La Habana. Año X.
14 al 20 de ENERO
de 2012 

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Gertrudis Gómez de Avellaneda
funda una revista literaria
Cira Romero • La Habana

La camagüeyana Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), conocida cariñosamente como Tula o Doña Tula, es una de las figuras literarias más prominentes del siglo xix cubano. Poetisa, dramaturga, novelista, su obra se desplaza con privilegio por el romanticismo cubano y universal. Muchos han querido hacerla española, porque en tierra ibérica pasó la mayor parte de su vida y allí hizo vida literaria, junto con nombres tan relevantes como Espronceda, Zorrilla y Bretón de los Herreros; incluso llegó a ocupar posición relevante en la corte real. Al salir de Cuba por vez primera, en 1836, por el puerto de Santiago de Cuba, escribió su conocido soneto “Al partir”, donde leemos:

¡Perla del mar! ¡Estrella de occidente!

¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo

la noche cubre con su opaco velo

como cubre el dolor mi triste frente.

 

¡Voy a partir!... La chusma diligente,

para arrancarme del nativo suelo,

las velas iza y pronta a su desvelo

la brisa acude en tu zona ardiente.

 

¡Adiós, patria feliz, edén querido!

¡Doquier que el hado en su furor me impela

tu dulce nombre halagará mi oído!

 

¡Adiós!... Ya cruje la turgente vela...

El ancla se alza... El buque, estremecido,

las olas corta y silencioso vuela. 

Gertrudis expresa en esta composición sus sentimientos de amor hacia la tierra que la vio nacer y sus palabras, de pleno entusiasmo, se identifican también con la tristeza que domina su ánimo. Muchos años después, en cartas a amigos cercanos, subrayó su amor a la tierra de nacimiento. No hay duda de que fue, es cubana, aunque su estancia en nuestra tierra fuera, como la de José Martí, breve. 

Intensa y a la vez dolorosa fue su vida privada, tan censurada en su época. Amó frustrada y apasionadamente, violando las férreas leyes impuestas por una sociedad patriarcal, a Ignacio Cepeda; también al poeta Gabriel García Tassara, con el cual tuvo una hija, fallecida a los pocos meses de nacer. Contrajo matrimonio con Pedro Savater, muerto tres meses después. Se retiró a un convento, pero Madrid, los escenarios para estrenar sus obras, pudieron más que la serena vida de encierro. Fuerte de carácter,  apasionada —“es mucho hombre esa mujer”, se ha dicho de ella—, intentó ingresar en la Academia Española, pero fue rechazada por ser mujer. Se casó con el coronel español Domingo Verdugo, con el que vino a Cuba en 1859, pues había sido nombrado para ocupar un cargo oficial en la Isla. Aquí se le hizo un tributo de homenaje nacional en el Teatro Tacón de La Habana, el 27 de enero de 1860, en el transcurso del cual la poetisa Luisa Pérez de Zambrana colocó en su cabeza una corona de laureles.  

Apenas unos días después, el 15 de febrero, veía la luz el primer número, de los 12 publicados, de  Álbum cubano de lo bueno y de lo bello, “Revista quincenal, de moral, literatura, bellas artes, modas, dedicada al bello sexo”, cuya dirección corrió a su cargo. Más divulgada que estudiada, esta publicación, en la que colaboraron las figuras más notables de la época, como Juan Clemente Zenea, Rafael María de Mendive, la propia Luisa Pérez, Francisco Sellén y Emilio Blanchet, entre otros muchos nombres, constituye una contribución medular para dar cuenta de la renovación del gusto literario romántico en nuestra Isla. 

La no inclusión en sus números del tema patriótico ha dado lugar a que el Álbum... avellanedino haya sido juzgado más en términos estéticos tras notar esa falta, entendida por muchos como apoliticismo de la revista. Sin embargo, es preciso conceptuarla, aparte de por sus valores literarios, por su significación político-ideológica en una época determinada, así como comprender el papel rector desempeñado por su directora. 

En sus páginas se publicaron más de 200 títulos entre relatos, reflexiones, anécdotas, noticias, poemas y pensamientos, colocados en sus diversas secciones, como las tituladas “Leyendas y tradiciones”, “Galería de mujeres célebres” y “Revista de modas”. En muchos de los textos se exalta la imagen de la mujer como figura capacitada, como el hombre, para desempeñarse en el plano intelectual y cumplir las más diversas tareas de la sociedad. La sección “Galería de mujeres célebres”, concebida como retratos históricos, fue considerada por la Dra. Susana Montero, especialista en estudios de género, como un espacio donde “no se lesionaba, en esencia, aquella organización patriarcal de la sociedad, no la desestabilizaba, sino que quedaba en el rango inofensivo de lo excepcional universal y ahistórico, sin trascender al plano de lo real común y cotidiano”. Allí aparecen nombres como la célebre Aspasia, nacida en Mileto y educada en Atenas, considerada por Gertrudis en su artículo como “uno de los más bellos talentos del siglo de Pericles; uno de los astros esplendorosos que brillaron en el cielo de la Grecia en aquellos últimos tiempos de su dominación y de su gloria”. O Catalina II, de Rusia, que “asombra [por] la extensión de sus miras y la inteligencia de sus disposiciones”, y quizá comprendiéndola por sus propios avatares personales, se pregunta, “¿cómo prestar oídos a las voces que nos dicen también que su gloria de monarca fue deslustrada no pocas veces por sus extravíos de mujer? Tendamos piadosamente un velo sobre esas miserias reveladoras de la imperfección humana”. Para otra controvertida figura femenina, Isabel I de Castilla, más conocida como Isabel La Católica, tiene el calificativo de “heroína” y desgrana todo un conjunto de contribuciones de la reina al mejor desenvolvimiento de España, entre ellas su apoyo a la empresa acometida por Cristóbal Colón de llegar a las Indias. Con ella, dice, “todo se perfecciona, y España ve en breve que mientras triunfan sus ejércitos en Rosellón y la Italia, amenazan sus escuadras las costas de África, y se dilata su dominación cada día más por las inmensas regiones del nuevo mundo, constituyendo aquel imperio grandioso del que pudo decirse más tarde sin exageración que jamás el sol cesaba de alumbrarlo”.  

El grupo de mujeres escogidas para dar cuerpo a esta galería se destacan en diversas manifestaciones: el gobierno, la pintura, la poesía, la educación, la religión. Solamente una, Safo, la poetisa de Lesbos,  se desmarca del resto de las seleccionadas, en el sentido de que fue abiertamente transgresora del orden moral y social. La llamada por los griegos “décima musa”, nacida más de 600 años antes de la era cristiana, ejercita la pluma de Avellaneda en términos de admiración inusuales para la época, invocados hacia una mujer que, casada casi de niña, viuda de inmediato, se dio por entero, dice la cubana, a “su gusto por la libertad”. Sus poesías, refiere, “excitaron a las jóvenes a los placeres animándola al mismo tiempo a disputar a los hombres el talento”. Y amortigua el lesbianismo de la poetisa con estas finas palabras: “Muchas mujeres adquirieron fama por haber sido sus amigas [...] Así corrían los hermosos días de su vida, gozando de los homenajes halagüeños de ambos sexos y del doble placer de reinar por el amor y la admiración”. Con esta sutileza, la Avellaneda sortea los peligros de parecer impúdica ante un público habanero, los más de la aristocracia, que era su real destinatario.  

Seguramente las lectoras de su revista preferían, antes que leer la sección “Galería de mujeres célebres”, donde, por cierto, nunca fue tratada ninguna figura contemporánea, aquella titulada “Revista de modas”, a través de la cual los  o las colaboradores (ras) se referían a la alta costura, a los encajes venecianos, al peinado estilo Reina Cristina o a los saraos en el Palacio de los Capitanes Generales, donde la Tula se desenvolvía como pez en el agua. Así, los títulos de algunos comentarios de esta sección son significativos: “El corsé”, “El espejo”, “El tocado”, “Historia de los trajes mujeriles” y la traducción titulada “La moda en la hermosura”, entre otros títulos. La principal participante en esta sección se escondía tras el nombre de Felicia.  ¿Quién era? Virginia Felicia Auber de Noya (1825-1897), una coruñesa radicada en La Habana desde los siete años de edad, y que hizo fortuna literaria a través de sus folletines dominicales en la prensa habanera, aunque publicó en forma de libros algunas novelas. En sus trabajos no pierde ocasión de reflexionar más allá de un traje bonito, pues aborda, a veces entre líneas, temas acerca de la inferioridad en que se halla la mujer y la necesidad de subvertir los valores injustos que asaeteaban a la sociedad. Advierte lo perentorio de alcanzar la igualdad entre los sexos utilizando muchas veces la estrategia de un lenguaje oblicuo. Veamos este ejemplo tomado de “El espejo”:

Diríase que [la moda] se ha propuesto manifestar en el día que la mujer, —merced al rápido incremento de la civilización— toca al término de su antigua servidumbre. Como para colocarnos a la altura de las nuevas ideas nos manda a usar chaquetas y levitas (las cuales aunque de seda y muselina forman una especie de uniforme destinado a guiarnos a la conquista de nuestros derechos) y llevar tacones que nos permiten  hacer al caminar imponente ruido. Los tacones particularmente están en gran boga ahora. A todas nos conviene por uno u otro estilo. A las casadas, porque gracias a ellos se ponen siquiera en estatura al nivel de sus esposos. A las solteras porque a todas nos gusta mirar más bien de arriba abajo que de abajo arriba.

El  sentimiento amoroso encontró espacio a través de cuentos, como los titulados “El amor”, de Ángela Grassi, “La cueva de la bruja”, firmado por E. Auber, que no era otra que la antes mencionada Virginia Felicia, y “La hermana de Velázquez”, de Pilar Sinués de Marco. Mientras, las leyendas y las tradiciones, de tan alta estima en el marco del romanticismo, gozaron de espacio en la publicación. La propia Avellaneda, cultora de ambas modalidades literarias, publicó varias, como las que llevan por nombre “La dama de Amboto”, “La flor del ángel” y “La montaña maldita”.  

El Álbum cubano de lo bueno y de lo bello significó una renovación de la prensa literaria cubana en relación con la mujer, no así en el aspecto formal, pues se atuvo a los cánones periodísticos de la marginalidad sexual. La novedad radicó en la propuesta ideológica de los escritos allí reunidos por un espíritu excepcional, como el de la Avellaneda. Como ha afirmado la antes citada Susana Montero, los artículos allí reunidos están “entrelazados en su conjunto como partes de un programa único: el del pensamiento feminista, desarrollado en diversas estrategias discursivas que van desde la ocultación del lenguaje falologocéntrico como vía para subvertirlo, hasta los textos abiertamente metafeministas que propugnan la autenticidad de la voz femenina en la cultura universal”.  

Avellaneda no está ajena a la desigualdad sexual existente en el propio público femenino y lo provoca a la reflexión, para luchar por acceder a una conciencia feminista universal. La autora de Sab no se opuso a las estructuras socioeconómicas existentes, tampoco se enfrentó al gobierno colonial español, pero el programa de su revista fue, como se ha expresado, “una desgarradura más en el orden oficial, una protesta otra de la marginalidad en voz de una cubana, cuyo blanco de acción trascendía los límites insulares en su búsqueda de una conciencia y lucha convergente del sexo femenino”.
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.