|
I. El Grito
Hay veces, cuando pierde
mi equipo, en que grito
el envés de un goooool,
como si fuera una
criatura de Edvard Munch.
Me hago un fantasma, un
ser filiforme, doblado
por las inclemencias del
mundo: por ese cielo
anaranjado y senil, por
ese mar o ese lago
vertiginoso y coagulado
a un tiempo, por ese
Messi que recibió un
pase de Xavi o Iniesta,
controló al espacio,
gambeteó al primer
defensa en una baldosa,
pegó el balón a su
botín, apuntó con la
cabeza hacia un lado y
se perdió hacia el otro
ante el asombro de un
millonario que cree ser
futbolista, se metió en
el área, le robó una
pieza a otro maniquí de
pantalones cortos, sacó
el periscopio, supo que
el mundo se le regalaba
solo para patearlo con
rabia, pero decidió
acariciarlo, hacerlo
levitar sobre la
humanidad del arquero
(Casillas o Munch o
quien sea), testigo
excepcional de cuando el
cuero se hizo orbe y
luego cometa y luego gol
y enseguida un grito, o
su reverso, algo ya
pintado en el año 1893,
algo tan esencial e
inevitable que ya
existía desde siempre.
Alguien me dice en un
bar de La Habana:
—Te pasa por irle en
contra al Barça.
Todavía estoy gritando
el gol y secretamente
añoro una goleada en
contra, total, esto sí
que no es una pipa, sino
fútbol, un arte
extrañísimo, tan extraño
como el que contiene una
lata de sopa Campbell,
las grietas de un
Stradivarius o un trigal
mirado por un loco.
—Quién te manda a
apostar por el Real
Madrid.
Yo, que tengo la manía
de encontrarle el lado
humano a Lars von Trier,
que metódicamente subo
los pies
(con o sin zapatos, con
o sin…)
sobre la mesa de noche y
giro el rostro para
cegarme con la página en
blanco, que a veces
sueño con regalarle una
rosa y un botiquín a
Sacher Masoch; respondo
cualquier tontería y
sigo mirando el partido.
II. Habanastation
Cae la lluvia. Suena la
música y no es Gene
Kelly esta vez. No hay
paraguas. Las tiendas de
Cherburgo cerraron hoy.
No diluvia en París ni
en Manhattan. La
tempestad no amenaza un
navío en el que tal vez
navegue Errol Flynn.
Bajo el agua unos
muchachos patean un
balón que rueda y salta
en el fango de un barrio
cualquiera de La Habana,
Cuba. Mientras la música
suena, Elpidio mete un
golazo.
III. La Mano de Dios
Estoy mirando este viejo
partido en el que
Maradona se encarama
sobre todas las Biblias
del universo y les cuela
el primer gol a los
ingleses; les mete la
mano —con todos sus
dedos— hasta el fondo.
Allá en lo último
alcanza a tocar las
Malvinas y, de alguna
manera, rescata a
aquellos pichiciegos, de
quienes nos contara
Fogwill. Fue un primer
sorbo de claridad
infinita, una buena
chupada de yerba, la
venganza del mate contra
el té.
IV. El gol es sueño
Maradona sueña que anota
el mejor gol de la
historia de los
mundiales. Ha decidido
hacérselo a los
ingleses, inventores del
fútbol, la máquina de
vapor y otras
nimiedades. Sueña que
gira, se va de dos,
empuja la pelota un poco
más lejos, sin embargo,
la alcanza y se quita
otra marca, avanza así
hasta el final, los
ingleses corren para
robarle el balón, pero
no se les ocurre
despertarlo. Maradona
termina la jugada. Es un
gol hermoso. Los
ingleses no sabían que
la vida es sueño. Ellos
inventaron el fútbol,
pero en la escuela no
leyeron a Calderón. A
Shakespeare sí, pero no
lo comprendieron.
V. Rayuela
El pibe de Villa Fiorito
chuta demasiado fuerte y
el balón se estrella
contra la cabeza de otro
chico, literal y
figuradamente fuera de
juego. Oliveira se va
moqueando de rabia a
jugar a la Rayuela. El
tejo cae en la casilla
número 10.
VI. Cine de autor
El director dice que
esto es cine de autor.
Sí, que Zidane meterá el
primer gol a lo Panenka,
ante Bufón, el mejor
arquero del mundo.
Después el partido se
empatará y el héroe que
trajo a las huestes
galas hasta la batalla
definitiva, deberá salir
de la historia. Así que
el guionista escribe un
bocadillo secreto para
que Materazzi, un oscuro
actor de reparto,
provoque el exabrupto
que pondrá fuera de
fuego al protagonista.
Ya se presiente el
final. Pero nada se
decide hasta las últimas
escenas, como en una
obra del maestro
Hitchcock. Ahora entra
en acción Trezeguet, el
otro ídolo olvidado.
Pero Trezeguet está
maldito y falla el
penalti. Bien que lo
habían previsto los
astros, dice Domenech,
alter ego caricaturesco
del director de esta
cinta que no puede tener
un final feliz. Roma,
una vez más, conquista
el Mundo, aunque Zidane
gane el Oscar al mejor
actor principal.
VII. Centenario
Un muchacho camina por
el Vedado y programa dos
temas en su i-pod.
La voz de Freddy se le
mete en la cabeza como
un aluvión metálico: We
are the champions, We
are the champions, No
time for losers, Cause
we are the champions of
the world.
Cinco minutos después:
Barcelooona…
Barcelooona…
Hoy es 11 de diciembre
de 2011, día del
centenario del fútbol en
Cuba.
Barcelona… Barcelona… We
are the champions, my
friend…
VIII. Tríptico
fotográfico
Primero: El poeta oprime
el obturador un segundo
después del disparo:
¡Cómo! fue interceptada/
por lo pez y fugaz de tu
estirada. / Te
sorprendió el fotógrafo
el momento/ más bello de
tu historia/ deportiva,
tumbándote en el viento/
para evitar victoria, /
y un ventalle de palmas
te aireó gloria. / Y te
quedaste en la
fotografía,
a un metro del alpiste,
/ con tu vida mejor en
vilo, en vía/ ya de tu
muerte triste, /
sin coger el balón que
ya cogiste.
(“Elegía al guardameta”,
Miguel Hernández).
Segundo: El poeta
observa un álbum de
fotos viejas:
(...) la verdadera
verdad de las cosas/ es
que nosotros éramos
gente de acción/ a
nuestros ojos el mundo
se reducía/ al tamaño de
una pelota de fútbol/ y
patearla era nuestro
delirio/ nuestra razón
de ser adolescentes.
(“Los profesores”,
Nicanor Parra).
Tercero: Dos poetas, en
una misma ribera del
Plata, miran fotos
distintas en páginas
opuestas del mismo
diario:
Les has ganado a tus
sombras, aleluya.
(“Hoy tu tiempo es real”
—dedicado a Maradona—,
Mario Benedetti).
Durante más de un siglo
el árbitro se vistió de
luto. ¿Por quién? Por
él. Ahora disimula con
colores.
(“El árbitro”, Eduardo
Galeano).
IX. Contrapunteo cubano
En cualquier baldío de
Marianao (o Miramar) o
en una parcela recóndita
que descansa en
barbecho, se cumple un
nuevo contrapunteo
cubano: entre el béisbol
y el balompié. Los
muchachos toman una
laja, la escupen por una
cara, y la lanzan hacia
arriba. Si cae mojado,
se arma el pitén; si
seco, clavan dos estacas
—las jambas de la
puerta— en cada extremo
del campo.
Cuando la losa rompe
algún cristal del cielo
y no regresa a la
tierra, la muchachada no
sabe qué hacer. A veces
sueñan con engendrar un
juego raro, hijo
bastardo y mostrenco de
las deidades tutelares
enfrentadas. ¿Sería un
nuevo vestigio del
absurdo cotidiano
insular; el advenimiento
del
“potens, que es lo ‘posible’
en la infinidad”:
otra consecuencia de la
cópula entre la marta y
el gato;
un pliegue desde siempre
inevitable de lo real
maravilloso? Yo
no sé…
X. El fútbol
bicentenario + 1
a) Oléee, oléee, oléee,
oléee…, ulula la
hinchada.
b) Goool…, aúllan los
jugadores, los
aficionados, la mascota
oficial del torneo, los
relatores de las cadenas
extranjeras. En la
pizarra holográfica
(“pizarra” es un
arcaísmo) que flota
sobre el campo, fulgura
un letrero: Gooool… de
Cuba.
c) La selección nacional
cubana, en un
sofisticado escenario de
la megacapital de la
Isla, vence por goleada
a Brasil. Cuba es el
nuevo Campeón de la Copa
Mundial 2112, repiten en
los vociferantes
noticiarios del futuro.
XI. Borges cuenta el
milagro secreto de un
penalti conjetural
Una noche Jaromir Hladík
soñó con un largo juego
de fútbol. El partido
había comenzado hacía
muchos siglos, pero en
los relojes resonaba la
hora de la impostergable
jugada. Hladík despertó
y volvió a dormirse
muchas veces.
Bajo el arco, a 12 pasos
de aquella perfecta
invención blanquinegra,
el cerbero Hladík pidió
a Dios conocer las
exactas coordenadas, la
trayectoria designada
desde la eternidad para
aquel balón que habría
de partir en instantes.
El universo físico se
detuvo.
Ya había sonado el
silbato. La esfera
estuvo a punto de
recibir la embestida,
pero su alma fugitiva
permaneció congelada. Al
arquero le fue concedido
su deseo. Tuvo un año
para reflexionar, para
calcular todas las
probabilidades y
descubrir la única
verdadera. Arribó a la
certeza de que debía
lanzarse a la derecha,
sería un remate cruzado.
Dios no lo confundiría
si antes detuvo el mundo
a su favor. Se vio a sí
mismo muchas veces,
volando hacia el poste
indicado.
Inexorablemente,
cambiaba el destino del
balón y sus redes
permanecían vírgenes.
De repente, sintió un
sonido seco y vino el
remate, paralelo, raso,
rozando el palo opuesto
al elegido por el
guardameta. Jaromir
Hladík sintió, en su
vuelo, cómo todo
acababa. Cayó al pasto,
junto a la columna
presentida. Intuyó
entonces la secreta
petición del cobrador,
concedida una fracción
de segundo después de la
suya por el mismo Dios
Todopoderoso. |