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Son varias las
presentaciones que
podrían resultar
preámbulo para el lector
en una entrevista con
Germán Sánchez Otero: su
experiencia como
embajador de Cuba en la
República Bolivariana de
Venezuela o el
tratamiento de disímiles
y complejos temas en
volúmenes como Los
enigmas del Che o
Transparencia de
Enmanuel. Sin
embargo, hoy nos convoca
otro título: El año
de todos los sueños,
y desde la Plaza de
Armas de La Habana
Vieja, camino de la
presentación de esta
última entrega a cargo
de Ediciones La Memoria
del Centro Cultural
Pablo de la Torriente
Brau, el autor se
dispone a rescatar los
caminos que dieron
comienzo a este texto,
que rememora desde una
mirada muy personal la
Campaña de
Alfabetización…
“Este es un libro que
resulta casi un capricho
y nace de una deuda
amorosa, sentimental con
el colectivo de más de
cien mil jóvenes y
adolescentes que nos
decidimos a participar
en una aventura —porque
eso era para nosotros en
aquel momento irnos a
sitios remotos que no
sabíamos cuáles eran,
convivir con personas
que muchas veces tenían
formas de vida,
culturales y
educacionales que no
conocíamos, que venían
de pasar en años
recientes por
circunstancias muy
adversas— y el prodigio
de aquella Revolución
que conmovió de las
raíces a las hojas de
todo el árbol de la
sociedad cubana hizo que
nos fuéramos con un
entusiasmo infinito, que
en cierto modo era
imitador de lo que
habían hecho, pocos años
antes, los rebeldes en
la Sierra Maestra”.
“Fuimos una generación
muy marcada por las
agresiones y presiones
de los EE.UU., por los
tantos desprendimientos
que la Revolución de
manera simultánea había
realizado, y sobre todo
por los acontecimientos
de abril de 1961… todo
aquello nos arrastró
como un río crecido en
la búsqueda de dar y
entregar al proceso, y
de esa manera gozar
mucho, o sea, todos los
jóvenes que formamos
parte de aquella Campaña
de Alfabetización en
ningún momento dejamos
de sonreír, de amar, de
discutir, de polemizar
sobre los temas que
entonces estaban en
boga, como la religión
la existencia o no de
Dios, qué cosa era el
socialismo (Fidel
acababa de hablar de él
por primera vez el 16 de
abril), lógicamente los
tópicos de la
alfabetización, cómo
lograr que aquella
Cartilla se convirtiera
para los alumnos en algo
asequible, qué
transmitir a los
estudiantes, que eran de
todas las edades… fueron
momentos muy
deliciosos”.
“Hay que mencionar a los
padres, yo diría que
merecen un monumento
porque sufrieron la
ausencia de los hijos,
su partida hacia lugares
recónditos, a veces
peligrosos, donde había
bandidismo y acciones
enemigas violentas,
donde murieron algunos
compañeros como Manuel
Ascunce o Conrado
Benítez. Toda esa
amalgama de
circunstancias produjo
para cada uno de los
participantes un impacto
emocional que ha
pervivido hasta nuestros
días”.
¿Cómo surge este libro?
Varios brigadistas,
imitando en alguna
medida a los
protagonistas de
nuestras gestas
independistas, decidimos
escribir diarios,
incluso a veces nos lo
sugerían los profesores
que estaban al frente de
los grupos. Por ejemplo,
cuando yo partía hacia
Varadero, a recibir la
preparación para luego
alfabetizar, un profesor
me sugirió que llevara
un diario. Yo ya lo
había pensado, aunque no
tenía claro el fin de
hacerlo, hasta que
llegué a Varadero y nos
enteramos de que estaba
ocurriendo la invasión a
Playa Girón, me senté en
una litera —primera vez
que dormía en una o veía
una playa como la de
Varadero— con una
libreta escolar del año
1961 y empecé a escribir
lo que sería finalmente
mi diario de esa etapa.
Aquello quedó ahí. Como
embajador en Venezuela
viví por segunda vez una
experiencia como
alfabetizador: Chávez le
pidió a Fidel poner en
práctica por primera vez
el método Yo sí puedo
y me correspondió la
responsabilidad de
ayudar a los hermanos
venezolanos. Otra vez me
vestí de brigadista: en
mi mente me puse la
camisa gris, los
pantalones verdes, la
boina de ese color, y
volví a rememorar mis
experiencias en Sagua de
Tánamo, que fue donde
alfabeticé.
Llegué en el año 2009
definitivamente a Cuba y
arreglando mi biblioteca
encontré aquellas
libretas llenas de polvo
del 61 y comencé a
emocionarme de una
manera muy particular al
leer esas páginas
amarillas. Quería
escribir desde hacía
tiempo algo sobre la
alfabetización aunque no
sabía qué, pero en esta
ocasión había un algo
extraño que me movió.
Días más tarde hice un
proyecto y comencé a
redactar un testimonio,
que fue lo que me salió,
tomando como punto de
partida aquellos diarios
que mencionaba y muchas
cartas que mi viejita de
96 años me guardó y que
fueron encendiendo los
recuerdos.
Pero el volumen tiene
elementos de ficción...
El libro terminado en
forma de testimonio se
lo envío a la compañera
Zuleica Romay,
presidenta del Instituto
Cubano del Libro, quien
comienza a referirse al
texto como “una novela”.
Yo me quedé con aquel
bichito, porque había
pensado en la
construcción de un
testimonio. Luego otros
amigos me hicieron
llegar un parecer
similar y decidí dar un
vuelco a lo que venía
haciendo e incluir
técnicas de literatura
más de ficción.
Finalmente convertí al
libro en un testimonio
novelado y eso me
permitió introducir
elementos imaginados,
desde mi sensibilidad,
claro, siempre
respetando que todo lo
que se presenta
realmente sucedió.
El año de todos los
sueños
también explora momentos
anteriores a la Campaña
de Alfabetización...
Sí, el título propone
una mirada a pasajes de
la vida de Gabriel, que
es el personaje
principal, para que el
lector pueda ir
recibiendo las distintas
circunstancias que
rodearon a aquel
muchacho y lo llevaron a
ser quien es cuando se
va a alfabetizar. El
protagonista evoca su
pasado, unas veces en su
hamaca, otras bajo un
aguacero, para mostrar
cómo se vivía en La
Habana antes de la
Revolución, qué
personajes había en la
ciudad, sus angustias,
creencias y dramas.
¿Qué objetivos generales
se propuso con este
volumen?
Este no es un libro
ingenuo: pretende
ofrecer una visión
personal y parcial de
aquella epopeya, pero
además llevar al lector
a buscar en aquella
experiencia maravillosa
y tan extraordinaria
todo aquello que pueda
sernos útil para el
presente. Una de las
cosas que me resulta de
mucho interés es cómo
los jóvenes participaban
en la Campaña con
entusiasmo, con
vitalidad… ¿por qué?
Creo que una de las
razones era el hecho de
que se les daba mucha
confianza, había un
terreno fértil para
crear... había
conducción, sin dudas,
Fidel estaba al frente
de la gesta y al tanto
de todos los detalles,
pero, a la vez, teníamos
la posibilidad de
equivocarnos, porque era
lo que nos correspondía
por incursionar en un
terreno completamente
nuevo. Todavía hoy esa
experiencia es una
fuente viva para el
presente.
En el texto se hace
referencia al hecho de
que los alfabetizadores
fueron también
alfabetizados...
Eso es clave, los más
beneficiados fuimos
nosotros, que convivimos
durante mucho tiempo con
esa gente y aprendimos
qué cosa es el ser
humano en condiciones a
veces extremas de
pobreza, aprendimos de
la riqueza espiritual de
esas personas,
aprendimos qué cosa es
Cuba, sus tradiciones
culturales... todas esas
vivencias fueron muy
importantes y se
convirtieron en un
conjunto de influencias
que determinaron
aceleradamente que a
nuestro regreso fuésemos
personas diferentes. |