|
Agonizaba el año 1911,
era el 11 de diciembre,
cuando dos entidades
gloriosas midieron sus
armas en el fútbol por
primera vez, de manera
oficial,
en
esta hermosa tierra. Así
quedó grabado con
rasgos
indelebles el nacimiento
de un deporte que, por
su bondad nunca
superada, cundió por
todo el
orbe para colocarse en
forma perdurable como el
más atractivo de cuantos
han practicado los
humanos en toda
época.
En
esa misma
barriada del Cerro,
que
hoy se estremece
ante las sacudidas
espasmódicas que
el gigante
de hierro
del béisbol
—el
Estadio
Latinoamericano—, sufre
a
consecuencia
de la rugiente multitud
que la invade, fue
escenario
también del nacimiento
del más
universalizado
de
los
juegos
atléticos. Ocurrió
en el
Campo
de
Palatino, no muy lejos
del lugar
que
ocupa hoy la catedral de
las
bolas y los
strikes.
Y
para que quedara
esculpido con perfiles
imborrables para la
posteridad, la
procedencia auténtica,
la nacionalidad
de los
divulgadores
de ese
deporte y la de aquellos
que
lo
adoptaban para sí como
propio también, los
nombres de los
equipos
que
por primera
vez se
enfrentaron fueron el
Hatuey y el
Rovers.
Aquel de origen bien
criollo,
este oriundo
de
la gran
Albión. Y los elencos
que le integraron
respondían
fehacientemente a esos
apelativos,
pues
mientras
en
el
de los "caciques"
predominaba el jugador
nativo,
el que
capitaneaba
Jack
C. Orr
estaba
cuajado de nombres
ingleses, escoceses,
irlandeses y galeses,
exclusivamente.
Un
año antes había quedado
formado el
primer
organismo
que
rigió el
fútbol
cubano. Había que darle
contextura legal
a
ese
pasatiempo
que
tanto gustaba
ya,
pues desde
1907
venía cultivándose
el
sano
y divertido
ejercicio, y no podía
mantenerse
en esta forma
desorganizada
por mucho
tiempo.
De aquel famoso
encuentro inicial, que
se pierde en las
brumas
del
pasado, quedaron
pocos
recuerdos. Algunos
matizados
por esa
nebulosa que envuelve
los acontecimientos
que no
fueron
meticulosamente
archivados en su
oportunidad. Sin
embargo,
se puede atestiguar que
los bandos se alinearon
así:
Hatuey:
Carcas;
Lombardo y Mier;
Irigonegaray, Gaum y
Wilde;
Mas,
Orobio,
Carcas,
García
y Mensa.
Rovers: Thompson; Meyers
y Tucker; Onfroy, J. C.
Orr y Stone, Evered,
Limore, Webber, Themey y
Ogilvie.
Orobio
y Orr
oficiaban como capitanes
de sus onces
respectivos.
Y puede
asegurarse también que
el primer triunfo
correspondió a los
británicos
y que el primer gol que
se anotó en Cuba de
manera oficial, que
sirvió para decidir el
partido, fue señalado
por J. C. Orr.
Pese a que los juegos
entre estas dos
sociedades pioneras del
fútbol criollo no eran
frecuentes, el deporte
fue enraizándose,
invadiendo todos los
territorios. Y nacieron
dos sociedades más, el
Euzkeria y el Hispano,
este, uno de los que se
mantuvieron durante
muchos años en aquella
legendaria época.
La prensa, percatándose
de que el fútbol se iba
convirtiendo en un
coloso prematuramente y
desplazaba con su
inmensa fuerza de
expansión y proselitismo
al que años más tarde
iba a ser el pasatiempo
nacional, le dio cabida
en sus páginas
deportivas llevando
hasta los más apartados
rincones de la
república.
El
primer campeonato
fue ganado por el
Rovers; el segundo
fue
conquistado por el
Hatuey, tras lucha
enconada con aquel
y con el Euzkeria que,
tras iniciarse en
ese año
de 1913
supo arribar al trono en
la siguiente temporada,
donde los competidores
aumentaron a cuatro con
el club Hispano.
El
equipo negriamarillo
Hispano obtuvo para sus
gloriosas
sedas los campeonatos
cuarto y quinto de la
historia del
fútbol cubano y el
Iberia,
que había debutado en
segunda división en
1916, arribó al
gallardete
en 1917.
El
fútbol
tomaba fuerzas por días
y los clubes se iban
uniendo a la gran
familia paulatinamente,
aumentando cada vez
más
el núcleo de
competidores. Hasta en
el interior de la
Isla se jugaba con
extraordinaria
afición. En la capital
ya no era suficiente una
categoría y se procedió
a formar dos.
Por doquier surgía un
nuevo club,
aparecía
una
nueva bandera y su
correspondiente
conglomerado
de seguidores
impenitentes que iba a
donde fuera para
vitorear a los suyos,
alentándolos hacia
el triunfo.
Había,
sin quererlo, clubes que
servían de
“incubadoras”,
donde se
maduraban
los ases que luego iban
a
dar lucimiento mayor y
superior poderío
a
las
escuadras
más
notorias,
aquellas que con arcas
más repletas dominaban
en el mercado.
Los más opulentos
enriquecían
sus filas
con
más y más estrellas,
pero no por ello se
agotaba la cantera, que
por esa gran virtud del
jugador nativo
—ágil de
mente y músculo—
parecía crecer más a
tenor de la imponente
demanda.
Se practicaba así un
deporte que iba
engendrando un cariz
emocional y una pasión
enloquecedora...
Apareció el Fortuna en
el grupo selecto
y se hizo
presente entre los
privilegiados que
llegaban al final al
preciado galardón de
titulares de la máxima
división. Ganó el
once blanquinegro en la
temporada de 1918 para
dar paso después al
Hispano, que, no
solo logró el cetro por
tres veces consecutivas,
sino que con ello ganó
para sus vitrinas el
precioso trofeo "J.C. Orr".
Se había establecido ya
la primera pugna
deportiva, la primera
gran rivalidad que hacía
enronquecer gargantas y
aumentar la presión
arterial de los
fanáticos. Osos y Tigres
daban a la contienda
futbolística el atributo
excepcional y de
titánicos empeños.
Los choques entre ambos
eran esperados con
creciente expectación;
sus enconadas luchas no
se limitaban al
rectángulo verde, salían
de él para prender en
las graderías con
vibrante y sostenida
pasión y ganar la calle
cautivando adeptos y
provocando la
desesperación de los que
pensaban seriamente en
sus negocios.
El fútbol como tema
cernía sus
tentáculos sobre
la ciudad y sus barrios,
absorbía, los cerebros
de todos y dislocaba el
curso natural de la vida
plácida de una ciudad
que se supone tranquila.
No tardaron en aparecer,
pues, aquellos famosos
cartelitos, que rezaban
así: "se prohíbe
hablar
de fútbol" con los
cuales los comerciantes
pretendían detener la
apasionante avalancha
arrolladora del fútbol
que perturbaba el ritmo
de los negocios. Se
hablaba tanto de fútbol
que el interés por el
precio del azúcar, él
estado del mercado
tabacalero y la
producción de café
parecían caer en un
segundo plano. Luce una
hipérbole esta
aseveración... pues así
era exactamente lo que
sucedía en nuestra
alegre Habana en la
segunda decena del siglo
XX.
Iberia rompió la racha
del Hispano y por poco
iguala la marca que este
equipo acababa de
imponer en el torneo al
llevarse tres
campeonatos
consecutivos, pero se
quedó corto. Y en el año
1924 el Olimpia se asomó
por primera y única vez
a la galería de los
consagrados.
Fortuna fue el monarca
de 1925, su segundo y
último título en la
división mayor, pero,
como para despedirse
envuelto por el manto de
la celebridad, no perdió
nada más que un solo
partido, aventajando en
tres puntos a su
impertérrito rival, el
Hispano América.
|

Equipo Fortuna.
Campeón 1925
|
Después de ganar el
campeonato el Fortuna
viajó rumbo a Costa Rica
con ánimos de conquista.
Era el primer equipo
criollo que salía de su
patio y vaya si lo hizo
bien. Retornó el Oso a
su guarida después de
dejar sentado en los
terrenos de La Sabana
costarricense su poderío
indiscutible. Tres
victorias y un solo
empate colorearon tal
excursión cubana, dando
fe del auge
maravilloso del deporte
en nuestro medio y de la
excelente calidad de los
jugadores, aquella
hazaña fortunista era
como un antecedente
fidelísimo de lo que
un año después iba a
suceder.
Distinción grande tuvo
ese de 1926, en el que
el Iberia obtuvo su
tercer gallardete, pues,
además de ser en el que
se mostró palpablemente
el progreso del fútbol
criollo, fue también
en el que llevó a cabo
la primera importación
de un cuadro
foráneo.
Y he aquí un contraste
de grandes proporciones.
Dado
el espléndido estado en
que se hallaba el fútbol
cubano, en
aquella época lo lógico
hubiera sido que un país
de potencialidad
futbolística probada
enviase a alguno de sus
equipos representativos;
pero no fue así...
El primer conjunto que
vino a La Habana fue de
una nación que era
neófita en la práctica
del fútbol: EE.UU., y
el elenco en
cuestión fue el "Galicia
S.C.", cuyo epílogo en
la serie fue una honrosa
división de honores. Se
rompió la rutina... y tras este once
extranjero vinieron
otros de más capacidad
y colorido.
Vino el Deportivo
Español de Barcelona,
con el archifamoso
arquero Ricardo Zamora
al frente de una
verdadera
constelación de ases del
fútbol hispano; el no
menos insigne
Colo-Colo de Chile; y,
como remate de
fiesta se presentó
en La Habana el Campeón
Olímpico de 1928, la
selección de Uruguay,
con su reparto
estelar de altos
quilates causando
sensación en todas sus
presentaciones.
Todo buen aficionado al
fútbol de aquella era
gloriosa,
todo amante de los
deportes que gusta de
hurgar en las memorias
de
acontecimientos
memorables, todo
aquel que tuvo la dicha
de verlo con sus propios
ojos o leerlo
posteriormente en
crónicas que grabaron el
hecho para la
eternidad, conoce la
página brillante que el
fútbol criollo se anotó
en ocasión de ver frente
a frente al Nacional de
Montevideo y el Juventud
Asturiana. Todavía se
recuerda con orgullo
cómo los valientes
representantes de las
sedas locales aceptaron
el reto de los
formidables jugadores
sudamericanos y en
partido de leyenda le
infligieron el más caro
revés de su campaña.
Basta decir que en dicho
partido se sancionaron
cuatro penaltis y,
mientras los de aquí se
convertían por obra de
Bienvenido; Scarone,
verdadero artífice de la
máxima pena, falló uno y
logró el otro. Amador,
guardameta cubano,
malogró muchas veces las
ansias de los uruguayos
y al final llegó con una
victoria para Cuba por
tanteo de cuatro a dos.
No valieron las
protestas de los
uruguayos que el castigo
final no era penalti,
este fue consumado y
faltando 11 minutos para
terminar el horario
reglamentario el árbitro Hermo dio por terminado
el juego. Fue la victoria
más importante del
fútbol cubano hasta ese
momento, “gloriosa” para
la historia.
El Hispano, que fue el
equipo que despidió a
los uruguayos, pagó las
consecuencias, pues
perdió por ocho a uno,
dando a los forasteros una
acabada lección de
fútbol, evitando que una
nueva sorpresa impusiera
nuevo castigo a ese
exceso de confianza que
contra Juventud
Asturiana habían
ofrecido.
Para engalanar aún más
ese año pródigo en
acontecimientos de
relieve, Cuba ingresó
como miembro de la FIFA
(Federación
Internacional de Fútbol
Asociación) que, como se
sabe, es el organismo
rector del fútbol
mundial, bajo cuya égida
se cobijan más de 190
países representativos
de los cinco
continentes, con lo que
se evidencia que el
fútbol habla todos los
idiomas y es conocido
por todas las razas:
símbolo de grandeza del
que ningún otro deporte
puede blasonar ni por
asomo.
El final del campeonato
de 1927 tuvo una
conclusión singular.
Hubo que ir a una serie
extra entre Juventud
Asturiana y Fortuna y
después de dos empates a
dos y a un gol, los
góticos ganaron el
decisivo en el terreno
tres por dos pero, para
asombro de todos, el
partido fue anulado por
entender que el árbitro
había concedido el gol
final al Fortuna y este
había sido hecho en
forma ilícita. Garrafal
error cometido por los
dirigentes en aquella
ocasión, pues en
cuestiones de
apreciación nunca debe
ser desconocida la
decisión del juez del
campo. Tales
arbitrariedades
iniciaron la caída del
deporte… y la
inestabilidad y
mediocridad causó
posteriormente lógicas
consecuencias para el
fútbol.
Pese a las reiteradas
protestas del Fortuna,
la anulación se mantuvo
y Juventud Asturiana
ganó su primer
campeonato venciendo a
los Osos del Fortuna dos
por cero en la nueva
celebración de tan
decisivo partido. Ese
mismo año vino a Cuba el
excelente equipo Real
Madrid de España, pero
solo jugó un encuentro y
no se empleó a fondo
para ganarle a Juventud
Asturiana, dos goles por
uno.
Todavía hubo algo más
impresionante antes que
el fútbol descendiera
hacia el
abismo. El Iberia, que
había dado buenas
pruebas de poseer una
envidiable constelación
de ases, elaboró el girón más insigne de su
historia al confeccionar
una cadena de victorias
que se extendió desde el
4 de septiembre de 1927
al 23 de septiembre de
1928, en cuyo paréntesis
de éxito coronó un
rosario de 35 partidos
sin mácula para
conseguir seguidamente
el campeonato donde,
además, se adjudicó el
preciado título de
campeón de campeones,
derrotando a todos los
que habían sido regentes
de la división de honor
hasta entonces.
El Iberia impuso así una
marca imbatible hasta
nuestros días y muy
difícil que pueda ser
derribada en el futuro.
En los albores del año
1928 el Deportivo
Hispano América inauguró
su bello campo de juego
en el Lucero Campo
Armada y su gigantesco
esfuerzo, que debió ser
emulado por las demás
sociedades y que hubiera
asegurado el fútbol
cubano sembrando de
campos balompédicos a
una ciudad que aún no
estaba tan congestionada
de edificios, lo que
hizo fue provocar la
tragedia. La división no
se hizo esperar.
Fortuna, Iberia,
Juventud Asturiana y
Cataluña, por un lado;
Hispano América, Centro
Gallego, Olimpia y
Baleares por el otro. La
guerra que siguió a esa
discordia fue atroz y la
secuela todavía se está
recordando, pues se
padeció durante mucho
tiempo.
Murió la Federación
Occidental que había
sido creada en el año
1924 y nació la
Federación de Fútbol, que
se mantuvo hasta la
creación de la
Asociación Nacional de
Fútbol de Cuba.
El Alianza, del Perú, vino
a Cuba y jugó con el
Campo Armada y el Sabaria, de Hungría, que
jugó en el desaparecido
Almendares Park. También
vino el América, de
México.
El año 1929 se inició
con negros presagios.
Las desavenencias entre
las sociedades marcaban
el inicio de la crisis
que luego abrumaría al
deporte con caracteres
de permanente
infortunio. Pero nadie
osó detener aquel
funesto proceder, ni se
percató de cuán sensible
serían todas esas
equivocadas tácticas.
En ese año, cuyo
campeonato fue ganado
por el Iberia, vino a
esta ciudad el primer
equipo de Costa Rica, el
Libertad, y también el
New York National,
segundo club que nos
enviaba EE.UU.
El día de la raza fue
inaugurado el estadio
Cerveza Tropical, hoy
estadio Pedro Marrero,
cuyo escenario sirvió
para que un año después,
en 1930, Cuba se anotase en
un verde gramilla el
éxito glamoroso de
proclamarse Campeón de
fútbol de los II Juegos
Centroamericanos,
galardón magnífico que
hasta el triunfo de la
Revolución Cubana no
pudo ser emulado durante
casi 30 años porque,
inexplicablemente, el
Comité Olímpico Cubano
le negó nuevas
oportunidades a los
futbolistas criollos.
En ese año vino el M.T.K.,
de Hungría, y el Marte,
de México. Además, Juventud
Asturiana se anexó su
segundo campeonato.
Lo más sorprendente
desde ese año fue
pródigo la derrota
sufrida por los
rojiblancos frente a los
campeones de Oriente.
El año 1931 fue pródigo
en incursiones ajenas y
de las buenas. Vino el
Hakoah All Stara, de
los EE.UU.; el Bellavista, de Uruguay;
el Racing, de Madrid; y
el más ilustre de todos:
el Vélez Sarsfield, de
Argentina, cuyos eximios
jugadores exhibieron el
más depurado estilo de
cuantos se habían visto
hasta entonces de todos
los equipos extranjeros
en Cuba.
Algunos consideran, con
no poca razón, que
aquella calidad de juego
expuesta por los
porteños no ha sido
superada por ningún
equipo, pese a que
después vinieron otros
de indudable valor.
El campeonato que ganó
el Centro Gallego, así
como el del año
siguiente —1932—, se
jugó indistintamente en
dos campos: Polar y
Tropical, entre cuyas
empresas cerveceras
también había rivalidad.
En el año 1933 Juventud
Asturiana se interpuso
para cortar la racha de
títulos que estaba
coleccionando su
recalcitrante
antagonista y rival
eterno. La pugna de
Alacranes y Toros venía
a suplir aquella de años
atrás que habían
sostenido, con no menos
grescas, Hispanófilos y Fortunistas. Vino el
Audaz, de Chile, un
gran equipo.
Después de cinco años de
ausencia volvió el
Iberia a recuperar el
trono en 1934. Para
luego
cederlo a Juventud
Asturiana, que lo
conservó hasta 1937, en
que el
Centro Gallego comenzó a
elaborar una marca que
se mantuvo por muchos
años sin ser superada.
El once azul pastel
triunfó en 1937, 1938,
1939 y
1940.
|

Centro Gallego |
En 1934 desembarcó en
nuestras playas el New
York Americans y en
1936 los del Atlante
de México.
En el año 1938 nos
visitó un equipo formado
por ases vascos, el Euzkadi, que gustó
mucho. Vinieron con él
varios internacionales
distinguidos de la
Selección Española y
celebró en Cuba tres
juegos mostrando una
potencialidad
ostensible.
A despecho del
angustioso estado de
nuestro fútbol este se
anotó su laurel más
notable. Se jugaba la
III Copa del Mundo en
Francia y Cuba, que
compitió en la Zona del
Caribe, partió rumbo a
Europa donde se iban a
celebrar los partidos
finales. Para gloria de
los cubanos, nuestros
corajudos atletas
eliminaron a Rumania,
primero empate 3-3 y en
un segundo partido
victoria 2-1, pero
tuvieron que soportar la
abusiva imposición del
calendario y lo que es
peor, la derrota que le
proporcionaron los
suecos. Los agravantes
que significa jugar tres
partidos en una semana,
este último en cancha
enfangada y frente a un
equipo poderoso: Suecia,
se confabularon para
destrozar a nuestro
conjunto, ocho goles por
cero. De todas maneras
hay que consignar
aquella página
internacional con el
atributo de algo
excepcional: el octavo
lugar mundial.
En el año 1941 Juventud
Asturiana detuvo en
seco el rosario de
campeonatos azules
de Centro Gallego, que
como ya quedó
establecido en párrafos
anteriores, había
llegado a cuatro para
establecer un récord que
estuvo invicto hasta
1954.
Nos visitó el Asturias,
de México y al año
siguiente, el Puentes
Grandes que desde 1939
había ingresado en
primera división, se
llevó el trapo,
repitiendo la dosis al
año siguiente, en 1943.
En 1944 hubo un alarde
de equipo en el grupo
selecto, pero fue tan
solo una utópica
superabundancia que no
atrajo la calidad que se
pretendía. Ganó Juventud
Asturiana y el ciclón de
un año después destrozó
el Campo Polar,
teniendo que continuarse
en el Estadio Caribe,
lugar donde el Centro
Gallego volvió a calzar
el título.
En ese año de 1945, jugó
en Cuba el Alajuela, de
Costa Rica. Los
elementos comenzaron a
ponerse en contra del ya
depauperado deporte y
por única vez en su
historia la temporada de
1946 pasó en blanco,
aunque no por ello la
afición dejó de recibir
el impacto emocional que
implica siempre la vista
de un cuadro extranjero:
jugó aquí el León de
México.
Se reanudó el torneo
oficial en 1947 y el
Centro Gallego se llevó
el octavo gallardete.
Vino el Libertad, de
Costa Rica.
En 1948 se creó la Liga
Profesional y desde
aquel momento se tuvo
que computar los
campeonatos desligando
lo amateur de lo
profesional. Así,
Juventud Asturiana ganó
para sus vitrinas su
último cetro amateur,
mientras el Puentes
Grandes iniciaba su
cadena de victorias
profesionales que se
extendería a tres para
ser detenida en 1951 por
el Centro Gallego, cuya
bandera arribó así al
noveno campeonato para
colocarse de líder en
ese importante
departamento.
Ceiba, Hispano y San
Francisco ganaron los
Campeonatos amateurs en
1949, 1950 y 1951,
respectivamente,
perdiendo el primero de
los mencionados el
título nacional por
segunda vez para los
habaneros, frente a los
orientales que se
hicieron representar por
los Diablos Rojos de Baltony (Central
Almeida).
Desde la implantación
del profesionalismo han
pasado varios equipos
por Cuba. Primero el
España, de México;
después el New York Americans, de
EE.UU.; el
León, de México; el
Veracruz, de México; el Botafogo,
de Brasil; y el
Marte, de México.
Después llegaron el
Atlético de Madrid,
Real Madrid y el
Sporting de Gijón, de
España; el Deportivo
Cali, de Colombia; y la
selección juvenil de
México.
El equipo San
Francisco ganó desde el
año 1951 al 55 cinco
campeonatos seguidos
implantando un récord
con un gran equipo de la
barriada de La Habana
Vieja con una gran
tradición en el fútbol
cubano junto con otros
equipos como el España, el Deportivo
Luz, el Racing Club, el
River Plate, el Alameda.
Pero los
franciscanos fueron los máximos
representantes de ese
fútbol técnico y
vigoroso de una barriada
que era plenamente
futbolista.
El Casino Español ganó
el campeonato 1956 con
algunos jugadores de
origen español y otros
cubanos. En 1957 volvió
el San Francisco a ganar
con un renovado equipo
de jóvenes figuras y
cedió ante el poderoso
equipo Mordazo de la
famosa barriada de
Puentes Grandes, cuna de
grandes futbolistas
cubanos. El propio
Puentes Grandes ganó los
campeonatos de 1958 y 1959.
El Cerro F.C.
ganó el del año 1960
y el Mordazo volvió a
ganar el cetro en 1961, siendo el último
campeón de la antigua
era del fútbol cubano.
Durante esta década de
los 50 se producen
también hechos muy
significativos en el
fútbol cubano, como la
presencia en Cuba por
primera vez de un equipo
de fútbol femenino de la
hermana Costa Rica. Su
selección nacional vence
en el estadio Pedro
Marrero a un equipo
cubano femenino.
Conjunto al que
hay que reconocer grandes
méritos por ser el
primero. Estuvo bajo la dirección
del que ha sido una
gloria dentro del fútbol
cubano, Mario Cubas
Valdés “Mayorcas”,
incansable luchador por
el deporte cubano de la
barriada de Ceiba,
Puentes Grandes.
También se consolida el
fútbol en las
provincias, destacándose
el colegio Dolores, de
Santiago de Cuba (1952);
el Libertad, de
Camagüey (1953); provincia
con un gran movimiento
futbolístico bajo la
dirección posterior de
Amador Fernández y un
grupo de veteranos;
Mascota, Pellerano, el
Curro, López Palla y
otros entusiastas que
logran elevar
considerablemente el
fútbol provincial
camagüeyano.
La provincia de Las
Villas, también
consolida en Sagua la
Grande, Zulueta,
Placetas, Remedios y la
propia Santa Clara un
poderoso trabajo que le
dará en el futuro
brillantes éxitos dentro
del fútbol nacional.
Nos llega a principios
de la década de los 60,
el que sería a la
postre, el mejor jugador
extranjero visto en
Cuba, de nacionalidad
angolana, Antonio Dos
Santos, que viene a
estudiar a Cuba, se
convierte en jugador del
equipo universitario y
luego del
famoso equipo
Industriales, para
después jugar con la
Selección Nacional de
nuestro país.
Durante la década de los
50, un hombre laborioso,
tenaz y organizado
trabajó incansablemente
por el desarrollo del
fútbol cubano: Jesús Gironela Fortuna.
Viajó
a provincias organizando
Federaciones
Provinciales, trabajó
con las Categorías
Escolares y Juveniles,
luchó por la
construcción de un
terreno de fútbol, el
Campo México, donde
invirtió hasta sus
ahorros y su salario
como trabajador de CMQ.
Este trabajador
incansable nos legó a
las futuras generaciones
de futbolistas su
ejemplo, por lo que se
constituyó desde el año
1993 la Copa Jesús Girondella
In Memoriam,
como homenaje a su
figura.
A partir del año 1963
comienza la nueva
estructura del fútbol
cubano, dirigida ya por
el INDER y con equipos
representativos de
provincias, que
discutirían los
campeonatos nacionales.
Desde
este momento se inicia la
etapa
moderna del fútbol
cubano, esta segunda parte
merece un análisis
profundo que completará
la Historia del Fútbol
Cubano hasta el
presente.
Mayo de 1996
La Habana, Cuba |