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Foto: Pepe
Murrieta |
Apenas le hemos visto
bajar del escenario de
Argos Teatro y guardar
hasta el próximo fin de
semana la piel de Ángel
Romaguera, cuando el
actor
Francisco (Pancho)
García se ha
convertido en el más
reciente Premio Nacional
de Teatro cubano. Su
encarnación del
personaje virgiliano
bajo la dirección de
Carlos Celdrán da
cuenta, justamente por
estos días, de un
teatrista en plenitud de
sus capacidades.
“Este premio es el más
alto honor a que puede
aspirar un actor en
Cuba
—aseguró—. Me emociona mucho,
me llena de
satisfacción, me
estimula y me encanta
que me haya llegado
trabajando. Además, me
alegra poder seguir
haciéndolo, sobre todo
para la gente joven,
recogiendo lo que ellos
traen y dando lo que uno
tiene, eso es muy
importante. Es algo a lo
que puede ayudarme el
premio,
indiscutiblemente”.
Nacido en 1943, el
cienfueguero inició su
carrera artística en
1961, junto al Grupo
Experimental de
Aficionados de La
Habana. Como
profesional, integró el
elenco del Joven Teatro,
dirigido por Rubén Vigón
y del legendario
Teatro Estudio, en
1970. Fundador del
movimiento de
aficionados en Cuba, el
actor le agradece en
cada entrevista a sus
años en el colectivo de
Amán. En su trayectoria
como actor, se cuentan
más de 200 puestas en
escena: Madre Coraje
y sus hijos,
Morir del Cuento,
Parece Blanca, Un
tranvía llamado deseo,
Vida y muerte de Pier
Paolo Pasolini,
Chamaco, Final de
partida, La
muerte de un viajante
y Aire Frío. Esta
última, en cartelera
desde el pasado sábado 7
de enero.
“En mi carrera he hecho
obras muy buenas, lo
cual es una
satisfacción, no una
vanidad. Me gusta actuar
para satisfacción de los
otros. Esto del premio
me encanta, pero me
gusta más estar en la
escena transmitiendo,
tener ese regocijo con
el público, sentir que
está conmigo y yo con
él, comunicarnos ese
misterio. Cuando tengo
eso, yo soy feliz;
después, solo soy un
pobre diablo”.
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Raquel Revuelta,
Pancho García y
Michaelis Cué en
Madre Coraje
y sus hijos.
Teatro Estudio,
1961, director
Vicente Revuelta |
Pancho ha asumido
también la dirección de
obras como La muerte
de un viajante, de
Arthur Miller. Como
actor, ha incursionado
en la televisión y el
cine. La gran pantalla
le recuerda
especialmente en los
filmes Chamaco,
de Juan Carlos Cremata,
y El ojo del canario,
de Fernando Pérez.
En los últimos años,
quienes han seguido las
puestas de Argos Teatro
desde Vida y muerte
de Pier Paolo Pasolini,
han percibido la
perfecta armonía del
actor de 68 años con un
colectivo joven, tanto
en edades físicas como
en propuestas
artísticas. Según ha
confesado Pancho, ha
sido siempre un renegado
de los anquilosamientos.
“Me encanta trabajar con
los jóvenes, interactuar
con ellos —ha dicho. No
me gusta decirles que
esto se hace así, sino
demostrárselo. Me gusta
verlos en el escenario y
que se den cuenta de que
la mirada que se produce
en escena es única. Lo
que pasa entre los
actores es maravilloso;
la gente no se mira en
la calle. Es especial
aprender a captar el
misterio que se da en el
público cuando los
actores están vivos,
haciendo esa síntesis,
como en estado de
gracia”.
Entre los premios que le
han sido conferidos
durante su extensa
carrera, se encuentran
varios premios de
actuación del Concurso
Francisco Covarrubias y
el Caricato, ambos
entregados por la Unión
de Escritores y Artistas
de Cuba (UNEAC); el
Premio Villanueva 2003,
por su actuación y
dirección artística de
En el túnel un pájaro;
el Premio de Actuación
Masculina en el Festival
de Teatro de Camagüey,
2004, por Stokman, un
enemigo del pueblo.
Pancho supo de su más
reciente reconocimiento
el mismo día en que
falleció
Vicente Revuelta:
“Ayer por la mañana
recibí la noticia y me
sentí muy conmovido,
porque fue un hombre que
yo admiré mucho, uno de
mis grandes maestros. Lo
admiré muchísimo como
director y como actor.
En la sala Adolfo
Yauradó nosotros hicimos
un espectáculo que se
llamaba La conquista
de América, para el
cual estudié a Martí y
la historia de América
como nunca, ahí se hizo
una cosa maravillosa.
Aprendí mucho con él.
Entonces, cuando me
llamaron para darme el
premio me eché a llorar,
porque es duro que me
llegue este premio el
día que se muere este
maestro. Pero luego
pensé: la vida es así,
es un vaivén, una calle
larga por donde vamos
pasando todos y llegamos
hasta donde podemos”.
El Premio Nacional de
Teatro se prestigia
ahora con el nombre de
otro artista a quien, si
le preguntan lo que
haría con “otra vida”,
elegirá siempre la
escena.
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Pancho García en
la puesta en
escena de
Final de partida,
por Argos Teatro
Foto: Pepe
Murrieta |
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