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7
En la salida del ingenio
Santa Ana habían matado
a uno de los mayorales,
y al otro lo habían
dejado malherido. En un
paraje del camino de la
ciudad eliminaron a dos
jinetes que intentaron
escapar. Chacón no
dejaba de reír, soltando
sus carcajadas de
filibustero borracho,
enrojecidos los ojos y
los malos instintos
destacados a relieve en
su feo rostro.
Sumaban cuatro jinetes,
como los del
Apocalipsis. Sendos
caballos alazanes y
capuchas negras, excepto
Juan Barbier que vestía
casaca azul de botones
en los que resaltaba un
ancla con un águila
superpuesta. Aponte
enarbolaba un estandarte
de la virgen de Regla,
hecho de platilla nueva.
Su caballo era el más
brioso, y sus botas
terminaban en garras de
león, como las del
preste Galawdewos.
Incendiadas las pequeñas
y grandes propiedades
que encontraban por el
camino, en cada lugar se
les sumaban hombres,
mujeres, blancos pobres,
chinos... Para asombro
de todos, del interior
de un hermoso cañaveral
surgió un chivo grande,
blanco y que al correr
dejaba tras de sí una
suave estela luminosa. «iMátenlo!»,
ordenó Aponte. Un negro
de la hacienda Cuatro
Compañeros le arrojó un
taburete, pero el chivo
luminoso esquivó el
mueble con gracia y sin
esfuerzo. Otro negro
temerario, respetado por
los hombres que le
seguían, desenvainó su
machete y dijo: «Que
ahora sabría ese chivo
blanco cómo habría de
burlarse de los negros».
Romualdo persiguió al
animal machete en mano
hasta perderse de vista.
Poco más adelante, la
multitud se detuvo. El
animal berreaba en medio
de una encrucijada como
si su voz fuera una
burla. De Romualdo ni
rastro.
-¿Quieres intentarlo,
Morales? -dijo Herrera
desde su caballo, a un
costado de Aponte,
mirando al aludido.
Un negro retinto y muy
trabado, picado de
viruelas menuditas, se
acercó taimadamente al
chivo, el cual volteó un
ojo, azorado.
-Sólo quiero que
desaparezcan todos los
abogados -susurró
Morales dando un pasito
hacia el chivo -; que se
quiten las alcabalas;
que no venga un
extranjero a gobernamos
-otro pasito -; que el
rey entregue tierras
libres a los pobres para
que las cultiven.
Al saltar, sólo atrapó
una estela luminosa que
se le metió en los
pulmones, como un polvo
corrosivo, hasta
asfixiarlo.
Aterrados ante las
convulsiones de Morales,
muchos de los seguidores
se internaron en los
montes y otros
regresaron a sus amos o
a sus oficios. Quienes
siguieron fieles a los
cuatro jinetes
reanudaron la marcha,
seguros de la protección
de la virgen Negra.
En una pequeña pradera
reapareció el animalejo
de una blancura sin par.
Tras un gesto de Chacón,
José María Curazao y
Juan José mina cortaron
la retirada a la bestia,
mientras Gregorio,
Cayetano cangá y el
jamaicano Presto se
situaban a la derecha.
Quien se decidió a
cerrar el cerco, por la
izquierda, fue el
jovencito Francisco
Fuertes. El chivo se le
encaró y habló por vez
primera: « ¿Por qué
llevas ese machete? Está
oscureciendo,
¿pernoctarás fuera de la
casa de tu amo?» Presto,
el jamaicano, dio un
paso. El chivo se volteó
hacia él: « ¿Cómo
llegaste aquí? Está
prohibida la entrada de
negros ingleses o
franceses». El chivo
emitió una risa mitad
bestia mitad humana que
parecía más bien un
chillido de parturienta
febril. Los hombres que
le rodeaban quedaron
convertidos en estatuas
de hielo negro.
Chacón y Herrera
espolearon sus caballos
al mismo tiempo,
corrieron tras el animal
que se alejaba soltando
su risita escalofriante.
Aponte y Juan Barbier
seguían a sus amigos a
corta distancia.
Mientras se aproximaban
a la ciudad, el líder
pintor sospechaba que
eran conducidos hacia
una emboscada. Pero no
ocurrió así. Frente a la
muralla de La Habana se
encontraba, sobre un
magnífico caballo
azabache, el señor
Nicolás de Aponte. El
chivo se le acercó como
un gato sumiso. Nicolás
le tocó la cabeza y
recibió la luz que
emitía el animal.
Entonces el cuerpo de
Nicolás empezó a tomar
dimensiones
extraordinarias. A los
pocos minutos la cabeza
sobrepasaba la muralla.
La risa del chivo se
hacía cada vez más
insoportable.
Sobrecogido por un
terror religioso, Juan
Barbier se puso a gritar
enloquecido, y no se
detuvo hasta caer muerto
de su montura. Parecía
como si lo hubiesen
torturado.
El gigante Nicolás dobló
su cuerpo sobre los
diminutos jinetes.
Herrera desenvainó el
machete y Chacón disparó
su fusil. Ninguna de las
dos acciones impidió que
el gigante tomara el
cuerpecito del líder con
dos dedos y,
arrancándolo de su
cabalgadura, lo llevara
a lo alto, a muchos pies
sobre el suelo, donde le
depositó sobre la palma
de su otra mano enorme.
Antes de ser
petrificados, Chacón y
Herrera, el
Inglés, vieron caer
de las alturas el
estandarte de la virgen.
De una sola zancada,
Nicolás cruzó la muralla
con la facilidad con que
un niño cruza un charco
pequeño. Aponte miró
hacia abajo y vio los
cuerpos de piedra, ojos
sin vida, expresiones
inmóviles de horror en
que habían terminado sus
más caros amigos de toda
la vida.
El gigante colocó a
Aponte sobre el techo
del Palacio de los
capitanes generales y
apuntándole con un dedo
del tamaño de un barco,
le reprendió: «Hijo mío,
sigues siendo un
canallita».
Aponte abrió los ojos.
Estaba sudado y el
cuerpo le temblaba
levemente. Dentro de su
cabeza hervían vagos
malestares
entremezclados con la
voz de su padre
«...sigues siendo un
canallita». Trató de
incorporarse, pero solo
logró que se le
acentuara la jaqueca.
Volvió a la posición
horizontal, la mirada
hacia esa nada oscura
que era el techo de su
celda. Fragmentos de la
pesadilla emergieron en
su campo visual.
Rostros. Algunos
conocidos, otro no.
Todos o casi todos,
hombres muertos,
sentenciados a la horca
o al garrote en
distintas épocas.
Pareciera como si dentro
de la Siempre Fiel Isla
de Cuba no pudiera
triunfar una
insurrección, como si
ocurriera en el cercano
Haití, en Caracas, en
Buenos Aires.
Ni siquiera el complot
dirigido por los
aristócratas, en el
nombre del Gran
Arquitecto.
Herrera le había
impedido que se
involucrara en una
conspiración comandada
por blancos. «Esperemos
las resultas. Dejemos
que sean ellos quienes
comiencen los
disturbios, y traten
luego de apaciguar los
ánimos, como los
comisionados franceses
en Port-au-Prince».
La conspiración de los
masones había fracasado.
Tal vez por falta de
espíritu, o por las
nunca previsibles
delaciones. Lo cierto
era que sus cabecillas
más importantes estaban
exiliados.
Como contraparte,
Herrera celebraba la
estrategia de Louverture
que había aprovechado el
momento justo y
demostrado con creces su
eficacia. Los hacendados
masones, como en su
momento los comisionados
franceses, habían hecho
su necesaria actuación y
abandonado el escenario
dejando al público con
deseos de más
espectáculo. Era el
momento para la entrada
de los protagonistas.
Ante todo, le aconsejaba
Herrera a Aponte, era
preciso crear una chispa
que cayera en la
pólvora. Los esclavos
anhelaban la libertad,
pero al mismo tiempo
temían la desobediencia;
y sobre todo, la
desobediencia al
Gobierno y al rey.
Pues bien, si se les
hacía creer que el rey
había otorgado la
libertad a todos los
esclavos, en tanto el
Gobierno, confabulado
con los colonos, se
negaba a cumplir la
orden real, entonces no
habría obstáculo alguno
a la desobediencia. Los
esclavos, dignos
súbditos de su Majestad
Católica, saldrían a
luchar contra los
señores, traidores a la
voluntad del rey. En
consecuencia, los
desobedientes serían los
señores, sublevados
contra la ley y contra
su soberano.
Para impulsar esta
artimaña, Aponte contaba
con que el mexicano
Guridi y Alcocer había
solicitado la abolición
de la esclavitud en
todas las colonias
hispanoamericanas, y su
propuesta de ley fue
aprobada en la
Constitución de Cádiz,
la Pepa, como la llamaba
el pueblo.
En realidad no había
ocurrido así. La
Constitución solo
favorecía a la gente de
color nacida libre, pero
los esclavos no tendrían
modo de corroborar este
detalle.
Y una vez que triunfara
la revolución, y se
alcanzara la libertad y
la igualdad de derechos
para todos, ¿alguien
acusaría a Aponte de
haber echado mano a una
mentirijilla? ¿Acaso
algún antiguo esclavo
haitiano reconocía a
Louverture como
impostor?, inquiría
Herrera, frunciendo los
labios en el gesto feroz
que lo singularizaba.
Pero el mismo Herrera
había dicho que La
Habana no era Haití. A
veces las dudas sobre el
éxito de la sublevación
acosaban a Aponte. Él y
sus aliados habían
compilado gran cantidad
de información, lo que
les daba seguridad y la
ventaja de la sorpresa,
pero se preguntaba si no
sería más razonable
mantenerse fuera del
partido, como un simple
espectador, como un
artista, en vez de
convertirse en una pieza
que podría ser desechada
en el momento oportuno
por aquellos que poseían
la totalidad de la
información.
Sí, su bando conocía las
calles, la rutina de las
tropas y los cuarteles;
contaría en el momento
oportuno con el apoyo
del gobierno haitiano,
pero ¿qué otros países
tendrían como aliados,
con cuáles fuerzas
armadas contaba el
enemigo en otras
geografías, qué agentes
secretos trasladaban
información fidedigna?
Y en fin, ¿cómo superar
a ese ejército invisible
y bien pagado que
ofrecía al capitán
general tomar decisiones
oportunas?
Por otra parte -era esto
lo que más le
angustiaba-, no estaba
seguro de que los
esclavos, una vez
liberados, quisieran
crear una sociedad
ordenada, de campesinos
y artesanos laboriosos.
Herrera pretendía alejar
este último temor de
Aponte asegurando que
Louverture había
conseguido ahuyentar el
fantasma de la vagancia
y la miseria decretando
que los administradores,
capataces y cultivadores
se comportaran como
militares, obedientes de
sus jefes en todo. Que
quienes incumplían las
órdenes superiores eran
severamente castigados,
como militares que se
apartan de sus deberes.
Por ejemplo, un
cultivador no podía
dejar su hacienda para
trasladarse a otra so
pena de ser despedido o
enrolado en el ejército.
Lo mismo ocurría con los
administradores.
-¿Y quienes no fueran
administradores o
cultivadores? -se
interesó Aponte que
pensaba en los negros
curros y los vagos
habituales, e incluso,
en los esclavos que una
vez liberados se
negarían a trabajar.
Herrera respondió que
quienes no profesaran un
estado útil que les
permitiera subsistir y
pagar una retribución a
la República serían
inmediatamente detenidos
para ser incorporados en
uno de los regimientos
del ejército si son
estimados culpables; en
caso contrario, se les
enviaba al cultivo donde
eran obligados a
trabajar.
¿Obligados a trabajar?,
pensó Aponte. ¿No sería
el retorno a la
esclavitud, a las viejas
formas practicadas por
los señores durante
siglos?
-¿Quiénes los obligarían
trabajar en caso de que
se negaran?
-Los soldados, desde
luego -dijo Herrera.
A continuación Herrera
describió al detalle la
política de control del
gobierno de Toussaint,
decretada el 20
vendimiario del año IX.
Los conductores y
capataces de distrito
estaban obligados a dar
cuenta al comandante
militar de su vecindad,
y al comandante militar
de sus respectivos
distritos sobre las
conductas de los
cultivadores a sus
órdenes; a su vez, los
comandantes de distrito
debían rendir cuentas a
los generales a cuyas
órdenes estuvieran.
Aponte se azoró al
escuchar el artículo 13
de este decreto:
Herrera se lo recitó
íntegro, ufano de la
inteligencia de su jefe:
«Encarguemos a los
generales que mandan en
los departamentos, a los
generales y oficiales
superiores que mandan en
los distritos, que velen
por la ejecución del
presente reglamento y de
cuya ejecución los hago
personalmente
responsables. Quiero
persuadirme de que su
devoción en secundarme
en pro de la prosperidad
pública no será
momentánea, ya que ellos
están convencidos de que
la libertad no puede
subsistir sin el
trabajo».
Como conclusión Herrera
proclamaba:
-El trabajo es una
virtud, maestro Aponte.
Con el esfuerzo de
todos, nuestra patria
recuperó su riqueza
anterior a la guerra:
siete millones de libras
de madera, entre
campeche y gayac;
seiscientos cincuenta
mil libras de cacao,
dieciséis mil libras de
azúcar, noventa y nueve
mil libras de mieles.
¡Somos ricos y libres!
Pero los ojos de Herrera
no traslucían una
felicidad ingenua.
Aponte se preguntaba,
ahora con mayor
angustia, si valía la
pena arriesgar la vida
contra la tiranía
extranjera para imponer
luego un gobierno, que
en cuanto aboliera la
esclavitud, crearía una
nueva forma de
represión, un
militarismo tal vez más
brutal que el impuesto
por la monarquía, ya que
perjudicaría a ricos y
pobres por igual.
-¿Nadie se rebeló contra
el reglamento?
-preguntó.
-Solo unos pobres
diablos descontentos que
no querían el bien de
todos -dijo Herrera y
pestañeó para no bajar
la vista.
Aponte entendió que los
«pobres diablos» tal vez
fueran hombres de
confianza, familiares o
grandes generales de
Louverture. Sintió
entonces que su alma se
escapaba por un pozo
seco sin final.
¿La sociedad no tendría
cura? ¿Bastaba con
expulsar a un gobernador
para colocar a otro?
¿Para qué arriesgar la
vida? ¿Valía la pena
perder amigos y
familiares?
Por otra parte, ¿dónde
encontrar seguidores
fieles? La mayoría de la
población libre no creía
en los asuntos
políticos. Ante sus
ojos, estos eran meros
juegos de intereses
donde los poderosos, sin
ningún ánimo de mejorar
la vida de los
ciudadanos, pretendían
engrosar sus fortunas y
adquirir mayores
privilegios. La
Avaricia, la Avaricia,
la boca babeante de la
Avaricia.
Sin embargo, la
situación en Cuba debía
transformarse, como
había sucedido en los
dos continentes. El
gobierno de Louverture
era un paso hacia la
libertad. Tal vez poco a
poco, educando a los
hijos y a los nietos en
los principios de
libertad, igualdad y
fraternidad, arrancando
las malas hierbas con
cuidado, con muchísimo
cuidado, no pagarían
justos por pecadores;
tal vez, algún día,
educando, educando...
Pensó en sus hijos
pequeños. A los tres
varones les impediría
formar parte de los
batallones de morenos.
Benito, el mayor, sería
herrero, y viviría y
trabajaría honestamente
en Santa María del
Rosario. Ya se imaginaba
Aponte que le había dado
la alegría de dos nietos
maravillosos. En su
ensoñación, Aponte veía
a Justo José que se
ocupaba como dependiente
en la tienda de Joaquín
Corona; y Juan de Paula
era un excelente sastre,
que pese a sus escasos
dieciocho años ya había
confeccionado varios
pequeños vestidos a la
Fefita y un traje de
gala para su padre.
Aponte consideraba que
los había educado bajo
los preceptos del honor
personal y la lealtad a
la familia y los amigos.
Su abuelo Joaquín habría
añadido «la lealtad a la
Patria», pero Aponte
entendía que «la Patria
y el rey» eran palabras
muy usadas por los
señores con el exclusivo
fin de alcanzar sus
propósitos personales.
- …la grandeza de la
patria común -Herrera se
interrumpió -…José
Antonio, te has
distraído -dijo,
contrariado.
8
-¿Qué día acordaste con
Hilario Herrera para
empezar la insurrección?
-dijo Nerey.
Sonriendo, Aponte negó
con la cabeza. Por
delante de su rostro
pasó una nube fría que
Nerey percibió por el
modo en que Aponte
aspiraba el aire entre
los dientes, como quien
ve acercarse la cuchilla
del cirujano.
-No conozco a ese
hombre.
-Me temo que no es
cierto. Es un nombre
sonoro: Hilario Herrera,
el Inglés.
-¿Un inglés en La
Habana? -ahora Aponte
exhibía un permanente
mohín.
-Sólo el Inglés. Un
apodo. Tal vez sea
francés, ¿haitiano? ¿Tu
oficial de enlace con el
rey Christophe?
Aponte siseó
imperceptiblemente,
esforzándose en parecer
relajado.
-No habla en serio el
señor licenciado.
-Pues este Hilario
Herrera asegura
conocerte -Nerey
desenrolló un pliego-.
Según esta carta enviada
por el gobernador
Kindelán desde Santiago
de Cuba, el mencionado
Herrera es un negro
robusto, de gran
estatura, como de
cincuenta años de edad,
barba cerrada, cabeza
algo canosa ceñida con
un pañuelo -levantó la
vista hacia el acusado-.
¿Corresponde?
¿Habían atrapado a
Herrera, al invisible
Herrera?, se dijo
Aponte. ¿Estaba todo
perdido o se trataba de
una nueva artimaña del
licenciado?
-Si hubiese conocido a
alguien así lo hubiera
recordado -dijo.
-¿A alguien así? -el
licenciado no perdía el
mínimo gesto del rostro
de Aponte.
-Sabe que yo soy pintor,
y usted describe a un
hombre grande y robusto,
pero canoso. Un hombre
cercano a la vejez, pero
que conserva una efigie
juvenil -miró con el
rabillo del ojo a la
panza de don Ambrosio-.
Es algo no común.
Era común entre los
negros laboriosos si no
habían sufrido ninguna
herida, pensó Nerey,
pero no insistió en ese
punto. Era un asunto de
arte pictórico y dentro
de esas aguas su acusado
se movía en plena
libertad.
-Pues la carta refiere
que este Herrera, a
quien le dicen el
Inglés, detuvo los
alzamientos de Puerto
Príncipe y Bayamo en
espera de un momento
oportuno. Menciona que
aquí en La Habana
también estaba dispuesto
un plan de insurrección.
¿Todavía niega
conocerle? -dijo Nerey
elevando un poco la voz.
Ya tenía la cabeza llena
de diminutos latidos.
Comenzaba a incubar una
jaqueca que se haría
persistente durante
varios días.
Los diversos motines de
esclavos habían pasado
sin penas ni glorias.
Muertos, heridos,
líderes desorientados...
Entristecido por los
sucesivos fracasos,
Aponte entró en la
iglesia de Santa María
del Rosario. Su mirada
se posó en una de las
pechinas pintadas sobre
tela y recordó el día
que vio por vez primera
a Santo Domingo y la
noble familia de
Casa Bayona. La tela
había sido creada, según
le confiara el padre de
la iglesia, por el señor
José Nicolás de
Escalera, maestro
excelentísimo,
contratado por el primer
conde de Casa Bayona.
En aquella época Aponte
preguntó al sacerdote
quién era el negro que
aparecía en la tela
junto al señor conde.
«Según se refiere», dijo
el padre, «el señor
conde quiso perpetuar la
memoria de este esclavo,
pues el buen negro puso
en conocimiento de su
amo enfermo las
cualidades terapéuticas
de unos manantiales
desconocidos que
brotaban en la
hacienda».
-El esclavo ¿era brujo o
médico? -inquirió
Aponte.
-A tanto no alcanzo,
hijo.
Desde entonces Aponte se
alegraba por el destino
de ese esclavo. Fue fiel
a su amo, y eso le
dispensó el
agradecimiento del señor
y la inmortalidad entre
los hombres. Al menos
mientras la obra del
maestro José Nicolás
perdurara.
¿Qué era lo conveniente
entonces, lo que Dios
realmente quería? ¿La
lealtad a los señores
que los esclavizaban o
la insurrección como
proclamaban los
generales haitianos? ¿O
huir, al igual que los
cimarrones? ¿Podría
huirse hacia algún sitio
donde no existieran los
que quieren prosperar a
costa del sufrimiento
ajeno?
Aponte contemplaba el
lienzo del maestro
Escalera. ¿Huir hacia la
belleza?, se dijo, y se
le humedecieron los
ojos. ¿Era una respuesta
del Señor? ¿Debía tomar
refugio en el arte,
convertirse en un
cimarrón, en un
apalencado de la
Belleza, el único lugar
donde todos los hombres
podrían ser iguales?
La Belleza era también
un camino hacia la
Gloria. Para él también
podía abrirse ese
camino.
Una vez más se sumergió
en el recuerdo de aquel
lejano día en que indagó
por la dirección donde
el maestro Escalera
tenía su taller. Desde
luego, no acariciaba la
esperanza de que el
maestro le aceptara como
discípulo. Quería saber
si la fe en Dios y el
arte podría conducirlo
por el camino correcto.
Le ardía la pregunta en
la garganta.
-Sin duda -dijo el
maestro prudentemente,
al tiempo que se
preguntaba quién era ese
joven negro con
inquietudes teologales.
José Nicolás de Escalera
se acariciaba las manos
debido al constante
temor de todo artista
que depende de ellas.
Había enfermado después
de pintar Nuestra
Señora del Rosario y
había ocultado
celosamente su estado,
con el propósito de
pintar un Cristo de
la humildad y paciencia
con Nuestra Señora de
los Dolores, tal vez
su última obra antes que
el Señor lo llamara a su
presencia.
-Creo por fe que el
Señor me ha concedido el
don de pintar su gloria
y la gloria de sus
santos -dijo Escalera,
mirando a las manos del
entonces joven Aponte-.
O al menos intentarlo
-hizo una pausa y cambió
de asunto-: Me dices que
embelleces la madera.
-Mi padre me enseñó el
oficio.
-El maestro Nicolás
Aponte, un excelente
ebanista.
José Antonio se irguió,
admirado. El maestro
Escalera había llamado
«maestro» a su padre. Le
conocía.
-Algo perezoso -añadió
Escalera.
Esta vez Aponte soportó
el agravio con
paciencia. Su padre
debía alternar el arte
de la talla con sus
deberes en las milicias,
en la cofradía y sus
compromisos como
carpintero. Amén de que,
no obstante su
reconocido talento, no
siempre las iglesias
contrataban los
servicios de un ebanista
negro.
-A la posteridad no le
interesará si el artista
enfermó o nació pobre
-enfatizó Escalera,
interpretando el rostro
de su interlocutor,
repentinamente
endurecido-. Esa mentira
puede repetirla, pero al
final el artista
engañará a todos menos a
sí mismo. Hay que
meditar todo el tiempo
en la luz y en las
sombras, en las
texturas...
Entonces Aponte se fijó
en las manos de
Escalera. Eran las manos
de un arcángel guerrero:
huesudas y alargadas.
Las manos de tratar con
la gloria de Dios. Manos
de sacrificio, de
movimientos rápidos y
breves, de pinceladas
diminutas. Las manos del
maestro Escalera no
conocían el descanso.
-Es el precio de haber
recibido un don... El
Señor nos medirá con esa
vara.
Aponte miró al suelo. No
creía que el Señor
midiera al maestro
Escalera con la misma
vara que a su padre.
-La luz y la sombra, ¿y
el color, don José, no
es importante? -preguntó
Aponte con expresa
ambigüedad.
Pasaron varios meses
antes que el maestro
Escalera contestara de
forma convincente la
pregunta de José
Antonio. Las visitas del
joven aprendiz le habían
devuelto el ánimo al
viejo pintor, y el deseo
de retomar el oficio. Al
principio pensó en
convertir al joven en su
ayudante, pero pronto se
percató de que José
Antonio poseía un
extraordinario talento
para la composición y la
distribución espacial de
los volúmenes, pero no
se las arreglaba bien
con las luces y las
sombras. Sin la luz y la
sombra era imposible
entender el color.
Un día, Escalera se
incorporó y pidió a José
Antonio que le siguiera.
Entraron en una
habitación más pequeña
que Escalera abrió con
llave. Enseguida
encendió veinte o
treinta velas que se
encontraban en distintos
ángulos de la
habitación. El lugar
parecía una mecería
llena de pigmentos por
doquier, botes de
pinturas y trozos de
lienzos pintarrajeados
en un absurdo
cromatismo. Sin embargo,
daba la impresión de que
todo hubiese estallado
de repente y los
pigmentos se hubieran
adherido a las paredes y
al techo, intensificados
por la luz de las velas.
Aponte miró aquella
habitación con
desconfianza, como un
loco receloso que se
resiste a creer en la
existencia del arco
iris.
-Aquí entro a contemplar
la belleza pura de Dios
y a descansar del gris
diario.
La habitación en nada
recordaba el sobrio
colorido de los lienzos
del maestro. Aponte no
entendía nada.
-Una vez me preguntaste:
« ¿Y el color, don José,
no es importante?» ¿Lo
recuerdas?
Aponte asintió, sin que
lo abandonara todavía la
confusión.
-Pues el color no
existe, José Antonio.
En un lienzo aparecía un
manto ondulante sin
figura humana. Era de un
azul insoportable.
Escalera interpuso sus
manos entre la luz de
las velas y el lienzo.
-En el equilibrio entre
la luz y la sombra el
color adquiere su
humildad. ¿Lo aprecias?
Aponte asintió. Luz y
sombra. Equilibrio.
Humildad. Entonces
entendió y miró a los
ojos del maestro. Este
le puso una mano en el
hombro.
-Debo prescindir de tus
servicios, muchacho.
Creo haberte enseñado
todo lo que sé.
Aponte regresó a su
casa, pensando en la
última frase del maestro
Escalera: «No hay que
ser un Licenciado
Gamarra, como decía mi
abuelo, para nacer en la
gracia de Dios. Ocúpate
en el arte, José
Antonio. Medita en lo
que se preguntaba el
sabio: "¿Puede el etíope
cambiar el color de su
piel o el leopardo
quitarse sus manchas?"»
Desde entonces José
Antonio vivió embebido
por un placer que hasta
ese momento desconocía.
Todo cuanto le rodeaba
era deleitable. Las
luces y las sombras
jugando entre las
pequeñas cosas.
Ondulaciones de los
tejidos de lana, seda y
lino que se exhibían en
las tiendas de la calle
de los Mercaderes, las
mujeres que los
apreciaban, los rostros
alegres o con
expresiones de
precaución; las
muchachas paseantes
exhibiendo sus trajes de
linón o muselina; los
helechos que buscaban
una breve grieta entre
los muros; las cortinas
de cañamazo que
protegían del sol a los
buhoneros apretujados en
los portales del
Rosario; el color del
agualoja ¿sabría a su
color?; el cuadro de
devoción, al cual por
las noches encendían
lámparas de aceite...
Todos los objetos y
pequeños movimientos que
antes pasaban
inadvertidos a su mirada
aparecían ahora como
seres vivos que
reclamaban cuidados
personales. Aponte llegó
a creer que las cosas,
como los hombres,
también vivían sus
momentos de gloria, en
el equilibrio entre la
luz y la sombra; y que a
menudo el esplendor de
los hombres dependía del
esplendor de las cosas,
lo cual parecía un
contrasentido, pero bien
sopesado, era parte de
la tradición. La
historia lo demostraba
con incontables modelos.
Uno de los objetos más
llenos de significado,
siempre iluminado y
frente al que muchas
personas ocupaban sus
horas, eran las imágenes
de los santos en las
iglesias.
[...]
Una
Biblia perdida es Premio
Alejo Carpentier de
novela 2010.
Editorial
Letras Cubanas. La
Habana, 2010. |