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Desde su edificio en el
corazón del Vedado,
Mylene Fernández Pintado
contempla La Habana de
las postales. Abajo el
bullicio de la escuela,
el mercado, la gente que
marcha a resolverse la
vida, los autos modernos
viajando junto con los
“almendrones” detenidos
en las lentes de los
turistas. Pero desde el
balcón ella no escucha
más que el imaginado
sonido del mar. Su
mirada ha rebasado las
calles y los edificios
despintados para llegar
a ese horizonte que se
ha tragado el alba,
donde cualquier fantasía
parece posible.
El viento de invierno
satura la mañana en la
que llego a la puerta de
esta escritora. Tal vez
por eso me recibe
todavía dormida y juntas
tomamos el primer café.
Tras los cristales, la
mañana sigue su curso y
es ajena a esta
conversación que tal
parece de amigas por la
sinceridad con que Mylene me va contando
cómo empezó a escribir,
con que me acerca a su
mundo y pasamos de la
literatura a la familia,
de los problemas de las
mujeres a sus
experiencias mientras
vivía en Miami. Casi dos
horas duró la grabación
de esta entrevista y ya
empezaba la tarde cuando
nos despedimos. Después
de las preguntas
llegaron las anécdotas,
las reflexiones sobre la
vida cotidiana, las
sucesivas historias de
su hijo adolescente, las
alusiones a la música de
los Beatles y de Mozart
o a los cuadros que su
madre le enseñó a
valorar.
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Ella fue elegida por la
literatura mientras
estrenaba su maternidad.
Aunque siempre ha sido
una lectora vehemente,
la palabra escrita le
parecía un sitio
sagrado, accesible solo
para algunos elegidos.
Se graduó de abogada y
como tal trabajaba en el
Instituto Cubano del
Arte e Industria
Cinematográficos
(ICAIC); pero la
inspiración llegó a
buscarla y le hizo
escribir uno de las
historias más
sobrecogedoras de la
narrativa cubana
contemporánea: “Anhedonia”.
El cuento que le hiciera
ganar mención en el
concurso de La Gaceta
de Cuba de la UNEAC
en el año 1994, el que
da título a su primer
libro, el más antologado
de su carrera, traducido
a varios idiomas y
llevado al audiovisual,
muestra una eficaz
inmersión en la
subjetividad femenina y
la capacidad autoral de
mostrar la hondura
psicológica de los seres
humanos. Verónica y
Sabina, sus dos
protagonistas, pudieran
ser cualquiera de las
mujeres que habitan
estas tierras, pues sus
conflictos expresan la
dualidad espiritual en
la que estas se debaten,
atrapadas entre el éxito
intelectual-público y el
familiar-amoroso.
Como narradora ha tenido
la osadía de explorar
desde esta orilla un
tema álgido: la
emigración. Varios de
los cuentos que
completan su primer
libro, Anhedonia
(1999), tratan sobre los
cubanos de Miami y son
fruto de su experiencia
mientras vivía en esa
ciudad entre 1996 y
1997. Aquel viaje le
dejaría muchas marcas,
allí pudo constatar la
verdad de esa “tierra
prometida” para muchos
jóvenes de su
generación, donde, como
ha dicho, lo real suma
las historias y
nostalgias de los que se
han ido y de los que
deciden regresar, con
sus odios, amores,
ambiciones y
conformidades. A ello
aluden aquellas Otras
plegarias atendidas
que cuenta en su novela
(Premio Ítalo Calvino,
2002) dividida en tres
partes: Havana- Miami-
Havana, donde intentó
mostrar el cúmulo de
razones que pueden
decidir a una persona a
marcharse de Cuba y, por
otro lado, la
cotidianidad de los que
por uno u otro motivo se
mantienen aquí. La idea
nació de una frase de
Santa Teresa: “Se
derraman más lágrimas
por las plegarias
atendidas que por los
deseos no concedidos”,
porque le pareció
encontrar allí la
respuesta a las
insatisfacciones de
algunos de los que
conoció en esa ciudad,
convertidos luego en
personajes como Barbie,
Batman o Merlín.
Mylene Fernández es una
de las narradoras
contemporáneas más
estudiadas, ha ganado
varios premios, forma
parte de antologías,
sigue publicando libros
y ha sido traducida a
distintos idiomas. En la
actualidad ya se deshace
de esos “primerismos” de
sus textos iniciales y
busca el placer no solo
en el hecho de contar,
sino en urdir las
técnicas, conflictos y
personajes, en una obra
que ya no solo es suya,
sino de los lectores.
Vive entre La Habana y
Suiza, país donde reside
su esposo, y por ello
lleva siempre a su lado
la nostalgia. Es una
mujer de modestia y
sencillez extremas, a
ratos parece un poco
etérea o distraída; pero
la reflexión la sumerge
en razones contundentes
a las que llega a través
de su enorme
sensibilidad. Al
conocerla, nada en ella
revela los arquetipos
que prefijan a las
cubanas. Es delgada,
habla despacio y sin
exaltación, le gustan
las verduras y la música
de concierto. Sin
embargo, aunque a ratos
lo abandone, su país
significa el orgullo
indescriptible por la
única tierra en la que
se combinan la paz y la
creación.
LAS DOS MYLENE…
Su primer cuento, “Anhedonia”,
lo escribió a los 31
años. ¿Por qué no antes?
Aprendí a leer desde muy
pequeñita, antes de
empezar la escuela.
Desde entonces soy una
lectora incansable, pero
nunca pensé en escribir.
A lo mejor leer tanto en
vez de ganas de escribir
lo que me dio fue miedo,
porque la literatura se
llegó a convertir para
mí en una especie de
Olimpo. Sentía temor a
la palabra escrita,
porque estaba convencida
de que era algo que yo
no podía realizar.
Escribí mi primer cuento
a los 31 años porque fue
cuando nació mi hijo y
no estaba trabajando
porque debía cuidarlo.
Me había pasado toda la
vida estudiando y
después de graduarme de
abogada empecé a
trabajar en el ICAIC; o
sea, nunca en mi vida
había estado sin hacer
nada. No te digo que no
me sentía contenta con
mi bebé, pero a la vez
era muy raro solo
dedicarme a calentar la
leche, a lavar los
pañales. Para dormir, yo
le ponía a mi hijo la
emisora de música culta
CMBF y fue ahí donde
escuché la convocatoria
del premio de La
Gaceta. Nunca había
entrado en la UNEAC a
pesar de vivir muy
cerca, prácticamente no
conocía a ningún
escritor y ni mi mamá ni
mi papá escribían,
aunque sí me habían
incentivado mucho el
gusto por la lectura,
como también el teatro,
la pintura y la música.
El hecho es que cuando
oí la convocatoria me
dije: “¡Ay!, voy a
escribir algo, porque al
final ahora no estoy
haciendo nada”, y
escribir no requería
salir de la casa. En
fin, hice ese cuento y
solo se lo enseñé a mi
hermana y a mi mamá,
porque fue ella quien lo
pasó a la computadora;
monté a mi hijo en el
cochecito, entré en la
UNEAC y luego de dejar
el sobre me marché.
La verdad, después de
eso me olvidé un poco
del cuento, pues sentía
que no quedaba nada más
por hacer. No tenía ni
siquiera esa ansiedad
que después me di cuenta
de que te surge cuando
entregas a un concurso.
El día que me llamaron a
decirme que era
finalista no me lo
creía, me acuerdo de que
mi hijo estaba dando una
“perreta” grandísima en
ese momento y me senté
en el sillón a llorar y
me dije: “¡Pero qué cosa
es esto, si yo nunca he
escrito nada!”. Después
me enteré de que mi
cuento estuvo hasta el
último minuto en línea
para ganar. Me empezaron
a llamar gente que yo no
conocía más que de
oídas, entre ellas Mirta
Yáñez, quien me dijo:
“Fíjate, soy una persona
muy crítica y sí que no
le estoy dando méritos a
nadie; pero tu cuento es
muy bueno”. También
Marilyn Bobes lo incluyó
en Estatuas de sal1.
El cuento tuvo una
acogida buenísima y creo
que por eso decidí
seguir escribiendo,
porque “Anhedonia”
entró por la puerta
grande y, de todos los
que he escrito, es el
cuento más exitoso. Lo
llevaron a la televisión
en México, Juan Carlos
Cremata tiene hecho un
guion para cine, lo han
traducido a varios
idiomas, en fin, ya
tiene vida propia.
Tal vez sea porque
profundiza en varios
problemas de la
feminidad como la
competencia, la
renuncia, el éxito y,
sobre todo, en la
insatisfacción de muchas
mujeres por deber
dividirse entre lo que
realmente desean y lo
que de ellas esperan los
otros. ¿Qué motivó esa
historia?
Era yo misma y mi
realidad en aquel
momento. Arturo Arango
siempre dice que ahí
están las dos Mylenes. Y
bueno, sí, por un lado
está esa parte de mí que
es como muy neuronal y
por el otro esa persona
que tiene una vida por
dentro y una por fuera,
como una especie de
desgarramiento.
Todo sucede de manera
inconsciente, porque hay
veces que cuando uno
escribe los cuentos
crecen
independientemente de la
voluntad propia. Hay
quienes han encontrado
en esa historia muchas
razones de las que yo no
me daba cuenta cuando lo
escribí. Todavía hay
quien le está
encontrando aristas.
Pero si hubiera querido
hacer un cuento
concentrado, con muchos
ángulos, etc., a lo
mejor no me hubiera
quedado así. Me acuerdo
que una vez me encontré
en un restaurante a una
italiana y alguien nos
presentó y le dijo que
yo era la autora de “Anhedonia”.
Resulta que se lo había
leído y me dijo: “Si tú
supieras que cuando me
leí ese cuento me
sorprendió mucho, porque
no somos solamente las
mujeres de Milán las que
tenemos esos problemas”.
Y así, mucha gente, no
solo mujeres, se han
sentido reflejadas en la
historia. La traductora
al italiano lloraba
cuando lo leyó porque
ella había tenido una
amiga como Verónica en
sus tiempos del Liceo.
La verdad es que nunca
pensé que iba a resultar
así, no sé si en aquel
momento era consciente
de todo lo que esa
historia implica.
Siempre es un reto
comenzar a escribir
tarde.
Ahí la verdad que no
tengo nada que decir. A
lo mejor es que no
espero demasiado y si te
digo que no tengo
problemas es nada más
porque no soy exigente.
Pienso que entré en la
literatura con muy buen
pie, cuando escribí mi
primer libro se ganó el
David y la primera
novela ganó el Ítalo
Calvino; pero si no me
gano un concurso, no soy
de las que digo que está
amañado, me es mucho más
fácil y me siento más
tranquila pensando que
hay alguien que escribió
algo mejor que yo.
Además, no soy
especialmente prolífica
porque soy muy
distraída, hago muchas
cosas y me la pienso
mucho antes de sentarme
a escribir.
DE NOSTALGIAS Y
PLEGARIAS ATENDIDAS
¿Comenzar a escribir en
el año 1994, tuvo que
ver con la situación del
país en ese momento?
Parí en el 94 y estuve
mucho tiempo dentro de
la casa, por tanto, me
encontré un poco más
resguardada de lo que
pasaba en la calle. Creo
que esa fue una etapa de
la que nadie se escapó;
pero no fui de las que
la tuve más dura. Por
ejemplo, en el 96 y 97
me fui a unos eventos de
literatura en Nueva York
y luego me pasaba mucho
tiempo en Miami con mi
hermana. En el 97, 98,
99 y 2000 estuve casi
siempre entre Madrid y
La Habana, así que
evidentemente no la
tenía tan complicada.
Tal vez por eso me
dediqué, en un tiempo en
el cual todo el mundo
estaba en el machuque,
la jinetera y la gente
enajenada, etc. a contar
lo que hacían los
cubanos de Miami, porque
para mí esa era la
realidad más cercana.
Quizá eso pudiera
parecer muy elitista,
por lo mal que la
estaban pasando la gente
aquí, pero empecé a
mirar a las personas que
habían logrado el deseo
de muchos de los que
vivían en Cuba. De
pronto, me pude
encontrar en Miami con
un hombre que
supuestamente había
alcanzado lo que no
tenía en Cuba, y me
empecé a preguntar qué
pasaba con él, lo que
esperaba de la vida,
cuánto había resuelto en
realidad. Así, la mitad
de mi primer libro
escrito en el año 98 son
cuentos sobre la vida de
los cubanos en los
EE.UU. Supongo que esa
sea un poco mi Cuba de
los 90, pero vista desde
allá.
Usted dijo que Miami es
una panetela, la primera
capa de fresa, la
segunda de chocolate y
la tercera de mantecado.
Durante su estancia en
esta ciudad, ¿qué
diferencias
generacionales pudo
percibir entre los
cubanos que viven allí?
En Cuba siempre hubo
gente que se quiso ir,
pero pienso que el 94
dejó a muchos sin
opción. No me acuerdo si
lo llegué a escribir en
la novela o si después
lo taché porque me
pareció muy didáctico;
pero en Miami hay gente
que se fue al inicio de
los 60 para quienes este
país es como un sueño,
porque se fueron siendo
niños, y Cuba quedó como
una especie de añoranza.
Hay gente adulta que se
fue en los 60 con mucho
odio y ese es uno de los
sectores más dogmáticos.
Miami es una ciudad muy
light, donde te
parece que todo puede
suceder, pero también
está llena de un
conservadurismo
tremendo.
Hay otro sector, el de
la gente que se fue
sobre todo en los 90,
que no tiene ningún
encono político contra
el país. Ellos se fueron
porque sencillamente
allí pudieron tener lo
que aquí no podían, se
compraron el carro,
tienen su casa, se comen
las cosas que querían
comer y se compran lo
que querían comprar,
trabajan en lo que
quieren, pasean. Esa
gente está un poco en
paz con su cuerpo, pero
a ellos les falta esta
ciudad y les molesta que
haya otros que se pasen
todo el tiempo diciendo
que tienen que
declararles la guerra a
los que están en Cuba,
porque no tienen esa
frustración. Son
personas que valoran
mucho a los que dejaron
aquí, no solo a la
familia sino a los
amigos. Por ejemplo,
cuando en Cuba comenzó
una epidemia de neuritis
y alguien allá dijo que
eran problemas de
vitaminas, pues se
agotaron las vitaminas
en las farmacias de
Miami. Eso sucedió en
realidad, todo el mundo
fue a comprar vitaminas
para mandar para Cuba.
Así, si te pones a
pensar en la cadena que
existe entre Cuba y
Miami, es muy poderosa;
y no creo que sea igual
entre los inmigrantes de
otros países con sus
familias. Ahora mismo
que Latinoamérica tiene
tantos inmigrantes en
Europa, me parece que el
caso cubano es
increíble, la gente está
allá y tiene un
pensamiento constante
para los de aquí, y a
veces les mandan cosas
absurdas, como si
adoptaran a las familias
que tienen del lado de
acá. Están también los
que dicen que no mandan
ni un centavo para La
Habana porque eso es
dinero para el gobierno
y los otros que dicen
que el dinero es para su
familia. Incluso hay
personas que odian la
Revolución en un sentido
abstracto; pero cuando
le preguntas cuáles son
las diez personas que
más quieren, todas viven
en Cuba.
En Miami hay de todo.
Hay personas con las que
sencillamente no se
puede conversar, gente
que si tú le dices que
el Malecón es hermoso se
fajan contigo. Mi
hermana vive hace años
allá y un día, por decir
que aquí la medicina era
buena y que los médicos
trabajaban con mucho
esfuerzo, pues le
dijeron que ella era una
espía infiltrada por la
seguridad del estado. En
fin, esa es una ciudad
muy complicada y las
últimas generaciones que
van llegando la están
oxigenando, pero todavía
hay muchos dinosaurios.
Los personajes de sus
historias sobre la
emigración en el fondo
están llenos de una
tristeza y nostalgia,
como si tampoco hubieran
encontrado allí la
felicidad. ¿Es la
emigración otra de esas
plegarias atendidas que
hacen derramar más
lágrimas que los deseos
no realizados?
Sí, creo que la
emigración es eso. Hay
quien está aquí pensando
en que se quiere ir,
hasta que lo logra, pero
en los EE.UU. vi tanta
gente llorar porque se
había marchado de Cuba,
que llega a ser
complicado saber si se
encuentran totalmente
felices. También tiene
que ver con las
personalidades, porque
hay a quienes lo mejor
que le pudo pasar fue
irse de Cuba. Conocí a
una muchacha de Pinar
del Río que aquí vivía
en una casa muy mala y
ahora tiene una casa
maravillosa en Miami,
una oficina de salud,
varios carros. Ella se
siente divina y no tiene
nostalgias, llegó e hizo
su vida sin mirar atrás.
Ese tipo de personas
resuelve, pero hay otras
que se van con una carga
más espiritual y la
pasan mal.
Cuando estás allí, en
primer lugar debes
recuperar tu lugar
social. Hay quien aquí
era un profesional,
editor de cine o
periodista, y allí tiene
que ser camarera o
secretaria de un lugar
en el que quizá el jefe
es un tonto con menor
capacidad. Que no
vuelvas a encontrar tu
lugar social te castiga,
como también que no
vuelvas a encontrar un
buen grupo de amigos
como el que dejaste en
Cuba, que salgas a la
calle y no encuentres
urbanamente lo que
dejaste aquí. Se puede
estar muy bien en otro
lugar y creo que a
medida que te
acostumbras encuentras
tu sitio, la nostalgia
puede ir pasando. No sé
si termina porque nunca
me he ido del todo; pero
al principio extrañas
mucho y siempre hay algo
que se te queda en Cuba
porque este es el lugar
donde naciste y donde,
por derecho propio, tú
perteneces. Hay quien no
siente el desarraigo
porque tenía cuestiones
urgentes para resolver y
las resolvió; y, sí, La
Habana es muy linda,
pero no tienen la
angustia de lo dejado.
Creo que lo de las
plegarias es porque uno
nunca lo tiene todo, sé
de mucha gente que
quisiera tener ese carro
o esa casa, y la tienda
Burdinees; pero aquí.
Cuando alguien dice eso
es porque naturalmente
hay un ingrediente que
falta, uno que se quedó
de este lado; y a la
misma vez, cuando estás
aquí, entonces se te
olvida el Malecón y solo
piensas en las
necesidades. Y si te
digo que eso sucede en
Miami, un lugar que los
cubanos han hecho
prácticamente a su
imagen y semejanza,
entonces ponte a pensar
que hay cubanos en
Suiza, en Dinamarca, en
lugares que no tienen
nada que ver con
nosotros. Si todo el
planeta fuera como el
Primer Mundo, la gente
no se iría nunca del
lugar donde vive.
Me llama la atención que
en su novela, los
nombres de los
personajes funcionan
como símbolos: Barbie,
Batman, Merlín. ¿Por
qué?
Siempre fui muy apegada
a los cuentos
infantiles. Si quiero
decir que una persona es
mala, digo: “es como una
bruja de los Hermanos
Grimm” y para mí es tan
abarcador que cualquiera
se tiene que dar cuenta
de lo que estoy
diciendo. Me ahorra
palabras cuando empiezo
a identificar las
personas. Tal vez esté
relacionado con la
cantidad de cuentos que
me leí de niña.
Barbie, porque es esa
muñeca alta, delgada,
bien vestida, siempre
tan fría que te la
imaginas sin alma, y se
apegaba mucho a ese
personaje declaradamente
frívolo y sin
remordimientos, porque
lo único que le
interesaba era quién era
ella frente al espejo.
Merlín porque es la
especie de mago sabio,
el hombre que porque
tiene una buena posición
se puede permitir
realizar ciertas
fantasías. Por ejemplo,
ponerte a trabajar sin
papeles, ayudarte porque
tiene un nivel de
información evidente
sobre la ciudad y más o
menos trata de
transmitirlo al resto
del grupo que acaba de
llegar.
Batman es el único
superhéroe que no tiene
ninguna cualidad
especial, es valiente e
inventa cosas; pero no
tiene nada sobrenatural.
Él es esta persona que
se quería comer el mundo
y desde que llegó allí
está pasándola mal y sin
recursos sobrenaturales
para resolver los
problemas.
¿Cómo ha sido recibida
su novela por estos
cubanos emigrados?
En realidad no tengo
idea, porque su
publicación coincidió
con el momento en que mi
mamá se enfermó de
cáncer y me desentendí
de la novela. Cuando
salió aquí, yo estaba
muy choqueada con la
muerte de mi mamá, por
eso no le pude dar el
seguimiento que hubiera
querido. Se la mandé a
algunas personas, pero
el grupo de gente que yo
hubiera deseado que la
leyera, el debate que
hubiera podido existir,
no lo logré. Sé que hay
quien se la ha mandado a
su familia en los
EE.UU.; pero como te
decía, todo depende de
los lectores. Todavía
tengo la deuda con ese
público y con mis amigos
de allá, que son los
personajes de esa
novela, porque como dejé
de ir, perdí el contacto
con ese mundo. Tal vez
todavía tenga tiempo,
aunque ya la novela no
sea tan nueva. Me
gustaría tratar de
publicarla allá con
alguna editorial hispana
y tal vez hacer una
presentación, aunque no
sé si verdaderamente me
atrevería porque Miami
puede ser muy agresiva.
Te voy a hacer una
historia que sucedió
hace unos años: cuando
iban a presentar una
antología llamada
Havana Nuá en
Chicago, donde
participamos la mitad de
los escritores que
vivían en Cuba y la
mitad en la emigración.
Te imaginas que la gente
contaba lo que puede
haber de negro y de
terrible en esta ciudad.
Pues en la presentación
se paró un escocés
casado con una cubana y
dijo que todos esos
escritores eran unos
mimados porque estaban
contando los problemas
sin saber que en Cuba la
gente se tenía que
sacrificar por la
Revolución. Luego se
paró una cubana que vive
en los EE.UU. y dijo que
todos los escritores de
ese libro eran de la
Seguridad del Estado,
porque nadie en Cuba
podía escribir un cuento
tan crítico sin que
estuviera preso en la
cárcel de Isla de Pinos.
Te das cuenta de que
ellos reciben las cosas
de una manera muy rara,
y a la vez que tú lanzas
algo, la gente lo puede
interpretar de tantas
maneras como no te
imaginas.
Escribir sobre este tema
sin dejar de vivir en
Cuba, resulta un acto
audaz.
Con todas las cosas que
me han pasado desde que
esa novela salió
publicada puedo decirte
que sí. Pero me gustaría
tener el coraje de ir
allí con mi novela, a
escuchar a todas las
capas de la panetela y
ver cómo piensan. En mi
novela no hay críticas a
ninguna persona, no te
dice ni vete ni quédate,
no te dice aquí estás
bien o aquí mal, no hay
malos, las personas de
Miami que yo describo
son las buenas personas
de Miami, como las que
hay en todas partes del
mundo; pero hay gente
que sufre porque no está
cerca de Cuba y yo
quisiera saber si los
que aman Miami y piensan
que irse fue lo mejor
que les pasó, les
gustaría saber que hay
personas tristes porque
se fueron. A lo mejor
ellos no son tan
críticos, porque
necesitan tener la
seguridad de saber que
obraron bien. Eso es
humano, a la gente le
cuesta mucho trabajo
saber que se equivocó
porque es triste desde
todo punto de vista, y
ellos necesitan creer
que escogieron lo
correcto.
UN SITIO AL CUAL
PERTENECER
¿Qué temas le interesan
ahora?
Me sigue inquietando
aquello de quedarse y de
irse, y también el tema
de lo que somos nosotros
dentro de este planeta,
porque, tal vez por ser
una isla, o porque en
Cuba las personas viajan
poco, nos pasamos la
vida como haciendo un
batido de nosotros
mismos. Mi última novela
trata el tema cubano
porque transcurre aquí
todo el tiempo, pero en
ella estoy hablando de
lo que es Cuba dentro
del mundo, dentro de un
mundo que no se puede
ignorar y que interactúa
con nosotros de alguna
manera; para decir que,
aunque tengamos orgullo
de nosotros y nos
queramos mucho, solo
somos un pedazo de
tierra dentro de un
planeta inmenso.
¿Esta dualidad de irse o
quedarse que traslada a
sus textos, es también
expresión de sus propias
angustias?
Desde que soy una niña
he estado yendo y
viniendo, viviendo en
otro sitio y faltándome
este, estando aquí y
acordándome del otro
lugar. Cuando digo
quedarse o irse, sé lo
que se siente, sé todas
las cosas que me gustan
de aquí y las que me
gustan en otros lugares
y cómo es el balance, y
cuánto de cada lugarcito
te quisieras llevar al
otro, y también pienso
que es tan válida la
decisión de quién decide
me voy y no regreso,
como la del que dice a
pesar de todo me quedo.
¿Con cuál de las dos
variantes se identifica?
¿Alguna vez se iría de
Cuba por completo?
No, y tal vez la
decisión tenga que ver
con la manera en que
vivo. Me gusta mucho la
vida que tengo aquí;
pero la decisión de irse
tiene que ver también
con lo que uno espera de
la vida. Por ejemplo, el
que quiere ser rico y
vivir por el dinero,
pues este no es el
lugar. Y es justo que
alguien sea ambicioso y
quiera tener una buena
casa, un carro, etc.; a
pesar de que yo crea que
es muy feo pensar eso
cuando hay gente en el
mundo que no come ni
toma agua, pero no
cuestiono a nadie. Me
gusta saber que me puedo
levantar por la mañana y
tomarme el café con
leche mirando el mar
desde mi balcón. A
cualquiera puede
parecerle una tontería,
pero me gusta estar
aquí, me gusta el tempo
de esta ciudad y la
siento muy mía. Cuando
estoy en Suiza, por
ejemplo, no me termino
de integrar a pesar de
que allá tengo
muchísimos amigos,
conozco a la perfección
el idioma y soy capaz de
entender cualquier cosa
que se debata. Pero ese
no es mi sitio.
Paradójicamente, no soy
la cubana típica: no
bailo, no me gusta el
ron, no como carne de
puerco ni chicharrones,
ni oigo música salsa.
Mirado así pudiera
perfectamente vivir ahí
y comer espárragos
mientras oigo a Mozart,
pero soy de aquí, porque
hay muchos cubanos a los
cuales les gustan los
vegetales y escuchan
música clásica sin dejar
de ser cubanisisisímos.
En fin, creo que no
podría irme de Cuba, y
lo puedo decir con
autoridad porque he
tenido la oportunidad de
hacerlo.
Luego de esa reflexión,
¿pudiera definirme qué
implica para usted la
cubanía?
Es el orgullo de
pertenecer. A veces
estamos tan cansados de
que nos repitan lo bueno
de ser cubanos que hasta
llega a parecernos
vacío. Sin embargo,
cuando estás en otro
lugar, decir que eres
cubana funciona como una
buena carta de
presentación. Y parece
algo totalmente loco
porque somos del Tercer
Mundo; pero al decir que
eres de Cuba, aunque hay
muchos estereotipos como
que todas las mujeres
son jineteras o que
todos los cubanos se
fueron de Cuba porque
tenían hambre, pues
comienzan a valorar
otras razones como que
seguramente tienes un
buen nivel educacional,
que eres una persona con
la que se puede hablar
de todo, porque saben
que los cubanos hemos
tenido la posibilidad de
estudiar cuanto quisimos
y eso es muy valorado en
el mundo. El hecho de
que somos un país
diferente, que no somos
el Tercer Mundo clásico,
pues la gente nos mira
con asombro.
Para alguien que la
abandona a ratos, ¿qué
representa La Habana?
Cuando yo era niña viví
tres años en Santiago de
Chile y cuando era
adolescente me iba todas
las vacaciones para
Europa porque mis padres
trabajaban ahí. Después,
como te conté, fui mucho
a los EE.UU., viví tres
años en España y en
estos momentos, como mi
esposo es suizo, vivo un
tiempo aquí y otro allá.
Te imaginas entonces qué
será para mí La Habana
porque yo la pierdo de
vista de vez en cuando.
La gente me dice que
tengo esta ciudad
edulcorada y quizá es
verdad, porque para mí
La Habana es un lugar
muy romántico, la quiero
porque me falta mucho y
porque la pierdo
constantemente. Mi
Habana también es la que
veo desde el balcón de
mi casa, y se parece un
poco a la de las
postales.
Cuando estoy en el avión
para viajar a Suiza, me
digo: “soy como Alicia y
estos son los dos lados
del espejo”, todo lo que
no hay aquí es todo lo
que hay allí y
viceversa, incluso en la
forma de comportamiento
de las personas. Aquí
hay mucha bulla, una
cuestión casi invasiva
con la privacidad, como
si la gente no tuviera
derecho a tener vida
privada, y eso es
totalmente distinto en
Suiza. Allá te puedes
pasar semanas sin que
nadie llame por
teléfono. La Habana es
un poco el lugar que yo
me he inventado, me
falta mucho cuando no
estoy; pero también
supongo que es por el
hecho de que de vez en
cuando me alejo. Alguien
que tenga indigestión de
Habana probablemente
diría que le gustaría
extrañarla y seguro
tiene razón. Pero
siempre tengo esa
añoranza, no digo que no
esté llena de problemas,
pero es aquella
necesidad de pertenecer
a algo. Tal vez porque
mis padres fallecieron,
mi hermana está lejos,
casi no tengo familia y
cuando pienso en lo que
me va quedando, pues me
queda la ciudad, que
tiene que ver conmigo y
que me pertenece. Aquí
está mi hijo, que
estudia aquí, que nació
aquí. Aquí se me ocurre
todo lo que escribo, es
verdad que cuando estoy
en Suiza tengo horas de
paz porque no me tengo
que preocupar de ninguna
de las cosas cotidianas;
pero allí lo que hago es
perfeccionar el estilo.
Recuerdo que una vez iba
por el Malecón y tenía
una idea trabada y de
repente todo lo que iba
a escribir me salió de
una vez. Y ese estado de
inspiración frenético
que debo aprovechar
porque no soy de las que
se sienta ante la
máquina a ver si le
viene la inspiración, yo
solo escribo cuando me
surge —y eso seguro es
una cosa mala—; esa
avalancha creativa me
sucede solo en Cuba.
¿Por qué cree que sea
así?
Porque uno necesita un
poco de seguridad, de
mimo, y me siento que
soy una escritora de
aquí, porque este lugar
es excitante por la
velocidad en que se
mueve esta ciudad, por
la cantidad de cosas que
pasan y la cantidad de
pequeñas trampas,
traquimañas e inventos
que suceden. Por
ejemplo, ayer me levanté
esperando al mecánico
del refrigerador, entre
los dos comenzamos a
estudiar el plano y
descubrí dos cosas que
tenían que ver con la
rotura del aparato. Esa
fue mi pequeña victoria
del día, dos horas
después me decía, “¡mira
tú, adivinaste los
cables!”. Hoy me puse a
arreglar el lavamanos,
me di cuenta de por
dónde se sale el agua,
vino el vecino de los
bajos, cortó la
manguerita y la
enganchó. Esos mismos
trabajos cotidianos, que
son innegables y con
mayúsculas, no quiero
decir que estas son
ricas pruebas que te
pone la vida para que te
sientas bien contigo
mismo, no, es trabajo
que te quita el tiempo
para dedicarte a otras
cosas; pero hacen que
siempre estés ocupada. A
lo mejor en esos países
la gente se deprime
tanto porque nunca ha
tenido la victoria sobre
un teléfono o un
refrigerador roto. La
cuestión es que uno aquí
nunca se siente solo, La
Habana es una ciudad que
te acompaña, con su
bulla y el sol y el
megáfono del agro, el
himno de los niños en la
escuela, la gente que se
grita cosas en el
edificio, los
parqueadores. Todo eso,
aunque a veces te agreda,
es como la banda sonora
de la vida.
LA MUJER…
En sus textos hallamos
referencias tan diversas
como Disney, Carroll o
Proust. ¿Cuáles son las
influencias que le ha
dejado esa prolija
capacidad lectora?
Los libros que más me
gustan en el mundo son
Alicia en el país de las
maravillas y
Peter Pan, porque
pienso que tienen
lecturas infinitas. Me
encantan Truman Capote y
la short story
norteamericana. Después
he ido cambiando de
dioses. Me gustaba mucho
Kundera; pero luego pasé
a Raval y a Kafka y
digo, ese es el que más
dio a todos los demás.
Catherine Mansfield y
Dorothy Parker me
parecen excelentes, muy
bien para tomar la
sensación femenina.
Ahora, no creo que haya
llegado a parecerme a
ellos, ojalá. He
devorado mucha
literatura y me imagino
también hay mucho de
mala. Aunque los libros
no sean particularmente
buenos, trato de
encontrarles algo
interesante. Me imagino
que de toda esa arenilla
que viene de múltiples
corrientes y autores,
algo se te va pegando.
¿Piensa que la escritura
de mujeres sea
diferente?
No sé decirte con
seguridad, pero me
imagino que si existen
tantas diferencias
biológicas que se
reflejan en cómo las
mujeres reaccionamos
frente a muchas
cuestiones, a la hora de
contar una historia
también tendremos
nuestra manera peculiar.
Por ejemplo, una
escritora que no te dije
fue Carson McCulers. Su
libro El corazón es
un cazador solitario
tiene una perspectiva
muy femenina.
¿Cuáles son aquellas
cuestiones que la
distinguen como mujer?
No sé si me lo habré
preguntado alguna vez,
para nada me hallo
inconforme con mi sexo.
No te digo que soy una
de las envueltas en el
feminismo y que voy
haciendo las cosas
siempre con las mujeres.
Tengo muchos amigos
hombres y me encanta
conversar con los
hombres. Quizá lo bueno
que tiene para mí ser
mujer sea el contacto
con ellos.
Esa es una pregunta
complicada, supongamos
que lo femenino es un
modo biológico diferente
que quizá, o
consecuentemente, te da
un modo de comportarte
distinto. Por ejemplo,
la relación con los
hijos; pero conozco
padres maravillosos.
También el mito de que
las mujeres son las que
cocinan se acaba porque
ahora hay hombres
cocineros, peluqueros y
las mujeres se han
vuelto tremendas
científicas. Los roles
están cambiando, hay
padres amantísimos que
cuidan a los niños
mientras las mujeres
trabajan. Y cuando ya,
felizmente, hemos
empezado a compartirnos
e intercambiarnos un
montón de tareas, creo
que va quedando esa
cosita más recóndita que
tiene que ver por
ejemplo con la forma en
que nos sentamos, con
nuestros gestos. Pero
cada vez nos entregamos
más, cambiamos cosas, y
eso está muy bien.
Volviendo a algunos de
sus personajes que
funcionan un poco como
variantes de esa
amalgama que significa
ser mujer: Barbie, la
feminista, Verónica,
Sabina o la propia
narradora de su novela.
¿Le ha interesado
favorecer con su
literatura las
reivindicaciones
femeninas?
Partir de una diferencia
para guerrear, pues
nunca lo he hecho.
Pronto saldrá un libro
de cuentos que quizá es
mi libro más “femenino”
porque es muy
interior, muy de
sensaciones, a veces
recónditas2;
en el que te das cuenta
de que las protagonistas
siempre son mujeres.
Desde ese punto de vista
ese es un libro femenino
y también por las cosas
que ahí cuento. Si
escribo sobre un grupo
de feministas que están
contra los hombres, pues
estoy entrando en el
tema de esas mujeres,
pero si te das cuenta lo
llevo a un nivel en el
que ellas prácticamente
se están automarginando.
¿Piensa que el feminismo
significa
automarginación?
Mira, hay muchos niveles
de feminismo y yo no sé
con claridad
discernirlos. Todo
depende. Hay algunas
culturas en las que las
mujeres llevan una vida
terrible, que no valen
nada y eso merece todas
las luchas feministas
del mundo. Supongo que
todavía las mujeres no
han logrado llegar al
lugar que les toca, pero
nunca me he puesto a
escribir un cuento en el
que me proponga analizar
las diferencias y decir:
somos las mujeres y nos
pasa esto. Si ha
sucedido, es
inconscientemente.
Las mujeres de su
generación crecieron con
un discurso social en el
que se hablaba de
igualdad y conquistas
femeninas.
Cuando nací, mi mamá
tenía 19 años, trabajó
siempre en la calle y
tenía una vida
profesional intensa. O
sea, lo de la mujer
emancipada lo vi desde
que abrí los ojos. De
todas maneras, mi mamá
hacía todo aquello, pero
seguía ocupándose de las
labores de la casa
porque mi papá en eso
representaba una
absoluta nulidad. En ese
sentido, mi mamá puede
ser el paradigma de lo
que hizo la Revolución
con las mujeres, ellas
empezaron a hacer todas
las cosas que hacían los
hombres más las que
antes hacían ellas. Eso
fue lo que nos ganamos.
En esta casa si mi mamá
no llegaba a cocinar no
había comida, pero ella
era Licenciada en
Historia, tenía un
trabajo intelectual
interesante, era una
mujer muy inteligente
que si no planchaba la
ropa se quedaba
estrujada. No era que mi
papá hacía algunas
tareas que le tocaban a
ella, sino que ella
hacía las suyas y muchas
más.
No sé cuántas estarán
todavía paradas en ese
punto. Las mujeres de
esta ciudad son heroínas
como de cuatro o cinco
guerras mundiales,
porque están haciendo lo
mismo que supuestamente
hacen los hombres:
estudia, supérate,
trabaja, acepta los
cargos, las
responsabilidades,
demuestra que
intelectualmente estás
al mismo nivel, que eres
capaz de procesar la
información, de dar
soluciones; pero después
llega a tu casa y son
tuyos los niños, la
lavadora, la cocina. En
fin, la Revolución les
ha dado muchas
posibilidades a las
mujeres, pero poca
educación a los hombres
para que se acaben de
enterar de que todo lo
que se ha hecho, si
ellos no ponen de su
parte, no llega a otro
lugar que a una mujer
que hace cosas de
hombres y de mujeres.
En el período especial
por ejemplo, las que se
despertaron fueron las
mujeres, porque tenían
una mentalidad más
práctica porque eran las
que abrían el
refrigerador y sabían
que no había comida,
porque muchos hombres
decían: “No, ya yo te di
el dinero y no me
molestes con eso”.
¿Cree entonces que la
crisis incidió de manera
distinta en las mujeres?
Dicen que en los
momentos difíciles las
personas se crecen, y si
esa frase es cierta,
pues las mujeres de este
país se crecieron
muchísimo. En el período
especial fueron las
mujeres las que
decidieron con más
fuerza sobrevivir al
naufragio. Yo sé de
casos de mujeres
universitarias que de
pronto se vieron
alquilando la casa,
lavando y planchando
para los extranjeros.
Las mujeres tienen la
capacidad de ajustarse a
lo que hace falta en el
momento, quizá porque
asumen más la familia, y
la economía cotidiana es
casi por entero su
responsabilidad. Tienen
menos inhibiciones para
cambiar de vida. Si una
mujer ingeniera tiene
que cambiar de rol para
convertirse en la que
alquila la casa o le
prepara el jugo de
frutabomba a los
extranjeros, para ella
es menos complicado.
Incluso, encontraron
estrategias distintas
para salir de la crisis
económica.
Claro, eso mismo de
decir: vamos a vender
coquitos en la calle,
abrir una cafetería. Son
ellas las que están casi
siempre en la cocina,
las que están
administrando los
recursos familiares.
Esto no quita que fue un
momento difícil para
todo el mundo, pero
estoy segura de que las
primeras en ponerse la
mano en la cabeza y
decidir que había que
hacer algo para
sobrevivir, fueron las
mujeres.
Según lo que usted ha
visto, ¿se comporta
distinta la emigración
para ellas?
Si seguimos el curso
normal de que son las
mujeres las que más
rápidamente reaccionan a
los problemas, pues
pienso que serán las
primeras en buscar
soluciones cuando llegan
a otros lugares. A la
hora de buscar los
trabajos, pienso que una
mujer está más dispuesta
a tener un trabajo
humilde desde el
principio, porque hay
que pagar el alquiler y
la comida. Pero no puedo
decirte que eso sea
constante. En Miami me
encontré lo mismo a
hombres que mujeres
haciendo lo primero que
apareciera, no sé en el
caso de Europa donde
muchas mujeres que están
allí se han casado con
personas de esos países.
Creo que una mujer en
cualquier lugar va a
hacer lo que sea
necesario, le guste o no
le guste, porque ven la
vida con menos
dramatismo.
LA LITERATURA ES UN
OFICIO DISFRUTABLE
¿Cuál es el lugar de lo
cotidiano en sus
cuentos?
La realidad cotidiana
está ahí. Ahora, a veces
uso un mecanismo que es
tratar de volverlo
absurdo, ¡como si la
realidad no fuera
bastante absurda en sí
misma! Me dedico más a
escribir sobre cómo
reaccionan las personas
ante la realidad que las
circunda y no a hacer el
recorrido físico
cotidiano, sino el
recorrido mental que
provoca la cotidianidad
y cómo uno la asume,
porque en ese momento la
realidad deja de ser una
para convertirse en
tantas como personas
habiten las calles.
¿Cuáles son los dilemas
de la escritura cuando
se vuelve oficio, cuando
hay que escribir para un
concurso o para un
editor?
Escribo cuando tengo
tiempo, cuando puedo
terminar. No me gusta
escribir para un
concurso o para un
editor porque empiezo a
sentir presiones que no
son interiores y eso me
desestabiliza. No puedo
escribir pensando: ¿le
gustará que el personaje
sea homosexual o ladrón
o que tenga cuatro
manos? No tengo ese
mecanismo, y no porque
sea terrible, pues
finalmente hay que
adecuarse a las reglas
del juego; pero pensar
que estoy escribiendo
por un objetivo que no
sea sentirme bien
conmigo y con lo que
estoy contando, se
vuelve un ruido.
¿Cuánto limita la
cotidianidad su
desempeño en la
escritura?
Imagina, vivo en esta
casa sola con mi hijo.
No tengo nadie cerca,
así que ponte a pensar
en la vida cotidiana
asumida por una sola
persona. Así es con
todo, desde buscar la
comida hasta recibir al
plomero. Evidentemente
tengo todas las
limitaciones del mundo
porque no se trata de
ponerse a escribir
cuando uno no tenga nada
mejor que hacer, porque
constantemente debo
estar atendiendo
pequeñas cuestiones
cotidianas. Ahora que
soy más madura, que
tengo una idea más clara
de qué es lo que quiero
contar y cómo, que tengo
mejor arquitectura de lo
contable y lo no
contable, pienso que
para mí el factor tiempo
me dificulta un poco. No
obstante, eso no puede
ser una condicionante. O
eres buena o no eres
buena, o te metes en
este mundo o no, y si te
decides, debes estar
dispuesta a hacerlo tan
bien como el mejor
aunque con menos tiempo;
pero no puedes pedir
permiso para escribir un
poquito más porque yo
soy mujer, ni los
lectores ni la crítica
te van a dar ese
permiso. Cojo un libro y
no me interesa cuánto
tiempo tenía la persona
que lo escribió y no le
puedes poner arriba:
“este libro fue escrito
mientras mi hijo lloraba
y yo hacía la cola”; si
no puedes hacerlo bien,
pues dedícate a otra
cosa.
¿La escritura sigue
siendo motivo de pánico?
Un cuento es como un
golpe de inspiración en
el que debes ser muy
cuidadoso con las
poquitas páginas que
tienes para contar. Una
novela es como una
maqueta, como un
rompecabezas que debes
orquestar desde
diferentes partes y a
pesar que todo tiene que
estar muy bien escrito,
tener su juego de
engranaje, y eso no fue
tan fácil al principio.
Ya en mi segunda novela
me empecé a dar cuenta
de que sí, que es
disfrutable ya no solo
el proceso de
inspiración sagrada en
que empiezas a contar un
personaje, sino en el
momento de idear cuándo
debe entrar el otro, y
que el de acá lo tengo
que retomar después. Eso
sería un poco la
picardía procesal y
también se aprende.
A medida que empiezas a
dominar esas cosas, le
tienes menos miedo a la
escritura, aunque cuando
termino, sí la tengo que
dejar un tiempo
tranquila porque le cojo
miedo, no a lo que tengo
que escribir sino a lo
que está escrito, a lo
que pueda haber allí y
no me guste.
¿Cuáles son esas
insatisfacciones o “primerismos”,
para usar sus mismas
palabras, que le traen a
la mente sus primeros
textos?
A veces uno se enamora
de lo que escribe y
puede haber una frase
maravillosa; pero que no
aporta nada más que la
vanidad. Entonces, hay
que saber cancelar sin
piedad, es bonito pero
no sirve. Uno mismo en
ocasiones es un mal juez
porque es muy difícil
tomar distancia, pero tú
misma debes tratar de
estar lo suficientemente
cerca de lo que has
escrito para saber lo
que quieres, y lo
suficientemente lejos
como para saber que en
eso que has escrito hay
cosas que no valen la
pena.
La literatura, una vez
que se decide escribir
para otros, es también
un acto de comunicación.
¿Qué lugar ocupa el
lector en sus textos?
Eso tiene que ver con lo
que te iba diciendo.
Cuando te enamoras de tu
propio texto estás
escribiendo para ti,
pero debes pensar que
estás contando una
historia para los demás.
Comunicación es una
palabra mucho más
moderna que la
literatura y aunque no
lo había pensado en ese
sentido, eminentemente
es eso que dices; pero,
si se toma la distancia
de tu texto y te
conviertes en tu lector,
no hay por qué pensar en
otras cabecitas mientras
escribes. Primero que
todo, la tuya debe ser
lo suficientemente
exigente. Cuando eres
capaz de decir qué está
mal, arrancar cinco
páginas y volver a
empezar; estás
escribiendo también para
los demás. Pienso que
escribir es un acto muy
privado, en el cual se
asume un montón de
estados interiores y en
la cual es muy difícil
pensar en los otros.
Pero cuando logras
alejarte lo suficiente
de ese arrebato interior
y empezar a organizar
las palabras y los
adjetivos, se piensa en
los otros. Cuando se
suprimen esas vanidades
de autor,
inconscientemente te
estás convirtiendo en un
lector.
¿Se siente parte de
alguna generación?
Empecé a escribir a los
31 años y caí como del
cielo en un grupo que
estaba escribiendo desde
mucho antes. Nunca fui a
talleres literarios, no
estudié Letras, no tengo
familia en la
literatura. Hay un grupo
de escritoras que
figuramos juntas, tal
vez por edad, en
antologías de literatura
femenina, por ejemplo
Marilyn Bobes, Laidi,
Ena Lucía, Karla, Ana
Lidia, Nancy, Susana
Haug, que es un poco más
joven, pero también la
incluyen en ese tipo de
selecciones. Ahora, como
ves, todas escribimos
cosas bastante
diferentes. Y
generacionalmente creo
que estoy un poco
desfasada entre mi edad
y mis intereses
literarios. Con este
grupo tengo cosas en
común: somos mujeres,
somos escritoras,
escribimos cuentos y
casi todas vivimos en el
Vedado.
Hay personajes de su
novela que ya aparecían
en el libro Anhedonia.
¿Piensa regresar a ellos
en otros textos?
A esos personajes
siempre los pensé dentro
de la novela; pero
después había historias
que me parecían
demasiado cerradas en sí
mismas y que se podían
convertir en cuentos.
Luego de escribir ese
libro y la novela, hice
dos cuentos más con esos
personajes:
Vivir sin papeles
y otro que hice para una
editorial italiana que
publicó un libro llamado
Con La Habana en el
corazón3,
y se me ocurrió escribir
un cuento de La Habana
que no transcurriera en
La Habana, y son esos
mismos personajes en la
casa de Merlín, en una
sesión de nostalgia. O
sea, es la ciudad que
está y que a la vez no
está. Después no han
vuelto a aparecer, y no
sé si es que no he
recibido más
retroalimentación de
Miami porque no he
regresado desde el 2001,
aunque esa no es la
razón porque si quisiera
pudiera buscar la
información.
SU PEQUEÑO SITIO EN EL
PLANETA
La protagonista de su
cuento “Infiel” dice:
“El hogar es una buena
posesión, una virtuosa o
vanidosa prolongación de
nosotros mismos”. ¿Cómo
se construye su hogar?
¿De qué se compone?
El hogar es mi pedazo de
ciudad, mi sitio en el
planeta. Mi hogar es mi
casa, el lugar donde se
pueden reunir las cosas
que espiritualmente me
sirven. Se pueden tener
pésimos días en la
calle, pero el hogar es
cuando cierras la puerta
y hallaste tu sitio,
donde puedes poner tu
vida en orden,
reprocesar todo lo que
te pasa afuera, donde
puedes prepararte para
salir al otro día a la
calle. Es el pequeño
mundo que de alguna
manera te puedes
construir, o el mundo
que de alguna manera
puedes evitar.
Su madre es una
presencia reiterada cada
vez que le hacen una
entrevista, como también
lo es su hijo. ¿Cómo
valora la maternidad
desde la hija y la
madre?
Mi mamá y mi hijo tenían
una relación muy intensa
en la que yo mediaba.
Para mi hijo por
ejemplo, yo era mamá y
mi mamá era mami. Cuando
él se sentía enfermo en
vez de ir a mis piernas
venía a las de mi mamá,
porque él se sentía que
ella era su madre. Ella
era una abuela joven, la
que llevaba a Mauricio
al teatro, la que le
enseñaba los videojuegos
y a andar con la
computadora, a hacer las
tareas; pero también era
la abuelita que hacía
los flanes y las
natillas. Tenía la
paciencia de los viejos
y la vitalidad de la
gente joven. Durante
mucho tiempo yo parecía
una madre un poco
extraña porque había
también otra madre para
mi hijo.
Cuando ella murió, mi
hijo se quedó muy
deprimido y nadie
entendía que era como si
también él hubiera
perdido a su mamá.
Entonces creo que empecé
a ser la madre de
Mauricio cuando mi mamá
murió y supongo que
todavía estoy en ese
proceso de aprendizaje
que coincide con su
adolescencia. Pienso que
yo tenía el papel de
hija al 90%, y el de
madre también porque yo
lo quiero mucho; pero
sin oficio. Ahora es que
lo estoy aprendiendo,
imagino que me esté
equivocando mucho y
espero que mi hijo no lo
esté sufriendo tanto.
Lo digo porque muchas
mujeres sublimamos ese
rol materno.
Mientras existía mi mamá
nunca me cohibí de nada,
ella y Mauricio siempre
estaban aquí y yo era la
que entraba y salía. Por
eso no creo que tenga
sublimado el rol de
madre, y a veces temo no
ser buena porque me doy
cuenta de que aquellas
conductas que tenía mi
mamá, no las tengo tan
incorporadas. Soy muy
mala cocinera, por
ejemplo.
¿Qué la hace sentir
realizada como mujer?
Primero mi hijo, me da
mucha alegría ver cómo
ha crecido, aunque sea
un joven con todas las
rebeldías de su edad. Lo
veo crecer y me doy
cuenta de que mucho de
lo que he hecho para él
tiene resultado. Por
ejemplo, siempre estoy
enseñándole, buscándole
libros de pintura,
tratando de explicarle
cosas nuevas. Y a veces
pienso que todo eso le
entra por un oído y le
sale por el otro. Pero
un día Mauricio se sentó
a explicarle a su papá
de esos cuadros y de
cuando hemos ido al
teatro. Por eso me doy
cuenta de que nada de lo
que yo le digo es en
vano y de que aunque él
esté en la música y la
pelota de fútbol, todo
lo que le digo le queda.
Eso es una satisfacción,
la manera en que estoy
criando a mi hijo. Él no
va a decir nunca “mi
mamá me hizo un pollo o
un dulce muy rico”; pero
todo lo que le puedo dar
a mi hijo de espiritual,
de conocimiento, de
sabiduría, es un logro
en mi vida.
Escribir es otra
satisfacción, tanto
cuando lo estoy
realizando como cuando
leo algo que ya terminé
y me gusta. Es un placer
muy privado que me
mejora el día.
¿Por qué estudió
Derecho?
Yo quería estudiar
Arquitectura pero
dibujaba muy mal. En
primer año me cambié de
carrera y me dijeron que
podía elegir entre
Derecho, Historia o
Historia del Arte. Me lo
preguntaron por teléfono
y dije Derecho, no sé
todavía por qué. La
ventaja es que en esa
carrera debes leer y
escribir mucho lo que me
dio un conocimiento de
la historia que no está
en otras carreras,
porque se estudia desde
el punto de vista de las
relaciones de poder, y
eso me sirvió sobre todo
para delimitar lo mismo
las cuestiones
personales que cómo se
mueve el mundo. Creo que
estudiar Derecho te da
la posibilidad de saber
que cualquier verdad es
como la verdad de
Rashomon, que todo está
lleno de pequeñas
verdades, que nada es
monolítico, y que lo que
se estudia como
agravantes y atenuantes
no es más que las
pequeñas partes de un
todo. Te enseña a mirar
desde varios puntos de
vista, a estar en el
lugar de todo el mundo,
porque las personas no
son ni buenos, ni malos.
Creo que en la escritura
la carrera me ha
ayudado. Hay gente que
dice que escribo limpio,
como que las cosas pesan
lo que tienen que pesar.
Eso viene de saber que
cada palabra vale, y
tratar de no
desperdiciarlas porque
tienen ese sentido de
que transmitan mensajes
fuertes.
En la escritura halló su
verdadera vocación
Creo que sí, no pienso
enterarme ya de que
quiero hacer otra cosa
porque además no voy a
tener tiempo. A lo mejor
se me ocurre ser piloto
de guerra, pero seguro
es demasiado tarde. A
veces digo, por qué no
estudié algo científico
si me gusta mucho la
física, o una de esas
carreras consagradas que
exijan un trabajo
diario; pero eso también
lo puedo hacer
escribiendo. Creo que en
la escritura he
encontrado algo con lo
que me siento feliz.
Notas:
Febrero, 2008 |