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El 14 de diciembre de
1799, una Real Cédula
dio a centenares de
negros de la villa de El
Cobre, la ratificación
de su condición de
hombres libres. Acto
verdaderamente
reparador, fruto de la
justicia metropolitana
española pero, sobre
todo, de dos siglos de
lucha —con laureles y
reveses, por oponerse al
desalojo y al
sometimiento de la
esclavitud. Hasta
décadas después, no hubo
conquistas tan
espectaculares para los
negros de la
jurisdicción santiaguera
mas, a partir de aquel
entonces, fueron más
frecuentes las
“escapadas hacia la
libertad”; los actos de
asaltos a propiedades
rústicas, en busca de
recursos, y de defensa
armada de los palenques
frente a rancheadores y
comisionados.
La revolución
industrial, la lucha
contra la trata de
esclavos y la esclavitud
misma, dieron nueva
dimensión al problema
negro y, condicionaron
una nueva estrategia
para la lucha de los
hombres de color, tanto
esclavos como libres. El
bando abolicionista se
amplía, cada vez más,
con numerosos y notables
hacendados y
profesionales, otrora
esclavistas —y/o
defensores de ese infame
modo de explotación
humana—, hizo que
abolición e
independencia fuesen,
progresivamente causas
comunes, en las cuales
tuvieron que comulgar
tanto blancos, como
negros libres y
esclavos. El movimiento
reivindicador negro —muy
temprano en la
jurisdicción
santiaguera— encontró en
la revolución
separatista el cauce
natural por el que debía
fluir la lucha por su
libertad y por sus
derechos naturales,
sociales y políticos. No
es casualidad, en
Santiago de Cuba ver a
varios negros
—encabezados por Petrona
Sánchez— integrados en
1848 al grupo
conspirativo del
licenciado neogranadino
Juan Eulalio Godoy; o a
Quintín Banderas, “y
otros de su clase”, en
los complots de 1849 a
1851, liderados por los
Valiente, Cisneros
Correa y Duany Repilado.
Así lo demuestran las
dos grandes
conspiraciones negras
—con presencia blanca
demostrada— de 1864 en
El Cobre y de junio de
1867 en ese mismo
partido, Palma Soriano y
la ciudad de Santiago de
Cuba, cuyas cabezas
visibles fueron Carlos
Rengifo, Fernando
Guillet y Miguel
Betancourt, la cual
concluyó con el
apresamiento de más de
300 integrantes,
sublevados luego en la
cárcel santiaguera, el 9
de octubre de 1867, y
cuyo epílogo fue la fuga
de algunos de ellos, su
asesinato, más tarde
—¡vaya ironía!—, por
varios esclavos de las
haciendas donde se
escondieron; y un juicio
sumarísimo, en el que un
consejo militar condenó
a fusilamiento y a
mayores penas de prisión
a otros participantes
del motín.
Se entiende, entonces,
por qué la revolución
del 68 contó desde sus
preparativos y liminares
de la guerra con la
presencia numerosa de
los hombres de color,
libres y esclavos,
quienes vieron en la
contienda la oportunidad
ideal de alcanzar
libertad y derechos, y
se entregaron con
vehemencia a
conquistarlos. No
resulta ocioso
reconsiderar la
trascendencia de aquel
cataclismo bélico para
el hombre negro, y
especialmente
—permítaseme
significarlo— para los
del territorio
santiaguero.
En primer lugar: la
esclavitud,
desacreditada en su
criminal, abyecta y
ridícula justificación,
e inservible, por su
ineficiencia económica;
sostenida solo por los
exponentes más logreros
y retrógrados de la
sociedad, y que ya venía
extinguiéndose lenta
pero progresivamente
—por caritativas
manumisiones graciosas
de algunos amos, o
compradas por los
propios esclavos—,
sufrió un mortal
resquebrajamiento con la
libertad masiva, unas
otorgadas por
propietarios
revolucionarios, antes y
después del gesto de
Céspedes en La Demajagua,
y más numerosas aún,
cuando hubo que
reconocer libres a los
esclavos mambises, al
término de la campaña.
En segundo lugar, el
hombre de color
conquistó un
reconocimiento
extraordinario, al
amparo de haber
concluido la contienda
como el mayor número de
la plantilla del
Ejército Libertador, y
de buena parte de su
jefatura subalterna y
oficialidad, aun de la
cúpula combatiente, con
gran protagonismo en tan
longa y cruenta guerra.
Durante esta mostró gran
talento, afanes de
superación cultural,
civilidad moderna y
justa, nivel de
convivencia armónica con
otros grupos raciales,
especialmente con los
blancos, y gran amor a
Cuba. Los momentos más
altos de tal distinción
—podría decirse— fueron
el juicio de
enaltecimiento que hizo
de Antonio Maceo el
mismísimo general en
jefe español Arsenio
Martínez Campos, y más
aún su entrevista con
los dos más altos jefes
pardos de la Revolución:
Manuel Titá Calvar
Oduardo y el propio
Antonio Maceo Grajales,
el 15 de marzo de 1878,
en los Mangos de Baraguá.
Estos hechos
multiplicaron la
autovaloración de la
mayor parte de la “clase
de color” a una altura
casi sideral; pero
tamaño reconocimiento
trajeron aparejados, un
redivivo racismo
visceral y prevenciones
viejas y nuevas por
parte de muchos blancos
—presos de falsos y
deletéreos preceptos
sobre el negro—,
incluidos no pocos
miembros distinguidos
del independentismo.
No me atrevería a decir
que no lo hubo antes, ni
que solo se dio en esta
zona del país; pero se
puede ver claramente
que, a partir de todas
esas consecuencias
positivas que trajo la
Guerra Grande para el
hombre negro, en
Santiago de Cuba —mayor
exponente de los grandes
protagonistas mambises
de esa raza— donde la
instrucción primaria
pública del negro, al
menos, fue notable,
desde 1839, por obra del
más grande héroe civil
de la ciudad, de todos
los tiempos, Juan
Bautista Sagarra—,
cobraron fuerza
inusitada los
prejuicios, el odio y,
con renovada vigencia,
las tesis racistas
contra el hombre de
color; todo manipulado
por las autoridades
españolas del
Departamento Oriental;
pero en los que
comulgaron muchos
blancos separatistas:
“el negro como ser
inferior al blanco”,
“creado por Dios para
servir al blanco”, “su
naturaleza proclive”,
“sus afanes para cobrar
revancha contra los
blancos”, “hacer una
Cuba africana” y otros
absurdos, muy digeribles
en aquel ambiente.
No bastaba dividir a
blancos y negros; el
funesto general Camilo
Polavieja, desde los
recovecos de su alma
torcida y temerosa,
promovió, asimismo, la
de los pardos y morenos.
En enero de 1879, causó
la disolución del Casino
Popular de Santiago de
Cuba, en el que se
recreaban, superaban,
compartían ideas y
razonaban, negros y
mulatos, bajo el
liderazgo de Néstor
Rengifo, Pedro Antonio
Domínguez, José Teodoro
Prior, José Agustín
Lafourié, Rebollar,
Emiliano Lino Gómez,
Francisco Audivert Pérez
y Lucas Mesa (de lo más
culto y esclarecido,
entre la “clase de
color”, en la sociedad
civil de Santiago de
Cuba). La fraccionó en
una sociedad de pardos,
y otra para morenos. El
malvado genio de
Polavieja, orquestó esa
“propaganda
atrabiliaria” —como la
calificó Maceo—, que
propagó la falacia
acerca de que los
hombres de color —bajo
la conducción de los
Maceo, Guillermón, José
Medina Prudente, Pepillo
Pereira, Lacret,
Quintín, Garzón y otros—
preparaban una guerra de
razas, para practicar
horrenda venganza en
contra de los blancos, y
que procuraban instaurar
una república negra,
para unirla a Haití, en
una supuesta
confederación. Ese
general carnicero fue
quien cribó la
revolución del 79 de los
jefes blancos, para
hacerla aparecer como
obra de los negros;
quien llevó a cabo una
horrenda represión
contra civiles en los
campos orientales, quien
—de acuerdo con el
capitán general—
traicionó las
capitulaciones
establecidas con
Guillermo Moncada y José
Maceo, se burló de los
cónsules garantes (de
EE.UU., Francia e
Inglaterra), apresó a
cientos de mambises en
altamar y los mandó
sometidos a prisiones
españolas en la costa
norte africana y del
Mediterráneo. Asesinó a
decenas de negros y
mulatos y deportó a más
de 300 hombres —sin
vínculos evidentes con
la Guerra Chiquita—
hacia Fernando Poo y las
prisiones del norte de
África, y quien
seleccionó a sus
principales adalides
para asesinarlos (Rengifo
y Rebollar, entre otros)
y para deportarlos, como
lo hizo con Prior,
Domínguez y Mesa: únicos
hombres de color
miembros de la Junta
Directiva del Partido
Liberal de Santiago de
Cuba, en 1878, y
fallecidos ambos en
1881, en Ceuta, durante
la deportación.
Persuadidos —o
confundidos— por aquella
propaganda infame, no se
alzó en la jurisdicción
ninguna voz señalada de
rechazo a tanta sevicia.
Parece acertado afirmar
que la generalidad de
los pardos y morenos
santiagueros se
percataron, desde aquel
entonces, de que la
batalla por la plena
libertad y el goce de
todos los derechos del
hombre negro, iba mucho
más allá de la lucha por
la independencia del
país; esto es: también
contra el racismo y la
discriminación racial.
Imbuidos por la
conciencia que les
asistía, por la cuota de
sacrificio aportado a la
causa patriótica común
(más después de la
Guerra del 95) y por
contar con la
pertenencia —o
simpatías— de los
principales líderes del
separatismo y de la
futura república, y de
gran número de jefes y
oficiales negros en el
Ejército Libertador,
tenían la absoluta
convicción de que
merecían esa libertad y
todos esos derechos, y
si se les privaba, los
reclamarían —y aun los
conquistarían— por la
fuerza.
Exiguo fue, sin embargo,
el número de quienes se
dieron cuenta de que, en
el entramado de la
sociedad cubana, el
enfrentamiento racial
—aunque le asistiese
toda la razón a una de
las partes— iba a ser el
peor de los males para
la nación, para la
república que se iba a
instaurar, y para sus
habitantes todos; que
los blancos no debían
intentar someter al
negro, ni podían
eliminarlo de la faz del
país; y que ni los
negros más locos o
aviesos podían siquiera
pensar en una Cuba
negra, o donde tuviera
preponderancia el negro,
y que, incluso, la
“clase de color” —lo
mismo por carencia de
recursos que de
preparación, así como
por otras circunstancias
nada despreciables— no
estaba en condiciones de
forzar a la clase
dirigente del futuro
país a otorgar y
garantizar el ejercicio
de todos los derechos
del negro. Mínimo, pues,
el número que pudo
prever que la verdadera
batalla de la raza, no
ya en la independencia y
el rechazo al racismo y
la discriminación
racial, sino que, igual
habría que librarla
dentro de la propia
clase de color: con la
elevación del hombre
negro por medio,
principalmente, de su
propia y múltiple
superación, ganándole al
racismo espacio tras
espacio, en la sociedad
cubana. Así pues, el
movimiento reivindicador
del negro se vio en el
territorio santiaguero
—en otros sitios,
también, por supuesto—
abocado ante dos
tendencias, dos
corrientes: la radical y
la moderada.
Un factor que favoreció
la prelación por la
corriente más tajante
fue el fin de la Guerra
de 1895-1898, en cuya
epopeya —conjuntamente
con muchos héroes
blancos— llegaron al
pináculo de la gloria
muchos representantes de
la raza negra, mártires
y sobrevivientes; tales
como: los hermanos
Antonio y José Maceo
Grajales, Guillermón
Moncada Veranes, Jesús
Sablón (Rabí) Moreno los
hermanos Agustín, Juan
Pablo y José Candelario
Cebreco Sánchez, Pedro
Díaz Molina, José
Francisco Lacret Mourlot,
Quintín Banderas
Betancourt, Vidal y Juan
Eligio Ducasse Revé,
Florencio Salcedo, José
González Planas, Alfonso
Goulet, Luis Bonne,
Prudencia Martínez
Hechavarría, Victoriano
Garzón, Manuel La’O Jay,
Pedro Ivonnet Dofourt,
José Francisco Camacho
Viera, Guillermo Pérez,
Valeriano Hierrezuelo,
Alfredo Despaigne, José
Dolores Asanza Millares,
Ramón Risco Cisneros,
Evaristo Lugo, Lorenzo
González, Juan de León
Serrano, Félix Ruenes y
tantos otros, generales
y coroneles que harían
una lista casi
interminable. Esa gran
ofrenda patriótica
reforzó su creencia de
que Cuba libre,
soberana, republicana y
democrática haría
justicia a la raza
negra, favoreciéndola
con el ejercicio de
todos sus derechos.
No fue así: si
alcanzaron unos; muchos
otros, no; algunos
negros llegaron más alto
y más lejos; otros
quedaron en el subsuelo
y hasta retrocedieron;
como fueron los casos de
centenares de mambises —
“de color”, en su
inmensa mayoría—, que
beneficiados en 1878-79,
cuando la “mensura que
hizo Guillermón”, y por
otras entregas, con el
usufructo de algunas
parcelas, padecieron
desalojos y
retaliaciones de
geófagos y del gobierno.
Los ejemplos son
numerosos: decenas de
vecinos de El Dorado,
Palma Soriano (1903); de
la familia del capitán y
mártir invasor Anselmo
Cáyamo, a la entrada de
El Cobre; de los vecinos
de San Leandro, que
sufrieron las
usurpaciones del
integrista Cástulo
Ferrer, entre 1878 y
1895, y de los Almeida,
en los liminares de la
República; los 200
veteranos mambises del
propio El Dorado, Santa
Bárbara y Monte Dos
Leguas, liderados por el
coronel Nicolás Lugo,
que tuvieron que
enfrentar los intentos
de desalojo, en 1911,
como lo estaban haciendo
otras decenas de
veteranos libertadores
de Songo y de La Maya;
por solo señalar esos
casos concretos.
Así pues, persuadida por
varias razones,
refugiada en la épica
del papel de los negros
durante las tres guerras
separatistas y de los
merecimientos
consecuentes,
sobreestimando en mucho
su propia fuerza, e
inspirada, a no dudar,
por el “Movimiento
Niágara” de los negros
norteamericanos (inicios
y estructuración
1905-1908), que
postulaba y promovía un
activismo que validaba
hasta la violencia en el
reclamo de los derechos;
por todo eso y más, una
gran masa de los
reivindicadores negros
en Santiago de Cuba,
optaron por la línea
radical en los reclamos
y/o conquista de
derechos, ante los
grandes abusos y
abrumadores olvidos a
inicios de la República.
Militaron o concomitaron
con esa tendencia,
muchos mambises
surorientales, entre
ellos algunos ilustres,
como fueron los casos de
los coroneles Pedro
Ivonnet Dofourt y
Enrique Fournier
Leuville, así como el
teniente coronel Julián
V. Sierra, el comandante
Carlos Pillot Blaterau,
los cuatro invasores a
occidente con el general
Antonio Maceo; el
capitán Saturnino Cos
Riera, los tenientes
Evaristo Estenoz, Julio
Antomarchí y Antomarchí,
el sargento Juan Bell, y
los veteranos Loreto
Vega, Isidoro Santos
Carrero, Agapito Savón,
Abdón Rispoll y Germán
Luna, cuyas graduaciones
no han podido
establecerse. Casi todos
salieron de las filas de
los partidos Conservador
(Moderado) y de las
varias fracciones del
Liberal, arrastrando
consigo a miles de
seguidores. No se le
integró la mayoría del
mambisado negro, ni sus
jefes más brillantes, e,
incluso, dos de esos
relacionados —Fournier y
Sierra— se apartaron de
la corriente radical
tras la aprobación de la
Enmienda Morúa. Tampoco
les secundó la mayor
parte de la población
negra, aunque gozó de
gran simpatía entre
esta.
Estos líderes militares
y otros civiles de
cultura y arraigo
—incluso de varias zonas
del país, especialmente
de la capital—
estuvieron bajo la
dirección de Evaristo
Estenoz Coromina, el
máximo promotor de la
agrupación y del Partido
Independiente de Color,
que para él significaba:
“independientes de los
liberales y de los
conservadores”. Hijo de
una negra criolla y de
un francés, nació en la
jurisdicción de
Guantánamo —según
algunas fuentes; otras
señalan la de Santiago
de Cuba— hacia 1860.
Residía en la emigración
cuando respondió a la
exigencia patriótica, y
vino como expedicionario
del
Three Friends,
que bajo el mando del
entonces coronel Rafael
Portuondo Tamayo,
desembarcó por la playa
de Baconao (50 km al
este de Santiago de
Cuba), el 30 de mayo de
1896, sirvió en las
filas del 1er. Cuerpo,
bajo el mando del
general José Maceo
Grajales; pero,
finalmente, pasó a
servir al Quinto Cuerpo
del general José María
Aguirre, en cuyo Cuartel
General concluyó la
guerra, con el grado de
teniente del Ejército
Libertador. Dedicado al
negocio (contratista) de
la construcción en la
capital, se tiene la
certeza de que, desde
1907, intentaba formar
un partido de morenos y
pardos cubanos, lo que
al fin pudo lograr el 7
de agosto de 1908 en
consonancia con varios
de los mambises negros
citados arriba y varias
figuras civiles de
color, como Gregorio
Surín, Antero Valdés y
Juan Coll, entre otros,
con quienes fundó,
además, el órgano de la
agrupación, el periódico
Previsión, y
con quienes presidió el
primer mitin, una semana
más tarde,
desaforadamente
boicoteado por entes del
Partido Liberal en La
Habana. Él fue la voz
principal del Programa
del Partido
Independiente de Color
y, por ende, de su
contenido, tan
progresista como
demasiado abarcador y
pretencioso; por demás,
inviable para su época;
una carta de intención,
y no una hoja de ruta.
También fue él, ante las
numerosas calumnias de
la propaganda oficial y
oficiosa —tan sucia y
venenosa como cuando las
campañas de Polavieja—,
quien, al denunciar la
negativa de los dueños
de un hotel capitalino
de servir a un negro,
escribió en el
Previsión:
“Todo hombre de color
que no mate
instantáneamente al
cobarde que lo veje en
un establecimiento
público, es un miserable
indigno de ser hombre,
que deshonra a su patria
y a su raza.” Desatino
exagerado y peligroso,
craso error que alejó
demasiado de su causa a
los reivindicadores
negros moderados, que
sirvió como
justificación al
gobierno de José Miguel
Gómez para clausurar,
confiscar el periódico y
arrestar al propio
Estenoz; así como para
alentar mayores odios
del racismo blanco,
insuflado por “nuevas”,
“sorprendentes” y
“apodícticas”
revelaciones,
condensadas en
viejísimos y falso
estereotipos; tales
como: “Resuelto el
misterio: el negro es
una bestia”, “el negro
más superior debe ser
considerado inferior al
blanco”, “el propósito
de los negros es acabar
con la civilización
blanca”, etcétera,
etcétera, etcétera... No
menos erróneo —ya como
cálculo político, ya por
la herida que iba a
infligir— fue llevar al
PIC a un alzamiento, so
pretexto de que se
habían cerrado todas las
demás vías, y no
obstante las
declaraciones de sus
principales líderes de
que no era una guerra
contra los blancos. No
importa si fue más como
factor de presión que
como guerra en sí; o si
se hizo para provocar
—quizá— un estado de
cosas tal, que condujese
a una nueva intervención
norteamericana, con la
esperanza —tal vez— de
que esta suprimiese la
Enmienda Morúa, toda vez
que fue el gobierno
interventor de Charles
Magoon el que reconoció
al PIC. Serían rasgos de
puro infantilismo creer
que, en medio de aquella
aberrante propaganda, el
alzamiento se quedaría
en una mera algarada y
ya, o que los EE.UU.,
salido de una reciente
intervención en la Isla,
la acometerían de nuevo,
sin alentar antes al
gobierno nacional la más
ruda, masiva y eficaz
represión contra el
movimiento insurgente
negro.
Estas consideraciones
podrían ser suficientes
para condenar la guerra
declarada por el Partido
Independiente de Color,
el 17 mayo de 1912, como
el mayor sin sentido que
se pudiera cometer
entonces; mucho más, si
se analiza el escenario
de las acciones y se
toma en cuenta que tan
solo eran cientos de
negros provistos de
pocas y obsoletas armas,
sin municiones casi, con
la oposición —o la
indiferencia, en el
menor de los casos— de
la mayor parte de los de
su raza, y frente a un
ejército y milicias más
numerosos,
disciplinados, mejor
armados (comprendidas
artillería pesada y
modernas ametralladoras)
y municionados; todo lo
cual trajo como
consecuencia la derrota,
y una retaliación
carnicera, con miles de
asesinados —alzados o
no, sospechosos o no—
por parte de las fuerzas
gubernamentales y de los
“voluntarios”, que
incluyó la eliminación
física deliberada de
Estenoz (28 de junio),
del general de división
del Ejército
Reivindicador (ER),
Pedro Ivonnet (12 de
julio), su ayudante, el
comandante mambí Domingo
Romero Quintana, y de
otros jefes alzados,
cual fueron los casos de
Loreto Vega y Juan Bell,
en Songo y La Maya, y
otros lograron salvar la
vida con sus
presentaciones con
garantes de vida; entre
ellos el brigadier (ER)
Julio Antomarchí, en El
Cobre, y del coronel (ER)
Carlos Pillot, en Palma
Soriano.
Decir que tan
horripilante masacre no
tuvo razón de ser, que
se pudo debelar la
asonada con la fuerza,
sin llegar al extremo de
asesinar entre tres mil
y cinco mil negros, de
apresar a cientos de
inocentes y reconcentrar
a miles de pobladores,
es señalar algo tan
razonable como alejado
de los presupuestos
políticos de aquella
brutal represión, porque
—no importa cuán
inhumano resultara, al
cabo— el objetivo era
ese: la masacre que
aterrorizara a los
hombres de color, y los
desalentara en cualquier
aspiración de exigencia.
Y si, a favor de una
duda razonable, se
admitiera que la meta no
hubiese sido tal, es
innegable que las
pasiones desenfrenadas
por la propaganda
gubernamental y de todos
los racistas blancos
liberaron de todo
escrúpulo los más bajos
instintos y entronizaron
los rencores, habidas
cuentas los odios, en
general, y los sociales,
en particular, nunca son
racionales y suelen
concluir en orgía de
sangre.
El racismo blanco fue
culpable de aquella
matanza horrible,
estúpida e
injustificable; pero no
pueden eximirse de
responsabilidad
histórica los directivos
del PIC, por la
descabellada decisión
del alzamiento,
precedida por
declaraciones muy
provocadoras y
siniestras, desde las
páginas de
Previsión, y
en algunos discursos de
portavoces de esa
colectividad, con los
cuales dieron alimento
suficiente al fanatismo
criminal de los blancos
racistas; como tampoco
—aunque en menor grado,
claro está— los
centenares de miles de
negros —comprendidos
muchos moderados— que,
en su correcto
distanciamiento de la
insurgencia racial,
fueron, a la vez,
demasiado indiferentes
ante la terrible
matanza. En tal sentido,
los jefes mambises:
Jesús Rabí, Agustín y
Juan Pablo Cebreco,
Valeriano Hierrezuelo,
Alfredo Despaigne Bonne,
Evaristo Lugo, Ramón
Risco, José de la Cruz
Puente Sánchez, Eusebio
Magaña, Miguel Balanzó,
Adeodato Carvajal, José
Dolores Asanza Millares,
Emilio Guillart, Ruperto
Portes Mena, Aniceto
Serrano, Manuel Ferrer
Cuevas y los Nápoles
Vivar; así como también
los más destacados
talentos negros en la
sociedad civil: Juan
Tranquilino y Juan
Bautista Letapier
Rengifo, José Agustín
Lafourié, José Diego
Prudencio Dupín,
Francisco Audivert Pérez
y sus hijos: Francisco,
Santiago y Juan Antonio
Audivert Tibeau; José
Canuto Vantour, Santiago
y Benjamín Bonne, Fidel
Núñez Jústiz, José
Teodoro Prior, José
Guadalupe Castellanos
González, Longino Alonso
Castillo, Américo y José
Gregorio Portuondo Hardy,
Gonzalo Cabrales, José
Fatjó Spech, Pedro Duany
Méndez (“Saulo de
Tarso”), fueron los
elementos negros más
visibles e influyentes
de los primeros tres
lustros de vida
republicana en Santiago
de Cuba, y tal vez
pudieron desempeñar un
papel para intentar
contener en parte
aquella barbarie, sin
medir el riesgo de ser
reprimidos también.
No era fácil desestimar
su potencial, pues no
solo tenían, los
primeros, los grandes
méritos y glorias de la
guerra, y el peso de
algunos cargos públicos
importantes, sino que
los segundos, también,
eran personajes de
cualidades, estimación y
mucho arraigo. Por
ejemplo: Juan
Tranquilino Letapier,
capitán mambí,
sobresaliente también en
la emigración
revolucionaria, fue el
primer negro graduado de
abogado en Cuba;
Lafourié seguía siendo
uno de los principales
mentores de la raza,
conjuntamente con Prior,
Audivert, Dupín, Vantour,
Santiago Bonne y Fidel
Núñez Jústiz, quienes
desde los salones del
Casino Popular, primero;
luego, desde la
Filarmonía Provincial,
el Casino de Santiago de
Cuba, la sociedad El
Progreso (cuyo lema era:
“Por la Escuela”), El
club La Idea, el gremio
de Tabaqueros, y, ya en
la República, Luz de
Oriente, aportaron el
apostolado de la
superación racial y la
lucha por la igualdad,
por medios moderados y
pacíficos. El propio
Audivert había sido no
solo presidente del
Casino de Santiago de
Cuba (1890), sino
concejal en la
República, tercer
teniente alcalde y
representante a la
Cámara. Sus hijos
Francisco y Santiago
eran jóvenes abogados
—como Américo Portuondo
Hardy— y dirigente
tabaquero, el otro, Juan
Antonio. Teodoro Prior
(hijo) era destacado y
reconocido educador y
abogado; Castellanos
González y José Gregorio
Portuondo Hardy, a su
vez, eran médicos;
Alonso, agrimensor y
político local, y Fatjó,
Cabrales y Duany Méndez,
escritores muy
distinguidos, entre no
pocos más. Tampoco era
sencillo para ellos, en
medio de tanta ebriedad
racista, tanta
arbitrariedad oficial y
saña general, enfrentar
esos prejuicios sociales
sin comprometer la
posición moderada.
Independientemente de
todas esas
consideraciones
anteriores, ellos,
habidas las cuentas,
eran los portadores
genuinos del ideario y
del apostolado de
Antonio Maceo, quien no
vio obstáculo alguno en
expresar abiertamente el
orgullo de ser negro: “Y
como el exponente
pertenece a la clase de
color, sin que por ello
se considere valer menos
que los otros hombres
[…]”, o, 14 años
después: “El día en que
los negros —porque en
realidad no tienen otro
color— no se pongan
bravos porque les digan
negros, ese día […]
quedará salvada la
raza” y, a la vez,
defender la integración
y unidad de las razas:
“La unión cordial,
franca y sincera de
todos los hijos de Cuba
[…] el ideal de mi
espíritu y el objetivo
de mis esfuerzos.” A los
blancos, les decía:
“Ved lo que
los hombres de la raza
negra hacemos a vuestro
lado: ayudaros con esta
obra de abnegación y
patriotismo, para la
conquista de la libertad
y los beneficios de la
democracia”. Y a los
negros, a sus congéneres
de raza, les decía:
“—Vais a crecer y os
vais a desarrollar con
la libertad, pero por
vuestro propio esfuerzo
y merecimiento; tenéis
que conquistar la
admiración de vuestros
hermanos, para que os
den, después de esa
admiración, el cariño, y
así es como se
establecerá entre
vosotros el imperio de
la confraternidad—.”
Y,
también:
“No pidan
nada por el color de su
piel; todo es preciso
obtenerlo por imperio de
las virtudes”.
En otra ocasión dijo a
Martí: “[…] condenaré
[…] todo paso que se
pretenda dar fuera de la
órbita de las leyes, que
estamos todos en el
deber de respetar y
hacer cumplir.
Protestaré asimismo, y
me opondré hasta donde
me sea posible, a toda
usurpación de los
derechos de una raza
sobre otra.” Maceo,
verdadero inspirador
—junto con Juan
Gualberto Gómez y (por
qué no) a Martín Morúa
Delgado— del ala
moderada en el
movimiento reivindicador
del negro en Cuba, tuvo
ese sueño, 80 años antes
que Martin Luther King…
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