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A mis nietas Camila y
María Carla
A Félix Arencibia, el
maestro más conocido de
los desconocidos
A Marucha, quien dio a
conocer a los fotógrafos
cubanos, pues las
fotografías se conocían,
pero no sus autores.
Cuando recibí la noticia
del premio, no sabía qué
decir y, por supuesto,
no dije nada.
Ahora, dos semanas
después, me doy cuenta
de lo que recibí y por
qué.
Nunca trabajé para
premios ni galardones,
pues lo único
interesante para mí fue
mi trabajo y siempre
pensé que me quedaba
algo por hacer, y
mientras me faltara
algo, no debía aspirar a
nada. Además, ya hace
unos 20 años
trabajo como artista
independiente y nadie,
aquí en Cuba, se había
fijado en mí. Sin
embargo, he ganado
buenos premios y he
hecho grandes
exposiciones fuera de
Cuba, gracias a mi hijo
Ernesto Javier, aquí
presente. Nunca me ocupé
de esas cosas. Repito,
lo mío es la fotografía.
Así que cómo iba a
esperar un premio como
este.
Ahora descubro esta
nueva realidad y tomo
conciencia de que se
trata de un premio donde
han participado como
jurado un selecto grupo
de lo mejor de la
plástica cubana, que
valoró mi trabajo y que
casi fue unánime. Por lo
tanto, puedo decir
ahora: me gusta ser
Premio Nacional de Artes
Plásticas y me siento
muy feliz.
Quisiera recordar a
algunas personas para
hacer completa mi
felicidad. Es un deber
de gratitud. A la
directora de la Revista
Carteles,
Josefina Mosquera, quien
me llevó allí con 12
años y me impuso
aprender un oficio,
además de ocuparse de
mis estudios.
Tres años después,
cuando Bohemia
compró Carteles,
Carlos Fernández,
director artístico, fue
quien me puso una cámara
en la mano, me envió al
laboratorio y me
sentenció a aprender
este oficio de la imagen
y a llevarlo de por
vida. A todos los
periodistas y a todos
los fotógrafos, esos
grandes maestros que me
enseñaron todos sus
trucos, en particular
José Agraz y Generoso
Funcasta.
Después del triunfo de
la Revolución, a todos
los compañeros del
periódico Revolución,
en particular Carlos
Franqui, Pablo Armando
Fernández, Guillermo
Cabrera Infante,
Lisandro Otero, Santiago
Cardosa Arias y, en
especial, todos los
gráficos de Lunes de
Revolución: Mayito,
Jessy Fernández, Alberto
Korda y Raúl Corrales.
Después un abrazo
especial a la Casa de
las Américas, donde en
mis malos momentos
encontré un hogar y
además conocí lo mejor
de nuestra América,
incluyendo varios
Premios Nobel. Por eso
tengo que decir: gracias
Haydée, gracias Marcia,
gracias Chiqui, gracias
Mariano, gracias
Roberto, gracias Lesbia,
gracias Ada, Gracias
Beba y tantos otros de
aquel momento.
Todas estas personas
fueron las que me
enseñaron a ver y vamos
a decir, me criaron. Y
estos fueron los grupos
de intelectuales que
Dios me puso en el
camino, prácticamente lo
mejor.
A la Revolución le debo
el haberme puesto en la
mano, a golpe de cámara,
toda su lucha. A conocer
personalmente a Fidel,
al Che, a Camilo, a
Raúl.
De la Revista Cuba
diré que tuve muy buenos
compañeros tanto
periodistas, como
fotógrafos, a todos los
cuales les deseo lo
mejor, pero creo que yo
les aporté mucho del
caudal que venía
conmigo. Ahí llegué a
ser jefe de Información,
y esto me obligó a
nombrar a tres personas
que me ayudaron mucho y
compartimos buenos y
malos momentos: Eliseo
Alberto Diego, Norberto
Fuentes quien hizo
conmigo tres campañas
militares y veníamos
trabajando juntos desde
la revista Mella,
y al maestro Ciro
Bianchi, quien fue con
el que terminé mis
últimos días en esa
revista y con el que
hice más reportajes.
Por último, este premio
me confirmó por qué creo
en Dios, porque me tenía
esto guardado. Y saben
por qué lo digo, porque
cada vez que pienso en
las barbaridades que he
hecho para tomar
fotografías, como
subirme en una torre de
300 metros, tres veces
el Habana Libre,
escalarlo por fuera y
sin mallas. Ser atrapado
por un puma allá por el
Río San Juan y sentir
que mis huesos
chirriaban mientras me
apretaba y rugía… Bueno,
¿cómo salí ileso?, que
lo cuenten los que
estaban allí. Yo, no lo
sé. Lo demás que me ha
pasado en estos 52 años,
de cuantos líos me metí
y salí sin problemas, no
se los voy a contar,
pues no quiero
convertirlos. Así que en
otro momento.
Quise dejar para el
final a Nicolás Guillén,
fue la única persona que
ya siendo un adulto
mayor me enseñó las
últimas cosas y que tuve
el placer y el
privilegio de compartir
horas y horas sus
Páginas vueltas, ya
que yo como Jefe de
información, tenía la
responsabilidad de que
se entregaran a tiempo
aquellos textos. Y puedo
decir que nunca me
falló. La entrega estaba
pactada para los días 23
de cada mes. Nicolás me
llamaba el 15 y ahí me
decía: Yo escribo
rápido, pero reviso
lento. Ya lo viste,
ahora te lo entrego el
23 y lo leemos. Sé que
se habría alegrado mucho
con este premio.
Este premio, en mi caso
particular, significa
mucho más. Es un
reconocimiento a la
fotografía cubana. Es un
reconocimiento a un arte
visual, que aun en los
tiempos en que no
pensábamos en término de
arte y su importancia,
tuvo la suerte de
universalizar la moda de
la Revolución Cubana a
través de sus imágenes.
Y ahora, lo más
importante, mi familia,
quien en honor a la
verdad es la que va a
recibir este premio de
parte mía, pues todo
este trabajo fue
colectivo. Memo
Bacallao, mi suegra;
Ernesto Javier y Javier
Ignacio; Sonia,
quedándose sola cada vez
que yo desaparecía, a
Ernesto Javier que ha
hecho de mí un fotógrafo
conocido y ha elaborado
mis exposiciones, ahora
unido a Sandra
Contreras. Ignacio y
Marilis que se han
encargado de que me
conozcan por todas las
redes de Internet.
Sinceramente Sonia, este
premio te lo entregaré a
ti, pues te pertenece
por entero.
Gracias al Ministerio de
Cultura, gracias al
Consejo de las Artes
Plásticas, gracias a la
UNEAC, gracias a la
Fototeca de Cuba,
gracias a Luisa
Campuzano, de
Revolución y Cultura,
que se empeñó y empeñó
hasta que llegamos aquí.
Gracias.
Palabras en la entrega
del Premio Nacional de
Artes Plásticas.
La
Habana,
23 de noviembre de 2011. |