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Con Eduardo Galeano, a
las mujeres de mi
generación nos sucedió
algo singular:
virilidad, atractivo
físico, desenfado se
unían a una inteligencia
poco común y a un poder
de comunicación tan
peculiar, que todas (o
casi para no ser
absolutas) las que en
algún momento hablamos
con él quedamos
prendadas de sus
palabras.
Yo lo conocí, grabadora
en mano, en el hotel
donde se hospedaba, que
no recuerdo bien cuál
era. Pasado un tiempo,
estando yo en El
Caimán Barbudo
—en una de las visitas
inesperadas al Saurio—
lo vi
llegar con su pantalón
de mezclilla, una camisa
o pulóver negro, sus ojos
claros y una sonrisa que
le dividía el rostro en
dos. Acompañaba a un
poeta que luego emigró.
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Premio Casa
1975 |
Galeano nunca supo que
su visita disfrutada
hasta por Zenaida,
nuestra especial
pantrista, influyó en el
atraso del número de la
revista que estábamos
cerrando. Todos los que
ese día estábamos allí,
sucumbimos ante su
decir, bien fuera algún
que otro pedazo de
poema, un cuento o un
análisis de la situación
de nuestro continente,
su tema predilecto y que
atraviesa toda su obra.
Por lógica salió a
relucir Las venas
abiertas de América
Latina, texto de
placer y de consulta
para todos sus oyentes.
Recuerdo que alguien
preguntó: ¿Y qué libro
ganó ese año el Premio
Casa de las Américas?
Nadie dijo el título,
quizá Galeano sí lo
sabía pero se lo
reservó.
Cuarenta y un años después de
aquel certamen y de
publicar su fabuloso
ensayo, confesó en La
Habana: “Con Las
venas abiertas de
América Latina tengo
una relación como la de
Quino con Mafalda. A
Quino le identifican con
ella y él la reconoce
como una criatura suya;
pero a veces le irrita
Mafalda porque el resto
de su obra queda opacada
por el prestigio de esa
niña terrible. Con
Las venas… me pasa
lo mismo. Se ha
convertido en un libro
de enorme difusión al
cabo de los años, lo que
ha conspirado contra la
repercusión que me
habría gustado ver en
obras posteriores. Es
una relación
contradictoria, pero
comparto con Hegel, Marx
y los indios
precolombinos que la
contradicción es el
motor de la historia,
así que no me sorprende
que la habite yo mismo.
“Escribí el libro para
poder llegar a tiempo al
concurso Casa. Recoge
cuatro años de viajes y
andares, que
cristalizaron en ese
libro escrito en 90
noches. Trabajaba en la
universidad y en
editoriales privadas,
ocupándome de corregir
textos sobre la vida
sexual de los ratones, y
solo por la noche
escribía en máquina (aún
no había conocido el
placer enorme de
escribir a mano).
Noventa noches sin
dormir hicieron posible
que entregara a la
embajada de Cuba el
original de Las venas…
que perdió el concurso.
¡Mi amor por la Casa de
las Américas no empezó
siendo correspondido
[ríe], era como una
pasión inútil!
“Aquel jurado de
prestigiosas figuras de
la izquierda, según supe
después, consideró que
el libro no era lo
suficientemente serio
como para recibir el
Premio. Era un período
en el que todavía la
izquierda confundía la
seriedad con el
aburrimiento. Por
suerte, eso fue
cambiando y en nuestros
días se sabe que el
mejor aliado de la
izquierda es la risa.”
Si ese maravilloso
hombre latinoamericano
solo hubiera escrito
Las venas…, nuestro
continente le tendría
que estar agradecido por
siempre. Pero luego
vinieron otros llenos de
abrazos, memoria y
fuego, y en lo
particular me subyuga la
forma en que Galeano se
rinde ante la mujer como
una propuesta de amor y
a la vez la respeta en
tanto ser humano. Una
amiga me decía que su
escritura es feminista y
pienso que tiene razón.
Pero va más allá:
defiende a los
indígenas, a los negros,
a los niños, a todos los
que la sociedad puede
oprimir y de hecho
muchas veces oprime.
Esta vez razones
familiares me impidieron
estar en su lectura de
los Espejos. He
leído cada una de sus
frases, y disfruté
enormemente cuando
dijo “¡Qué orgulloso
estoy de ser casi
compatriota de los
habitantes de ese país
prohibido!”.
Pronto, según
confesó, regresará
porque fueron pocos días
de visita a Cuba.
Entonces volverá a leer
o decir algunos de sus
versos hechos prosa, o
de su prosa que es pura
poesía. Despertará la
risa y también otras
emociones. Yo estaré
allí para ver frente a
frente al escritor de
uno de mis libros de
cabecera y al caballero
del siglo XX que se
conserva su armadura en
lo que va del XXI. |