Lo supe por una llamada
a las 7 de la noche: "se
nos fue El Decano". No
hizo falta decir más.
Como para todos los
graduados de la Facultad
de Comunicación de la
Universidad de La Habana
de entre mediados de los
90 y la primera década
del siglo XXI "El
Decano” era el
sobrenombre de Julio
García Luis.
El teléfono ocupado en
la casa de todos los
colegas de mi generación
indicaba que la noticia
se estaba expandiendo
como pólvora. "Fue un
infarto. No lo puedo
creer", repetían, como
si fuese un eco, voces
diferentes en mi
teléfono. Julio se había
retirado hacía dos años,
pero aún frecuentaba la
Facultad como quien va a
su casa de toda la vida.
Lo había hecho en la
misma mañana de su
muerte.
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Otros hablarán del
que también fue
Presidente de la UPEC
(Unión de Periodistas de
Cuba), del periodista
estrella que escribía
valientes editoriales en
el periódico
Trabajadores a
finales de los 80 e
inicios del Período
Especial.
Para mí, era el profe.
Impartía Ética del
Periodismo y a pesar de
que su voz baja
adormecía a algunos en
el aula, todos lo
respetaban porque El
Decano era, en sí mismo,
una lección de ética. A
muy pocos de los que
conozco le iba tan bien
aquello de "con tantos
palos que te dio la
vida, y aún sigues
diciendo te quiero".
Julio creía en el
periodismo y si lo
diseccionaba
críticamente era porque
defendía su razón de
ser. Recuerdo las
acaloradas discusiones
que teníamos en cada
turno.
Fue el oponente de mi
tesis de graduación. A
la segunda clase se
aprendió mi nombre, pero
siempre me llamó por mi
apellido: Polanco.
"Dime, Polanco, ¿cómo
está esa Jiribilla?", se
convirtió en su saludo
de los últimos cinco
años.
No sé cómo lo lograba,
pero conocía, si no de
nombre, al menos sí de
rostro a los centenares
de estudiantes que cada
año pasaban por la
casona de viejas tejas
cercana a 23. Su carro
siempre estaba a la
disposición para recoger
los materiales para el
Festival de Cultura, o
para dar una "botella"
que aliviara la pesada
subida por la loma de G.
Dos días antes de su
muerte yo salía de la
revista y en la puerta
hablaba con un nuevo
colega que recién se
graduó este año. Él pasó
en el carro con la nieta
y, con su sonrisa de
siempre, nos dijo adiós
a los dos con la mano.
Fue la última vez que lo
vi. Adiós, profe,
dijimos. Adiós. |