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Este año se inicia para
las letras cubanas con
una pérdida, la del
poeta Alberto Acosta
Pérez (1957-2012) que la
muerte ha arrebatado
cuando su poesía llegaba
a una gustosa madurez.
De su quehacer da fe un
puñado de poemarios,
entre los que es preciso
citar: Como el
cristal quemado
(1988), Todos los
días de este mundo
(1990), Éramos
tan puros (1992),
Alabanza del sueño
(1994), Monedas
al aire (1996) y
Música vaga (2002).
Su lírica es la de un
ser sensible y rebelde a
la vez, y revela, junto
a la riqueza de un mundo
que pugna por
expresarse, el dominio
de un oficio conseguido
a través de un amplísimo
orbe referencial,
nutrido por sus lecturas
literarias. Cantó a la
problemática insularidad
y reclamó un espacio
para los solitarios y
marginados, se atrevió
—más allá de ciertas
sombras ilustres— a
decir su canto elegíaco
por Marilyn Monroe y fue
capaz de cultivar
registros múltiples
desde lo patético hasta
lo epigramático.
Quienes lo veían en los
pasillos del Gran Teatro
de La Habana
desempeñando su labor de
relaciones públicas con
una proverbial cortesía
y solicitud, que no
ocultaban cierta reserva
aristocrática, casi
siempre ignoraban que
era el mismo que
recibiera en 1990 el
premio de poesía Gerardo
Diego, de Soria y en
2006 el XIII Premio de
Narraciones Breves
Alberto Lista, otorgado
en Sevilla, ni que era
también traductor de
poesía y crítico
esporádico, pero bien
agudo. No se puede
afirmar que pertenecía
al linaje de los muy
modestos, pero sí que
gustaba de dejar parte
de sus méritos en la
sombra para solo
compartirlos con los más
íntimos.
La Jiribilla
quiere honrar a este
poeta, que no pudo ver
cómo llegaba a manos de
los lectores su más
reciente poemario
Experiencias de amor
correspondido
(UNIÓN, 2011). Como
Julián del Casal o como
Emilio Ballagas, Alberto
Acosta entra en la
sombra cuando se
esperaban de su quehacer
los frutos más
sazonados, mas, lo que
nos dejó, es la
justificación suficiente
de su existencia.
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