|
Entre Las venas
abiertas de América
Latina —que vio la
luz como mención en el
Premio Literario Casa de
las Américas de 1971—
y
Espejos. Una historia
casi universal,
su obra más reciente,
corren 40 años del
tiempo Galeano y del
tiempo Casa, aunque
Espejos tenga como
primera fecha de edición
el año 2007. Podemos
percibir la actualidad
plena de ambos libros
porque existe una suerte
de tiempo suspendido:
ese que en Chopin logra
expresarse como tempo
rubato, y que se
puede manifestar de
otras maneras, con otras
complejidades, en la
reflexión y en la
poesía. La novedad de
estos textos no se ve
disminuida por las
coyunturas.
Desde Las venas
abiertas… Galeano
introdujo en la
ensayística de izquierda
de su generación y de
las que le suceden, un
estilo novedoso,
atractivo y convincente,
que lima asperezas al
rigor e ilumina con
gracia las verdades. El
estilo iniciado allí lo
vemos reiterarse,
desarrollarse y alcanzar
su plenitud en libros
posteriores, como los de
la trilogía Memoria
del fuego, y en
Espejos. Y lo vemos
reflejarse también en el
periodismo político
latinoamericano de
izquierda, en
publicaciones periódicas
impresas y en sitios
digitales
contemporáneos. Un
estilo efectivo para
derribar castillos
mentales. Me aventuro a
decir incluso que, de
cierto modo, Las
venas abiertas… fue
y es para el ensayo
periodístico
crítico, lo que El
llano en llamas ha
sido para la narrativa
latinoamericana.
|
 |
Tal vez fuera
precisamente su carácter
precursor lo que no le
propició en 1971
alcanzar el Premio Casa
frente a otro importante
ensayo, de cuyas
virtudes el jurado
destaca, en su
veredicto, la “sólida
base teórica y
científica” y la
“documentación amplia y
selecta con uso de una
bibliografía debidamente
actualizada”. Cualidades
que, evidentemente,
quienes juzgaban
estimaron decisivas,
aunque no bastaran para
aproximar de manera
clara y definitiva el
contenido pleno del
mensaje social de la
obra a los lectores.
Ambos trabajos apuntaban
a esclarecer el mismo
objeto de estudio, sin
embargo, fue Galeano
quien logró con creces
el propósito de atrapar
al lector: su ensayo fue
mucho más efectivo que
el libro premiado, algo
usual entre las obras
que abren caminos.
Las venas abiertas…
fue un libro vindicado
por la demanda y por la
expectativa que creó su
lectura, y que se vuelve
a crear en las
generaciones de hoy.
A la vuelta de cuatro
décadas, mientras
revisito aquel episodio,
llego a la conclusión de
que el jurado hizo lo
que le tocaba, y el
libro también. Por eso
he repetido más de una
vez que el juicio
definitivo sobre los
autores y sus obras hay
que buscarlo a las
puertas de las librerías
más que en los
veredictos. Y a menudo
en el largo plazo,
aunque, para fortuna de
nuestro amigo, él no
tuvo que esperar mucho
para ser vindicado por
los hechos.
En la Casa —que
con razón ha proclamado
como suya—,
Galeano ganó
posteriormente el Premio
de Novela con La
canción de nosotros
en 1975, y el de
Testimonio con Días y
noches de amor y de
guerra en 1978.
Obras, las dos, de
calidad reconocida, pero
ninguna con el impacto
de Las venas
abiertas…
En las páginas escritas
en 1978, como epílogo a
la segunda edición de
Las venas abiertas…,
nos proporciona un
argumento claro, una
clave, del porqué de su
estilo: “El lenguaje
hermético no siempre es
el precio inevitable de
la profundidad”, aduce.
El hecho cierto es que
uno de los pecados más
frecuentes de la ciencia
social, dentro y fuera
del marxismo, es la
desimplificación de
verdades sencillas en el
altar de las
complejidades
disciplinarias, y con
ella el descuido de la
claridad. Un mal al cual
ha contribuido la
segregación de las
disciplinas científicas
que abordan el hecho
social y lleva a
confundir lo complejo
con lo complicado. Aún
peor, a rechazar las
respuestas simples por
el prurito de que el
carácter científico
impone complejidad (o
incluso complicación).
Se coloca así,
inconscientemente, a las
ciencias sociales contra
la ciencia social. Se
repite la circunstancia
de que los árboles no
dejan ver el bosque, y
creyendo que hacemos
ciencia, a menudo
contribuimos a
estancarla.
|

Premio Casa
1970, Jurado de
Cuento |
Contra esa rigidez de
los sistemas se levanta
el atrevimiento de
hablar “de economía en
el estilo de una novela
de amor o de piratas”,
como reconoce Galeano
que hace en Las
venas… Pocos autores
logran, como él,
levantarse —sin
caer en planos
superficiales—
contra ese vicio
desimplificador que ha
oscurecido gravemente,
en muchas ocasiones, la
comprensión de la
historia, de la
economía, del quehacer
político y, en general,
de la realidad social,
que no permite abordar
la sociedad como un
todo. Oscurecimiento que
se produce —hay
que admitirlo—
con daño práctico
incluso para los
procesos políticos
nacidos de revoluciones
genuinas. Ni qué decir
de cómo se incubó y se
extendió para todo el
espectro de la oposición
de izquierda en Nuestra
América.
Por eso resulta tan
relevante el componente
herético de nuestro
autor. Dentro de su
ensayística de los años
siguientes se destaca la
aparición de la citada
trilogía Memoria del
fuego, compuesta por
Los nacimientos
(1982), Las caras y
las máscaras (1984)
y El siglo del viento
(1986), obras poco
conocidas entre
nosotros. Me pregunto si
podría ser considerado
este último título una
culminación del
sincretismo de géneros
—con el
periodismo al centro—
y la crítica del
hermetismo disciplinario
de que hace gala en su
prosa de 1971. En El
siglo del viento,
Galeano se vale, en un
alarde de irreverencia,
del instrumento de la
cronología para armar, a
través del acontecer del
siglo XX, una
presentación histórica
integral, hilvanando
momentos esenciales que
marcan el período
abarcado.
|

Premio Casa
1989, Jurado de
Testimonio |
Entre 1953 y 1967
sobresalen viñetas
referidas a Cuba
revolucionaria, donde
desfilan en un primer
plano los
acontecimientos que —desde
el asalto al cuartel
Moncada hasta el
asesinato del Che en
Bolivia— expresan
la magnitud de
significado de la lucha
contra la dictadura y de
los que pudiéramos
calificar como los años
de implantación del
primer proyecto
socialista americano,
del desafío, de sus
glorias y de sus
tragedias. Especialmente
del escenario brutal de
hostilidad sufrido por
Cuba y que amenazó,
desde entonces, a
cualquier propuesta de
transformación social de
radicalidad semejante a
la cubana.
En las 427 viñetas que
abarcan casi el mismo
número de páginas de
Espejos (lo cual
parecería una cábala),
el subtítulo, “Una
historia casi
universal”, es
indicativo del ambicioso
propósito de Galeano.
Constituye un ejercicio
extremo de condensación
que revela, tal vez como
ningún otro de sus
libros, la densidad que
subyace bajo el estilo
de estas asombrosas
viñetas. Sus títulos
hablan por sí solos del
refinado sentido de su
ironía: “Agua maldita”,
“Alabada sea la
ceguera”, “El peligroso
vicio de preguntar”, “La
despreciable mano
humana”, por ejemplo; en
ellas, las “fundaciones”
marcan, con
despreocupado
ordenamiento, pero con
acertado rigor, los
hitos históricos, desde
la “Fundación del fuego”
hasta la “Fundación del
tráfico urbano”; las
“prohibiciones” dan
cuenta, igualmente, de
la presencia del
autoritarismo, la
desigualdad y la
represión, como
“Prohibido sentir”,
“Prohibido ser curioso”,
“Prohibido ser pobre”,
“Prohibido ser negro”;
el diablo, que “es
musulmán”, “es judío”,
“es negro”, “es mujer”,
“es pobre”, “es
extranjero”, “es
homosexual”, “es gitano”
y “es indio”, nunca
antes tuvo una
fotografía tan nítida.
Pero considero que lo
más importante, lo que
sostiene en su esencia
esta originalidad,
radica en que cada
viñeta contiene el saldo
de un depurado ejercicio
de síntesis que ha
requerido del autor la
producción de un número
a veces elevado de
versiones consecutivas
hasta lograr transmitir
todo lo que se propone
con el mayor ahorro de
palabras imaginable.
Permítanme, para
demostrarlo, citar la
“Breve historia de la
revolución tecnológica”:
Creced y multiplicaos,
dijimos, y las máquinas
crecieron y se
multiplicaron. // Nos
habían prometido que
trabajarían para
nosotros. // Ahora
nosotros trabajamos para
ellas. // Multiplican el
hambre las máquinas que
inventaron para
multiplicar la comida.
// Nos matan las armas
que inventaron para
defendernos. // Nos
paralizan los autos que
inventaron para
movernos. // Los grandes
medios, que inventaron
para comunicarnos, no
nos escuchan ni nos ven.
// Somos máquinas de
nuestras máquinas. //
Ellas alegan inocencia.
// Y tienen razón.
La mezcla de irreverente
ironía con la
profundidad de
contenidos de lo que
dice y escribe Galeano
no es exclusiva, pero
constituye un componente
indispensable de su
ingenio, y de ningún
modo se contradice con
su rigor. Por el
contrario, lo
complementa. Es algo que
también recibió de
Onetti, a quien
considera su maestro, y
que compartía con su
amigo Roque Dalton. En
una ocasión en que nos
encontramos los tres,
Galeano llegó diciendo
que acababa de leer en
la prensa sobre el
primer vuelo de prueba
del B-747, el Jumbo, que
podía transportar la
cifra, asombrosa
entonces, de 450
pasajeros. A lo que
Roque replicó
rápidamente que empezaba
a temer que la población
de El Salvador pudiera
perecer en un desastre
aéreo.
Galeano parece recorrer
la vida como un desafío
constante al ingenio y,
se constata fácilmente
que es algo que
enriquece su prosa.
El presidente de
Venezuela, Hugo Chávez,
le rindió un merecido
homenaje cuando se valió
de Las venas
abiertas… para
sugerir su lectura al
recién estrenado
presidente de los
EE.UU., Barack Obama,
como un camino seguro y
corto hacia una visión
realista del escenario
al cual se enfrentaba.
Creo recordar que Obama
sonrió y le dio las
gracias, que es algo que
los presidentes jefes
del imperio saben hacer
para cubrir apariencias.
Galeano nos comentó que
el valor simbólico del
regalo fue
significativo, pero que
de haberle interesado el
libro a Obama hubiera
buscado una traducción
al inglés, puesto que se
han hecho dos, y
guardado el presente de
Chávez. Lamentablemente,
todo evidencia que no
hizo lo uno ni lo otro.
La Habana, 19 de enero
de 2012. |