La Habana. Año X.
14 al 20 de ENERO
de 2012

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Día a día con Ernesto
Ciro Bianchi • La Habana
Fotos: Ernesto Fernández

Ernesto Fernández ha estado en todo: en los combates de Playa Girón, en la lucha contra bandidos y piratas, en los sucesos de la Crisis de Octubre, en la guerra en Angola, en misiones internacionalistas de carácter civil… Como fotorreportero ha dado testimonio de la gran epopeya de nuestro pueblo, pero esa es solo una arista de su quehacer porque ha registrado, además, otra epopeya no menos heroica: el día a día de los cubanos en estos cincuentitantos años de Revolución que quedó atrapada en sus reportajes.

Muchos de ellos los hicimos juntos. Trabajábamos para la ya desaparecida revista Cuba, de la que él fue uno de los fundadores, y pese a los años en el oficio nos honrábamos con seguir perteneciendo a la infantería del periodismo en aquella publicación que fue una de las grandes realizaciones de la prensa cubana.  Ambos éramos periodistas "b". Porque mientras el periodista "a" iba "a" Madrid, "a" Buenos Aires o "a" Moscú, lo de nosotros era "b" a Camagüey,  "b" a Santa Clara, "b" a… Y  mucho nos alegraba hacerlo, y hasta lo procurábamos, porque además de la satisfacción del trabajo, teníamos la dicha de recorrer y conocer el país con gastos pagos o casi pagos ya que todavía la dieta alcanzaba para algo.

Algunos de aquellos viajes resultaron memorables. Como aquel en que, pese a las ocho averías que sufrió el vehículo que nos transportaba, logramos llegar a San Lorenzo para estar en el sitio donde murió en combate el Padre de la Patria. Las subidas a la Comandancia General del Ejército Rebelde, en La Plata, y los recorridos por los caminos de la guerrilla, en la Sierra Maestra. Las estancias en Moa, pese al polvo rojo, fueron siempre una fiesta, al igual que las reiteradas correrías por Maisí y Baracoa…

Éramos un equipo. Sebastián Ojeda —"Sebita"— se nos sumaba como chofer, pero era más bien un acompañante porque apenas tomábamos la Autopista, Ernesto se hacía cargo del timón. Cada uno sabía lo que tenía que hacer. Ernesto nunca fue mi fotógrafo ni yo fui su redactor. Nos poníamos de acuerdo en el camino sobre cómo asumir el trabajo que nos habían confiado o que nos proponíamos y ya in situ cada cual trabajaba por su cuenta. Al final, ambas partes, la suya y la mía, completaban el todo que parecía más aceptable aunque no nos dejara del todo satisfechos.

No pocos nombres emergen de aquellos andares. Gente que por un motivo u otro permanecen en la memoria, como el ingeniero Demetrio Presilla, que echó a andar la planta de níquel de Moa cuando todos apostaban que nunca funcionaría. El baracoense "Cayamba", el trovador de la voz más fea del mundo, como él mismo se hacía llamar.  El novelista Soler Puig, que una mañana salió de su casa, de la que ya casi nunca salía, para acompañarnos a ver al maestro Electo Silva. Arturo Duque de Estrada, uno de los hombres a quien Fidel avisó de la llegada del yate Granma, que tuvo en Santiago atenciones sin cuento para con nosotros…

Un nombre más se perfila entre tantos recuerdos, el del comandante Morales, el hombre que, por orden del coronel Alberto Ríos Chaviano,  asumió la defensa del cuartel Moncada, el 26 de Julio de 1953, y que días después condujo a Fidel desde el vivac santiaguero hasta la cárcel de Boniato. Ernesto y yo lo fuimos a entrevistar a su casa del reparto Sueño. Nos contó muchas cosas, pero aquella mañana tanto su esposa, como él —ambos de edad avanzada— estaban angustiados. Ni siquiera podían brindarnos un cafecito por la maldita tupición del fogón de gas. Ernesto tomó las fotos de Morales y se brindó enseguida para ver el problema. Se fue a la cocina, pidió un perchero y regresó con la camisa sucia, pero  sonriente. Había solucionado el asunto. Y es que Ernesto Fernández es así. Un hombre que ve a alguien roto en la carretera y no vacila en detenerse para ofrecerle ayuda.

Un día de octubre de 1972 se hizo microbrigadista porque quería hacer un ensayo fotográfico, una colección de fotos que atrapara el proceso de la construcción de un edificio desde el desbrozamiento del terreno donde se asentaría y la cimentación de la obra hasta el final. Ninguno de los 33 hombres —escritores, fotógrafos, periodistas, diseñadores, estudiantes, impresores—  que conformaron aquella brigada, sabía a derechas cómo se levantaba un edificio. Tampoco lo sabía Ernesto Fernández, pero ansiaba participar de aquella experiencia que pretendió dotar de una vivienda decorosa a quien la necesitara.

Ese ensayo fotográfico fue publicado por su autor bajo el título de Unos que otros (1978). Lo acompañé en la tarde de la presentación del volumen en los portales de la librería de San Rafael casi esquina a Galiano. ¿Por qué Unos que otros? Porque para él la gran epopeya y la epopeya cotidiana son una sola y única gesta y sus protagonistas son los mismos hombres. Lo dice explícitamente:

"… Pienso que todo es la misma cosa que se refracta y encuentra un nuevo camino en la Revolución: por eso pienso que son los mismos hombres —que son los mismos— aquellos que partieron a la lucha en la Sierra Maestra, o los que fueron a Playa Girón y a la llamada Crisis de octubre, y también a las zafras azucareras; los mismos que una vez y siempre estarán en la primera línea; los mismos unos que otros."

Hay en ese libro una panorámica de La Habana antes de 1959, con sus carteles lumínicos en inglés, turistas norteamericanos, cubanos que no tienen trabajo y viven en la calle, como la foto del hombre que en plena vía pública duerme con la cabeza apoyada en las rodillas o la de la niña semidesnuda que se sienta sobre el bastidor pelado de su camastro. Impactan las imágenes de barrio de indigentes de Las Yaguas. De esa serie, una foto se haría emblemática. Corren los años 50 del siglo pasado, se erige el monumento a José Martí en la Plaza Cívica o de la República —hoy Plaza de la Revolución— y la cabeza del Apóstol que rematará la escultura de Sicre está en el suelo, apuntalada por dos tablones forrados en sus extremos con sacos negros a fin de que la madera no estropee el mármol.  Tal parece en la foto de Ernesto que a Martí le taparon los ojos para que no viera tanta miseria, tanta corrupción, tanta podredumbre. Cuando el fotógrafo se empeñaba en captarla, un policía le preguntó el porqué de su interés por la cabeza de Martí con los ojos tapados. La respuesta surgió rápida: quería demostrar el cuidado que se tomaba la compañía constructora. Pero en realidad la foto en cuestión es un símbolo.

Hoy, con 73 años,  Ernesto Fernández podría estar de vuelta de todo. Pero sigue dando prueba de la misma curiosidad de siempre. Lo siguen animando las mismas ganas de trabajar y de vivir. Nunca trabajó por galardones ni reconocimientos, sino por el gusto de hacer una obra bien hecha que dejara testimonio. Así, el Premio Nacional de Artes Plásticas es para él un reconocimiento a sus concepciones estéticas de que la fotografía de prensa, el quehacer del día a día,  es también obra artística, definitiva y de valor.
 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENEs
Fotografías de Ernesto Fernández (1957 - 1968)


GALERÍA de IMÁGENEs
Fotografías de Ernesto Fernández (1974 - 2006)

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.