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Una populosa ciudad como
La Habana tuvo, desde el
primer decenio del siglo
xix,
publicaciones dedicadas
a la música y también al
teatro. No podía ser de
otra manera. Isla
musical por excelencia,
había dado, a esas
alturas, músicos de
cierto calibre, sobre
todo en la vertiente
popular: buenos
rasgadores de guitarra,
pianistas que tocaban
gracias a su buen oído,
o bien oídos ya educados
musicalmente que habían
podido asistir a alguna
que otra academia
fundada por criollos o a
la reputada de la
francesa Madame Loutrard,
graduada de piano del
Conservatorio de París,
que se hacía anunciar en
el Noticioso y Lucero
de la Habana para
ofrecer lecciones a
buenos precios,
impartiendo una técnica
respaldada en Europa por
los más afamados
pianista. O la ya
retirada señora Lombardi,
que ofrecía sus
servicios como maestra
de canto después de
pasear su arte por los
mejores escenarios del
mundo. La Habana era
música y ello debía
conllevar,
necesariamente, la
aparición de revistas
que enaltecieran este
arte, y no esperar a las
que, tardíamente,
llegaban del viejo
continente. Aficionados
había muchos, diletantes
y petimetres que se
paseaban por las
marquesinas de los
teatros habaneros de
entonces —aún el Tacón
estaba en planes de
construcción—
necesitaban que su
ciudad no pasara por el
bochorno de no contar,
en ese momento, con una
revista dedicada a este
arte.
Fue a comienzos de 1836,
bajo el gobierno del
ríspido Miguel Tacón.
Dos habaneros
desconocidos, pero
aficionados a la música,
Francisco Montero y Pino
y Lorenzo Mier y Terán,
pensaron en la necesidad
de fundar un semanario y
hasta le encontraron un
buen título: El Apolo
Habanero. No sería
el primero en aparecer
en Cuba dedicado al arte
de combinar los sonidos,
pues desde 1812 se
registran publicaciones
periódicas destinadas a
este fin, como bien ha
recogido Zoila Lapique
Becalli en los dos tomos
de su Música colonial
en las publicaciones
periódicas cubanas (1812-1902).
El deseo de ambos tenía
un serio inconveniente:
carecían de fondos para
su empresa. Entonces,
como se dará cuenta
enseguida, supieron
interesar a un hombre de
fortuna cuantiosa, dicen
que melómano, pero lo
cierto es que era dueño
de ingenios azucareros y
de una buena masa de
esclavos. Lograron
convencer al mecenas
escogido, sin muchas
objeciones de su parte,
pues dinero había y las
ganas de brillar
sobraban, de manera que
en el primer número de
El Apolo Habanero,
aparecido el domingo 10
de enero —el único de
los 12 publicados
llegado a nuestros días,
impreso en los talleres
de Terán, sobrino del
entusiasta Lorenzo—, dan
cuenta ambos devotos de
la música, en un mensaje
emocionado, dirigido al
“Excelentísmo Señor Don
José María de la Herrera
y Herrera, Conde de
Fernandina”, ¡al fin el
nombre del benefactor!,
uno de los hombres más
ricos del occidente de
la isla y propietario de
una privilegiada mansión
habanera, erguida aún en
el entorno de la Plaza
de la Catedral, que:
“Publicar El Apolo
Habanero bajo los
auspicios de V. E., es
anunciar su más
brillante séquito, y
presagio de indefectible
progreso, pues que una
mano benéfica y
protectora de las bellas
artes, se digna admitir
ofrenda, que con
particularidad merece su
atención. Prevalido de
las bondades que V. E.
dispensa a las artes y
en particular al de la
música, es que sometemos
El Apolo Habanero
a la alta protección de
tan digno Mecenas,
impetrando su
indulgencia. Dígnese V.
E. acoger tan pequeño
obsequio, y mirarlo con
la benevolencia que le
es característica, y que
admiran por siempre sus
más atentos y seguros
servidores”.
Auspiciar una
publicación de este
carácter sin dudas
prestigiaba a tan digna
personalidad criolla,
que se vanagloriaba de
dar en los salones de su
casa habanera los bailes
más sonados de aquellos
años, amenizados por
acreditadas orquestas
donde brillaba el violín
de Claudio Brindis de
Salas —“El Rey de las
octavas”, como lo llamó
Nicolás Guillén— quien
apenas unos años
después, en 1844, se vio
envuelto en la llamada
Conspiración de La
Escalera, más por ser
negro que por otra
posible acusación de
complotado, lo cual,
prácticamente, arruinó
su brillante carrera.
Los agradecidos Montero
y Mier, en el “Discurso
preliminar” aparecido en
la primera entrega, se
encargaron de precisar:
“La necesidad de
ilustrarse agita el
mundo entero, el estado
de cultura toma rápidos
progresos, nadie gusta
en la época actual
ignorar las cuestiones
que a su presencia se
ventilan, y esto nace
del estado de educación
que se mantiene. [...]
De las ciencias y artes
que administran a la
facultad imaginativa los
más grandes placeres, es
uno la música, pues que,
siendo don de la misma
naturaleza, no necesita
para su percepción, sino
el agente que la da, y
he aquí la causa porque
todo ser por medio del
órgano sensitivo concibe
el sonido con más o
menos exactitud, de que
nace tener la música su
fundamento en la
naturaleza”. Alabando
así la importancia de
este arte, concluían:
“En vista de esto,
¿quién se resistirá a
admitir tales verdades?
¿Quién dudará de la
indispensable necesidad
de aprender la música,
de sentir la música y de
patrocinar la música?
Veo que todo ser
racional se apresura a
este fin, y empeñan mi
pluma a esforzar mis
trabajos por si logro el
intento, y por tanto
imploro la protección de
nuestro superior
Gobierno, de todas las
autoridades que nos
dirigen, de todos los
grandes y señores del
Reino, de todos los
señores suscriptores
sabios e ilustrados, de
los beneméritos
artistas, socorran con
sus luces las
insuficiencias de las
mías, a fin que con
tales auxilios pueda
llevar el deber que me
he impuesto al término
propuesto”.
La publicación prometió
una división de los
componentes a incluir:
“Conocimientos técnicos
de la música. Análisis
de obras, óperas, misas
y otras de su clase,
argumentos de ópera y
cuantos conciernen al
arte, obras que se
publiquen, autores,
compositores,
invenciones,
representaciones y
remitidos en la materia
técnica”.
En el número visto
aparece un artículo
titulado “Música” y una
noticia sobre la llegada
a Cuba de una compañía
de ópera italiana, una
más de entre las muchas
que procedentes también
de España y Francia,
llenaban nuestros
espacios teatrales, que
debutó con “Los Capuleti
y los Montecchi”, poema
en tres actos del
célebre poeta Felipe
Romani, basado en la
célebre tragedia
Romeo y Julieta, de
William Shakespeare, y
música del compositor
Vicente Bellini.
Asimismo el compositor y
pianista Nicolás Muñoz
Zayas, muy conocido en
esta época, publicó en
este número la partitura
de su célebre
contradanza titulada «Mi
agradable sueño».
Refiere Antonio
Bachiller y Morales que
el objeto de El Apolo
Habanero fue “el
tecnicismo y dio a la
luz varias composiciones
musicales en papel de
colores, por ejemplo ‘La
Canción de la rosa’. La
parte crítica la
desempeñaba haciendo el
juicio de obras, óperas
y otras composiciones.
El epígrafe del
prospecto, en papel
azul, pues eran
inclinados a los colores
los redactores, fue el
siguiente: ‘Civilízate y
pensarás’. En este
periódico se publicaron
algunas de las preciosas
danzas que compuso el
aficionado filarmónico
D. N. Muñoz y Zayas, del
cual se imprimió poco, y
debía haberse conservado
la colección de sus
composiciones, que el
atraso de la época ha
hecho se pierda para la
historia del arte. El
autor de los “Recuerdos
de Bellini” merecía esa
ofrenda grata de sus
compatriotas”.
En la época en que se
publicó El Apolo
Habanero la capital
cubana bullía de
entusiasmo ante la
música. Los negros
libres, los mulatos y,
en general, el llamado
“pueblo bajo”, se reunía
para gozar de la danza y
las interpretaciones
orquestales en los
llamados “bailes de
cuna”, como bien se
puede leer en nuestra
novela por excelencia
del siglo
xix, Cecilia
Valdés o La loma del
Ángel, donde al
compás del violín del
propio Brindis de Salas,
los ignorados mutuamente
como medios hermanos,
Cecilia Valdés y
Leonardo Gamboa, se
estrechaban en una
armónica contradanza.
Pero los desposeídos no
podían contar con una
revista como esta, entre
muchas otras razones,
porque la absoluta
mayoría era analfabeta.
Entonces, el mecenazgo o
la “culta” ostentación
ponían a disposición de
un reducido número de
lectores revistas como
El Apolo Habanero,
cuya significación en la
historia musical de Cuba
está aún por dilucidar
completamente.
Un largo viaje de placer
por Europa de los condes
de Fernandina fue la
causa, al parecer, de la
desaparición de la
publicación. Si ellos,
en particular el conde,
no estaban para recibir
elogios cada vez que
veía la luz un número,
¿para qué pagar por los
que otros disfrutarían?
Sus oídos no recibirán
halagos, mientras que su
bolsillo estaba obligado
a soltar los reales.
Entonces, los señores
Montero y Mier debieron
ir a tocar a otras
puertas en busca de
apoyo. ¿Lo recibirían? |