La Habana. Año X.
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3 de FEBRERO de 2012

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En la galaxia de una extinta revista*

Axel Li • La Habana

“Al parecer, en manos del editor Da Costa Gómez quedó únicamente el respaldo financiero del proyecto. Si llegó a intervenir o no en la gestación y concepción de algún número, no se han encontrado testimonios que lo respalden.”[1]  

“Con excepción del grabado de la pintura titulada La Edad de Oro, obra original del pintor alemán Edward Magnus, la cual se afirma fue sugerida por Aarón Da Costa para el primer número de la revista —a la que propuso el mismo título—, el resto del material gráfico en La Edad de Oro fue seleccionado por Martí a partir de obras conocidas del arte universal, para lo cual aprovechaba sus posibilidades didascálicas (…) En relación con la ayuda que puede haber recibido para la preparación de dibujos y grabados con fines editoriales, Martí quizá solicitara la colaboración de sus amigos pintores (Peoli, Edelman, Norman…).”[2]   

Es un asunto un tanto antiquísimo: La Edad de Oro mutó, de revista para libro, y esto es y será hasta que haya cubanía. Un asunto que es obvio, pero apenas interiorizado. 

Es un libro, sí, porque voluntades varias han hecho perdurar la majestad pedagógica, intelectual y editorial que José Martí con cautela y pasión edificó para una comunidad de niños —fundamentalmente— del siglo XIX. Ya nadie ve esa obra literaria y editorial como una revista, ni los mismísimos investigadores (martianos) que, dicho sea de paso, muy pocos han palpado los cuatro ejemplares (originales) de aquel lejano 1889. Lo que entonces salió a chorros de una imprenta de Nueva York para entrar luego en los circuitos de librerías y establecimientos (hispano)americanos, hoy día probablemente constituye una rareza bibliográfica. Y por cierto, ¿qué habrá ocurrido con los ejemplares martianos?, con los suyos, esos que tuvo que haber guardado, y tal vez, contaron con algún añadido extra —manuscrito— a modo de insatisfacción, recelo, corrección. Su colección tuvo que ser especial. 

“De mis libros no le he hablado. Consérvenlos; puesto que siempre necesitará la oficina, y más ahora—a fin de venderlos para Cuba en una ocasión propicia, salvo los de Historia de América, o cosas de América,—geografía, letras, etc.—que Vd. dará a Carmita a guardar, por si salgo vivo, o me echan, y vuelvo con ellos a ganar el pan. Todo lo demás, lo vende en una hora oportuna.—Vd. sabrá cómo.—”, son las primeras líneas de la célebre y definitoria epístola que Martí le remite a Gonzalo de Quesada y Aróstegui el 1 de abril de 1895. Ojalá haya sido desobediente Gonzalo: la biblioteca física de Martí no podía desarticularse. Sabemos que algunos de sus componentes rodaron de mano en mano, cual herencia honrosa, hasta que en los años 70 del siglo XX solo unos escasos estuvieron visibles y disponibles en la Sala Martí, de nuestra Biblioteca Nacional. Hoy ese tesoro ha aumentado aún más su fortuna histórica. Por consiguiente, ni está visible ni disponible como antes. Su papelería embovedada es dicha y honor para unos pocos. Y en ella todavía deben quedar sorpresas obvias, que solo serán develadas por ojos sensibles y conocedores de una caligrafía única y, de apuntes ocasionales, que de por sí pueden ser reveladores. Entonces,  resta enrumbar los míos a otros horizontes permitidos, con el ánimo de (re)pensar algo tan trillado como La Edad de Oro; trillado, pero más bien en el orden del verbo, lo literario.   

La epístola del 1 abril, ya citada, es finalizada con la idea con que abre: preservar lo útil y vender la hojarasca. Insiste Martí en el núcleo final: “De la venta de mis libros, en cuanto sepa Vd. que Cuba no decide que vuelva, o cuando,—aun indeciso esto,—el entusiasmo pudiera producir con la venta un dinero necesario,—Vd. la dispone, con Benjamín hermano, sin salvar más que los libros sobre nuestra América,—de historia, letras o arte—que me serán base de pan inmediato, si he de volver, o si caemos vivos. Y todo el producto sea de Cuba, luego de pagada mi deuda a Carmita: $220.00. Esos libros han sido mi vicio y mi lujo, esos pobres libros casuales, y de trabajo. Jamás tuve los que deseé, ni me creí con derecho a comprar los que no necesitaba para la faena.—Podría hacer un curioso catálogo,—y venderlo, de anuncio y aumento de la venta.—”. Él podía brindar además los ladrillos de su espacio intelectual en un caso extremo que, para el mes de abril de 1895, estaba en uno así: la probabilidad de la muerte en la guerra existía. Estando ya en la Isla, esos pilares de sabiduría no los tenía, pero la literatura no le faltó en el modesto equipaje que acá trajo en el año de su muerte. Esa carta, tan conocida y referenciada, hubo de ser para Gonzalo de Quesada la mejor de las brújulas para llegar y engrandecer a la cubanía en forma escrita, en este caso, la aportada por José Martí. Y Gonzalo había sido el elegido: “Si no vuelvo, y Vd. insiste en poner juntos mis papeles, hágame los tomos como pensábamos”.[3] Él debía ser el editor de un editor. Y así sucedió, aunque los tomos hechos por Gonzalo, comenzado el siglo XX, fueron otros; al calor de los intervalos libres de otras responsabilidades, nunca a tiempo completo. 

Los libros del Maestro fueron componentes de una papelería mayor. Lo martiano era mucho más: todo cuanto leyó y conservó, todo cuanto recibió y preservó, todo cuanto descartó y no trascendió, todo cuanto extravió y pudo ser salvado o no. Su famosa oficina, una entre “tantas”, fue el nicho para ser un pensador del deber, y allí atesoró lo posible, en copias únicas o en duplicados por si aparecía la ocasión —que no faltaron— para un obsequio que, por tradición y cortesía, iría acompañado de un mensaje manuscrito de su parte. De allí salió mucha información, verdaderos tesauros, porque eran de José Martí. 

A Gonzalo orienta y guía, explica y convida con su misiva del 1 de abril. Unas veces enfático, otras siendo bastante explícito; pero con la revista infantil de 1889 en idioma español, apenas una oración bastó para la incertidumbre: “La Edad de Oro, o algo de ella sufriría reimpresión”. En clave quedó el mensaje, porque Martí sabía cómo debía ser el retorno editorial a esta obra gráfico-literaria. Cuando fuese retomada para los volúmenes que habrían de recopilar la “obra” martiana, entonces sería diferente respecto a cuando fue revista. La Edad de Oro en ese instante de 1895 es vista por su gestor principal en la arquitectura de un libro: con formato, tipos de párrafos, diseño, tipografía, ¿ilustraciones?… diferentes.  

Gonzalo de Quesada y Aróstegui no podía entender, en esa maravilla de epístola, la parte mentada de la revista, que debió pasar inadvertida —por cierto— para cierto número de los contemporáneos a Martí, pero que el mismo Gonzalo fue el primero en sentar los cimientos culturales del cambio, por medio de su proyecto editorial de compilar lo martiano. Y en 1905 tuvo lugar el hecho con la otrora revista: La Edad de Oro, toda ella, salía ese año como un volumen. Fue entonces que la revista se hizo libro. Gonzalo optó por el conjunto, aunque Martí se mostrara vacilante en 1895. Había una unidad y un sentido editoriales que cobró más vida, a partir de 1905, siendo un libro… ilustrado. Era el quinto tomo de su compilación martiana. Era un libro previsor que rescataba un sistema artístico —palabra, imágenes— con comprensibles reajustes visuales. Era cuanto podía realizar Gonzalo: respetando y reproduciendo lo hecho en 1889, en lugar de porciones y momentos (¿cuáles Martí?). Era el punto de partida del libro La Edad de Oro, que es lo que generaciones de cubanos hemos conocido. (Cada quien ha tenido el suyo, es decir, cada etapa de esta vida ha tenido su libro de La Edad de Oro). De esta manera, el nuevo siglo comenzaba con un cambio para la obra martiana en el orden literario, y para las artes visuales sería un poco después: en pintura, cuando Jorge Arche (1905-1956) realiza el retrato de un Martí otro, pues esta representación la distingue una guayabera blanca. Es un suceso o instante, al igual que otros posteriores, que ha sido interpretado por Jorge R. Bermúdez como la necesidad de que cada época tenga su propio Martí artístico: “Comprendí que había un Martí para cada cubano y para cada época importante de Cuba. Asimismo, para cada pintor, para cada grupo de pintores, para cada tendencia de la pintura. También para cada momento difícil, personal o nacional”.[4] 

El libro La Edad de Oro ha sido la licencia, o una de las pocas en materia de soporte literario, porque a través de la palabra todo cambio es alteración: ¿qué son si no, por ejemplo, las erratas en Martí?  

La edición de 1905 incluye una “Introducción” (pp. 5-7) de Gonzalo de Quesada. El segundo y último párrafos refieren:  

·         “Cual símbolo de amor y de ternura, era de color celeste la cubierta que encerraba cada entrega, pues de ternura y de amor fue la tarea de quien solo deseaba, por galardón, que sus lectores queridos viesen en él un amigo”. (p. 5)

·         “A la nobleza del Señor A. Da Costa Gómez debo el poder sacar del olvido la bella labor; me bastó indicarle mi deseo para que me otorgara su entusiasta y desinteresado consentimiento. Para él, en nombre del Inmortal, de los niños de mi tierra y en el mío: Gracias!”. (p. 7)[5] 

¿Qué posibles sorpresas podrían aún conservarse en la papelería de los Gonzalo de Quesada (padre, hijo, nieto) respecto a José Martí? Quesada y Aróstegui para su empeño del libro La Edad de Oro contactó, según sus líneas, al tipógrafo judío y de descendencia portuguesa Da Costa,[6] cuestión que tuvo que ser —tal vez— por la vía epistolar. Esa(s) carta(s) podría(n) ser muy valiosa(s), sobre la base de que ciertos componentes —Aarón Da Costa Gómez, Adrien Marie, etc.— en torno a La Edad de Oro creo que todavía son nebulosas… atractivas. 

Posteriormente el libro La Edad de Oro tendría en Cuba otro momento significativo cuando el historiador e intelectual Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964) defiende a partir de los años 30 —casi hasta su muerte— varias ediciones reeditadas, que estuvieron al cuidado de la editorial habanera “Cultural, S. A”. El libro apoyado por Roig tiene un exhaustivo ensayo dividido en acápites. En el primero, “Martí y los niños.— Martí, niño” (pp. 7-11), expresa: “Ya los niños cubanos podrán leer, estudiar y guardar, como el más preciado tesoro que pudiera colocarse en sus manos, la colección completa de la revista que para los niños escribió y publicó Martí en 1889” (p. 8). Y más adelante agrega: “Es ahora —nos enorgullecemos de ello— que, a indicaciones nuestra, rápida y eficazmente secundadas por la casa editora habanera Cultural, S. A., se realiza lo que desde largos años ha constituido anhelo y demanda de cuantos en Cuba profesan culto fervoroso y comprensivo a Martí y a su obra y sienten la necesidad de que lleguen a sus compatriotas el ejemplo de su vida y las enseñanzas de sus trabajos: una edición de LA EDAD DE ORO, para los niños, edición extensa y económica que esté en todas las manos juveniles cubanas, que pueda fácilmente ser adquirida por padres y maestros, que no falte ni en los hogares ni en las escuelas, que represente, para los niños el más ameno e instructivo de los libros de lectura, y para los padres y maestros el más completo manual de la educación de sus hijos y discípulos” (p. 11). Sus análisis constituyen una suerte de programa del libro La Edad de Oro que, con este nuevo soporte, cobra una dimensión aún más cultural hasta los días actuales esta obra de edición del siglo XIX. Se aspiraba a que la revista con alma de libro llegase a ser un blasón de lo cubano: llegar a lo cubano a través de ese libro ilustrado, en el que todo podía despertar enseñanzas y principios capaces de ser legados luego. Algo que ha ocurrido por varias décadas desde entonces. 

Y hasta hubo un instante en el que fue preparada una edición facsimilar —casi facsimilar— de la revista.[7] Fue cuando se pudo tener una noción —a medias— de la apariencia de cuanto fue logrado con el cosmos tipográfico del taller de Da Costa en el siglo XIX. Así, fue posible constatar —a través de la copia— el formato, la tipografía de la época, la distribución de las imágenes… Fue un pequeño alto para tener una idea aproximada de los orígenes como revista del libro que sigue siendo La Edad de Oro. Y si sus textos son los mismos cualquiera sea el soporte, no sucede lo mismo con el sistema visual que le caracteriza.[8] La edición facsimilar aunque facilita la secuencia, el diseño y sentido gráfico de cada ejemplar (original), no reproduce con fidelidad el encanto de la técnica de impresión del siglo XIX que, más o menos, distinguimos en las reproducciones de las imágenes usadas en 1905 por Gonzalo de Quesada en su tomo quinto, o lo que es igual, en el libro La Edad de Oro por él preparado. 


"Martí y nosotros", Roberto Fabelo

Las obras artísticas que complementan a los textos, y hasta facilitan hilar la imaginación de una historia narrada también desde unos instantes gráficos o visuales, encierran un peso fundamentalísimo en el sentido de esa obra gráfico-literaria. La Edad de Oro no tiene sentido sin su sistema de imágenes. La Edad de Oro, la nuestra, además de “Bebé y el señor Don Pomposo” y “Los zapaticos de rosa” —digamos— es también el conjunto de “89 imágenes que clasificamos en dibujos, grabados, retratos y viñetas; todas ellas con una calidad ilustrativa consecuente con la identificación plena entre la imagen y el texto”.[9] Unas más que otras son ya de por sí iconos que distinguen al libro, y en esto han influido las cubiertas de cada edición, los complementos gráficos de las publicaciones periódicas, la televisión… cualquier soporte moderno en función de lo visual. Y hay más: las nuevas recreaciones artísticas en torno a los asuntos del libro La Edad de Oro, que han hecho surgir un imaginario otro, paralelo. Ahí está el cuadro Martí y nosotros (1999), de Roberto Fabelo, metáfora de una posibilidad de encuentro en un mismo espacio del autor y sus creaciones (personajes). También están desde los 2000, las sensuales esculturas en cera de Isabel Santos, reconstrucciones de Martí y su universo infantil creado con la palabra escrita; y un aplastante dibujo del joven caricaturista Joseph Rosado Polanco (Joseph), quien se apropia de una de las láminas más características de La Edad de Oro y la modifica para una época, la suya, donde lo informático —la era digital— depara encantos de vida. Ya en 1935 hubo un primer antecedente de reenfoque visual, cuando cambió una partícula gráfica del libro: véase que la ilustración de cubierta se le añade color, y así siguió saliendo, con las sucesivas reediciones a cargo de la Cultural, S. A. 


"Caricatura", Joseph Rosado

El dibujo de Joseph guarda conexión con una sensibilidad creada y mostrada públicamente con la exposición colectiva “Nuevo cartel martiano” (Biblioteca Nacional José Martí, La Habana, 19 de mayo de 1999). Es “deudor” de ese esfuerzo que nos recolocó al imaginario artístico de Martí en una cuerda inédita, con una fuerza casi similar al nivel de impacto —osadía— que el pintor Jorge Arche logró con su Apóstol de guayabera. Así fue explicada esa exhibición en su catálogo por Jorge R. Bermúdez: “en el umbral de un nuevo siglo y milenio, esta exposición aspira a dejar constancia de la capacidad de motivación del tópico entre la más reciente generación de diseñadores gráficos, así como su renovación visual desde presupuestos estéticos y comunicativos de vanguardia de la cultura gráfica contemporánea”. Al poco tiempo sería valorada del siguiente modo: “a las puertas de un nuevo siglo, otra exposición de carteles, esta vez, convocada por la Cátedra de Gráfica Conrado W. Massaguer de la Universidad de La Habana para conmemorar el aniversario 104 de la caída en combate en Dos Ríos del Héroe Nacional de Cuba, José Martí, se inauguraba en la Biblioteca Nacional José Martí. En ella carteles como Actualidad de un pensamiento (Grupo Spam: Gerónimo García y Armando Patterson), Martirio (Daniel Cruz) y Un verso (Edubal Cortina), entre otros, volverían a incorporar la imagen de Martí en la cultura viva, a expresarla desde la sensibilidad estética de la posmodernidad”.[10] 

Si en 1999 el cartel de un Martí con ropas contemporáneas[11] causó sospechas ópticas, unos escasos años después lo realizado por el caricaturista Joseph genera pues más aceptación. Y aunque prevalece un chiste imperceptible[12] en esa Nené lectora de una laptop —el “libro” de la (pos)modernidad—, hay un encanto renovado en esta ilustración de por sí atrayente y mágica, que no ha perdido su sello: la atención que puede mostrar un infante frente a la maravilla del saber, ya sea un libro o una laptop. 

Lo legado por Joseph es su visión del libro La Edad de Oro, él que seguramente bebió de una edición similar a la mía —la de la Editorial Gente Nueva—, aunque su juventud supere a la que tengo aún. Su selección no es gratuita. Para una comunidad de lectores esa imagen de la que partió dice bastante. Es una de las principales de La Edad…, al menos, en las últimas décadas: en el futuro podría(n) ser otra(s). Y ahora, trastocada, es muy evocadora. Y todo porque el libro La Edad de Oro indiscutiblemente nos ha enseñado “a crear modos de mirar, pensar y actuar”.[13] 

Por tanto, es ese el nuevo icono de La Edad de Oro: libro-revista, revista-libro por excelencia de nuestra identidad en su dualidad gráfica y literaria. En esencia, un libro con el que incluso se aprende a leer en ambas direcciones. Todo está en probar… y luego recordar. 

 

* Publicado originalmente en la revista digital de la Biblioteca Nacional José Martí: Librínsula, La Habana, No. 247, 9 de octubre de 2009 (http://librinsula.bnjm.cu/secciones/247/expedientes/247_exped_1.html). Y como parte del dossier “Imaginarios: La Edad de Oro (1889)”.

Notas:

[1] Misael Moya y Yosbany Vidal: Martí, editor. Editorial Letras Cubanas, [La Habana], 2008, p. 38.

[2] Ibídem, pp. 53-54, 57.

[3] Ideas correspondientes también a la carta del 1 de abril de 1895, remitida a Gonzalo de Quesada y Aróstegui.

[4] Ideas expresadas por Jorge R. Bermúdez en la presentación de su libro Antología visual. José Martí en la plástica y la gráfica cubanas, el que fue reseñado con el artículo “Martí en la plástica y la gráfica” (Opus Habana, Vol. VIII, No. 3, diciembre de 2004-marzo de 2005, Breviario, p. 11) y es de donde tomo la cita.

[5] He actualizado en algunos casos la ortografía del texto introductorio de La Edad de Oro. Casa Editrice Nazionale Roux e Viarengo, Roma-Torino, 1905, volumen V.

[6] Siguiendo a Luis García Pascual: Entorno martiano. Casa Editora Abril, [La Habana], 2003, p. 74.

[7] Me he auxiliado para estos análisis de La Edad de Oro, segunda edición, Centro de Estudios Martianos y Editorial Letras Cubanas, [La Habana], 1989.

[8] De acuerdo con cierto criterio, las ilustraciones de La Edad de Oro pueden ser divididas en cuatro direcciones: 60 son dibujos, 11 son grabados, 10 son retratos, 8 son viñetas. Véase de Misael Moya y Yosbany Vidal: Martí, editor, ed. cit., p. 54 [nota 8].

[9] Ibídem, p. 54.

[10] Jorge R. Bermúdez: La imagen constante. El cartel cubano del siglo XX. Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 2000, p. 241.

[11] Ibídem, p. [344].

[12] Téngase en cuenta que vio la luz inicialmente en el Dedeté, suplemento humorístico del periódico Juventud Rebelde. Fuera de ese contexto humorístico funciona como una ilustración de amplios atractivos semánticos. Hasta donde sé, carece de título.

[13] Misael Moya y Yosbany Vidal: op. cit., p. 41.

 
 
 
 
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.