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Uno de los temas que más
ha apasionado a los
cubanos en los últimos
dos siglos ha sido la
situación del negro en EE.UU. Razones hay pues,
tanto en Cuba como en el
país vecino, la
esclavitud del africano
fue, desde los inicios
de la colonización, un
pilar de la economía y
la sociedad,
intensificándose su
importancia a partir del
último tercio del siglo
dieciocho y durante más
de la mitad del siglo
XIX. Cubanos y
norteamericanos
descubrirían, a través
de conflictos y
convergencias, cuán
ligada estaba la
historia de ambos países
por el destino de la
peculiar institución. Y
luego de la abolición de
la esclavitud, el negro
siguió siendo un
elemento que enlazaba
los destinos de Cuba y
los EE.UU., aun si no
fuera más que por el
desprecio y temor
racistas que inspiraban
las masas libertas pero
aún oprimidas, o por los
cubanos creer hallar un
paradigma social en esta
nación. El caso es que
en Cuba, para imitar o
para censurar, los
cubanos han estado
pendientes hasta el día
de hoy de lo que ocurre
con el negro en los
EE.UU. El resultado sin
precedentes de las
últimas elecciones sin
duda que habrá de
renovar e intensificar
la vieja pasión.
Jim Crow, el apartheid
norteamericano
Para los cubanos un
momento de la historia
del negro en EE.UU. que
reviste especial interés
es el que coincide con
la época de la protesta
armada de los
Independientes de Color
en Cuba, o sea, entre
1908 y 1912. La razón es
fácil de adivinar: la
suposición de influencia
de la política racial
norteamericana en los
acontecimientos de
entonces en Cuba. Y nada
parece más natural, pues
si nos remontamos unos
pocos años atrás, a
1898, cuando se produjo
la primera intervención
norteamericana, sacamos
cuenta de que en los 14
años que se extienden
hasta 1912, en siete de
ellos, o sea, la mitad
del período, Cuba estuvo
ocupada militarmente por
EE.UU., tiempo que se
nos antoja suficiente
para influir a través de
sus soldados,
procónsules y colonos en
la sociedad cubana. Por
otro lado, no es de
olvidar que la
esclavitud se extendió
por casi cuatro siglos
en Cuba, y que erigió su
propio sistema de
racismo y discriminación
sin necesidad del modelo
norteamericano. Sobre
este asunto volveremos
luego. Ahora solo
interesa dejar sentada
la situación del negro
en las primeras décadas
del siglo XX, época en
que se consolidó en el
sur de EE.UU. el sistema
de opresión y
segregación racial
conocido por Jim Crow,
vigente hasta mediados
de siglo, cuando comenzó
a desmoronarse. Algunos
episodios de la vida
real en tiempos de su
plena madurez son el
mejor medio para
conocerla.
Rosa Parks
Uno de ellos ocurrió el
primero de diciembre de
1955 en Montgomery,
Alabama, cuando la
señora Rosa Parks fue
arrestada por negarse a
ceder su asiento en el
ómnibus a un hombre que
iba de pie. Lo que
explica este extraño
proceder es que la
señora Parks era negra,
y el hombre al que debía
cederle su asiento,
blanco. Se trataba de
una regla que todos
obedecían. Sobre el
incidente cuenta un
escritor negro
norteamericano: “La
señora Parks [...] tenía
que estar de pie
mientras que un hombre
blanco ocupaba su
asiento. Los otros tres
negros se levantaron
cuando se les conminó;
Rosa Parks se negó”.1
Jackie Robinson
Otro caso tuvo que ver
con una de las grandes
glorias del deporte:
Jack Roosevelt Robinson
(Jackie Robinson),
y ocurrió siete años
antes, en 1948. Jackie
Robinson era un
excelente pelotero, al
que le llegó la
oportunidad de jugar en
las Grandes Ligas cuando
el manager general de
los Brooklyn Dodgers,
Branch Rickey, lo
descubrió y le ofreció
un contrato. El problema
era que Jack Robinson
era negro, y nunca se le
había permitido a un
negro jugar en las
Grandes Ligas. Primero
había que ponerlo a
prueba. En la primera
conversación, Rickey
hizo de carpetero de
hotel que le niega de
forma insultante una
habitación; luego de un
“fanático” que le empuja
en el lobby del hotel o
en la terminal de
ferrocarril. Simula una
situación de juego y le
dice:
“Supongamos que estoy
jugando contra ti en la
Serie Mundial... Me tiro
contra ti, con los
spikes por delante. Pero
tú no cedes. Te quedas
ahí y me tocas con la
pelota en las costillas
y el umpire grita:
“out”. Me encolerizo —y
lo único que puedo ver
es tu cara— esa cara
negra encima de mí. De
modo que levanto el puño
y te doy un piñazo justo
en la mejilla”. Un puño
blanco de Rickey pasa
cerca de la cara
sudorosa de Robinson.
Este no mueve la cabeza.
“¿Qué haces?”, gritó
Rickey. ¿Qué haces
entonces?
Los gruesos labios
tiemblan un instante y
entonces se abren:
“Señor Rickey”, contestó
Jackie Robinson, “Yo
tengo dos mejillas”.2
Jackie Robinson fue
aceptado para jugar.
Para evitar problemas se
le impuso la regla de no
ir a lugares de
recreación nocturna y al
final de los juegos
marcharse del estadio
por salidas secretas. A
Jackie Robinson los
hoteles le negaban
habitación —solo a él,
no a sus compañeros de
equipo— y debía quedarse
en casa de amigos. Del
público le insultaban en
los juegos.
Sit-ins
Todavía en tiempos más
recientes, en los años
sesenta, en
Greensborough, Carolina
del Norte, unos
estudiantes negros
quisieron romper la
regla de que a los
negros no se les daba
servicio en los mismos
lugares que a blancos, y
se llegaron a una tienda
de la cadena Woolworth y
se sentaron en la barra
de la cafetería solo
para blancos. La policía
los detuvo y aquel
incidente fue el inicio
del movimiento de los
sit-ins, que se
extendió por todo el
Sur. Una organización
negra con sede en Nueva
York, el Congress on
Racial Equality (CORE
por sus siglas en
inglés), envió a
Carolina del Norte a uno
de sus militantes, Len
Holt, para ayudar a esos
jóvenes a prepararse
para la resistencia no
violenta. Por lo que nos
ilustra de cómo se
manifestaba la
segregación racial en el
Sur, les citamos la
descripción del
periodista y escritor
negro Louis Lomax:
Me puse a observar como
Len Holt y sus ayudantes
de CORE preparaban a los
estudiantes negros en la
técnica de protesta no
violenta: Sentaban a los
estudiantes en una larga
mesa parecida a la barra
de una cafetería. Holt,
o uno de sus ayudantes,
hacía el papel del
hombre blanco. El hombre
blanco caminaba de un
lado al otro de la barra
echándoles humo de
cigarro en la cara de
los estudiantes; les
decía nombres
insultantes: “niche”,
“mono”, “negro bastardo”.
Cuando no lograban el
propósito de provocar
alguna reacción, el
hombre blanco entonces
empujaba y, finalmente,
en un acto de
desesperación, les
pegaba. El estudiante
negro que se ponía en
ademán de pelear o se
encolerizaba,
desaprobaba el curso. La
única manera de aprobar,
y de ese modo
permitírsele participar
en una situación real de
sentarse en una barra,
era poder aguantarlo
todo sin ira, sin una
queja.3
Se pueden contar por
miles los ejemplos de
conflictos de la vida
real que ilustran
elocuentemente la pésima
situación del negro en
EE.UU. hacia mediados
del siglo
xx. Es conocido
el movimiento de los
freedom rides
(viajes de la libertad),
en que militantes negros
y algunos blancos
simpatizantes viajaban
por el sur con el
propósito de exigir un
servicio igual en las
terminales de ómnibus y
eran arrestados por usar
los baños o sentarse en
un salón de espera solo
para blancos; se sabe de
la historia del negro
James Meredith, que
intentó ingresar en la
Universidad de
Mississippi (para
blancos) en Oxford,
provocando la
resistencia de las
autoridades estatales,
hasta del propio
gobernador, y un motín,
y la intervención de la
Guardia Nacional de los
EE.UU. para restablecer
el orden; se divulgó
mucho lo de jóvenes
estudiantes que fueron
al sur a inscribir los
negros como electores,
por lo cual muchos
fueron apaleados y
algunos hasta
asesinados. Todos estos
ejemplos apuntan a una
realidad innegable de
violación de los
derechos humanos de los
negros en EE.UU. y,
sobre todo —pero no
únicamente—, en los
estados del sur.
Hacia 1955, un
periodista francés,
Daniel Guérin, resumía,
a partir de su
experiencia personal en
EE.UU., la
discriminación del negro
en los siguientes
aspectos: la ausencia
del derecho al voto; la
imposibilidad del negro
a residir fuera del
ghetto negro; la
prohibición de caminar
por parques públicos
destinados a los
blancos; la separación
en las salas de espera
en las estaciones de
ferrocarril y ómnibus,
en el transporte
público, en los cines y
otros espectáculos, el
deporte, las tiendas,
las escuelas,
hospitales, iglesias,
etc.; la prohibición
legal de matrimonios
interraciales...4
En su conjunto,
todo este sistema de
separación de las razas
era conocido por Jim
Crow. Se nutría del
racismo y los intereses
creados, y se sostenía
por las costumbres y los
códigos legales de los
distintos estados. El
terror, en forma de
apaleamientos de
personas, quema de
viviendas o sembrados, y
la muerte por
linchamiento, se usaba
pródigamente contra los
contraventores de tan
rígidos usos. El negro
norteamericano estaba
condenado a vivir en
una atmósfera de
peligro. “Cada negro,
escribe el profesor John
Dollard, sabe que cierta
clase de sentencia de
muerte está suspendida
sobre él; no sabe cuándo
le tocará su turno”.5 A
eso se refiere, como
experiencia personal,
Louis Lomax en libro
publicado en 1962:
En verdad, la violencia
siempre estaba en la
atmósfera. Pocas veces
pasaba una semana que no
nos enteráramos de que
algún negro había sido
apaleado o linchado por
las turbas. (Entre 1889
y 1922, el año en que
nací, se lincharon unos
cuatro mil negros). Y
nosotros vivíamos con la
conciencia plena de que
nuestras vidas no nos
pertenecían.6
En su mayoría, los
sucesos referidos son de
mediados del siglo
veinte, y fueron
acontecimientos que
dieron paso a una etapa
superior de lucha contra
la discriminación racial
y a cambios en el
sistema de Jim Crow. En
sí cierran un ciclo de
un sistema que se impuso
entre los finales del
siglo diecinueve y
principios del veinte.
El proceso de
establecimiento Jim Crow.
El Sur antes del Jim
Crow
La estricta segregación
racial del negro,
característica del Jim
Crow, fue hasta cierto
punto un fenómeno nuevo
en el sur de EE.UU. No
es que no hubiera
existido racismo,
discriminación y
opresión del negro con
anterioridad, pues otra
cosa no podía esperarse
de un régimen de
explotación en el cual
el negro estaba, antes o
después de la
emancipación de los
esclavos, en el último
peldaño de la jerarquía
social, fuese esclavo,
aparcero u obrero.
Algunas formas de
segregación,
particularmente en
relación con los negros
libres y los esclavos no
domésticos, eran
corrientes en el período
esclavista; e igualmente
ocurría en los años
posteriores a la Guerra
de Secesión, ya fuera
antes o después de la
retirada de las tropas
de ocupación del Norte
en 1877, pero tales
prácticas no se
recogieron en leyes.
En realidad, en época de
la esclavitud, la
segregación estricta era
impracticable. Cuando
tantos negros eran
sirvientes domésticos
—señala el gran
antropólogo negro W.E.B.
Dubois—, “había lazos de
intimidad, afecto, y a
veces relaciones de
consanguinidad entre las
razas. Vivían en la
misma casa, compartían
la vida familiar, y a
menudo asistían a la
misma iglesia, y
hablaban y conversaban
los unos con los otros”.7 Después
de la emancipación, en
el período conocido como
de “Reconstrucción”,
tampoco era mucha la
segregación entre las
razas. El historiador
C. Vann Woodward, en un
esclarecedor estudio
sobre el Jim Crow,
señala que:
Un tema frecuente de
comentario por los
visitantes norteños
durante el período era
el de la intimidad de
contacto entre las razas
en el Sur, una intimidad
que a veces admitían era
desagradable para el
visitante. Lugares
comunes eran la vista de
niños blancos que
mamaban de pechos
negros, de niños negros
y blancos jugando
juntos, la vecindad
accidental de casas de
familias blancas y
familias negras, la
camaradería entre
sirvientas y amas, entre
empleador y empleados,
entre el cliente y
dependiente, y las
historias usuales de
cohabitación entre
hombres blancos y
mujeres negras.8
Las particularidades del
Jim Crow
El Jim Crow era un
código de segregación
racial. Se parecía a los
códigos negros de la
época esclavista, pero
era mucho más rígido y
le daba la sanción de la
ley a todo ostracismo
racial, un ostracismo
que, como ya hemos
visto, se extendió a
todo tipo de actividad
social en que blancos y
negros pudieran entrar
en contacto. Tenía,
además, el objetivo de
dar señales públicas y
evidentes de la
supremacía blanca. Lo
que hizo el Jim Crow fue
rebajar aún más el
estatus del negro. En
palabras de C. Vann
Woodward, estableció “la
era de verdadera
segregación”, la era
cuando el principio se
aplicó de manera
consciente y deliberada
en todas las áreas
posibles de contacto
entre las razas, y
cuando el código se
convirtió en un dogma
invariable de la raza
blanca”.9
Historia de la
imposición del Jim Crow
El Jim Crow empezaría a
raíz de la retirada de
las tropas federales del
Sur, que dejaba el
problema del negro en
manos de la gente blanca
dominante. Hasta ese
momento, el negro —con
el apoyo de políticos
norteños, del Ejército,
de funcionarios que
vinieron del Norte, e
instituciones
humanitarias, del Norte
también— había dado
algunos pasos
importantes de ascenso
social y político. En
gran medida se había
alfabetizado, y también
había obtenido el
derecho al sufragio.
Políticos negros eran
elegidos a cargos
públicos y se codeaban
con políticos blancos en
las convenciones de
partido, en las
legislaturas de los
Estados, en los
tribunales y en el
Congreso de la Unión.
Algunos llegaron a
senadores y
representantes. Con la
retirada de las tropas
del Sur, el negro quedó
indefenso, y su destino,
en manos de los blancos
del Sur.
La alternativa
conservadora
Al principio parecía que
al negro se le abrían
otras alternativas a la
del rígido Jim Crow. Una
de estas posibilidades
era la que representaban
los conservadores. En un
plano filosófico
general, estos creían
que todas las sociedades
descansaban en clases
superiores y
subordinadas, y que cada
clase tenía sus
obligaciones y sus
responsabilidades. En
cuanto a la situación
concreta de
Norteamérica, creían en
la inferioridad del
negro, pero negaban que
tenía que ser segregado
o humillado
públicamente. En su
filosofía, la
degradación del negro no
era consecuencia forzosa
de la supremacía blanca.10
Los conservadores
necesitaban del negro y
querían contar con
ellos. Cuando se
retiraron las tropas
federales, como parte de
un compromiso entre los
políticos que
representaban a los
capitalistas del Norte y
los del Sur, que dejaba
en manos de estos
últimos la dirección de
los asuntos internos,
los políticos
conservadores sureños
continuaron la alianza
electoral con los
negros. No les quitaron
el sufragio obtenido
durante la ocupación del
Norte, sino que
defendieron el voto
negro mientras pudieran
usarlo o manipularlo
para mantener sus
posiciones hegemónicas.
El precio que debían
pagar era el
nombramiento de negros a
posiciones políticas y a
candidaturas a las
legislaturas. Escribe
Woodward:
La ventaja que se
obtenía por los
conservadores, era el
apoyo negro en la
política local contra el
Partido Independiente
constituido por
disidentes de los dos
viejos partidos [...]
Usando estas tácticas,
al igual que formas más
crudas de fraude y
terror, los
conservadores vencieron
las revueltas de
Independientes y de los
Greenbacks de principios
de la década del 80
[...] Y así, los
electores negros fueron
cortejados, “adulados”,
tratados como señores y
estimados por los
políticos blancos en la
década del ochenta como
nunca antes.11
La alternativa populista
Otra alternativa para el
negro fue la de los
populistas, radicales
sureños que trataron de
integrarlos a su partido
en condiciones de total
igualitarismo, “un
igualitarismo de
necesidad y pobreza”, el
acercamiento por
reivindicaciones comunes
ante un opresor común.
La alianza que se
planteaba era sobre la
base del interés mutuo
porque, como decían los
populistas blancos,
“[e]llos están en el
foso igual que
nosotros”. El mayor
obstáculo que
enfrentaban los
populistas era el
prejuicio racial, común
entre los elementos a
los que dirigían su
mensaje de unión: “las
deprimidas clases
económicas más bajas”.
Conocedor de esta
realidad, un dirigente
populista, Tom Watson,
se dirigió de este modo
a las dos razas: “Se les
hace odiarse mutuamente
porque sobre ese dios
descansa la llave del
arco del despotismo
financiero que esclaviza
a ambas”.12
El igualitarismo no fue
mera prédica entre los
populistas, pues se
atrajo al negro y se
eligieron a negros para
posiciones directoras
del partido. En el
momento de mayor
extensión de la revuelta
agraria de los
populistas, entre 1892 y
1895, muchos negros
llegaron a tener puestos
prominentes en varios
estados del Sur. De
acuerdo con el criterio
del profesor C.V.
Woodward: “Nunca antes o
después se han acercado
tanto las dos razas a
como lo hicieron durante
las luchas populistas”.13 Al
final, sobre todo
después de las
elecciones de 1896, el
movimiento populista
colapsó bajo el ataque
coordinado de las
fuerzas que controlaban
la economía y el
gobierno de la región. Y
con él se hundió la
última esperanza de que
el negro desempeñara un
papel político de
importancia en el Sur.
La reconciliación
supraclasista de los
blancos y la derrota
política de los negros
En realidad, el
prominente desempeño
político del negro,
después de la Guerra de
Secesión, fue
consecuencia de las
divisiones entre los
blancos. Primero fue con
la victoria del Norte
sobre el Sur, cuando el
Partido Republicano le
garantizó el sufragio al
negro y forjó una
alianza entre blancos
pobres, negros y
funcionarios venidos del
Norte (carpet baggers)
para asegurar el control
político del Sur y los
votos en el Congreso que
le permitieran empujar
el programa de
desarrollo industrial.
Luego del compromiso de
1877, que dejó el
gobierno del Sur a las
fuerzas locales, el
Partido Demócrata de los
antiguos plantadores,
reforzado con los
intereses de los
comerciantes,
corporaciones
ferrocarrileras y la
banca, se alió con los
electores negros para
garantizar su
predominio. Finalmente,
los populistas, partido
radical de pequeños
campesinos, hicieron un
espacio a los negros
para luchar contra la
oligarquía
terrateniente,
ferrocarrilera y
financiera. Y todas
estas luchas políticas,
en las que el negro se
convirtió en un elemento
esencial de coaliciones
partidarias, se
dirimieron en un
contexto de postguerra,
de grandes crisis
económicas y sociales, y
de corrupción, que
enconaban aún más el
debate político. No es
de extrañar que el
racismo invadiera el
discurso político, que
fuera este dominado por
los extremistas y
oportunistas, y que cada
vez se hiciera más
violento y fuera de
control. Tampoco
sorprende que la
oligarquía sureña, una
vez vencido el desafío
populista a finales de
siglo, decidiera, con la
aquiescencia de otras
fuerzas, privar de los
derechos al sufragio al
negro, como un seguro
contra coaliciones entre
los pobres y oprimidos.
En fin, el negro pagaba
los platos rotos de la
reconciliación
supraclasista de los
blancos. De este modo lo
ve Lomax:
Frustrados sus sueños
agrarios, los campesinos
pobres blancos aceptaron
la realidad y se aliaron
a la estructura de poder
blanco Borbón. Y fue
durante esta época que
los demagogos blancos
cogieron el control de
las instituciones
políticas del Sur. Su
gambito principal era
atacar (“go’
niggering´”) a los
negros entre los
electores. Es decir, se
iban a la campaña
política y cortejaban a
los blancos pobres
haciendo acusaciones
bajas contra la raza
negra. Mientras los
Borbones blancos
mantenían un silencio
aprobatorio, estos
políticos se embarcaron
en veinticinco años de
denuncia del negro como
criatura inferior
incapaz de aprender o
carentes de vitalidad
moral. El ataque al
negro era desde luego
una gran descarga
sicológica para los
blancos pobres, quienes
no tenían otra cosa que
una existencia sub
humana y lúgubre a que
aspirar, y sus gritos
resonaron en los
palacios de justicia de
todo el Sur. Sin
embargo, dentro de esas
audiencias la verdadera
subyugación del negro —y
hasta de los blancos
pobres— estaba
ocurriendo. Los cerebros
jurídicos del Sur
estaban aprobando leyes
que le privaba de los
derechos electorales al
negro y permitían votar
al blanco igualmente
ignorante [...].
Esto era el nacimiento
de la Alianza Sureña, la
unión de los
conservadores “borbones”,
políticos oportunistas y
campesinos empobrecidos
en una atmósfera de
pánico con el propósito
expreso de convertir una
aberración sicológica en
una institución social.14
Lógicamente, el proceso
por el cual se privó al
negro de derechos
políticos y se impuso el
régimen de segregación
racial conocido por Jim
Crow no se logró en un
día ni estuvo exento de
la peor violencia. A
finales de siglo y por
más de una década
después de la
intervención
norteamericana en Cuba,
en algunos estados se
mantenía alguna
resistencia, como se
evidencia en un texto de
1898 del periódico de
Carolina del Sur, el
Charleston News and
Courier, contra una
propuesta de ley de
segregación (Jim Crow)
en los ferrocarriles. El
editor se oponía a la
medida señalando las
consecuencias absurdas a
que podía conducir si se
concedía el principio
que la informa:
Si es que vamos a tener
coches Jim Crow
(separados) en los
ferrocarriles, también
habrá que tener coches
Jim Crow en los
tranvías… Y también en
todos los buques de
pasajeros... Además, si
tenemos coches Jim Crow,
entonces debe haber
salones de espera Jim
Crow en todas las
terminales, y
restaurantes Jim Crow.
Tendremos secciones Jim
Crow de los jurados, y
lugares separados para
los testigos en los
juicios, y una Biblia
Jim Crow para que los
testigos negros la
besen. También sería
conveniente tener
secciones Jim Crow en
las oficinas de hacienda
del condado para que los
negros paguen sus
impuestos, ya que las
dos razas se mezclan
tremendamente en estas
oficinas durante semanas
de cada año,
particularmente por los
días de Navidad...
Deberá haber un
departamento Jim Crow
para llenar los
documentos y pagar los
privilegios y bondades
de ser ciudadano. Tal
vez lo mejor sería,
después de todo, coger
un atajo y establecer
dos o tres condados Jim
Crow y dárselos a
nuestros ciudadanos de
color para su uso
exclusivo.15
No se imaginaba el
editorialista del
Charleston News and
Courier que lo que
él combatía con el
recurso retórico de
reductio ab absurdum,
muy pronto sería —con la
excepción de la creación
de un estado solo para
negros— la realidad de
todo el Sur de EE.UU., y
en no menor medida de
los restantes estados de
la Unión. Para la fecha
en que se produjo la
masacre de los
Independientes de Color
en Cuba, en 1912,
culminaba el proceso de
implantación del sistema
Jim Crow. Lo que vino
después —hasta los años
cuarenta por lo menos—,
fueron solo detalles de
actualización, es decir,
de extensión de la
segregación a
situaciones nuevas que
surgían con el
transcurso del tiempo.
Sobre la influencia
norteamericana
En lo que concierne al
negro y la relación
entre las razas, en Cuba
y en EE.UU. se
produjeron de forma
paralela procesos
históricos de grandes
consecuencias. En los
dos se abolió la
esclavitud como
resultado de guerras; en
los dos se produjo un
proceso de ascenso del
negro, y en los dos se
dio luego un proceso
inverso de retroceso
desde las posiciones más
avanzadas.
Sería osado sugerir que
fueron procesos
semejantes y con iguales
resultados, o que
pudieran estar
determinados por la
influencia del uno sobre
el otro. Pero es lícito
y, más que eso,
necesario, que el
investigador se proponga
conocer los grados de
semejanza entre los dos
procesos, y por qué, y
la influencia que pudo
tener EE.UU. en el
dibujamiento del cuadro
racial cubano.
No es nuestro propósito
profundizar en las
características de las
relaciones raciales en
Cuba, tema al que no le
faltan muy buenos
especialistas, como
Tomás Fernández Robaina,
quien ha registrado
muchas formas de
discriminación y
segregación vigentes en
Cuba en el siglo XX. Sin
ánimo de cerrar ningún
debate, sino más bien de
motivarlo, vale señalar
que la experiencia de
los Independientes de
Color contiene aristas
impensables para ese
momento en EE.UU.: la
fundación de un partido
de negros, el carácter
independiente y, sin
embargo, nacionalista de
su programa, la
existencia de una prensa
de Partido, la acción
proselitista abierta, la
discusión en el
Congreso, las
declaraciones en defensa
de la existencia del
Partido Independiente de
Color por destacados
políticos blancos,
etcétera.16
En cuanto al tema de la
influencia o impacto de
los EE.UU. en la
agudización del racismo
en Cuba, queda mucho por
investigar,
particularmente en la
historia de las
distintas localidades y
regiones de Cuba, para
poder profundizar en la
dinámica y naturaleza de
las relaciones entre
EE.UU. y Cuba. No
obstante, en el nivel
actual de los estudios
sobre el tema, creemos
se puede afirmar sin
lugar a duda que la
hegemonía de EE.UU. en
Cuba ayudó a consolidar
el racismo y a adoptar
algunas formas agudas de
discriminación más
propias del modelo
norteamericano. Como ha
apuntado el historiador
Louis A. Pérez,17 la
intervención
norteamericana en la
guerra de independencia
de Cuba, impidió la
revolución social
implícita en el programa
de la guerra, y EE.UU.
se erigió en el salvador
y el protector del
régimen colonial en
Cuba. En primer lugar,
hay que destacar que la
disolución del Ejército
Libertador, propiciada
por la intervención —en
el que los negros
constituían mayoría y 40
% de los oficiales
superiores—, y del
Partido Revolucionario
Cubano —en el cual
también los negros
desempeñaron un papel
importante— fue un duro
golpe al ascenso social
de las masas de color.
En segundo lugar,
EE.UU., en su afán de
dominar la Isla sin
sobresaltos, se alió con
el sector más
conservador de la élite
cubana, y con ello
rompió el equilibrio
social y político en
Cuba. También EE.UU.
influyó mucho con el
modelo racista de las
fuerzas armadas que
crearon en Cuba, las
millonarias inversiones
de sus monopolios, la
inmigración del Norte y
los enclaves coloniales,
las iglesias y las
escuelas nortea-mericanas.
En última instancia, sin
embargo, todo esto no
era más que el contexto
en el que tuvo que vivir
y luchar el cubano. El
cubano no era un ser
pasivo sin
responsabilidad por su
historia. Su verdadera
historia —la historia
transformadora de hombre
libre— es la que día a
día en cada pulgada del
territorio nacional
hacían, con aquellas
limitantes, los hombres
y mujeres de este país.
Esa historia está por
contar.
Langston Hughes: Cuban
Color Lines, 1930
En cuanto a los
controversiales temas
del grado de semejanza
entre el racismo cubano
y el norteamericano o la
influencia de los EE.UU.
en Cuba en el área de
las relaciones entre las
razas, puede ser útil
punto de partida para
cualquier análisis el
testimonio que dejó el
gran poeta negro
Langston Hughes de su
visita a La Habana en
1930.18 Hughes
era uno de los
principales exponentes
del movimiento cultural
conocido por
Renacimiento de Harlem.
En su fina poesía
integró el jazz y los
blues, como Guillén —de
quien fue amigo— integró
el son a la suya. Hay
que destacar la fecha,
1930, menos de veinte
años después de la
masacre de 1912, apenas
unos años después de
consolidado el Jim Crow
en EE.UU.
En sus notas de viajero,
Hughes señala que en
Cuba, al igual que en el
resto del Caribe,
existía una triple
barrera del color que
separaba los negros, los
mulatos y los blancos.
Sin embargo, aclara que:
En Cuba, aunque existen
estas tres claras
divisiones, las líneas
no están tan
estrechamente dibujadas
como en algunas de las
otras islas del Caribe.
En este aspecto las
islas británicas son las
peores. Las islas
latinas son más o menos
descuidadas en lo
concerniente a las
cuestiones raciales.
Pero en Cuba uno
rápidamente se da cuenta
de que casi todos los
dependientes en las
tiendas más grandes son
blancos o casi blancos;
que en los diarios casi
todas las fotografías de
los líderes de la
sociedad son blancos, o
lo suficientemente
claros para pasar por
blancos; que casi todos
los caballeros que
representan al pueblo y
se sientan en comités
del gobierno y proveen
de personal los
consulados y ministerios
cubanos en el extranjero
son blancos, o por lo
menos “meriney” (como
llaman los negros
americanos esa línea
fronteriza entre los de
color y blanco). Pero
esta escala no es válida
en un cien por ciento. A
veces un negro muy
prieto ocupa una
posición muy alta en
Cuba. Es eso lo que
confunde a muchos
visitantes de los EE.UU.
—en particular los
visitantes de color que
andan buscando con
ansiedad un país donde
puedan decir que no hay
barrera del color—
porque la barrera del
color en Cuba es mucho
más flexible que la de
los EE.UU., y mucho más
sutil. No hay, desde
luego, coches Jim Crow
[segregados] en Cuba, y
en las reuniones
oficiales y en los
carnavales y
celebraciones menos
oficiales, los
ciudadanos de todos los
colores se encuentran y
se mezclan. Pero,
definitivamente, hay
divisiones sociales
basadas en el color, y
entre más prieto sea un
hombre, más rico y más
célebre tiene que ser
para romper estas
divisiones.19
Hughes luego da su
opinión sobre la
influencia
norteamericana en la
situación racial de
Cuba:
El uso de La Habana como
lugar de recreación de
invierno por los
turistas norteamericanos
ha traído, desde luego,
su cuota de prejuicios
raciales sureños desde
el continente. Hoteles
que antes eran laxos en
la aplicación de la
barrera del color, ahora
desalientan hasta a los
mulatos cubanos, de este
modo buscando la
aprobación de su
clientela
norteamericana.
Pero los hoteles
puramente cubanos que no
reciben turistas, sirven
a huéspedes de todos los
matices del color de la
piel y su servicio es de
lo más cortés.20
En este tema del impacto
de las costumbres
raciales
norteamericanas, Hughes
cuenta la única
experiencia desagradable
que tuvo en Cuba. Trató
de entrar a La Havana
Beach, un trozo de playa
que había sido alquilado
a una empresa
norteamericana, donde
esta hizo algunos
pabellones y casas de
baño para turistas. La
empresa estableció una
barrera racial, la cual
no siempre podía aplicar
a los cubanos, y la
playa a menudo era
visitada por “políticos
y plutócratas mulatos”
porque, explica el poeta
de Harlem, “en La Habana
es muy difícil hasta
para los norteamericanos
erigir una barrera
racial”. “La entrada a
la playa parecía
depender entonces
—explica Hughes—, en si
uno tenía suficiente
influencia política o
prestigio social para
obligar a la
administración a
venderle un ticket para
toda la temporada”. A
Hughes y su compañero se
negaron a venderles un
ticket por un día, y
cuando, a pesar de las
advertencias, estos
insistieron en quedarse
en los alrededores, los
guardias de seguridad
norteamericanos llamaron
a la policía, que los
arrestó y los condujo a
la estación. La
estación, cuenta Hughes,
“estaba a cargo de un
capitán negro, un hombre
de color muy prieto,
quien escuchó los cargos
de los oficiales contra
nosotros, los anotó en
su libro —y se negó a
encerrarnos—. Esperen
aquí por sus amigos,
dijo suavemente. Esto es
ultrajante, pero es lo
que pasa a la gente de
color en Cuba cuando los
norteamericanos tienen
el control. No es la
primera vez que ha
habido problemas en la
Havana Beach”.21
Al día siguiente fue el
juicio, con la presencia
de varios “testigos” que
representaban a la
administración de la
playa. Hughes lo resume
con estas palabras:
El juez, un viejo
caballero mulato —que
habría sido negro de
vivir en EE.UU., pero
que era “blanco” en La
Habana— miró a los
empleados de la playa
con el ceño severo,
desestimó las
acusaciones de los
empleados de la playa y
concluyó con estas
palabras: “Lo que
ustedes han hecho está
contra todos los
principios de la
hospitalidad cubana y
contra la ley de Cuba,
que no reconoce
diferencias de raza o
color. Estos huéspedes
en nuestras tierras han
sufrido bastante a manos
de ustedes y merecen una
disculpa. El caso está
concluido.22
Conclusiones
Al señalar en sus notas
de viajero que en Cuba
“definitivamente hay
divisiones raciales
basadas en el color”, el
poeta Langston Hughes
está subrayando un
elemento común de la
Isla con los EE.UU. y
los demás países del
Caribe. Pero Hughes,
observador de detalles y
con pupila para los
matices, también anota
diferencias que no le
parecen menos
importantes. Acaso el
fino poeta está llamando
la atención sobre la
necesidad de conocer las
particularidades de las
relaciones raciales en
cada país y su
contextualización en la
historia y la cultura
nacionales como manera
de obtener una
comprensión más profunda
y exacta del problema.
Solo así, añadiríamos
nosotros, el
conocimiento puede
servirnos de instrumento
metodológico para el
análisis de este tema en
la actualidad. Hacer
hincapié en la
importancia de
caracterizar y
contextualizar la
experiencia cubana, sin
aplicar mecánicamente
modelos que no se
ajustan exactamente a
nuestras realidades, es
—y no más— el propósito
de este breve ensayo,
motivado por el debate
sobre el tema racial que
comienza a animarse en
Cuba.
Notas:
1- Louis
E. Lomax: The Negro
Revolt, p. 17.
2- Eric
F. Goldman: The
Crucial Decade and
After, America,
1945-1960, pp.
50-52.
3- Louis
E. Lomax: Ob. cit., p.
135.
4- Citado
por Daniel Guerin: “’Jim
Crow’, en USA. El
problema negro”,
en Revolución y
Cultura, no. 8,
abril 15 de 1963.
5- Ibídem.
6- Louis
E. Lomax: Ob. cit., p.
64.
7- C.
Vann Woodward: The
Strange Career of Jim
Crow, p. 14.
8- Ibídem,
pp. 23-24.
9- Ibídem,
p. xvii.
10- Ibídem,
pp. 29-31.
11- Ibídem,
pp. 39-40.
12- Ibídem,
pp. 42-43.
13- Ibídem.
14- Louis
E. Lomax: Ob. cit.,
p. 39.
15- C.
Vann Woodward: Ob.
cit., pp. 49-50.
16- Véase:
Serafín Portuondo
Linares: Los
Independientes de Color.
Historia del Partido
Independiente de Color;
y “El negro espacio del
negro. Raza y nación en
Cuba”. Entrevista con
Tomás Fernández Robaina,
en Julio César Guanche:
La imaginación contra
la norma. Ocho enfoques
sobre la República de
1902.
17- Louis
A. Pérez: Cuba
Between Reform and
Revolution, pp.
191-193; Cuba and the
United States: Ties of
Singular Intimacy,
pp. 113-117
18- Langston
Hughes: “Cuban Color
Lines, 1930”, en John
Jenkins (editor):
Travelers´ Tales of Old
Cuba, Ocean Press,
Melbourne-New York,
2002, pp. 128-132.
19- Ibídem,
pp. 130-132.
20- Ibídem.
21- Ibídem,
p. 132.
22- Ibídem. |