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En estos días cuando nos
apresuramos a cerrar un
año caracterizado, entre
muchas otras cosas, por
las excelentes películas
que vimos, quisimos
preparar un resumen de
los títulos perdurables,
aquellos que se
permanecieron en la
memoria, y marcan un
antes y un después, y
nos permitirán luego
recordar este año con
mejores luces y más
acogedoras sombras. En
este texto me refiero
solo a filmes
extranjeros, puesto que
el audiovisual cubano
ocupará La Butaca la
semana próxima.
Luego de poner en claro
algunos de los títulos y
los directores que más
impresionaron este año,
quiero aludir al
argumento de la
película, para que mi
lector le sea posible
recordarla con claridad,
y determinar con mayor
precisión si coincide o
no con mi selección. Hay
películas de los más
variados temas, géneros,
estilos y procedencias.
La italiana Vincere,
de Marco Bellocchio se
ubica a principios del
siglo XX, cuando un
joven revolucionario
socialista llamado
Benito Mussolini conoce
a Ida Dalser, una mujer
apasionada que lo
seguirá en la lucha
política y lo secundará
también cuando cambie de
rumbo y sustituya el
socialismo por el
fascismo. Del mismo país
procede Baaria,
de Giuseppe Tornatore,
que retoma el pasado de
la península
mediterránea a través de
tres generaciones de una
familia, en un período
que va de 1930 hasta
1980, en un intento de
caracterización
abarcadora que recuerda
la épica 1900, de
Bernardo Bertolucci.
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Vincere |
Y de familias,
solidaridad y épicas
migraciones, bajo la
presión de
circunstancias sociales
o históricas, también
discursan las
canadienses Cielo,
dirigida por Deepa Mehta,
y Gemelos, de
Denis Villeneuve,
además de la francesa
Welcome, de
Philippe Lioret.
Cielo
sigue el itinerario de
una joven que viaja a
Canadá desde India para
casarse con un hombre
que no conoce, mientras
que Gemelos describe la
búsqueda de dos
hermanos, por el
Oriente Medio, de un padre que
ellos creían muerto y de
un hermano cuya
existencia ignoraban.
Welcome también
habla de viajes, y se
refiere al recorrido de
un emigrante árabe de
diecisiete años, que ha
cruzado el Oriente
próximo y Europa para
reunirse con su novia
emigrada en Inglaterra y
solo le queda un
obstáculo: cruzar el
Canal de la Mancha.
El mundo de la intimidad
femenina y doméstica
también inspiró grandes
filmes vistos en Cuba
durante 2011. Una mujer
agobiada por la rutina
familiar en la brasileña
La casa de Alice
(de Chico Texeira), la
complicada relación
madre-hija en la
francesa La chica del
tren (de
André Téchiné) y en la
mexicana El premio
(de Paula Markovitch),
la culpa y el
remordimiento enorme del
personaje que interpreta
Kristin Scott Thomas en
la también francesa
Hace mucho que te quiero
(de
Philippe
Claudel) y el viaje que
emprende la joven
protagonista de My
Blueberry Nights, el
primer filme hablado en
inglés del maestro chino
Wong Kar Wai, se cuentan
entre los personajes y
momentos más poderosos,
cinematográficamente
hablando, de este año.
El cine español nos
regaló un thriller, o
más bien una película de
robos, ambientada en un
periodo histórico
complicado con El
baile de la victoria,
de Fernando Trueba,
mientras que En la
ciudad de Sylvia, de
José Luis Guerín, hay un
hombre que vuelve a la
ciudad de Estrasburgo,
en la que se enamoró
locamente cuatro años
atrás, para buscar a la
chica y recuperar aquel
mágico momento. Aunque
ambientada en Londres y
hablada en inglés,
Conocerás al hombre de
tus sueños, de Woody
Allen, está producida
por entidades españolas
y tiene en papel
importante a Antonio
Banderas. Se trata de
la típica película
coral, con personajes
cuyas aspiraciones y
deseos se cruzan en
torno a los pronósticos
de una cartomántica.
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Procedente del Reino
Unido nos llegó, un muy
pulido y convincente
drama de época, El
discurso del rey,
propulsado por la
soberbia actuación de
Colin Firth como el
monarca tartamudo, y
127 horas (de Danny
Boyle) que basada en la
historia real de un
intrépido escalador de
montañas que sufrió una
caída y quedó atrapado.
Y acosado, pero por
oscuros e ignotos
militares que quieren
asesinarlo, está el
protagonista de Matar
o morir, filme
polaco dirigido por
Jerzy Skolimowski, con
Vincent Gallo en el
papel de un prisionero
de las tropas
norteamericanas, acusado
de haber matado a tres
soldados, y que consigue
escapar, e inicia así
una dramática carrera
por su supervivencia.
La violencia, el rencor
y la intolerancia fueron
temas dominantes en
varias películas. Entre
las mejores estuvieron
las danesas En un
mundo mejor, de
Susanne Bier y
Submarino, de Thomas
Vinterberg. La primera
gira en torno a la
amistad de dos niños
maltratados y el
peligroso juego que
ambos generan, en tanto
Submarino es la
historia de dos hermanos
cuya infancia estuvo
marcada por un hecho
terrible e intentan
lidiar con las
consecuencias. La
brasileña Tropa de
elite 2, de José
Padilha, mostró el lado
corrupto e institucional
de la violencia
policial, y triunfó en
el recientemente
concluido Festival del
Nuevo Cine
Latinoamericano.
Del cine norteamericano,
destacaron el retro
sicológico, parsimonioso
y filosófico El árbol
de la vida, dirigido
por el arriesgado
Terrence Malick, quien
dirige a Brad Pitt, con
la intención de que
jamás se adivine en su
caracterización al
blondo divo de siempre.
Nos sorprendió también
Ben Affleck dirigiendo y
protagonizando un
thriller exhibido entre
nosotros como
Atracción peligrosa,
pero originalmente
titulado The Town,
que combina con
eficacia los recursos de
la violencia y el
suspenso, con algunos
dejos de tragedia griega
y romance.
Un hombre y una mujer,
la eterna y universal
historia, ya se
encuentren en un pequeño
pueblo italiano, o en el
viaje de un
camión-rastra de
Asunción a Buenos Aires,
fueron los motivos
principales de la
franco-iraní Copia
certificada, que
dirigió Abbas Kiarostami,
y de la argentina Las
acacias, debut en la
dirección de Pablo
Georgelli. Historias
sobre un hombre y una
mujer amenazados por
ciertas crisis de
incomunicación cuenta el
director coreano Kim Ki-duk,
a quien se dedicó uno de
los ciclos de Cinemateca
más sugestivos del año.
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Las acacias
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Aplaudido a rabiar,
adorado por una secta de
fanáticos fieles y
conocedores, el coreano
Kim Ki-Duk se ha
convertido en uno de los
autores representativos
del cine asiático
realizado en la primera
década del siglo XXI. De
esta etapa nos llegó un
ciclo, largamente
esperado, con siete de
sus mejores
largometrajes realizados
entre la controvertida y
violenta La isla
(2000) y la surrealista
y mucho más intrigante
Sueño (2008). En
el intermedio, el
realizador devino una
celebridad
internacional, con
premios máximos en los
festivales de Berlín y
Venecia, distribución en
el mercado
norteamericano, europeo
y asiático, cultivó un
estilo que se movía
entre el ímpetu del
montaje y la languidez
pictórica, y se dedicó a
relatar historias
dominadas por temáticas
como la alienación, la
soledad, el dolor
físico, el placer
sensual y extremo, la
brutalidad humana y los
largos silencios que
siempre suceden al
vértigo. Todo ello
ocurre entre los
personajes que parecen
obsesionar al
prestigioso autor: las
frágiles prostitutas, la
violencia inherente a la
masculinidad, y la
redención posible para
hedonistas y brutales,
disolutos y canallescos. |