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I
En el año 1809, por las
mismas fechas que se
organizaban en América
del Sur las primeras
juntas de gobierno,
encabezadas por las
elites locales como
respuesta al vacío de
poder generado en España
por la invasión
francesa, en la isla de
Cuba también se estaban
produciendo
acontecimientos que
inquietaban al poder
colonial. Desde la
Revolución Haitiana de
1790 los plantadores
criollos vivían bajo la
zozobra de que los
vientos levantiscos de
la vecina Saint Domingue
llegaran a Cuba, y por
esa razón trataron de
impedir el contacto de
la población con sus
ideas, y hasta
físicamente con aquellos
generales haitianos que,
como Jean François,
Biassou y el dominicano
Gil Narciso, habían
combatido del lado
español contra los
ejércitos franceses.
Entre los que pretendían
dar la bienvenida a los
oficiales haitianos que
en 1796 tocaron la rada
habanera camino del
exilio, estaba el
artesano negro José
Antonio Aponte, criollo
libre que lideraba una
sociedad fraternal
llamada Shangó Tedum.1
Años más tarde, en 1808,
la burguesía esclavista
trató de impulsar un
tímido movimiento
juntista en la colonia,
en cooperación estrecha
con las autoridades, y
encadenó definitivamente
su destino político al
de su metrópoli, único
poder capaz de defender
sus intereses económicos
y garantizar la
esclavitud en las
plantaciones. Por tal
motivo, como afirma el
profesor Sergio Guerra:
“en Cuba las principales
conspiraciones del
periodo 1808-1826 fueron
protagonizadas por
elementos sociales
ajenos a los plantadores
esclavistas:
representantes de las
capas medias,
intelectuales,
campesinos, artesanos y
esclavos”.2
Una de las primeras
conspiraciones de cariz
independentista que se
produjeron en Cuba
estuvo encabezada por
Román de la Luz, Joaquín
Infante y Juan Francisco
Bassave, quienes
pertenecían a logias
masónicas. Todos eran
criollos blancos de
familias pudientes y en
el caso de Bassave, era
capitán de milicias y
gozaba de renombre en
los barrios populares y
entre los batallones de
pardos y morenos libres,
a uno de los cuales
perteneció Aponte como
cabo primero. Sin
embargo, al ser
descubierta la intentona
por una indiscreción de
la esposa de Luz, el
carpintero ebanista que
tallaba imágenes
religiosas de gran
belleza logró evadir a
sus captores, no así Luz
y Bassave, quienes
fueron desterrados y
condenados a presidio,
mientras que Infante
logró huir y desde
Venezuela redactaría en
1811 la primera
constitución para una
Cuba independiente.3
En los primeros meses de
1812, nuevamente se
pusieron al día las
conspiraciones en La
Habana, esta vez
encabezadas por José
Antonio Aponte, quien
junto a sus
lugartenientes Hilario
Herrera, Francisco
Javier Pacheco, Clemente
Chacón, Salvador
Ternero, Juan Barbier,
José del Carmen Peñalver
y Juan Bautista Lisundia,
vertebraron un vasto
movimiento de negros
libres y esclavos por
toda la Isla, cuyas
ramificaciones llegaron
hasta Remedios, Puerto
Príncipe, Bayamo,
Jiguaní, Holguín y
Baracoa. El plan en la
capital consistía en
distraer la atención
policial con incendios
en las casas de
extramuros, mientras los
conjurados tomaban los
principales cuarteles y
castillos, y con las
armas obtenidas
llamarían a la
insurrección a las
dotaciones de los
ingenios. Confiaban
además en obtener ayuda
del rey haitiano Henry
Christophe y del general
dominicano Gil Narciso.4
El 15 de marzo de 1812,
Barbier, Lisundia y
Pacheco sublevaron la
dotación del ingenio
Peñas Altas, en las
inmediaciones de La
Habana, pero fracasaron
en hacer lo mismo con
los ingenios aledaños.5
Delatados a las
autoridades, pocos días
después Aponte y sus
seguidores fueron hechos
prisioneros y tras un
rápido proceso, en los
primeros días de abril
de 1812 fueron ahorcados
y la cabeza de Aponte
cortada y exhibida en
una jaula, como
escarmiento en una
céntrica esquina de la
ciudad. A partir de ese
momento se levantó una
leyenda negra en contra
del carpintero tallador,
dando lugar a una frase
en el imaginario popular
que identificaba la
maldad de una persona
tildándola de ser “…más
malo que Aponte”.6
II
La historiografía
republicana reprodujo en
buena medida los
prejuicios racistas
heredados de la colonia,
expuestos en las obras
de historiadores
integristas como Justo
Zaragoza, y lanzó sobre
Aponte un manto de
silencio, distorsiones y
olvido.7
Una de las primeras
obras de corte
nacionalista publicadas
en el siglo XX, fue el
libro del ex autonomista
Vidal Morales y Morales
titulada Iniciadores
y primeros mártires de
la revolución cubana
(1901). En esta obra
erudita, dedicada a
exaltar el patriotismo
cubano, el primer
capítulo aborda las
conspiraciones de Román
de la Luz y la de los
Rayos y Soles de
Bolívar. Sin
embargo, la conspiración
antiesclavista de Aponte
de 1812 no existe en
esas páginas, y tan solo
se menciona su apellido,
relacionado con la
conjura de Román de la
Luz Sánchez Silveira,
quien para evadir su
compromiso patriótico se
atribuyó haber
denunciado aquella
tentativa de 1810, como
algo tramado “por la
gente de color”:
“Dice Román Sánchez, que
cuando esperaba que le
diesen las gracias por
el señalado servicio que
hizo en favor de su
patria, denunciando al
gobernador y capitán
general la insurrección
que en ella se promovía
por la gente de color,
se le complicó en la
causa, se le sujetó a
prisión y se le confinó
a la península, después
de habérsele
sentenciado a diez años
de presidio en Ceuta,
con expatriación
perpetua de las
Américas”.8
Román de la Luz fue
indultado por las Cortes
de Cádiz de 1812, y
pidió a dicho consejo
que depurara su
responsabilidad en los
hechos por los que había
sido condenado, lo que
conduce a Vidal Morales
a la conclusión falaz de
que: “Es, pues, un hecho
cierto que Román de la
Luz y Luis F. Bassave
estuvieron procesados en
la causa de conspiración
de negros, de la cual
era jefe Aponte (sic)”.9
Ramiro Guerra, en su
Manual de historia de
Cuba (1938), tampoco
le dedica mucho espacio
a la conjuración de
Aponte, vinculando su
origen a la desilusión
provocada por el fracaso
de la moción, presentada
por el sacerdote
mexicano Miguel Guridi y
Alcocer ante las cortes
españolas en 1811, en
contra de la esclavitud
y de la trata de
esclavos:
“Cuando la posibilidad
de la abolición
desapareció prontamente,
porque las cortes
archivaron el asunto,
los negros, burlados en
su esperanza, trataron
de organizar un
movimiento de rebeldía
para conquistar por la
fuerza una libertad que
por otro medio parecía
que no había de
llegarles nunca. La
conspiración, dirigida
por el negro libre José
Antonio Aponte, asociado
con algunos hombres de
su raza de igual
condición civil y quizás
con el concurso de
algunos haitianos,
llegó a extenderse
entre la población de
color esclava de muchos
lugares de la Isla, pero
fue prontamente
descubierta”.10
Sin embargo, la
conclusión a la que
arriba Guerra en
relación con este
movimiento es esencial
para comprender la
actitud posterior de la
burguesía esclavista
cubana frente a la
independencia: “La
conspiración de Aponte
en 1812 (…) fue un rudo
golpe para los planes de
independencia, a causa
de que avivó entre los
criollos el temor de que
cualquiera fuerte
conmoción en la Isla
provocara una rebelión
general de los
esclavos”.11
En una obra concebida
con propósitos
pedagógicos, la
Historia de Cuba
(1492-1898) (1943),
de Fernando Portuondo,
su autor plantea que
Aponte “era un negro
libre habanero,
carpintero tallador.
Como muchos de su clase
residentes en la capital
y en otras poblaciones
de la Isla, había
recibido alguna
instrucción y estaba al
tanto del curso de los
grandes sucesos
políticos de la época”.12
Según datos aportados
por Portuondo, la
conspiración fue
malograda por la
confidencia de un
individuo llamado
Esteban Sánchez, el 19
de marzo de 1812,
miembro del Batallón de
Pardos y Morenos, en
cuya casa se reunían
Aponte y algunos de sus
lugartenientes. Llama la
atención el lenguaje que
utiliza este
historiador, cuando dice
“en la misma noche del
19 de marzo Aponte y su
“estado mayor” fueron a
ocupar varias celdas en
el Cuartel de Dragones”
y que posteriormente
“Aponte y sus
principales secuaces
fueron ahorcados. Las
cárceles se llenaron de
negros. Abundaron los
azotes. Y, en lo
adelante, entre los
blancos prevaleció la
idea de que cualquier
sublevación hallaría a
los negros dispuestos a
hacerse dueños del
país”.13
Una revaloración de la
figura del carpintero
rebelde se produce en la
década de 1940, en las
obras y conferencias de
Raúl Cepero Bonilla y
Elías Entralgo. En su
estudio sobre las ideas
y movimientos
abolicionistas en la
historia de Cuba,
titulado Azúcar y
abolición. Apuntes para
una historia crítica del
abolicionismo
(1948), Cepero Bonilla
afirma:
“Los hacendados sabían
que las dotaciones de
esclavos eran material
inflamable, que ardería
en el primer disparo
cruzado contra el poder
colonial. La
Conspiración de Román de
la Luz abortó, pero los
comprometidos en la
Conspiración de Aponte,
conectada a la
anterior, realizaron
actos de guerra y en
algunos ingenios
aplicaron la tea. Aponte
reclamó la colaboración
de los esclavos en su
empeño revolucionario.
Blancos y negros se
aprestaron a pelear por
la libertad y la
independencia. El
ejemplo que sentaba el
intento de José Antonio
Aponte alarmó
profundamente a los
hacendados cubanos”.14
En la obra del
historiador Elías
Entralgo, La
liberación étnica cubana,
se recoge la conferencia
leída en el club Atenas
de La Habana el 23 de
abril de 1942 y en el
Centro de Estudios
Superiores de Oriente el
21 de agosto de 1944,
titulada “La liberación
étnica cubana: los
hechos negros”.15
En dicha lectura, el
autor censura los
resabios racistas de
Calcagno en su
malintencionada novela
sobre Aponte, se duele
de que no exista de
aquel ni un humilde
grabado, y compara a
Aponte, no con Rómulo
como hace Calcagno, sino
con Espartaco, esclavo
tracio que se sublevó
contra el Imperio
Romano: “Por analogía
con la memoria pública
del precipuo gladiador
númida, la del insigne
criollo ha padecido unas
veces el silencio, otras
la detracción y siempre
la incapacidad de los
historiógrafos”.16
Añade Entralgo con
amarga ironía, que en
Cuba la figura de Aponte
“únicamente ha servido
de título para un club
de recreo en Santiago de
Cuba”.17
El oficio desempeñado
por Aponte, carpintero
ebanista, lleva a
Entralgo a plasmar una
idea de su carácter
imbuido de un talento
director. Dice que
“estaba dotado de una
mentalidad que podríamos
llamar geométrica.
El tenía un exacto
conocimiento de la
verdadera situación
intelectual y cultural
de los que continuaban
bajo la esclavitud; y en
consonancia con la
misma, utilizó los
argumentos más
convenientes y oportunos
(…) para ganarse la
volición de aquellos
seres humanos cuya vida
era una perenne asfixia
espiritual”.18
Unido a lo anterior,
Entralgo destaca las
capacidades
organizativas del negro
tallador, y enumera
varias de sus virtudes:
calma, paciencia, valor,
intuición, habilidad,
observación atenta y
cuidadosa de personas y
cosas, sutileza. Apoyado
en esta última cualidad,
la sutileza: “El tejió e
hiló; y aplicando sus
artes de carpintero
procuró machihembrar el
tejido con el hilado.
Para el gobierno tejía y
destejía un manto de
Penélope, con tales
primores, que solo por
un accidente muy
fortuito le descubrieron
la conspiración. A sus
mismos partidarios los
manejó con el hilo de
Ariadna, tendido por él
a lo largo de todo el
laberinto cubano de 1811
y 1812”.19
Al decir de Entralgo, a
pesar de su fracaso:
“Lo más admirable de
esta conspiración fue su
poder aglutinante. Logró
que cesaran las pugnas
entre las varias sub-razas
africanas, pugnas
atizadas en la
superficie por los
contramayorales
—seleccionados ex
profeso para
colocarlos al mando de
la sub-raza opuesta— y
en el fondo por el
interés divisor de los
amos. Confundió a los
negros esclavos con los
libres. Acercó los
mulatos a los negros.
Sacó de sus casillas a
los chinos. Contó con
los blancos como
dirigidos y como
dirigentes. Infiltró
entusiasmo político y
calidez de inquietud en
las mujeres. Congregó a
individuos de los más
diversos oficios.
Zapateros, caleseros,
macheteros, carboneros,
bagaseros, talabarteros,
cargadores de cañas,
bueyeros, carpinteros,
campaneros… Lo
trascendente de todo eso
es que traspasa los
límites de una
insurrección anti-factoril
para ampliarse con las
dimensiones precursoras
de la revolución
patriótica y nacional”.20
Otro elemento positivo
de aquella gesta era que
las armas se las
arrebatarían al enemigo,
para lo cual planeaban
tomar el Castillo de
Atarés y el Cuartel de
Dragones. Para Entralgo,
Aponte triunfó como
conspirador y fracasó
como insurgente. Su
insurrección, fallida en
sus propósitos, debía en
su opinión ser analizada
como una “columna
truncada de la
liberación racial
cubana” y “un valor
positivo de la libertad
étnica”.21
III
Al triunfo de la
Revolución Cubana, la
figura de José Antonio
Aponte fue objeto de una
definitiva
revalorización de su
imagen histórica, debida
al reclamo realizado por
Walterio Carbonell y a
las investigaciones del
acucioso historiador
José Luciano Franco.
Carbonell, en su libro
de 1961 Cómo surgió
la cultura nacional,
denunciaba cómo algunos
panegiristas que pasaban
por radicales elogiaban
a Arango y Parreño y a
Saco, “en tanto que
silencian el nombre de
José Antonio Aponte, el
primer gran batallador
por la nacionalidad sin
esclavitud ni
coloniaje”, y
enfatizaba: “Aponte, que
preparó una conspiración
para barrer con el
sistema esclavista y la
dominación y sus
consejeros letrados,
conspiración que de
haber triunfado nos
hubiera ahorrado casi un
siglo de colonialismo y
de incultura, su nombre
es silenciado; es
silenciado en tanto que
los maestros y
forjadores del sistema
esclavista que se
esforzaron por todos los
medios de apuntalar la
dominación colonial, son
glorificados”.22
A reparar esta colosal
maniobra de olvido
realizada por la
historiografía burguesa,
contribuyó de manera
decisiva el libro de
Franco, titulado La
conspiración de Aponte
y publicado por el
Archivo Nacional de Cuba
en 1963. Esta obra abrió
un nuevo derrotero en
las pesquisas sobre
Aponte al examinar el
expediente militar en su
contra, fechado en los
meses de marzo-abril de
1812, en cuyos
interrogatorios el
historiador descubrió
insospechadas facetas de
su biografiado.
En la obra de Franco nos
encontramos que Aponte
fue un hombre culto,
respetado y de ideas
radicales. Pertenecía a
la cofradía de
carpinteros de San José,
con sede en el convento
de San Francisco de
Asís, y al mismo tiempo
era miembro de una
sociedad secreta
africana de origen
yoruba, entre los cuales
la talla en madera
ocupaba un lugar
importante.23
Se
sabe que terminó en 1811
una imagen de la Virgen
de Guadalupe que fue
colocada en una iglesia
de Extramuros. Estaba
casado y tenía seis
hijos, tres hembras y
tres varones. En su
morada, ubicada cerca de
la Calzada de San Luis
Gonzaga, tenía junto a
sus herramientas de
carpintería una talla de
un águila engullendo una
serpiente y las paredes
estaban adornadas con
imágenes católicas,
propias del sincretismo
afrocubano.24
Al registrarse su casa
se encontró entre sus
pertenencias un cuaderno
de pinturas donde
aparecían numerosas
vistas de La Habana,
ejércitos en combate,
imágenes de palacios,
castillos, iglesias,
calzadas, almacenes y
muelles de la ciudad,
junto a láminas de temas
bíblicos y mitológicos.25
Entre sus libros,
destacaban una historia
natural, el Arte de
Nebrija, la guía de
forasteros de La Habana,
Maravillas de la ciudad
de Roma, un formulario
de escribir cartas,
catecismo de la doctrina
cristiana y un tomo del
Quijote, junto a
historias del reino
etíope y del Preste
Juan, “todos viejos y
usados” según la
policía.26
Tenía además un
autorretrato y pinturas
de Christophe,
Louverture, Dessalines y
George Washington, junto
a cédulas reales que
otorgaban privilegios a
los batallones de pardos
y morenos. De hecho,
Aponte había acompañado
en diversas ocasiones a
dichos batallones en el
servicio en San Agustín
de la Florida y en 1782
participó en la
expedición mandada por
el general Cagigal que
tomó la isla de
Providencia, durante la
guerra de independencia
de los Estados Unidos.
Unido a esto, Aponte era
por su origen un ogboni
del cabildo Shangó Tedum
y en el orden religioso
lucumí tenía la
categoría de Oni-Shangó.
Para Franco: “las
innegables dotes de
organización y la
posición privilegiada
que ocupaba entre los
africanos y sus
descendientes, libres o
esclavos, permitieron a
Aponte dar al cabildo
Shangó Tedum una
singular fisonomía
social y política, de
marcado matiz
revolucionario”.27
Otro acierto de Aponte
sería el haber reunido:
“bajo su liderato a
hombres procedentes de
otras zonas culturales
africanas, denominados
en Cuba: Mandingas,
Ararás, Congos,
Carabalíes, Macuá, Bibís,
etc. Y además incorporar
a la bandera libertadora
que intentaba enarbolar
con el triunfo de su
postulado, a los grupos
de negros y mulatos
emigrados de Haití,
Santo Domingo, Jamaica,
Panamá, Cartagena de
Indias, Estados Unidos,
que permanecían en Cuba
burlando las Reales
órdenes que obligaban a
expulsarlos”.28
En un penetrante ensayo
sobre las ideas en torno
a la esclavitud entre
1790 y 1878, la
historiadora Mildred de
la Torre se refería al
movimiento encabezado
por Aponte como “el más
elevado exponente de
todos aquellos que
emanaron de los sectores
populares de las capas
medias”, y destacaba
como hecho indiscutible
que:
“El gran mérito de
Aponte consistió en
incorporar a la rebeldía
popular la lucha por la
independencia y la
abolición de la
esclavitud. No estuvo
lejos de ello cuando se
apoyó en el movimiento
sublevacionista de
esclavos, bien fuera
utilizando la explosión
de las dotaciones o bien
propugnándolas. No
olvidemos lo distante
que estaban las
dotaciones de esclavos,
por sí mismas, de
perseguir objetivos
políticos separatistas o
independentistas”.29
En fecha más reciente,
la historiadora Gloria
García ha realizado
nuevos aportes
historiográficos a los
estudios sobre la
conspiración de Aponte,
apoyándose en fuentes
primarias del fondo
Asuntos Políticos del
Archivo Nacional de
Cuba. García confirma en
su pesquisa la notable
organización de este
movimiento y el papel
decisivo que las
delaciones tuvieron en
su desarticulación y
posterior captura de los
principales promotores:
Aponte, Clemente Chacón,
Juan Bautista Lisundia y
el congo Juan Barbier,
quien se hacía llamar
Juan François. Todos
ellos, afirma la autora:
“Eran figuras
reconocidas en su medio
social: libres, miembros
de los batallones de
pardos y morenos,
capataces de cabildos de
nación, artesanos y
pequeños comerciantes”.
La conspiración,
frustrada en sus
comienzos:
“Por su organización,
fines y extensión no
tenía paralelo con otras
abortadas en épocas
pasadas. El plan
concebía el alzamiento
de los ingenios que
rodeaban la ciudad con
el asalto simultáneo al
cuartel de Dragones y de
Artillería, misiones que
encabezarían Salvador
Ternero y José Sendiga
respectivamente,
mientras Clemente Chacón
se apoderaría del
castillo de Atarés, para
lo cual disponía de un
plano de la fortaleza.
Juan Bautista Lisundia,
hijo de este último, y
Juan Barbier, Juan
François, tenían a su
cargo la organización de
las dotaciones para
ejecutar la rebelión el
15 de marzo”.30
La represión al
movimiento conspirativo
fue de una violencia
inusitada. La horca, el
garrote, la prisión y el
destierro fueron las
penas aplicadas a
aquellos que habían sido
capaces, por primera
vez, de mancomunar la
rebeldía de negros y
mulatos libres con los
esclavos de las
plantaciones en la
búsqueda de un ideal
libertario. En tal
sentido:
“El proceso judicial
contra los implicados
sacó a la luz indicios
poco tranquilizadores
para las autoridades y
para la plantocracia. No
solo la unión alcanzada
entre los esclavos y los
negros libres para
luchar por objetivos
comunes era inédita y
representaba un peligro
difícil de exagerar,
sino que toda la trama
de la conspiración
mostraba una gran
capacidad organizativa
en sus jefes y una
conciencia política
apreciable. Sus
dirigentes estaban al
tanto de los
acontecimientos
internacionales y habían
seleccionado para la
sublevación una
coyuntura que les era,
sin duda, favorable”.31
IV
A casi 200 años de su
muerte, nuevamente la
figura de Aponte y su
rebelión antiesclavista
es elegida como
argumento de una novela,
escrita por el joven
narrador Ernesto Peña
González (Santa Clara,
1976), la que resultó
ganadora del prestigioso
premio Alejo Carpentier
de Novela 2010 bajo el
título de
Una biblia
perdida.32
La novela histórica goza
de muy buena salud en
Cuba actual, y el premio
antes citado ha
contribuido mucho a
hacerla visible, como en
los casos de las también
premiadas La visita
de la Infanta, de
Reinaldo Montero (2005)
e Inglesa por un año,
de Marta Rojas (2006).
El Aponte que Peña nos
ofrece es un ser que
logra saltar las
barreras del color de su
piel y su clase social
desde niño, apoyándose
en el prestigio familiar
(“Su padre y su abuelo
lucharon contra los
ingleses y fueron
condecorados por sus
méritos”, p. 19) y en su
infinita curiosidad y
predisposición a la
lectura, entre las
cuales figuraba en un
lugar preeminente la
Biblia. Pero no son las
Sagradas Escrituras la
“biblia perdida” de la
novela, sino un proyecto
menos ambicioso pero
igual de perturbador: el
célebre cuaderno
desaparecido con las
pinturas de Aponte.
Partiendo de una
minuciosa investigación
histórica en fuentes de
archivo y
bibliográficas, Peña
logra reconstruir la
personalidad de Aponte y
su rebelión con realismo
y acierto, sin falso
historicismo ni
anacronismos, en una
prosa que se despliega
con agilidad y limpieza.
En la novela se mezclan
personajes ficticios y
reales, quienes van
tejiendo la intriga en
torno al significado de
las imágenes pintadas
por Aponte. Así, el
investigador Nerey
aduce:
“Y mientras algunos
torpes se afanaban
buscando indicios de la
preparación y
articulación de planes
para crear turbulencias,
el licenciado intuyó que
debía comprender de qué
manera se articulaban
todas las imágenes del
libro, a primera vista
inconexas entre sí.
Aquello tenía el aspecto
de una historia bíblica
pero en imágenes. Tal
vez las biblias de los
primeros cristianos
fueran semejantes a este
libro. Historias en
imágenes”. (p. 24)
El libro citado constaba
de 72 folios, divididos
en tres partes donde se
contaba la gloria de la
raza negra, desde los
reyes etíopes hasta el
batallón de pardos y
morenos libres de La
Habana, y la sospecha de
que se trataba de una
obra misteriosa,
cabalística, en la que
cada imagen tenía un
significado en relación
con las demás, sirve
como hilo conductor de
una trama construida con
una mezcla inteligente
de suspenso y estilo de
época.
El Aponte de Peña es una
criatura sensible al
arte, un visionario de
imágenes plásticas al
que se compara con
Nicolás de la Escalera,
ávido del contacto de
sus manos con la madera
sin pulir o el lienzo
virgen. En una imagen
onírica de gran fuerza,
no exenta de ironía,
Aponte sueña que pinta
un baile en el Palacio
de los Capitanes
Generales, al que
asisten los miembros de
la oligarquía criolla
acompañados por sus
mujeres, y en medio del
baile irrumpe Toussaint
Louverture con una
arenga antiesclavista,
provocando la estampida
de las señoras y el
estupor de sus maridos.
(pp. 31-32)
Toda una genealogía de
héroes, reyes,
patriarcas y próceres
negros pueblan el
universo simbólico del
carpintero ebanista, sin
embargo, el novelista
sugiere que no era un
racismo negro el que
impulsaba a Aponte, sino
su “interés por la
historia y las
relaciones entre blancos
y negros. Relaciones que
él deseaba pacíficas
como lo ilustraba el
estandarte blanco que
confeccionó con dos
varas de platilla nueva
y la imagen de María
santísima”. (p. 38)
La formación de la
personalidad de Aponte,
sus rasgos sicológicos
de persona curiosa,
devota, independiente y
combativa, ocupan
algunas de las mejores
páginas de esta novela,
algo que el lector
agradece tratándose de
un personaje del que
sabemos relativamente
poco de su biografía. Su
afán justiciero queda
registrado en la defensa
de un esclavo humillado
por jóvenes blancos, en
una escena de enorme
valor alegórico, pues el
negro agraviado resulta
ser un esclavo que
prefiere el dinero de
sus amos al orgullo de
rebelarse contra ellos.
La interiorización de la
dominación, como
elemento sustancial al
régimen esclavista, se
expone aquí en toda su
crudeza. (p. 60)
El retrato espiritual de
Aponte, en la ficción de
Peña, nos sitúa ante un
hombre de “memoria
exacta, una astucia de
sierpe, e infinitos
deseos de morirse que
depuraban su
personalidad de
mezquinos propósitos,
como obtener el favor de
las mujeres y la
embriaguez de la
bebida”, todo lo cual
lleva a su interrogador
a la conclusión de que
“Aponte padecía de una
mentalidad de mártir”.
(p. 66) Aquí aprovecha
el autor para poner en
labios de sus captores
la famosa frase de que
su memoria sería
escarnecida por una
frase odiosa: ser “más
malo que Aponte”, y le
insinúa que peor que la
infamia sería el olvido.
Ante el ardid de quebrar
su resistencia acudiendo
a sutiles maniobras
sicológicas, el
personaje de Aponte
reflexiona con lucidez y
amargura:
“Sabía que los poderosos
podían falsear la
historia a su antojo.
(…) Cuán fácil no sería
vilipendiar a un simple
carpintero. Bastaría
hacer desaparecer su
‘Libro de pinturas’ y
propagar los peores
rumores entre el
populacho y los
historiadores. Nada se
contaría de su amor por
las artes, su afición a
la Cartografía y la
Geometría. Se ignoraría
su admiración por los
antepasados, su sentido
de la justicia y su
dolor de hombre íntegro
que, por desgracia, debe
tomar partido”. (p. 67)
Otros personajes muy
vinculados a Aponte como
Clemente Chacón e
Hilario Herrera, El
inglés, también son
actores importantes en
la novela, en el caso
del primero como
contrapartida de Aponte
por su falta de
resolución y débil
pasión libertaria, y el
segundo porque introduce
en la trama la
experiencia de la
Revolución Haitiana, de
la que fue protagonista,
y es quien le habla al
carpintero de sus
grandes figuras como
Louverture, Dessalines y
Christophe. También se
narra un encuentro entre
el futuro conspirador y
el pintor Escalera, en
el que este le trasmite
algunos secretos de su
oficio y la pasión por
el arte religioso, y se
describen sus amores con
Catalina, la virgen
negra que fue su esposa,
a quien conoció
simbólicamente un seis
de enero, en la Fiesta
del Día de Reyes, y que
constituyó en su
imaginario erótico la
representación de un
placer guerrero. Ella
era codiciable y
peligrosa. (p. 131)
En un momento de humana
debilidad, ante la
imperiosa súplica de
Catalina para que
desista de la
conspiración, el
protagonista se debate
entre la grandeza de su
proyecto emancipador y
lo que representa para
la raza negra, y la
realidad escéptica de
que: “Entre los negros
no era más que el
‘maestro Aponte’. Y
entre los blancos, había
sido cabo 1º de las
milicias habaneras y
participado en la
expedición comandada por
el general Cagigal que
se apoderó de la Isla de
Providencia durante la
guerra de independencia
de los Estados Unidos.
Un simple miembro de la
cofradía de San José…”
(p. 150)
Pero el carpintero
tallador, el negro
criollo y libre, hijo y
nieto de milicianos
habaneros, era mucho más
que eso y sus
inquisidores lo sabían.
No tuvieron más remedio
que envilecer su memoria
y exponer su cabeza
cercenada como ejemplo
de perversidad suprema.
Sin embargo, en el final
de su vida que es
también el epílogo de la
novela, el licenciado
Nerey, el representante
del poder opresor, lo
recuerda con nostalgia y
hasta quizás
conmiseración: “El
licenciado no había
encontrado en toda su
vida a un negro tan
astuto y fiel a sus
hombres, amén de su
excelente obra
pictórica, aquella
especie de Biblia, por
desgracia desaparecida.
En otras circunstancias,
en otras vidas quizás,
Nerey lo hubiese elegido
como su amigo”. (p. 204)
Final sin rencor,
abierto a las más
misteriosas
interpretaciones, y
espléndida manera de
incitar al lector a
penetrar en la vida de
aquel hombre práctico,
sensible y temerario,
precursor de la
independencia de Cuba,
que fue José Antonio
Aponte.
La Habana, noviembre de
2011.
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