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José Manuel Espino Ortega |
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(Matanzas, 1966) |
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Borges y yo
Borges y yo nos
soñamos en un tiempo
quizás ido,
zozobrantes por el
ruido de la lluvia y
sus reclamos.
Borges y yo nos
odiamos en páginas
casi muertas,
tomando
rosas inciertas del
jardín que
bifurcaba.
Borges y yo ante la
aldaba de alguna
ciudad sin puertas.
Él que fue esa
lluvia de oro, daba
sus palos de ciego:
Chuang
Tzu, mariposa luego,
Ulises sin más
decoro que aceptar
su
propio azoro, la
llanura, el asesino,
una estatua en el
camino,
entrampamientos de
cal, el tigre vasto
y fatal, su marasmo
repentino.
Yo le busco en la
escritura, tardía
forma en que asoma y
se
escapa en la paloma
dejándonos la
espesura.
Yo le busco en la
blandura de Buenos
Aires, traduzco su
pecho
lujoso, brusco entre
imágenes macabras,
malabar de las
palabras. Yo le
busco. Yo le busco.
Borges y yo larga
ausencia.
Borges y yo torpes
ojos.
Borges y yo qué
cerrojos.
Borges y yo cuál
demencia.
Borges y yo vil
dolencia.
Borges y yo un
ajedrez.
Borges y yo su
avidez.
Borges y yo fiero
puño.
Borges y yo fiel
rasguño.
Borges y yo
desnudez.
Él pedía alguna
gracia, soplaba el
viento de averno y
era
Borges tan eterno,
tan Borges, tan su
falacia. La
intemperie
que se espacia lo
vuelve un ciego
perfil, lo confina a
un tiempo
hostil que llamarán
la memoria, como
lluvia provisoria
rompiéndose en el
cantil.
Yo fui aquel pez de
Agrigento y el
hombre que lo
recuerda,
la cicatriz a su
izquierda, el mar
temeroso, lento; el
tajo
en la noche, aliento
del azul en su
impostura, para
amansar
la locura el
naufragio por
estampa, digamos que
fui una trampa,
ficciones,
literatura.
Borges y yo, la
sospecha de
transcurrir en los
días repasando
melodías con el alma
más deshecha.
Borges y yo, siempre
acecha si el
organillo prohíbe.
No sabemos
ya quién vive o
quién muere de los
dos, mas descubrimos
a Dios que sin ojos
nos reescribe.
Una visita al
manicomio
Yo sé que a mi padre
lo atormentaban
ciertas voces,
algunos rostros
ocultos en la
penumbra.
Quizás también yo
en medio de esa
algarabía.
Su hijo amado y
distante.
Su pobre niño al que
las enfermeras
le daban palmadas
sobre los hombros
para luego exclamar:
“Ya es todo un
hombre”.
Los ejércitos
cruzaron
por encima de él.
Quedó alguna medalla
y la cicatriz
que le permitía,
prójimo de los
héroes,
tratarlos de tú a
tú.
Nunca nos sentamos
juntos
a partir el pan
y conversar sobre
las muchachas.
Nunca vimos caer las
hojas
trazando en el
parque apacible
nuestros torpes
corazones.
Nunca compartimos un
secreto.
Nunca.
Nunca.
Nunca.
Tiempo de visitas.
Caja de música
recién abierta
de la que se aguarda
el último compás.
Si todo se
desvaneciera en el
humo,
si nosotros fuésemos
el humo:
tempestad y no
cansancio,
tempestad y no
amargura,
tempestad y no
ausencia.
Aún me estremezco
cuando alguien dice:
“Cómo se parece a su
padre”.
José Manuel Espino
Ortega: Poeta y
narrador. Ha
publicado los
volúmenes: Sueño
de una noche de
verano (décima,
1989), Barco de
sueños (poesía
para niños, 1991 y
1995), Rantés
vive en la otra
puerta (poesía,
1996), El cartero
llama tres veces
(poesía para niños,
1993 y 1996),
Magia blanca
(narrativa para
niños, 1997),
Laberinto
(poesía para niños,
1998), El próximo
circo (poesía
para niños, 1998),
Así sea
(poesía, 1999),
Mapas del hijo
pródigo (poesía,
2001) y El libro
de Nunca-Jamás
(poesía para niños,
2003). Textos suyos
están incluidos en
varias antologías.
Miembro de la UNEAC.
Le fue otorgada la
Distinción por la
Cultura Nacional. |
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