La Habana. Año X.
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Cuando nos acompaña la música
de los Van Van
Guille Vilar • La Habana

Si usted desea desplazarse desde un lugar a otro, tiene a su disposición conocidos medios de transporte, ya sea un coche tirado por caballos, un avión, un barco, un camión o un automóvil. Sin embargo, hay un tren,  específicamente el llamado “Tren de la música cubana”, que tiene en su maquinaria componentes de los medios antes mencionados y, por tal razón, muchos queremos montar en los carros de sus melodías. En un patrimonio tan enriquecedor como el de la música bailable actual, conviven aquellos que no renuncian al encanto de pasear en coche mientras otros marcan la diferencia con la vertiginosa rapidez del auto, diapasón bien amplio para que cada quien escoja su modo de viajar; pero la afinidad de la mayoría de nuestro pueblo por los Van Van es un derecho ganado con asaltos de audacia y a puro talento.

Se sabe que la orquesta de Juan Formell constituye un  fenómeno complejo sin antecedentes en nuestro entorno cultural, al punto que hablar de esta agrupación significa hacer referencia a un nuevo género musical por sí mismo, merecido logro alcanzado por el empeño de proteger una rúbrica inconfundible en medio de incesantes búsquedas expresivas. Mientras que para otros la repetición de fórmulas inertes implica un inevitable fracaso, con los Van Van se comparte el placer al ejecutar sonidos de indeleble identidad por los que pagarían un costo elevado si un día no se escucharan.

Precisamente en el CD La Maquinaria, la más reciente entrega discográfica que vio la luz bajo el sello EGREM, piezas de Formell como la que da título al disco con la impronta del cantante Roberto Hernández (Robertón) y “Qué tiene ese guajiro”, interpretada por Yenisel Valdes (Yeni), están marcadas por la familiar cadencia de la euforia contenida entre los marcos de un acompasado sabor. Otro seguro éxito del nuevo disco —en la misma cuerda que las obras anteriores— es “La bobería”, donde el binomio autoral de Abdel Rasalps (El Lele) y Roberto Carlos Rodríguez (Cucurucho), conocedores de los códigos del maestro, plasmó este auténtico producto “formeliano”, logrando una de esas piezas que gracias a la cubanísima soltura de El Lele, nos hace exclamar: ¡qué lastima que no sea un songo interminable! Pero, al mismo tiempo, en estos temas hallamos la sutil experimentación de la modernidad matizada por aires caribeños y folclóricos que permiten establecer una comunicación inmediata.

Quienes critican la persistencia de semejante concepto de realización, desconocen el impacto de una huella convertida en tradición cuya ubicación afectiva está muy por encima de otros modos que pudieran estar de moda. Es el sello de una implacable vigencia que, incluso, no se podrá desconocer en tiempos que están por venir. Esta visión de Formell como adivino del oráculo “vanvanero”, se manifiesta, además, en el reciclaje de clásicos de la orquesta que ni siquiera aquellos que hoy tienen más de 30 años, pudieron conocer en su plena efervescencia; tal es el caso de “Recíbeme” y “Eso que anda”, verdaderas joyas para el bailador, plasmadas en el inconfundible estilo de Pedrito Calvo y que ahora corresponde a El Lele y a Robertón, respectivamente, elevarles el valor en la subasta de los escenarios actuales.

Si el CD Arrasando ha sido considerado un disco de transición en tanto se toma en consideración cada vez más la creatividad de la savia fresca de los jóvenes músicos, en La Maquinaria, Formell ha concebido la mitad de las pistas a partir de obras de otros —agradecida opción para el desarrollo de compositores como El Lele y Cucurucho en la mencionada “La Bobería”, el flautista Jorge Leliebre en “Un año después”, el cantante Mayito Rivera en “Mis santos son ustedes”, “Yo no le temo a la vida” del batería Samuel Formell y “Control” de Juan Carlos, su otro hijo— todos movidos temas con acentos propios de sus creadores, pero que saben hacia dónde es el viaje cuando se trata de los Van Van.

Para nada ha sido casual que la portada del disco La Maquinaria sea un cuadro del relevante pintor cubano Kcho, especie de autobote donde aparece montada la orquesta con una inmensa enseña nacional, la misma que palpita en nuestros corazones cuando nos acompaña la música de los Van Van.

 
 
 
 
   
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.