La Habana. Año X.
24 al 30 de DICIEMBRE 

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Decálogo + un arquero
Jesús Adonis Martínez • La Habana

I. El Grito

Hay veces, cuando pierde mi equipo, en que grito el envés de un goooool, como si fuera una criatura de Edvard Munch. Me hago un fantasma, un ser filiforme, doblado por las inclemencias del mundo: por ese cielo anaranjado y senil, por ese mar o ese lago vertiginoso y coagulado a un tiempo, por ese Messi que recibió un pase de Xavi o Iniesta, controló al espacio, gambeteó al primer defensa en una baldosa, pegó el balón a su botín, apuntó con la cabeza hacia un lado y se perdió hacia el otro ante el asombro de un millonario que cree ser futbolista, se metió en el área, le robó una pieza a otro maniquí de pantalones cortos, sacó el periscopio, supo que el mundo se le regalaba solo para patearlo con rabia, pero decidió acariciarlo, hacerlo levitar sobre la humanidad del arquero (Casillas o Munch o quien sea), testigo excepcional de cuando el cuero se hizo orbe y luego cometa y luego gol y enseguida un grito, o su reverso, algo ya pintado en el año 1893, algo tan esencial e inevitable que ya existía desde siempre.     

Alguien me dice en un bar de La Habana:

—Te pasa por irle en contra al Barça.

Todavía estoy gritando el gol y secretamente añoro una goleada en contra, total, esto sí que no es una pipa, sino fútbol, un arte extrañísimo, tan extraño como el que contiene una lata de sopa Campbell, las grietas de un Stradivarius o un trigal mirado por un loco.

—Quién te manda a apostar por el Real Madrid.

Yo, que tengo la manía de encontrarle el lado humano a Lars von Trier, que metódicamente subo los pies (con o sin zapatos, con o sin…) sobre la mesa de noche y giro el rostro para cegarme con la página en blanco, que a veces sueño con regalarle una rosa y un botiquín a Sacher Masoch; respondo cualquier tontería y sigo mirando el partido.

II. Habanastation

Cae la lluvia. Suena la música y no es Gene Kelly esta vez. No hay paraguas. Las tiendas de Cherburgo cerraron hoy. No diluvia en París ni en Manhattan. La tempestad no amenaza un navío en el que tal vez navegue Errol Flynn. Bajo el agua unos muchachos patean un balón que rueda y salta en el fango de un barrio cualquiera de La Habana, Cuba. Mientras la música suena, Elpidio mete un golazo.

III. La Mano de Dios

Estoy mirando este viejo partido en el que Maradona se encarama sobre todas las Biblias del universo y les cuela el primer gol a los ingleses; les mete la mano —con todos sus dedos— hasta el fondo. Allá en lo último alcanza a tocar las Malvinas y, de alguna manera, rescata a aquellos pichiciegos, de quienes nos contara Fogwill. Fue un primer sorbo de claridad infinita, una buena chupada de yerba, la venganza del mate contra el té.

IV. El gol es sueño

Maradona sueña que anota el mejor gol de la historia de los mundiales. Ha decidido hacérselo a los ingleses, inventores del fútbol, la máquina de vapor y otras nimiedades. Sueña que gira, se va de dos, empuja la pelota un poco más lejos, sin embargo, la alcanza y se quita otra marca, avanza así hasta el final, los ingleses corren para robarle el balón, pero no se les ocurre despertarlo. Maradona termina la jugada. Es un gol hermoso. Los ingleses no sabían que la vida es sueño. Ellos inventaron el fútbol, pero en la escuela no leyeron a Calderón. A Shakespeare sí, pero no lo comprendieron.

V. Rayuela

El pibe de Villa Fiorito chuta demasiado fuerte y el balón se estrella contra la cabeza de otro chico, literal y figuradamente fuera de juego. Oliveira se va moqueando de rabia a jugar a la Rayuela. El tejo cae en la casilla número 10.

VI. Cine de autor

El director dice que esto es cine de autor. Sí, que Zidane meterá el primer gol a lo Panenka, ante Bufón, el mejor arquero del mundo. Después el partido se empatará y el héroe que trajo a las huestes galas hasta la batalla definitiva, deberá salir de la historia. Así que el guionista escribe un bocadillo secreto para que Materazzi, un oscuro actor de reparto, provoque el exabrupto que pondrá fuera de fuego al protagonista. Ya se presiente el final. Pero nada se decide hasta las últimas escenas, como en una obra del maestro Hitchcock. Ahora entra en acción Trezeguet, el otro ídolo olvidado. Pero Trezeguet está maldito y falla el penalti. Bien que lo habían previsto los astros, dice Domenech, alter ego caricaturesco del director de esta cinta que no puede tener un final feliz. Roma, una vez más, conquista el Mundo, aunque Zidane gane el Oscar al mejor actor principal.

VII. Centenario

Un muchacho camina por el Vedado y programa dos temas en su i-pod. La voz de Freddy se le mete en la cabeza como un aluvión metálico:  We are the champions, We are the champions, No time for losers, Cause we are the champions of the world.

Cinco minutos después: Barcelooona… Barcelooona…

Hoy es 11 de diciembre de 2011, día del centenario del fútbol en Cuba.

Barcelona… Barcelona… We are the champions, my friend…

VIII. Tríptico fotográfico

Primero: El poeta oprime el obturador un segundo después del disparo:

¡Cómo! fue interceptada/ por lo pez y fugaz de tu estirada. / Te sorprendió el fotógrafo el momento/ más bello de tu historia/ deportiva, tumbándote en el viento/ para evitar victoria, / y un ventalle de palmas te aireó gloria. / Y te quedaste en la fotografía,
a un metro del alpiste, / con tu vida mejor en vilo, en vía/ ya de tu muerte triste, /
sin coger el balón que ya cogiste.
(“Elegía al guardameta”, Miguel Hernández).

Segundo: El poeta observa un álbum de fotos viejas:

(...) la verdadera verdad de las cosas/ es que nosotros éramos gente de acción/ a nuestros ojos el mundo se reducía/ al tamaño de una pelota de fútbol/ y patearla era nuestro delirio/ nuestra razón de ser adolescentes. (“Los profesores”, Nicanor Parra).

Tercero: Dos poetas, en una misma ribera del Plata, miran fotos distintas en páginas opuestas del mismo diario:

Les has ganado a tus sombras, aleluya. (“Hoy tu tiempo es real” —dedicado a Maradona—, Mario Benedetti).

Durante más de un siglo el árbitro se vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores. (“El árbitro”, Eduardo Galeano).

IX. Contrapunteo cubano

En cualquier baldío de Marianao (o Miramar) o en una parcela recóndita que descansa en barbecho, se cumple un nuevo contrapunteo cubano: entre el béisbol y el balompié. Los muchachos toman una laja, la escupen por una cara, y la lanzan hacia arriba. Si cae mojado, se arma el pitén; si seco, clavan dos estacas —las jambas de la puerta— en cada extremo del campo.

Cuando la losa rompe algún cristal del cielo y no regresa a la tierra, la muchachada no sabe qué hacer. A veces sueñan con engendrar un juego raro, hijo bastardo y mostrenco de las deidades tutelares enfrentadas. ¿Sería un nuevo vestigio del absurdo cotidiano insular; el advenimiento del “potens, que es lo posible’ en la infinidad”: otra consecuencia de la cópula entre la marta y el gato; un pliegue desde siempre inevitable de lo real maravilloso? Yo no sé…

X. El fútbol bicentenario + 1

a) Oléee, oléee, oléee, oléee…, ulula la hinchada.

b) Goool…, aúllan los jugadores, los aficionados, la mascota oficial del torneo, los relatores de las cadenas extranjeras. En la pizarra holográfica (“pizarra” es un arcaísmo) que flota sobre el campo, fulgura un letrero: Gooool… de Cuba.

c) La selección nacional cubana, en un sofisticado escenario de la megacapital de la Isla, vence por goleada a Brasil. Cuba es el nuevo Campeón de la Copa Mundial 2112, repiten en los vociferantes noticiarios del futuro.

XI. Borges cuenta el milagro secreto de un penalti conjetural

Una noche Jaromir Hladík soñó con un largo juego de fútbol. El partido había comenzado hacía muchos siglos, pero en los relojes resonaba la hora de la impostergable jugada. Hladík despertó y volvió a dormirse muchas veces.

Bajo el arco, a 12 pasos de aquella perfecta invención blanquinegra, el cerbero Hladík pidió a Dios conocer las exactas coordenadas, la trayectoria designada desde la eternidad para aquel balón que habría de partir en instantes.

El universo físico se detuvo.

Ya había sonado el silbato. La esfera estuvo a punto de recibir la embestida, pero su alma fugitiva permaneció congelada. Al arquero le fue concedido su deseo. Tuvo un año para reflexionar, para calcular todas las probabilidades y descubrir la única verdadera. Arribó a la certeza de que debía lanzarse a la derecha, sería un remate cruzado. Dios no lo confundiría si antes detuvo el mundo a su favor. Se vio a sí mismo muchas veces, volando hacia el poste indicado. Inexorablemente, cambiaba el destino del balón y sus redes permanecían vírgenes.

De repente, sintió un sonido seco y vino el remate, paralelo, raso, rozando el palo opuesto al elegido por el guardameta. Jaromir Hladík sintió, en su vuelo, cómo todo acababa. Cayó al pasto, junto a la columna presentida. Intuyó entonces la secreta petición del cobrador, concedida una fracción de segundo después de la suya por el mismo Dios Todopoderoso.

 
 
 
 


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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.