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Leía hace poco la
noticia de que en uno de
los palacios del
depuesto dictador
tunecino Ben Ali, su
mujer, Leila Trabelsi,
guardaba mil pares de
zapatos de las marcas
más caras y
prestigiosas. ¡Mil pares
de zapatos! La señora
Trabelsi no era, no, un
monstruo polípodo que
caminase sobre dos mil
tentáculos ―como quizá
podría imaginar un
arqueólogo del futuro
que encontrase los
restos materiales de la
dictadura―; a la señora Trabelsi le pasaba como
a la mayor parte de los
humanos y le "faltaban"
1998 pies, con sus
respectivas piernas,
para lucir tantos
calzados.
¿O le sobraban zapatos?
¿O es que tenía justo el
poder que hay que tener,
ni más ni menos, para
desdeñar la relación que
existe entre un cuerpo y
un objeto? Era el
privilegio de años de
corrupción y saqueo: si
Leila Trabelsi no podía
tener más pies que el
resto de los tunecinos,
al menos podía tener
muchos más zapatos.
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Tampoco la novia de
Cristiano Ronaldo, la
modelo Irina Shayk,
tiene más orejas,
cuellos o manos que el
resto de la humanidad,
pero puede lucir
pendientes, anillos y
brazaletes de diamantes,
regalo de su enamorado,
por valor de 117.000
euros. En este caso, no
es el número de joyas lo
que apabulla sino el
precio; y el gasto de
Cristiano exige la
colaboración de los
periódicos y medios de
comunicación, sin los
cuales nadie repararía
en esos tesoros.
¿Un albañil o un
contable sienten menos
amor por sus novias?
Probablemente no; lo que
les falta es
precisamente el dinero
que hay que tener, esa
cantidad y no otra, para
distinguirse de un
albañil o de un
contable. Si Irina y
Cristiano no pueden
tener más riñones o más
hígados que el resto de
la humanidad ―ni
llevarlos por fuera―, al
menos pueden colgarse de
las orejas y de las
muñecas, como en los
pueblos bárbaros, miles
de billetes de banco.
La desproporción entre
lo que somos y lo que
podemos se llama “lujo”,
que literalmente quiere
decir “exceso”. Todos
somos casi nada y todos
podemos algo más de lo
que somos, incluso si
tenemos muy poco: el más
miserable de los seres
humanos puede ponerse
una flor detrás de la
oreja o secarse al sol
después de un aguacero
de verano. Pero cuando
esa desproporción viene
definida por la posición
social o económica en un
régimen de desigualdad
estructural, el “lujo”
es al mismo tiempo una
descomunal
“equivalencia”. Me
explico: al lujo no le
falta ni le sobra nada.
Ni le faltan pies ni le
sobran zapatos; ni le
faltan riñones ni le
sobran billetes de
banco. El lujo tiene
exactamente el poder que
hay que tener para
demostrar que se tiene
poder; tiene exactamente
el dinero que hay que
tener para dejar claro
que se tiene dinero.
Para el sentido común,
el lujo, en todo caso,
está relacionado con la
idea de gasto
innecesario o suntuario,
lo que constituye en
realidad una
redundancia, pues
“suntuario” procede del
latín sumptus,
literalmente “gasto” o
“desgaste” (en francés
degat) o, lo que
es lo mismo,
“destrucción”. Se habla,
por ejemplo, de los
“daños o costes (dégats)
de una guerra”.
Recuerdo que un
interesante filósofo
francés al que leí mucho
cuando era joven ―George
Bataille―, trataba de
elaborar en su obra una
teoría liberadora a
partir de lo que el
llamaba el “gasto
improductivo”.
Combinando de un modo
provocativo a Marx,
Nietzsche y Sade,
reivindicaba todas esas
formas de destrucción
sin objeto, provecho o
beneficio, que parecen
situarnos al margen de
una lógica puramente
económica: el arte, la
orgía, la guerra y el
lujo.
Lo que olvidaba Bataille
es que en el capitalismo
el “gasto improductivo”,
la “destrucción
antieconómica”, juega
un papel económico
fundamental. Es la
destrucción al margen de
toda racionalidad
contable ―desde la
obsolescencia programada
de las mercancías hasta
la “doctrina del shock”,
desde la aniquilación de
excedentes hasta la
producción y uso de
armas letales― la que
reproduce el sistema en
su conjunto. Lo
verdaderamente
productivo para el
capitalismo es el gasto,
el desgaste, la
destrucción.
Eso vale también para el
lujo. Reparemos, por
ejemplo, en que ―en
medio de la crisis― el
mercado de los productos
de lujo no es solo el
que menos inflación de
precios ha experimentado
sino aquel en el que más
ha aumentado la demanda.
Mientras en España crece
todos los días el
desempleo (hay ya más de
4.300.000 parados), la
gente pierde sus casas y
los trabajadores sus
derechos, leíamos
recientemente la noticia
de la creación de Luxury
Spain, la Asociación
Española del Lujo,
presidida por Beatrice D'Orleans, quien
recordaba que este
sector había movido el
año pasado 170.000
millones de euros en
todo el mundo: “el lujo
es muy difícil de
derribar”. Además,
añadía, genera empleo y
promueve la actividad
empresarial.
Pero si definimos el
“lujo” como “gasto
improductivo” o como la
“diferencia entre lo que
somos y lo que podemos”,
debemos concluir,
paradójicamente, que lo
que el capitalismo no
permite son precisamente
los lujos. Lujo es igual
a humanidad. La
espectacular cola del
pavo real es todo lo
contrario de un lujo o
un gasto improductivo:
es la garantía del
apareamiento y, por lo
tanto, de la
reproducción de la
especie. Lo mismo pasa
con los mil pares de
zapatos de Leila
Trabelsi o los 170.000
euros que Irina Shayk se
cuelga de una oreja: no
es que sean excesivos,
es que se ajustan
perfectamente ―como la
exhibición del pavo
macho― a su propósito
reproductivo.
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Un gasto verdaderamente
improductivo solo puede
serlo una inversión, al
margen del sistema, en
"humanidad". La
humanidad es un lujo. Es
precisamente la
diferencia entre la nada
que somos y lo poco que
podemos; todos esos
gestos prescindibles
para la vida pero
necesarios para
definirse, frente a la
naturaleza, frente a los
pavos reales, las Leilas Trabelsis y los
Cristianos Ronaldos,
como "seres humanos".
Todos tenemos, por
ejemplo, un cuerpo, que
no es solo una
convergencia de
funciones orgánicas que
hay que conservar, sino
además un territorio, un
lienzo, un gancho;
podemos marcarlo, pintar
sobre él, colgarle
banderines, como a un
país o a una fiesta. El
"adorno" es un
hecho definitorio de la
cultura humana, un
derecho de su dignidad
sobre-natural. Colgarse
170.000 euros de una
oreja es un gesto de
barbarie y de
animalidad; colgarse una
semilla coloreada es una
reivindicación de
humanidad.
Entre lo que somos y lo
que podemos, la
humanidad es siempre
suntuaria y suntuosa.
Podemos imaginar muchos
gestos lujosos,
improductivos, que
“ostentan” solo el poder
que tenemos como simples
humanos. El gesto de una
madre que arropa a un
niño que "no" tiene
frío, ¿no es
literalmente un lujo? El
gesto de mirar a los
ojos el cuerpo en el que
nos fundimos
placenteramente, ¿no es
literalmente un lujo? El
gesto de grabar en un
árbol el nombre del
enamorado, ¿no es
literalmente un lujo? El
de hacerse una trenza,
el de ceder el asiento a
un anciano, el de añadir
un adjetivo, el de
perdonar a un enemigo,
el de poner un mantel,
el de incubar un
pensamiento, el de
caminar muy despacio, el
de velar a un enfermo,
el de contar un cuento,
el de compadecer a un
asesino, ¿no son todos
ellos literalmente un
lujo?
El capitalismo nos
prohíbe todos los lujos.
Nada de lujos. Solo lo
estrictamente necesario:
el derroche, el
incendio, la
destrucción, la muerte.
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