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¿Por qué la Ilíada
a estas alturas? ¿No fue
ese un libro que se
escribió —creen algunos—
en el siglo VIII antes
de Nuestra Era? Con
preguntas similares
inicia su prólogo a esta
edición, la helenista
Elina Miranda. Quién
mejor que ella que se ha
dedicado en Cuba a
estudiar y a enseñar la
Grecia clásica, sus
géneros poéticos, sus
autores y sus variantes
lingüísticas.
Debe ser Homero un gran
escritor —si existió al
final—, y debe ser la
Ilíada un gran libro
para que alguien dedique
su vida, su profesión a
conocerlo. Existe por
ahí incluso un Club de
lectores de la Ilíada,
con miembros de todas
partes del mundo que se
reúnen y discuten sobre
los misterios
filológicos de este
libro:
¿Cuándo fue escrito?
¿Existió o no Homero?
¿Dónde nació? ¿Es la
Ilíada fiable como
documento histórico? ¿Es
la Odisea del
mismo autor? Pero
comenzar a explicar los
encantos de la Ilíada
por estas preguntas
sería hacer un poco de
trampa. A ellas se llega
después de mucho
estudio, y sobre todo
después de que la
historia desde una
primera lectura nos haya
atrapado para siempre.
Había una vez un niño
que se llamaba Heinrich
Schliemann y vivía en
Alemania a principios
del siglo XIX. Una vez
escuchó a un molinero de
su pueblo recitar de
memoria unos versos en
un lenguaje para él
desconocido. “...no
había olvidado a Homero,
pues aquella noche en
que entró en la tienda,
nos recitó más de cien
versos del poeta,
observando la cadencia
rítmica de los mismos.
Aunque yo no comprendí
ni una sílaba, el sonido
melodioso de las
palabras me causó una
profunda impresión.
Desde aquel momento
nunca dejé de rogar a
Dios que me concediera
la gracia de poder
aprender griego algún
día.”
Al final de su vida,
este pequeño, hijo de un
humilde pastor
protestante, dominaba
casi 20 idiomas, poseía
una gran fortuna (por
cierto, tenía un
cañaveral en Cuba), y
había sido protagonista
de una de las aventuras
arqueológicas más
ambiciosas y arriesgadas
de la historia: el
descubrimiento de Troya.
Una parte considerable
de la riqueza que había
reunido durante años la
invirtió en encontrar la
tierra sobre la que
había cantado Homero.
Fue para él una especie
de regreso a los
orígenes del mundo, y de
su infancia; y para
suerte de la cultura
universal encontró no ya
el sitio mitológico sino
el lugar histórico en
que se inspira la
epopeya.
Tanto así puede tocarnos
Homero —o quien(es)
sea(n) —, que, como
recitaba sus poemas en
vivo frente a un público
durante días enteros, no
olvidó nunca que lo
importante es saber
contar una buena
historia. Pero a la
Ilíada se llega
siempre por caminos
propios. Recuerdo como
si fuera ayer los días
en que mis compañeros de
aula en décimo grado
discutían sobre la
valentía de Héctor, su
destreza en el campo de
batalla, y su combate
con Aquiles.
No sabíamos en aquel
entonces que el héroe de
la epopeya era Aquiles,
ni que para los griegos
existía una cosa que se
llamaba areté (αρετή)
que, salvando
distancias, ellos
valoraban como nosotros
la valentía o el
honor... o la riqueza o
la belleza o el poder.
Para nosotros, el héroe
no podía ser otro que
Héctor. Él, que iba al
campo de batalla por su
familia, por su patria;
él, que aunque tenía
momentos de miedo
lograba superarlos.
Aquiles era para todos
demasiado arrogante, no
tenía en aprecio la vida
de sus compañeros de
lucha, solo la de su
amigo Patroclo. Aquiles
no sabía resolver sus
asuntos personales sin
tramar grandes,
sangrientas e inútiles
venganzas.
Por eso, quizá la
Ilíada sigue
conquistando, y sus
personajes parecen vivos
después de casi 30
siglos. Porque siempre
encontramos una puerta
propia, nuestra, y a la
vez única, de resolver
sus misterios. |