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Para
Peter Bichsel
-También a mí me
gustaría estar contenta
—dijo la Reina— pero
nunca puedo acordarme de
aplicar la regla. Debes
de ser muy feliz
viviendo en este bosque
y alegrándote a
capricho.
-Pero si aquí estoy muy
sola!—dijo Alicia con
voz melancólica; y ante
la idea de su soledad
dos gruesos lagrimones
rodaron por sus
mejillas.
Al otro lado del espejo.
Lewis Carroll
—Billetes,
por favor —dijo el
Revisor del tren,
asomando la cabeza por
la ventanilla. En un
momento, todos le
presentaron los
billetes.
—Vamos,
jovencita, enséñame tu
billete
—continuó
el Revisor, mirando
enfadado a Alicia. Y un
gran número de voces
dijeron al unísono: “No
hagas esperar,
jovencita, que su tiempo
vale mil francos el
minuto”.
—Mucho
me temo que no he sacado
el billete para Sprüngli
—dijo
Alicia en tono asustado.
—No
había ventanilla de
billetes en el sitio de
donde vengo.
—
“No hay ventanilla de
billetes en el sitio de
donde viene” se
asombraron los pasajeros
a coro.
—No
me vengas con excusas
—dijo
el Revisor. Y el coro
añadió: “—No
digas nada de nada. El
lenguaje vale a mil
francos la palabra”.
El Revisor tomó un
periódico y comenzó a
dividirlo entre los
pasajeros.
—Si quieres un ejemplar para ti
sola, tendrás que viajar
en primera clase
—le
dijo el Revisor en tono
casi amable—.
Aquí, en clase
económica, hay un solo
periódico para todos los
pasajeros. La primera
fila lee la primera
página y así, los que
quieren saber de
deportes o cultura se
sientan al final, los
preocupados por la
bolsa, en el medio y los
interesados en la
política, ocupan las
primeras filas. Pero
—añadió
como cogido en falta—
ya he hablado contigo
más de un minuto.
—Gracias,
ya sé todo lo que
deseaba
—dijo Alicia temerosa.
—Bueno,
aunque no eres de por
acá, se ve que eres una
jovencita decente así
que te daré una última
información gratis. Si
pagas una tarifa extra
en primera clase, podrás
leer las noticias del
día siguiente.
—¿¡El
futuro!?
—se
sorprendió Alicia.
—Sí,
la verdad es que no es
tan impredecible como
pensamos
—y
aquí el Revisor hizo un
gesto de cansancio y a
Alicia le pareció solo
un viejecito extenuado y
orgulloso de cumplir con
su deber.
Alicia se acomodó en su
asiento de ventanilla y
el tren arrancó. Ante
sus ojos desfilaban,
como fotogramas,
pequeños pueblitos
góticos, iglesias,
montañas, cascadas,
lagos, prados y
bosques. Parece una
película, una postal o
la portada de una caja
de colores o de
chocolates
—pensaba.
—¿Será
así Sprüngli?
Alicia no conocía a
nadie que hubiera estado
en Sprüngli, si bien
todos se jactaban de
haber comido los famosos
chocolates. Contaban que
se hacían con cacao y
obreros importados y con
maestros chocolateros y
recetas del lugar, estas
últimas, celosamente
guardadas en las bóvedas
de un banco como secreto
bancario. Sprüngli era
la ciudad del chocolate.
El tren se detuvo en una
estación sin más
edificios que la oficina
para los billetes, y un
gran reloj. El Revisor
ordenó a los pasajeros
descender de los vagones
durante 31 minutos. Para
evitar a sus compañeros
de viaje y su coro de
sermones, Alicia decidió
caminar hacia un prado
que parecía salpicado de
puntos multicolores. Al
acercarse, descubrió un
pequeño ejército de
personas que portaban
pinceles, brochas y
vasijas de pintura de
diferentes colores.
El primer grupo pintaba
la hierba.
—Es
lo más difícil
—le
dijo el jefe,
interesado en hacerla
creer que el trabajo de
su brigada era el más
importante.
—La
hierba debe ser pareja
pero natural, la pintura
no debe salpicar la
brizna del lado porque
entonces, esta quedaría
más verde que la otra. Y
si mañana llueve,
tendremos que regresar a
pintarla más oscura y si
deja de llover algunos
días, hay que buscar
tonos ocres para pintar
la hierba seca. Como
ves, no es una tarea
fácil. Yo he sido
siempre muy cuidadoso y
exigente con este
trabajo. La próxima
semana me promoverán a
comprador, es el mejor
puesto, en vez de estar
aquí a pintar cada
brizna de hierba, iré a
la ciudad a escoger los
colores.
—Aquel
grupo que ves allá
—continuó
explicando, de
modo confidencial—
pinta las flores, se
creen artistas, hasta se
autoproclaman
impresionistas, son
todos mediterráneos,
poco organizados y
creyendo siempre en la
inspiración, en vez de
la constancia.
Los “impresionistas”
parecían más divertidos.
Uno de ellos pintaba
unas rosas de azul
mientras los otros lo
aconsejaban, sentados en
medio del prado, y
discutían acerca del
tono.
—Da
lo mismo, al final,
tendremos que olvidarnos
de esto y pintar las
flores según las
instrucciones, aquí
nadie quiere perder el
trabajo
—dijo
uno de ellos.
—O
que te manden a pintar
las vacas
—acotó el del lado.
—¿Las
vacas?
—dijo
Alicia—
¿Cómo es que alguien
pinta una vaca?
—¡Oh,
eres una jovencita muy
ignorante! Se nota que
no eres de por acá
—respondió
el que pintaba las
flores de azul sin dejar
admirar su trabajo—.
Es muy simple, debes
convivir con la vaca las
24 horas hasta que se
acostumbra a tu
presencia, cada día te
acercas más hasta que te
permite acariciarla. Una
vez en este punto, estás
en condiciones de
caminar a su paso y
pintarle las manchas
negras o carmelitas,
según se te indique.
Pero es muy aburrido.
Las vacas hablan solo
holandés y son
tacañísimas, nunca te
ofrecen un vaso de
leche. Ese trabajo lo
hacen siempre los que
vienen de las zonas
elementales, como tú.
Solo que eres muy bajita
para andar entre vacas.
—¿Hacen
esto durante todo el
año?
—atinó a preguntar Alicia en
medio de su estupor.
—Claro
que sí, solo que en
invierno usamos
solamente el blanco para
dar la cobertura de la
nevada a la superficie.
Los de las vacas se
quedan sin trabajo
porque las llevan a
sitios cerrados y como
allí nadie las ve, no
importa qué color
tengan.
A Alicia le habría
gustado saber si
pintaban también los
ocasos y los amaneceres,
el cielo y las nubes de
la lluvia y si al final
resultaba que las
cascadas eran solo agua
que alguien vertía desde
la cima de las montañas,
pero temía que el tren
partiera sin ella.
Despidiéndose del grupo,
que continuaba
ensimismado en las
flores azules, corrió
hacia la estación.
El tren viajaba sin
esfuerzo, los pasajeros
leían sus páginas y los
altavoces indicaban las
paradas sucesivas y las
ya superadas. También,
la hora y la fecha, la
estación del año y la
temperatura, la marea y
la fase de la luna. Los
índices de la bolsa y el
cambio monetario del
día.
Al llegar a Sprüngli, le
llamó la atención que
todos los carteles
comenzaran con la
palabra PROHIBIDO. La
lista de prohibiciones
era infinita. Incluía
desde PROHIBIDO COMER O
BEBER EN LA CALLE hasta
PROHIBIDO PISAR LAS
RANAS O LOS ERIZOS.
Luego de leer
atentamente los
letreros, Alicia sintió
alivio. No estaba vedado
comprar chocolates, solo
que no veía ningún
cartel que anunciara una
pastelería. Las calles
estaban flanqueadas por
edificios majestuosos y
grises, con nombres que
no dejaban entrever nada
goloso o divertido.
Finalmente, decidió
entrar en uno que
anunciaba la cabeza de
un gato con una gran
sonrisa de felicidad.
—Buenos
días, ¿es esta una
pastelería?
—se
dirigió a un señor
delgado que no sonreía
como en el cartel de la
entrada.
—Buenos
días, ¿estás asegurada?
—inquirió el señor, sin sonreír.
—No, no estoy segura, por eso le
pregunto
—dijo
Alicia.
—No
te pregunto si estás
segura sino, si estás
asegurada. Esta es una
compañía de aseguración.
La más grande del mundo,
así que también nuestro
trabajo es el más
importante del mundo.
Por ejemplo, yo podría
demandarte por hacer
preguntas estúpidas y
hacerme perder: tiempo,
concentración en mi
trabajo, dinero y hasta
el puesto. Con lo que,
si yo me quedase
desempleado por atender
tus estúpidas preguntas
en vez de mi
importantísima labor,
podría pedir además una
indemnización por
perjuicios y entonces te
verías obligada a
pagarme también el
alquiler de la casa, las
facturas, los seguros y
los impuestos. Pero, si
tú estuvieras asegurada
contra daños y
perjuicios ocasionados a
terceros en ocasión de
preguntar estupideces,
tu compañía aseguradora
se ocuparía de todo
esto.
—No
sé que es una
aseguración, pero parece
algo muy importante
—dudó
Alicia.
—Claro
que es importante,
¿sabes que la memoria
trabaja en dos
direcciones?
—preguntó
el señor con aire
satisfecho.
—Veo
que también aquí hacen
chistes
—pensó Alicia con alivio y se
acodó en el mostrador,
ya más confiada.
—No,
no tenía idea. Creo que
la mía solo trabaja
hacia atrás.
—Eso
es porque no eres de por
acá, y tu memoria es tan
mala que solo trabaja en
una dirección. La
nuestra trabaja también
hacia adelante y ese es
el principio de la
aseguración. Recordar lo
que ocurrirá.
—Asegurarte
es cubrir todos los
riesgos de tu vida
futura, estar a salvo de
todos tus errores, ser
perdonada de antemano
por los pecados que
puedas cometer
—comenzó
el discurso el señor,
muy inspirado.
—Por
ejemplo: te hago una
póliza por daños a
especies en extinción en
latitudes polares y tú,
me pagas todos los meses
una cifra por si algún
día hieres un pingüino
emperador en la Tierra
del Fuego.
—No
creo que iré nunca a La
Tierra del Fuego y mucho
menos le haría daño a un
pingüino, ¿por
qué debería pagar por
algo que nunca cometeré?
—continuaba
a preguntarse Alicia,
luego de despedirse del
señor, aún muy serio.
La tienda de chocolates
estaba al lado, y nadie
sonreía en el cartel de
la entrada.
—¿Qué
quieres comprar?
—dijo
la vendedora.
—Todavía
no estoy muy decidida
—dijo
Alicia en tono amable.
—Antes
me gustaría echar un
vistazo alrededor, si
puedo.
—Puedes
mirar si lo deseas
delante de ti y a ambos
lados
—dijo
la vendedora, pero no
todo a tu alrededor, a
menos que tengas ojos en
la nuca.
Como Alicia no los tenía
se contentó con dar
vueltas y mirar los
anaqueles a medida que
se acercaba a ellos. La
tienda parecía estar
atestada de chocolates
de todos tipos, tamaños
y formas, pero cada vez
que Alicia se detenía
ante un estante para ver
en detalle su contenido,
estaba completamente
vacío, mientras los de
alrededor estaban
abarrotados hasta
arriba.
—Es
un nuevo método de
ventas, así regresarás
siempre en busca de más
chocolates, porque el
que realmente desees,
desaparecerá ante tus
ojos
—explicó
la vendedora.
—Es
muy agotador vivir en
Sprüngli
—dijo Alicia y se conformó con
mirar los que estaban
detrás del mostrador,
sin intentar tomarlos.
—No
es agotador, es caro
—acotó
la vendedora.
Alicia pagó una caja
pequeña de chocolates
que le pareció la más
barata. Salió, caminando
entre edificios severos
y gente preocupada con
las manos enguantadas
que sostenían
portafolios y celulares.
Buscó un cesto donde
botar el celofán que
aprisionaba la caja.
Encontró un grupo de
bidones metálicos,
herméticamente cerrados
por compuertas también
metálicas, en las que
unos letreros digitales
anunciaban: “Recogida de
basura diferenciada.
Licencia exclusiva para
los vecinos de los
Números 1234 al 2341”.
—¿Cómo
harán para saber que
solo los vecinos de esos
números botan la basura
aquí?
—se
preguntó Alicia.
La respuesta llegó
enseguida. Una señora,
cargada con bolsas de
diferentes colores,
colocó la mano sobre un
ángulo de la superficie
de cada uno de los
bidones y esperó hasta
que algo se iluminó en
la pantalla. Luego
introdujo una tarjeta y
leyó otra información. A
continuación, depositó
cada bolsa de basura en
un contenedor diferente.
—Disculpe.
¿Dónde puedo encontrar
un cesto para botar este
envoltorio?
—dijo
Alicia, luego de haber
observado toda la
ceremonia con asombro.
—¿Eres
ciudadana? ¿Residente?
¿Becaria? ¿Trabajadora
al negro? ¿Con contrato
de frontera?
—inquirió
la señora.
—Me
llamo Alicia, y no, no
creo ser nada de eso,
vine solo a comprar
chocolates a Sprüngli.
—Entonces
eres una turista. Debes
pasar por el cajero de
alguno de los bancos y
pagar la tasa de
inquinamento, es una
tarjeta que te reservará
el derecho a ensuciar
nuestra ciudad con los
envoltorios de tus
alimentos. Luego,
buscarás los depósitos
adecuados, que dirán
turista pero solo
podrás usar el que tenga
en su listado digital,
el número de la tarjeta
que te dieron en el
banco. A continuación,
controlarás cuantos
centímetros cúbicos has
gastado de los que
tienes derecho según la
tarjeta. Así sabrás
cuánta basura puedes
botar durante tu
estancia en Sprüngli. La
segunda tarjeta te
costará el doble, la
tercera el triple y así
sucesivamente.
Comprenderás que es el
mejor modo para que los
turistas no envenenen
Sprüngli con los papeles
de sus chocolates.
—Gracias
—dijo
Alicia,
sintiéndose aludida.
Buscaré un banco para
comprar esa tarjeta.
—Si
necesitas ayuda, no
dudes en llamarme, estoy
en la línea de
información turística,
puedes conseguir
abonarte si vas al banco
y pagas una tarjeta de
crédito para
llamadas.....
Alicia continuó
asintiendo ante la
avalancha de
instrucciones, si bien
no las oía. Cuando la
señora le dio la espalda
y comenzó a alejarse,
Alicia caminó en la
dirección opuesta para
estar segura de que no
la encontraría de nuevo.
—Esta
ciudad no parece ser muy
grande
—pensó
mientras se sentaba en
un banco, atesorando el
estuche con los
chocolates.
Abrió la caja y comenzó
a degustar cada praliné,
metiéndose los
envoltorios en los
bolsillos. Cuando
terminó el último de los
bombones, luego de haber
probado sabores que
nunca pensó que
existirían, vio que los
bolsillos de su abrigo
estaban repletos de
pequeños papeles:
plateados, dorados,
rojos, azules, naranjas,
verdes, violetas,
marrones, rosados y
grises, todos con una
gran S en el
medio.
Miró a su alrededor,
buscando un cesto para
turistas pero no lo
encontró.
—Bueno,
no es el fin del mundo
—concluyó.
—Ya
los botaré cuando
regrese a mi casa. Y la
palabra casa se
derritió, dulce y
cálida, en su boca, como
el mejor de los
chocolates de Sprüngli.
Abril, 2010.
Mylene
Fernández Pintado
(La
Habana, en
1963) Escritora,
narradora y Licenciada
en Derecho. Sus relatos
han recibido premios y
menciones dentro y fuera
del país, e integran
diversas antologías de
la cuentística cubana
actual. En
1999 obtuvo el
Premio David para
escritores inéditos.
Entre sus publicaciones
se encuentran
Anhedonia (Premio
UNEAC, 1999);
Otras plegarias
atendidas, su
primera novela, que
obtuvo el premio Italo
Calvino en 2002 y de la
Crítica Literaria en
2004 y
Vivir sin papeles,
Editorial Oriente, 2011.
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