La Habana. Año X.
14 al 20 de ENERO
de 2012 

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la gaceta de cuba
Espacio fértil para la polémica
Gerardo Fulleda • La Habana

La Gaceta de Cuba que tendrán dentro de un rato en sus manos, es la número 6, correspondiente a noviembre-diciembre del pasado año y que para no crear ningún alboroto es consecuente con el eterno atraso que identifica a nuestras publicaciones literarias periódicas. Ajeno, nunca esta demás aclararlo, a los afanes de quienes en ella laboran y sus colaboradores sino probablemente a la “maldita circunstancia de estar rodeados de agua por todas partes”. Debemos recordar que en este año que comienza alcanza La Gaceta su aniversario 50 fiel a los postulados de su fundador el gran poeta Nicolás Guillen; al recoger materiales que por su diversidad y propósitos mantiene no solo el interés por tenernos al tanto de los meandros de nuestro quehacer cultural  actual, sino a la intención de que este sea a su vez un espacio fértil para la polémica, en aras de fortalecer la percepción y el latido que requiere la reflexión sobre lo logrado, hacia donde vamos y las trabas necesarias de aniquilar para que así sea.

Ya en el reverso de la portada como marco propicio a lo que vendrá en su interior y dentro de poco tiempo se le hace un sucinto homenaje a ese otro grande de nuestras letras, príncipe de la dramaturgia, poeta singular y engendrador de talentos, entre otros dones, que es y será por siempre nuestro Virgilio Piñera,  en su centenario.

Pero entremos, pues, en el averno de su mano, quiero decir en ese precipicio que es toda entrega que nos propicie asomarnos a mundos distintos al propio y que pueden aburrirnos por su chatura, enloquecernos por su complacencia o lanzarnos en sus vericuetos, complejidades y aberturas como es el caso en el número de esta revista.

La poesía como matriz generadora de todo intento creativo tiene fuertes resonancias a lo largo y ancho de esta edición. Leonardo Sarría con sus “(Des) articulaciones. Una década de poesía  cubana a través de un premio, comienza por nombrar las cosas por su nombre, en análisis somero, que requeriría más espacio y riesgos, en el que no obstante consigue mostrar  y evidenciar con tino los cauces por donde corre el agua de la poesía que hacen los mas jóvenes entre nosotros, según lo atestiguan los conjuntos de poemas premiados en el certamen que otorga la propia revista. Este abarca las últimas 11 ediciones alcanzadas en las cuales se percibe un abanico alentador de búsquedas e inquietudes necesarias para la salud de nuestra poesía. Es una lástima que no haya podido reseñar los últimos galardones del pasado año que obtuvieran el sensible poeta Julio Mitjans y Junior Riquenes, con su beca de creación Prometeo; con lo cual tal vez el diferendo entre conversacionalismo y posconversacionalismo planteado en este artículo se inclinaría en la balanza y marcarían otros topes. Al final de la lectura de este trabajo se me ocurre esta pregunta ¿qué será más significativo para un lector, la pujanza de un movimiento determinado o el disfrute del dominio de sus altos exponentes?

Los dos poemas de Filiberto Rebollar que aparecen en la página 11, manifiestan algunas de las peculiaridades enunciadas por Sarría, donde la atmósfera evanescente prima creando una textura de resonancias y asociaciones.

La maestría de ese poeta, aun joven, ojalá lo sea por mucho tiempo, que es Sigfredo Ariel, toma al toro por los cuernos y con sarcasmo e ironía nos ofrece una cosecha de lo mejor, a lo que nos tiene acostumbrados, dotando a su  poética de una dramaturgia donde no hay distracción ni sosiego en su mirada a nuestro entorno contemporáneo, sino vuelo y alto alcance.

Y entramos de lleno en el primer dossier que nos aporta este número, donde poesía y plástica se unen para deslumbrarnos con la obra y la vida de, me atrevería a enjuiciarlo, un raro de nuestra cultura: Julio Girona. Un poeta obsedido por dos o tres visiones o pertenencias: la mujer, la creación y el espacio de luz que las primeras arrojan. ¿Y son necesarias otras preocupaciones para erigir una obra de valores trascendentes? Quizá tan solo la guerra, ese animal que nos asedia de vez en vez como una pesadilla recurrente que con su carga marcó también diversos derroteros a este creador, lúdicro, germinativo y que en cada uno de sus ejercicios nos ofrece una lección de libertad subyacente en la humanística visión de la realidad, de este manzanillero del mundo y Benjamín del Grupo Orto. Al cual Norberto Codina, su hija Ilse Girona y Orlando Hernández logran acercárnoslo ora con objetividad, pasión y hasta humor cuando ya nos han ganado sus poemas e imágenes pulidas con la fiebre de la llana originalidad.

En la especie de segundo dossier que dialoga con el anterior, encontramos que Antonio Eligio (Tonel) desentraña con profundidad los presupuestos del prematuramente desaparecido pintor cubano Pedro Álvarez. Consiguiendo transmitirnos iluminaciones conceptuales y estéticas que nos enfrentan con lo que hemos sido y aún nos quieren hacer algunos, enmarcado dentro de “los procesos de dominación, dependencia y resistencia que tienen lugar desde el siglo XIX y hasta hoy en la historia de Cuba, ante culturas y poderes foráneos de variada guisa”.

Como ejemplo vivo de su labor desmitificadora están las portadas y las ilustraciones de una serie de sus cuadros ricos en sugerencias y en la utilización de la transgresión y yuxtaposición como armas para lograr el deslumbre del conocimiento.

Las agudas observaciones del más reciente Premio Nacional de Diseño del Libro, del también pintor y poeta Pedro de Oraá, radiante y lúcido en sus primeros 80 que sabe evadir la inquisitiva entrevista con la misma sagacidad y el oficio que demuestran Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco, con lo que nos dan una visión de su ejecutoría como creador donde priman la honestidad y la amplitud de miras al enfrentarse a la hoja o lienzo en blanco, de este inédito.

En narrativa el Chino, Eduardo Heras León nos regala unas páginas donde más que el notable oficio demostrado con anterioridad, hace suya, a su manera, esa tradición cortaziana donde más que lo verosímil interesa la veracidad que encubre a las manifestaciones de las aparentes circunstancias cotidianas que desembocan en lo insólito o irreal. Un cuento fantástico con sustancia realista y de lo más logrado que he leído en los últimos tiempos, en esa línea.

Sin desgastarse en las explicitaciones o conceptualismos, con una mirada que nos recuerda a un ritornello poético, Mónica Ravelo construye su “No fotograph”, con una economía de medios eficaz y meritoria para una joven narradora.

Empeñado como otros tantos en ese interés de desbrozar los caminos cosechados por la molicie o el desdén que marcaron a zonas esplendentes de la cultura nuestra de los 60, Leandro Estupiñán escruta en su “Oscar Hurtado: el último vampiro”, gracias a la información de otros, a un personaje carismático para los de mi generación, y quien fuera puerta de apertura desde entonces a nuevas formas y vericuetos de la literatura y que respondía, subvalorado y casi olvidado, al nombre de Oscar Hurtado.

Buenos tantos se apunta e interés despierta Vitalina Alfonso en su breve ensayo “Redescubrimiento de la infancia, desde una mirada testimonial” al interpretar el quehacer creativo de quienes lejos de nuestro aire aún se sienten atenazados por su relumbre y tratan “de rememorizar la infancia”, “lo que implica reinventarla verbalmente”. Un excelente y provocador acercamiento a la memoria y a la invención, donde la fijeza y la incertidumbre de un complejo proceso humano es valorado con la duda de la razón y los sentimientos.

Tres primeras damas de la escena cubana, archiconocidas por los amantes de la televisión, el cine y el teatro, dan lustre con algo más que el glamour de las estrellas, a estas páginas. De la mano de Norge Espinosa, Verónica Lyn es conducida sin poses a recorrer su formación y trayectoria y los ganados hitos escénicos en que ha participado. Todo con sinceridad y sentido crítico, en el mejor sentido por supuesto, haciendo gala de lucidez y entusiasmo en sus primeros 80 abriles, al rememorar a quienes y a los principios  que la han conformado como una mujer y actriz realizada, gracias al amor que ha sabido cosechar como intérprete.

Convocada por Susadny González, Eslinda Núñez accede como esa dueña de las atmósferas y los misterios, que emana de un gesto y una mirada suya y que parecen pertenecer a tiempos lejanos y que logran abarcar al presente y el infinito porvenir, demostrado en los disímiles roles que ha interpretado y con los cuales ha sabido calar hondo en nosotros como espectadores.

No cejaremos mientras tengamos una gota de aliento, de extrañar y rememorar la presencia de quien siempre estuvo de parte de la verdad por descarnada que fuera, por tanto de lo vital en nuestra vida social, personal y artística; poseedora de un dominio técnico y un temperamento excepcional que si para el poeta dramático Abelardo Estorino le valió para que la considerara su fetiche, para muchos de nosotros seguirá siendo una imprescindible de la escena cubana de todos los tiempos: Adria Santana.

Llegamos ante la impronta de un genio contemporáneo de la danza que se desnuda ante los lectores como el hombre y artista orgulloso de su procedencia, por estar consciente de las alturas que ha alcanzado y dispuesto a ir por nuevas cotas, como solo puede hacer Carlos Acosta al ser retado en su entrevista por Marilyn Garbey.

Tres críticas de poesía, cuatro sobre la plástica y la arquitectura, una de narrativa, otra de teatro y aun una sobre un ensayo literario, se mueven en la mayoría entre la referencia o reseña necesaria informativa, propias de tan breve espacio, y la exaltación acrítica de contenidos y formas. Entre ellas habría que resaltar lo conquistado  por la nada contemplativa y sí valorativa, de profundis, sobre un libro de la poetiza Damaris Calderón “La servidumbre como una majestad”, de Caridad Atencio; la señalización de la importancia de un libro poco frecuente sobre arquitectura, de Alina Ochoa Alomá o el “Fragmentos de sí vistos en La Habana” de Kirenia Rodríguez Puerto sobre un libro de la maestra Adelaida de Juan; el posmoderno engarce de Ahmel Echevarría, que establece para inquietarnos o el comentario sobre la obra de Junior Acosta “Quién mató al mesero” con el que Sandra Sosa Fernández nos despierta el ánimo para transitar por la zaga de este artista y que cierra, reflexivamente este número tan balanceado en la mayoría de sus aspectos y que espero los conviden a ello y al debate, ¿por qué no? como lo han logrado con este humilde servidor.

La Habana, 11 de enero 2012

 

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.