. Después de mi primer documental, realicé otro sobre la producción plástica haitiana, porque los artistas estaban sometidos a una explotación comercial, económica y política. El gobierno presentaba el arte ingenuo con sus bellos paisajes como la realidad de Haití. Había una explotación ideológica porque se decía que un haitiano no podía ser un artista auténtico si no se dedicaba al arte ingenuo, lo que era una falsedad.”

¿Puede un agente de la C.I.A. ser un Mecenas? (Arte ingenuo y represión en Haití), un documental de 1975, parte de la investigación sobre la manera en que el agente de la CIA Seldan Rodman, conociendo el interés mundial por la pintura naif, usó como pantalla el Centro de Arte de Haití y junto con los Duvalier explotaron a los artistas de la Isla, enviando alrededor de 150 mil obras al año a diferentes colecciones institucionales y privadas del exterior, mientras los artistas recibían menos del diez por ciento de lo que valían sus obras.

Cuando Antonin regresó a su país, en 1986, ya había aparecido el video y Haití contaba con muchos más cineastas. “Hubo un momento en el año 2000 cuando se hacían en Haití 20 largometrajes de ficción al año, más que en Cuba, pero en video. Era el país de todo el Caribe con más largometrajes de ficción al año, aunque imitaban las telenovelas norteamericanas con historias de amor. Había periódicos que hablaban de un Haitiwood, como Bollywood. Pero eso duró poco porque la inseguridad política hacía a la gente tener miedo de ir al cine, la piratería gracias a la cual se copiaban inmediatamente todas las películas y el hecho de que las televisiones pasaban los filmes sin autorización ni pagar un centavo, acabó con ese boom. Antes del terremoto cerraron la última sala de cine de Puerto Príncipe.

“Hacer cine en Haití es un fenómeno muy complicado, no hay una ley de cine, de producción cinematográfica. Entonces, uno hace cine porque es una necesidad sentida para hablar de Haití, de nuestros problemas, y comunicarnos con los haitianos, pero con mucha dificultad.”

La catástrofe habitaba allí

Fue el mismo 12 de enero de 2010, poco tiempo después de que la tierra se abriera en la ciudad de Puerto Príncipe, que Antonin comenzó a rodar su documental Crónica de una catástrofe anunciada. El terremoto vino a acrecentar la situación de pobreza e inseguridad que vivía el pueblo haitiano, pero también regalaba nuevas encrucijadas.

“Quise brindar una voz haitiana sobre el tema ante las demasiadas imágenes extranjeras sobre lo que estaba pasando en Haití. Mi documental aborda los grandes problemas que plantea el terremoto en Haití: ¿vamos a reconstruir ese país peor de lo que era antes, o vamos aprovechar esta situación para volver a crear un país diferente sobre nuevas bases políticas, sociales, económicas, culturales y estéticas? Ese es el gran tema que plantea mi película.

“Dos años después del terremoto las preguntas quedan todavía válidas porque durante los dos años que siguieron al terremoto los dirigentes haitianos se han perdido en luchas estériles por el poder político y nadie se ha ocupado realmente en la reconstrucción del país. Dejaron la reconstrucción en manos de una comisión semihaitiana, han hecho muchas promesas y han construido solamente dos cosas importantes: un mercado edificado por una compañía de teléfono, el 12 de enero de 2011, y el segundo año una universidad que regaló el gobierno dominicano. No se ha construido nada más que casas provisionales, que no tienen una duración de más de cinco años. Están perdiendo el tiempo. No hay un plan de ordenamiento del territorio. No hay planes directivos de las ciudades, no hay normas de construcción por lo cual la gente construye como antes o peor que antes, utilizando como material los escombros. Las favelas se han multiplicado en el país alrededor de Puerto Príncipe y todavía no han empezado a aplicar la descentralización, o sea, reconstruir el país por las ciudades de provincia y no por la capital. Hay muchas buenas intenciones, muchos planes por los cuales el gobierno fue elegido, porque prometió que iba a cambiar, pero todos estamos esperando todavía.”

Han pagado muy cara la osadía de ser el primer país independiente de América, comento.

“Después de su independencia, Haití fue más aislado de lo que ha sido Cuba, porque el hecho revolucionario haitiano era todavía más insólito en medio de aquel contexto. No había ningún antecedente de este tipo en la historia. Evidentemente Haití fue puesto al mando del resto de la humanidad. Sufrió agresiones de todo tipo durante medio siglo, ayudó a los demás países a pesar de todo. Sin la ayuda de Haití no se hubiera independizado ni Venezuela ni Colombia ni Ecuador ni Perú ni Bolivia.

“Pero los dirigentes haitianos también empezaron a librar luchas intestinas entre ellos para la conquista del poder y olvidaron totalmente a los soldados de la guerra de independencia, los exesclavos que habían hecho la guerra. Pusieron fuera del poder político y económico, con una gran exclusión social, a la gran parte del pueblo de Haití que eran los campesinos.

“Luego, Haití se ha convertido en uno de los países más asistidos en el mundo, pero es una asistencia que no ha dado resultado. Si después de 50 años esto se mantiene, no son solo responsables los haitianos. Son responsables también los que ofrecen la asistencia, porque lo hacen mal. En la situación haitiana existe una responsabilidad del país, pero también de la comunidad internacional.”

La ayuda después del terremoto no ha dado casi nada duradero, sólido. Una buena parte de ese dinero, revela el cineasta, vuelve a los propios países de la cooperación pagando expertos internacionales, trabajadores internacionales y comprando equipamiento internacional.

“Hoy, como se dice que habrá muchas inversiones en Haití, todos están afilando los dientes para ver quién agarra más. El gran problema es cómo coordinar esa ayuda para que vaya efectivamente al pueblo de Haití y que se deje de aplicar la ley del embudo: entra mucho por arriba y sale poco por abajo.”

Una patria común

Antonin se reconoce como un hombre del Caribe y vislumbra en la unidad de las naciones de esta geografía la mejor estrategia para enfrentar los conflictos que las afectan.

“Aunque los países del Caribe tienen orígenes coloniales diversos —hay Caribe francófono, hispanófono, anglófono, hasta neerlandés— el colonialismo hace, por su modo de dominar a los países, que todos tengan un punto común.

“El tipo de economía que nos une se parece mucho a la economía de plantación, la monoproducción. Pero tenemos un rasgo muy común en todos estos países que es el de tener poblaciones importadas. Los haitianos somos casi todos de origen africano, y existe un componente africano en los demás pueblos del Caribe. Este gran componente negro hace que existan tradiciones y prácticas culturales comunes.

“Nos une también la necesidad de, siendo países muy pequeños, unirnos para poder hacer economía, aprovecharnos de nuestros recursos y conocernos mejor. En este mundo actual donde hablan de globalización, tenemos que lograr una unificación entre nosotros para enfrentarla, si no queremos que esta globalización se convierta totalmente contra nosotros.

“Otro punto de unidad está en la música, en las artes. En Haití la música cubana es vivida como propia. Aunque no se entiende el idioma, la gente la disfruta.

“Además, nuestras religiones tienen troncos comunes. Existe un gran Caribe creolófono, porque no solo se habla solo creole en Haití sino en Martinica, en Guyana, en Guadalupe, en Dominica, en Santa Lucía. Hay muchas corrientes migratorias en todo el Caribe que hace que nuestros países se acerquen.

“Tenemos también un corredor ecológico entre Haití, Dominicana y Cuba, y en los cambios climáticos que se van a dar ningún país del Caribe va a estar en grado de enfrentarlos solo. Con el terremoto se ha visto que vivimos todos en una zona sísmica y tenemos que estudiar cómo encarar estos desastres juntos. En Haití, por ejemplo, fueron los dominicanos los primeros en presentarse luego del terremoto, y los cubanos estaban ya en el lugar. Soy un panantillano, un pancaribeño, porque creo que hay que sentir el Caribe con todas sus diferencias, pero como una patria común.”
 
 
 
 


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