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Siempre he sentido
particular atracción por
la imagen fotográfica y
debe ser por ello que me
enorgullece la amistad
de muchos de sus
creadores, y claro,
entre ellos nuestro
Premio Nacional 2011, el
querido Ernesto
Fernández, esa persona
abierta, conversadora,
revistero por excelencia
y apasionado, desde que
vio las series sobre la
guerra de Corea de
Gordon Duncán, por la
fotografía de guerra.
Doce años tenía Ernesto
cuando comienza en la
Revista Carteles
como ayudante de
dibujante primero,
diseñando después y en
la práctica fotográfica
de la mano de Raúl
Vales, Carlos Fernández,
Generoso Funcasta y José
Agraz, estos últimos
autores de las
dramáticas fotos del
atentado al buque La
Coubre. Eran los años
50, la época de oro del
reportaje gráfico y la
fotografía documental
ganaba en credibilidad,
se descubría la
importancia del “momento
decisivo” promulgado por
Henri Cartier Bresson,
elementos que fueron
calificando el
fotoperiodismo y que
desde sus primeros
reportajes podemos
apreciar en la obra de
Ernesto para Carteles,
imágenes de su paso por
la ciudad, donde un ojo
atento y cargado de
humanismo se detiene en
los vendedores de
periódicos y revistas,
en la tristeza de los
habitantes del barrio
Las Yaguas, en el hombre
del cabaret o en el
dramatismo que expresa
la muy difundida
imagen
del Martí de la Plaza de
la Revolución por su
particular atmósfera.
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Fotografías honradas,
sin trucos ni
manipulaciones, para
decirlo con palabras de
Tina Modotti.
Con la Revolución
triunfante fue en la
prensa diaria donde la
fotografía cubana
encontró su nuevo
lenguaje, Ernesto
integra entonces la
nómina del periódico
Revolución y allí su
obra se va convirtiendo
en símbolo, en memoria
colectiva y en
testimonio de profunda
comunicación, donde la
imagen habla por sí
misma al rescate de su
autonomía. En series
como la de Enero el
fotógrafo participa,
celebra, atiende,
escucha, son fotos
tomadas desde adentro,
nunca como un espectador
cuando su ojo enfoca los
campesinos, los
estudiantes o los
bailarines de ballet.
Junto con Corrales,
Agraz, Tirso, Ante,
Canales, Mario Ferrer y
Mayito recibe su
bautismo de fuego en
Girón, donde los propios
combatientes y el
fotógrafo como uno de
ellos, nos muestran un
paisaje donde humo y
metralla nos anuncian la
victoria.
No hay hecho que no
fuera testimoniado para
ocupar las páginas de
las revistas INRA,
Mella, Cuba
o más tarde Prisma:
las trincheras de la
Crisis de Octubre, la
zafra del pueblo y sus
líderes, las montañas,
la noche, las botas que
cruzan ríos o el
descanso de soldados y
milicianos en lucha
contra bandidos y en las
embarcaciones piratas
son fotografías
realizadas directas y en
alto contraste, estética
que caracteriza el
tratamiento de la imagen
en este fotógrafo.
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Los niños de la columna
del centenario y la
menos popular columna
juvenil del mar, las
microbrigadas,
fotografías de interés
humano que transmiten el
carácter del autor,
donde se funden fuerza y
ternura en particular
atmósfera que le otorga
el buen tratamiento de
la luz, pero otra
importante faceta de su
obra es la
correspondiente a su
condición de
corresponsal de guerra,
pues con ello logró
cumplir sus anhelos de
juventud de hacer clip
inmerso en el combate,
Venezuela, Nicaragua y
Angola dan fe de su
quehacer en imágenes que
nos recuerdan las duras
acciones del hombre en
combate, fotografías
panorámicas muy cerca
visualmente al cine que
permite al espectador
disfrutar sus valores
estéticos, pero también
compartir las emociones
de la memoria viva.
Ahora amigos, celebremos
con Ernesto este
merecido premio, para
disfrutar después de su
fotografía que por
contemporánea se
mantiene en estrecho
diálogo con la historia.
Palabras en la entrega
del Premio Nacional de
Artes Plásticas.
La
Habana,
23 de noviembre de 2011. |