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A Ernesto Fernández,
padre, lo conocí por sus
fotografías y la aureola
de artista que estuvo en
el momento y lugar
exacto para captar la
historia. Personalmente
primero, a principios de
los años 80, tuve
delante a Ernesto
Javier, su hijo,
entonces un pichón de
fotógrafo que se
acercaba a la revista
Somos Jóvenes con un
montón de relatos e
ideas de fotos bajo el
brazo. Era flaco e
hiperquinético,
conversador y jodedor
como todo buen cubano
joven, feliz y con
deseos de comerse al
mundo.
Luego leyendo o
escuchando las historias
de Ernesto, padre, me
imaginé que así mismo
sería en Girón cuando
con solo 21 años tiró la
primera foto de aquella
batalla en la que se
decidía mucho más que el
destino de su Isla.
Pertenecía por entonces
al staff del
periódico Revolución
y según cuenta Eduardo
Yasells andaba con él y
con el fotógrafo Sergio
Canales, ya fallecido,
en un carro que corría
desde el central
Australia hasta Playa
Larga.
Dos aviones B-26 se
acercaron a la
carretera, tenían
insignias de las fuerzas
aéreas revolucionarias y
se confiaron hasta que
las ráfagas de
ametralladora se
incrustaron en los
bordes del camino. Ellos
se parapetaron y los
aparatos siguieron su
ruta por el aire.
No demorarían en
encontrarse con un
soldado muerto, la
cabeza desbaratada,
luego de fajarse a tiro
con un B-26. La primera
foto de aquella
contienda se la tiró
Ernesto al joven en el
suelo. Era Antero
Fernández Vargas el que
avisó a La Habana de la
invasión y partió desde
Jagüey hasta Playa Larga
con un grupo de
milicianos.
Como esa foto, fueron
decenas las que hizo en
aquellos días de fuego
en la región matancera,
hasta se metió a la boca
de playa donde los
mercenarios dominaban y
los retrató
prácticamente de frente.
Cada uno de sus actos
estuvo rodeado por el
peligro y ¿por qué no?
por la temeridad.
Pero Girón no es el
único escenario donde
Ernesto Fernández
demostró qué es ser un
corresponsal de guerra.
En 1959 lo fue en
Venezuela con la
invasión de Castro León;
en 1962 en la Crisis de
Octubre, en 1963 en la
Lucha contra bandidos,
en 1965 en la lucha
contra piratas, en 1981
en Angola y en 1984 en
Nicaragua.
Con la cámara lista para
captar una imagen
interesante recorrió
lugares llenos de
peligros y nunca
desistió de una misión
de tal naturaleza.
Si la temeridad ha sido
una de sus
características, la
astucia ha estado
presente. El Che no
gustaba que le tiraran
fotos cuando trabajaba.
Ernesto lo sabía y se le
ocurrió una estratagema:
“Él estaba cortando caña
en el central Nodarse y
yo estaba haciendo un
trabajo cerca y me
enteré, pero me dijeron
que no me acercara que a
él no le gustaba que lo
retrataran cuando estaba
trabajando; en ese
entonces yo tenía una
cámara Exacta y me
acordé que yo había
leído que él en México
había tenido una igual y
fui para donde estaba y
le dije que iba a verlo
porque tenía un
problema, que se me
había trabado la cámara
y que sabía que él había
tenido una y me dijo:
“ah, pero eso no tiene
problema, eso es un
defectico que tiene,
dámela acá”. Nos
sentamos en el piso, yo
le di el rollo, él la
destrabó, le di las
gracias y le pedí que me
dejara hacerle unas
fotos y me dijo “tres”.
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Así logró unas
excelentes imágenes del
Comandante guerrillero,
una de ellas aparece en
el billete de tres
pesos. Ernesto también
tiene decenas de fotos a
Fidel tanto en el
trabajo, como en la
tribuna aunque lamenta
una pérdida: “Se
perdieron también los
negativos de la casa de
Cojímar de Fidel, y creo
que yo fui el único que
tiró fotos allí”.
A la pregunta de cómo
conseguir una buena
foto, hace un tiempo
comentó: “El secreto
está en grabar hasta lo
más insignificante, ver
imágenes, fijarte en
todo, y un día la obra
sale solita. El que te
diga que lo pensó, te
dice mentira. Hay veces
que miro las cosas y
todavía estoy pensando
cómo las hice”.
Si ha disfrutado el
riesgo en su profesión
también ha sido riguroso
en su quehacer “la
mayoría de los
reportajes los trabajé
como ensayos, me metía
en los lugares,
observaba, estudiaba;
para hacer el de la
Columna Juvenil del
Centenario me pasé
alrededor de dos
semanas, y estuve yendo
todos los días durante
una semana, desde las 5
de la mañana para hacer
el de Ciudad Libertad y
me pasaba todo el día;
muchos de los reportajes
los tengo como
colecciones”. De ahí que
la crítica ha valorado
su obra como un
repertorio visual que
echa abajo las fronteras
entre el fotorreportaje
y el ensayo fotográfico.
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Tiene guardados miles de
negativos que conservan
todo el valor de la
foto. Comparte las
maravillas de las nuevas
tecnologías pero ¿serán
tan seguras que se
preserven por 30, 40 o
50 años? Ernesto tiene
dudas y siente cierta
melancolía por el
misterio que rodeaba
tirar una foto hace dos
o tres décadas: se usaba
180 o 200 asas, entonces
él revelaba un pedacito
para ver cómo quedaba.
Cuando imprimía los
negativos e iba
apareciendo la foto como
un acto de magia en el
laboratorio, inmerso en
la oscuridad, entonces
era que sabía lo que
había logrado.
Hoy trabaja con Ernesto
Javier en todo el
proceso fotográfico
moderno. Si antes él fue
su maestro, ahora a
veces es alumno para
aprender cómo se forman
imágenes inusitadas
mediante la computadora.
Ha escaneado decenas de
negativos para la
exposición que
inaugurará en el Palacio
de Bellas Artes, como
corresponde al Premio
Nacional de Artes
Plásticas. Él está
montando exposiciones
desde 1959, en solitario
o de forma colectiva. Lo
ha hecho en los cinco
continentes, pero aspira
a que esta sea la mejor.
La curadoría se la está
dejando a otros
especialistas para que
seleccionen. Él no
podría. Ha sido el mago
de dejar constancia de
momentos irrepetibles en
el mundo de hoy. Cada
una de sus fotos forma
parte de él y las ama
como a hijas. Seguro que
esa selección será una
muestra de la apasionada
forma con la que Ernesto
Fernández ha visto la
vida a través de un
lente. |