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Hace un siglo que llegó
el fútbol a esta Isla.
En realidad, fue un poco
antes, porque ya desde
principios del XX se
registran algunos
partidos no muy bien
organizados, pero el
primer juego oficial fue
celebrado el
11 de
diciembre de 1911. Fecha
que poco después sería
reconocida como el día
del fútbol cubano, que,
de más está decirlo,
cumple cien años.
En el resto del
continente, estos
partidos iniciales
tuvieron un patrón
común: marineros
ingleses, ociosos, que
bajaban del barco a
estirar las piernas, la
bola de cuero y las
patadas entre la risa y
el té; lugareños que se
acercaban, tímidos,
grandes ojos
acristalados y la
curiosidad. Así entró en
las venas de América.
Cuba, no fue la
excepción, sin embargo,
el posterior desarrollo
del deporte estuvo
ligado a la emigración
gallega y asturiana.
Por eso, mientras en
otros países latinos
aparecían como Arsenal,
Newell’s Old Boys o
River Plate; nosotros
teníamos al Centro
Gallego, la Juventud
Asturiana y el Club
Iberia. Esta diferencia
de linajes se vio en
aquel primer partido,
que en realidad no lo
fue tanto. De un lado,
ingleses, escoceses,
galeses e irlandeses,
bajo la bandera del
Rovers; del otro,
españoles y cubanos,
militando en un club con
nombre dominicano y
sangre taína: Hatuey.
Aunque en aquella
ocasión ganaron los
anglosajones, en lo
adelante no sería igual.
Fueron las sociedades
españolas quienes
promovieron, financiaron
y auparon la práctica
del fútbol en Cuba. Ya
no como colonizadores,
sino bajo la piel de
inmigrantes nostálgicos,
negados a olvidar sus
raíces. Y, a semejanza
de otros rasgos, el
balón de cuero acabó
aplatanándose.
Fue así cómo este
deporte llegó a nuestra
cultura, por la misma
vía que lo hicieron los
patios interiores, el
catolicismo o la
impuntualidad. Aunque
muchos no lo reconozcan
o no lo entiendan, que
es casi lo mismo, en un
país donde coexisten
descendientes de judíos
y celtas, cantoneses y
haitianos, el fútbol,
tan universal como
Beethoven o la risa,
también es parte de su
identidad.
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No solo eso, aunque no
del todo conocidas,
tuvo, además, sus
páginas de gloria. Como
el triunfo sobre Suecia
en la
Copa Mundial de
1938 o los cinco títulos
Centroamericanos —récord
en el área— o el segundo
lugar en los
Panamericanos de 1979.
Momentos que, desde
luego, también tuvieron
sus héroes:
Mario López,
Juan Tuña, Fernando
Blanco, José Minsal,
Pedro Castillo, Ramón
Peñalver, Ángel Piedra,
Julio Blanco, Sergio
Padrón,
Juan Antonio
Lotina, Andrés Acosta,
José Verdecia, Jorge
Massó, Francisco
Fariñas, Andrés Roldán,
Regino Delgado,
José
Francisco Reinoso y
muchos otros que
dedicaron su vida a este
deporte a lo largo de
estos cien años. Para
ellos, se hace este
dossier.
La comparación con el
béisbol, más que ociosa,
ya resulta insustancial.
Es evidente que todos
seguiremos virándonos en
tres y dos, dando bases
por bola o mandando
fouls a la malla. La
pelota, con todas sus
sorpresas, alegrías y
ataques al corazón, es
una tradición
insustituible. No se
trata de cambiar un
deporte por otro.
Pero el fútbol detiene a
un planeta entero —con
nosotros dentro— cada
cuatro años y, a veces,
incluso antes. Basta con
que salgan a la cancha
aquellos jugadores que
ya no necesitan ni
llevar su nombre en la
camiseta, porque todo el
mundo los conoce. Los
mismos a quienes imitan
todos esos niños —que
cada vez son más— cuando
corren sobre el asfalto,
el césped o la arena,
detrás del balón. Una
práctica que también
llevamos, hace poco más
de un siglo, en nuestra
sangre polícroma.
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