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"La silla" |
La biografía, y sobre
todo, el legado
artístico de
Wifredo Lam
debían ser del más
amplio dominio en la
escuela cubana,
constituir motivo de
orgullo y sentido de
pertenencia por parte de
las nuevas generaciones,
y afianzarse como
emblema consistente en
el imaginario popular.
Cierto es que cuadros
suyos como “La jungla” o
“La silla”, reproducidos
a muy diversas escalas y
en varios soportes, han
logrado, con el tiempo
entre nosotros, una
marca reconocible.
Pero es posible, y
necesario, trascender
ese estadio en aras de
una comprensión mucho
más raigal de lo que
significó Lam para la
cultura cubana y sus
vínculos con el mundo.
Se requiere llegar a la
convicción de que los
valores simbólicos
visuales plasmados en su
obra representan una
síntesis al más alto
nivel de las esencias
que se fundieron en el
desarrollo de una nueva
identidad.
Ese empeño, desde luego,
desborda la intención de
esta brevísima nota de
presentación de una
muestra con la que
Alexis Leyva Machado,
Kcho, ha querido sumarse
a la celebración del
aniversario 109 del
nacimiento del gran
artista, en el contexto
de la agenda cubana por
el Año Internacional de
los Afrodescendientes,
en vísperas de la
conmemoración en 2012
del Bicentenario del
levantamiento
independentista y
asesinato de José
Antonio Aponte y del
Centenario de la masacre
de negros y mestizo con
que las fuerzas
represivas de la
República mediatizada
ahogaron la sublevación
de los llamados
Independientes de Color.
Cobra esta muestra
significación aún mayor
por insertarse en los
esfuerzos por dignificar
el Castillo de San
Severino como Museo de
La Ruta del Esclavo y
cuando en el seno de la
sociedad cubana está
planteado un fecundo
debate, al fin, sobre la
necesidad de luchar
contra prejuicios
raciales remanentes y de
luchar, en consecuencia,
por la más plena
justicia en el camino
abierto por la
Revolución triunfante el
primero de enero de
1959.
Lam nació en el pueblo
de Sagua la Grande el 8
de diciembre de 1902.
Dibuja desde su más
temprana edad, y al
trasladarse su familia a
La Habana cursa estudios
académicos, los cuales
proseguirá en España, a
donde marcha a los 21
años.
Su posterior estancia en
París, epicentro de las
vanguardias artísticas
de entreguerras, lo
asocia al movimiento
surrealista. Pero lejos
de subordinarse a este,
aprovecha los renovados
planteamientos formales
europeos para encontrar
las claves de su propia
expresión visual,
caracterizada por la
conjunción de saberes
ancestrales —negro,
chino, mestizo, cubano,
caribeño— que se
manifiestan en una
iconografía telúrica y
explosiva de notable
originalidad y
progresión, que se
empina todavía más, y de
manera decisiva, a
partir del reencuentro
de Lam con su tierra al
estallar la Segunda
Guerra Mundial.
Alejo Carpentier en la
década de los 40, fijó
con estas palabras la
dimensión del aporte del
artista:
“Y tuvo que ser un
pintor de América, el
cubano Wifredo Lam,
quien nos enseñara la
magia de la vegetación
tropical, la
desenfrenada Creación de
Formas de nuestra
naturaleza —con todas
sus metamorfosis y
simbiosis—, en cuadros
monumentales de una
expresión única en la
pintura contemporánea.”
Vale la pena citar al
propio artista, quien
alguna vez explicó las
razones de su obra del
siguiente modo:
“África no fue sólo
despojada de sus hombres
sino también de su
conciencia. Me irritó
que en París se
vendieran las máscaras y
los ídolos africanos
como adornos. (…) Mi
pintura es un acto de
descolonización, no
física pero sí mental.”
En el ámbito de San
Severino, invocado por
Kcho, Lam nos invita a
ser nosotros mismos en
esta y en las horas por
venir. |