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En cierta ocasión
durante un encuentro con
amigos árabes, me
invitaron con toda la
naturalidad de la vida a
tomar batido de
aguacate, porque muchas
culturas aprecian a la
Persea americana,
—aguacate, palta, cura,
avocado o abacate, según
la región del mundo—
como fruta, no como
parte de una ensalada.
El primer sorbo bajó
como un purgante,
disimulado, para no
ofender. Y no dio tiempo
para apreciar sutilezas.
El segundo ya fue menos
exótico, pero igual de
difícil porque iba con
poca azúcar. El tercero,
con más calma y menos
prejuicio, dejó sentir
la suavidad delicada y
un gusto singular pero
no desagradable.
Los cubanos somos muy
apegados a las cosas muy
dulces.
“Cuando la cosa se puso
‘apretá’ en los años 90
—me contaba un amigo—
una de las cosas que más
sentí fue la difícil
solución del postre en
la mesa familiar.
“En la crisis de aquella
época —decía— para la
comida siempre aparecía
una alternativa, pero
los cubanos habíamos
perdimos mucha tradición
dulcera que los
antecesores sabían
hacer, habiendo vivido
en el país de la
azúcar.”
De modo personal tengo
muchos recuerdos de la
infancia apegados a los
dulces caseros.
Mi abuela hacía
mermelada de guayabas
—la más común—, pero
también de mango o
frutabomba —la sabrosa
papaya madura, que es
como se llama
verdaderamente— y que
también hacía medio
verde, en cuadritos y
almíbar; forma que usaba
con la remolacha, que no
me gustaba tanto, pero
igual me la zampaba y a
mi hermano y a mí nos
ponía la boca púrpura
que nos hacía parecer
vampiros.
Un almíbar parecida le
hacía a la masa de la
toronja hervida y a la
que le botaba el agua
tres veces para matarle
el amargor. Recuerdo el
divino dulce de coco
rallado, al que muchas
veces le agregaba
zanahoria también rayada
y/o trocitos de piña y
que regaba con jugo de
naranja.
Cuando en casa de mi
abuela hacían casquitos
de guayaba con queso era
el súmmum de toda
creación.
Luego se perdió la
tradición y olvidamos
muchos sabores y creímos
que postres eran solo el
sabroso flan de calabaza
que hacía mi mamá con
trocitos de maní, o el
pudín genial de mi tía
que tenía sabor a fiesta
de invierno porque le
ponía un poco de vino
blanco y uvas pasas, o
la ya globalizada
gelatina y el helado.
Entonces comenzamos a
ver, como cosas de
campesino o de gente con
gusto provinciano la
natilla, el boniatillo,
las torrejas, los
buñuelos en almíbar, el
arroz con leche y su
toque de canela, el
majarete celestial, los
“coquitos prietos”, el
dulce de mango con
semillas o el humilde
“pan con timba”1.
Muchos varones en la
etapa de la escuela al
campo, por gracias y
para provocar repulsión
a las hembras, le ponían
al arroz mermelada de
mango por aquella frase
de “arroz con mango” y
que en el imaginario
cubano significa lío,
desorden o enredo, sin
saber que “salao con
dulce” —otra frase muy
cubana— es en el fondo
un modo como otro
cualquiera de anteponer
contrastes.
Pero la verdad —que bien
pudiera ser chocante
para otros en otras
partes del mundo— es que
los cubanos amamos los
dulces y en muchas casas
cubanas después de toda
comida hay siempre un
postre para cerrar una
buena mesa por muy
frugal que resulte.
Las recetas se han
perdido o se desconocen
o son ignoradas ante la
avalancha de confituras
—sabrosas, sin duda—
envueltas en papeles
brillantes y diseños
atractivos y plagadas de
edulcorantes y
colorantes sintéticos.
Cada cual que elija su
mejor modo de vivir.
Por si “un acaso”
recuerdo aquí algunas
recetas para quienes
deseen pasar una tarde
tranquila y rodeado de
amigos haciendo dulces
caseros y dándole a la
vida un momento de paz
en este mundo
vertiginoso y a veces
truculento.
(Las proporciones han
sido concebidas para
cuatro personas.)
NATILLA
3 cucharadas de maicena
3 tazas de leche
½ taza de azúcar
1 cascarita de limón
verde
1 ramita de canela
3 yemas de huevo
1 cucharadita de
vainilla
1 cucharadita de canela
en polvo
Hervir la leche con la
cascarita de limón y la
canela. Añadir el
azúcar, revolver hasta
disolverla. Aparte, en
un poquito de leche,
diluir la maicena y
mezclarla con las yemas
batidas. Agregar la
leche gradualmente y
volver a ponerla al
fuego lento; revolver
hasta que cuaje. Retirar
del calor e incorporar
la vainilla sin dejar de
mover. Refrescar, verter
en una dulcera y
polvorear con canela.
BONIATILLO
1 libra de boniato
1 libra de azúcar
½ litro de agua
1 ramita de canela
2 yemas de huevo
1 cucharada de vino seco
½ cucharadita de canela
en polvo
Hervir los boniatos y
reducir a puré. Hacer un
almíbar ligero con el
agua, azúcar y la rajita
de canela. Retirar del
calor y añadir caliente
al puré de boniato, poco
a poco y revolver hasta
unirlo todo bien. Si se
desea se pasa por la
batidora para lograr una
mezcla más fina.
Cocinar a fuego moderado
y revolver hasta que se
espese. Aparte, batir
las yemas y añadirles
gradualmente las
cucharadas de vino seco.
A esta mezcla se le
vierte un poquito del
boniatillo, se une bien
y se adiciona al resto.
Volver a poner al fuego
y cocinar por unos
minutos, sin dejar de
revolver. Se retira del
calor y después de
refrescarlo, se vierte
en una dulcera y se
polvorea con canela.
ARROZ CON LECHE
½ taza de arroz
2 tazas de leche
1 taza de azúcar
Canela en rama y molida
Corteza de ½ limón
Cocinar el arroz con
abundante agua y una
pizca de sal, la canela
en rama y la cáscara de
limón hasta que esté
casi seco y quede bien
blando. Adicionar la
leche, el azúcar y
seguir cocinando hasta
que se espese; revolver
eventualmente para que
no se pegue. Servir en
porciones y dejar
enfriar. Sobre el arroz
con leche agregar a
gusto canela en polvo.
MAJARETE
9 mazorcas de maíz
tierno
1 litro de leche
¾ libra de azúcar
1 cucharadita de canela
molida
Unos granitos de anís
Limpiar bien las
mazorcas de maíz y
rallarlas. Colocar las
tusas peladas en un
recipiente hondo con
medio litro de agua y
exprimirlas bien para
extraerles la leche que
pueda quedarles. Mezclar
con el maíz rallado,
unir bien y pasar por un
colador fino. Añadir la
leche, el azúcar y unos
granitos de anís si lo
desea. Cocinar a fuego
lento y moverlo
continuamente hasta que
espese. Retirar del
calor y verter en una
dulcera. Polvorear con
canela.
TORREJAS
1 libra de pan de
corteza dura
1 lata de leche
condensada
½ taza de agua
2 cucharadas de vino
seco
2 yemas de huevo
1 taza de aceite vegetal
¼ cucharadita de sal
1 pizca de canela molida
½ cucharadita de
vainilla
1 taza de almíbar
3 huevos batidos
Mezclar la leche
condensada con el agua,
el vino seco, las yemas,
la sal, la canela y la
vainilla. Remojar el pan
rebanado en rodajas
durante dos o tres
minutos en esta mezcla.
Pasar las rebanadas de
pan por el huevo batido
y freírlas en el aceite
vegetal a fuego vivo
hasta que estén doradas.
Dejarlas enfriar y
echarles por encima
almíbar.
BUÑUELOS EN ALMÍBAR
2 libras de yuca
2 huevos
1 cucharadita de sal
1 cucharadita de anís en
grano
¼ taza de harina de
trigo
Aceite vegetal para
freír
2 tazas de azúcar blanca
1 taza de agua
¼ cucharadita de jugo de
limón
1 pedazo de canela en
rama
1 cucharadita de
vainilla
Pelar la yuca y
cocinarla en agua
hirviendo sin dejar que
se ablande demasiado.
Antes que se enfríe,
pasarla por la máquina
de moler utilizando la
cuchilla más fina.
Amasarla con los huevos
batidos, el anís, la sal
y la harina de trigo
hasta que no se pegue a
los dedos. Formar con la
masa unos cilindros de
dos centímetros de
diámetro y darles forma
de número ocho. Freírlos
en el aceite caliente.
Aparte, elaborar un
almíbar poniendo al
fuego el agua, el
azúcar, el limón y la
canela. Dejarlos hervir
durante cinco minutos.
Añadir la vainilla al
bajarlos del fuego.
Verter ese almíbar, ya
refrescado, sobre los
buñuelos al momento de
servirlos.
Nota:
1-
“Pan con timba”
es el nombre de una
merienda tipo
“tentempié” hecha con
pan y dulce compacto de
guayaba, al modo del
ancestral dulce español
membrillo, y que comían
los trabajadores
antillanos muy pobres
—fundamentalmente de
Jamaica— que venían a
Cuba a buscar empleo en
las duras faenas de la
zafra azucarera.
Según afirman algunos
Thimber o Timberg era el
nombre de una fábrica de
este tipo de dulces que
vendían en pequeñas
cajas alargadas y con el
nombre del fabricante
grabado a fuego en la
tapa. La pronunciación
de los obreros
jamaiquinos al modo
británico era oída por
los cubanos como “timba”.
Era preferido por
ser baratísimo y
“sostener” durante
horas. Creo que sostener
se explica por sí solo
¿o no? |