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Fútbol femenino
Las niñas que no juegan con muñecas
Mabel Machado • La Habana

Los periódicos y revistas que se leían en la década de los 30 en Cuba seguramente atendieron con no poca expectativa a un fenómeno inusual en el panorama deportivo de la Isla: aparecían las primeras mujeres futbolistas en las canchas dominadas por los hombres. Es probable que el Diario de la Marina haya dedicado alguna referencia al extravagante espectáculo en que las señoritas del Club Baleares y el equipo Juventud Asturiana se disputaron el balón, con el mismo alarde de elegancia y esbeltez con que caminaban en los paseos de tarde los domingos. Después, ni las muchachas ni los managers ni los empresarios mostraron demasiado interés en el fútbol para damas; pero en 1952, antes del golpe de Estado que dislocó las estrategias de juego de todo el país y también de la prensa, la conformación de los equipos Cuba y Habana quizá se haya agenciado algunos titulares.

Entre las uniformadas de rojo y azul se conformó el team que protagonizaría el primer partido internacional en el que participaron las futbolistas cubanas. El fundador del seleccionado, Mario Cubas Valdés (Mayorca), dirigió a las nacionales en el tope contra Costa Rica el 8 de junio de 1952 a las tres y media de la tarde, en el estadio La Tropical. El equipo empató, viajó al país de sus contrincantes un mes más tarde, pero el deporte no volvió a cobrar aliento hasta la mitad de los años 60, cuando se creó la Escuela de Educación Física y Deportes Manuel Fajardo. El fútbol se incluyó en los programas de estudios, se convirtió en el tema de trabajos de grado y llegaron a realizarse topes internos en la propia sede. Al final del siglo pasado nuevos terrenos y el impulso de Gregorio Dalmau (Goyo) captarían la atención de casi 70 mujeres y el interés de equipos extranjeros que vinieron a jugar a la Isla.

Fue el mismo Goyo uno de los protagonistas principales de la etapa de consolidación del fútbol para mujeres en Cuba. A él, junto con otros técnicos, se le vio en los inicios de los 2000, recorrer las canchas de aficionados captando jóvenes con aptitudes para el alto rendimiento. Algunas de esas muchachas están aquí hoy, en los terrenos de La Tropical (rebautizados como Pedro Marrero) donde se jugó el primer tope internacional de mujeres futbolistas en la isla de Cuba. A las tres y media, como aquella vez, habrá un partido de damas, solo que la única espectadora seré yo y no habrá Chevrolets parqueados en el frente, ni hombres blancos de bigote fumando puros en la sección reservada.

El partido es parte del entrenamiento, 90 minutos de simulacro donde no importa quien venza o quien quede al campo. Por eso las jugadoras están tan tranquilas allá abajo, en los dormitorios. Las muchachas de los equipos nacionales del Sub-20 y Mayores van a enfrentarse en el césped, van a disputarse la redonda, van a defender las porterías de los ataques contrarios. No hay manera de evitar esa guerra. Ahora, sin embargo, están juntas, se peinan, juegan dominó, conversan.

Pido hablar con Yezenia Gallardo. Ella es la líder de las estadísticas que hablan de un avance para el fútbol femenino en los últimos años. Alguien me invita a pasar al albergue y no enciende la luz porque hay muchachas que prefieren dormir antes del juego. Yezenia, la reina de los goles del equipo de adultas, debe ser corpulenta, imponente, temeraria. Pero está sentada en la cama de arriba de una litera como la más común de las becadas, y la penumbra la muestra delgadita y callada. Hay una rubia a su lado que se baja primero, y mientras se presenta, la goleadora se escurre en silencio evitando la grabadora. Solo podré seguirla en la cancha, de lejos, porque nunca llegaré a correr tanto como ella.

Hablo con la rubia. Se llama Yisel Rodríguez, tiene 22 años y nunca se imaginó como jugadora de la selección nacional. Si la hubiera visto fuera del Marrero yo tampoco la habría imaginado vestida con ropa holgada pateando una pelota. Podría haber aprovechado sus ojos azules y la desenvoltura al comunicarse, en un buró de información o tras el mostrador de una tienda, en alguno de esos trabajos “apropiados” para las mujeres bellas. Son presumidas estas muchachas aunque la estética personal sea lo menos importante durante el breve tiempo de fama que logran en el juego. Algunas lucen más rudas que Yisel, menos livianas, pero ninguna quiere imitar a los hombres aunque, por la falta de referentes, sus ídolos son fundamentalmente varones. La rubia menciona al argentino Messi: “Me gusta porque admiro a los jugadores que tocan el balón, se mueven, buscan a los demás; los deportistas que no tienen tanto la ambición del gol, sino que juegan para el equipo y se entregan a él, que no actúan para sí ni para el público”.

La portera Katerine Montesinos adora a Iker Casillas, por supuesto. Dice que es fan del Madrid como todas las del equipo Sub-20, y por razones obvias, se opone al de Mayores, fieles seguidoras del Barça. Si con el Atlántico por medio la rivalidad entre los dos clubes españoles ha contaminado últimamente a una gran parte de la audiencia futbolística en Cuba, entre los deportistas el “vicio” está doblemente justificado. No hay partido o noticia relevante de la familia futbolística que escape a ellos. Ocupan el tiempo libre haciendo zapping entre los canales deportivos de la televisión al punto de que a ratos se les olvida enterarse de lo que sucede en su entorno más inmediato.

Yunelsis Rodríguez prefiere a las selecciones nacionales de Alemania “porque juegan fuerte, pero no dejan atrás la táctica y la técnica y siempre están con el mismo deseo sobre la cancha”. Ella es una de las veteranas del equipo nacional y la experiencia le permite presentarme detalladamente a sus compañeras. Con 34 años acaba de defender su doctorado en Ciencias de la Cultura Física, trabaja como profesora de deportes en la Universidad de Ciencias Informáticas y mantiene el equipo. ¿Cómo lo hace? “Una cosa complementa a la otra. El compromiso de estar en el deporte me aporta muchísimos valores de voluntad, perseverancia, y me da también la oportunidad de obtener resultados, aunque es verdaderamente duro”.

Lo mismo piensa Milagros Teresita Ramírez, una adolescente que cursa el onceno grado en la enseñanza media, pero que desde hace dos años estableció su compromiso definitivo con el fútbol. “El deporte es riguroso, porque la competencia exige un alto nivel, y los entrenamientos tienen que estar a la altura de los topes”. Me cuenta que en las sesiones de preparación los equipos empiezan con mucho ánimo a calentar y luego se enfrascan en el trabajo táctico y práctico, donde los profesores indican las dificultades y ayudan a superarlas. Generalmente se planifica el entrenamiento en doble sesión y se programan juegos alrededor de tres veces por semana para ver cómo han ido evolucionando las deportistas a partir del entrenamiento. Milagros insiste en que las jugadoras se apoyan mutuamente, y recuerdo que fue Yisel la primera en mencionar cuánto aprovechan la vida en colectivo, a pesar de la lejanía de sus provincias de origen y sus familias.

“No tenemos momentos de distensión en fin de año, no vamos a nuestras casas fuera de la capital como hacen los estudiantes becados normalmente. Tenemos el compromiso de estar aquí preparándonos para la primera competencia de enero. Aunque las del equipo de mayores no competiremos en los primeros días del año, debemos ayudar en la preparación de las otras jugadoras.” Yunelsis se refiere a los topes que tendrán lugar los días 7, 9 y 11 de enero, en el estadio Pedro Marrero, donde el equipo Sub-20 estará en la segunda fase eliminatoria mundial. Unos días después, la selección de mayores debe salir a la última etapa eliminatoria del Caribe para las Olimpiadas.

Cuando les pido a las muchachas que hablen de las fortalezas de las selecciones nacionales, Milagros menciona a su portera y a su defensa central como quien blande una bandera de victoria. Yisel, por su parte se refiere al evento de Aruba en junio (primera etapa del preolímpico): “arrojó resultados que no esperábamos a pesar de que íbamos con mucho espíritu positivo y deseos de obtener la victoria. Al final, la preparación dio frutos como el empate con Haití. Eso quiere decir que podemos ser mejores, no tenemos grandes diferencias con los otros equipos, pero hay que trabajar,  tener el deseo de llegar”.

La única profesora mujer del equipo nacional, Dainé Olviera, resume algunas de las necesidades principales de las selecciones femeninas: “Hay que trabajar con más profundidad el aspecto sicosocial de las jugadoras y los conocimientos teóricos sobre el deporte para facilitar el trabajo en el terreno”. Las que se baten en el campo, sienten, además, que hay muy poco desarrollo del deporte desde su nivel elemental, lo cual dificulta la selección, a pesar de que se ha logrado incluir la enseñanza del deporte desde el nivel primario. Por otro lado, ansían batirse más, “nos falta ‘fogueo’”, espeta Yisel, y la veterana la respalda: “Nos gustaría tener más encuentros deportivos en el área y recibir a otros equipos del Caribe en nuestra sede para medirnos verdaderamente”.

Mientras esto no ocurra, las muchachas seguirán topando con hombres, algo que resulta provechoso siempre que se trate de elevar el nivel técnico. “Al competir con varones —añade Yisel— se piensa y se actúa con más agilidad, se fortalece la resistencia. El juego de mujeres no es pasivo, pero los hombres son más rápidos en el terreno y eso nos ayuda a superarnos”. Yunelsis comenta que los varones no aceptaban que las muchachas también jugaran fútbol, “pero en la escuela permanecemos juntos y ese contacto nos ha permitido encontrar unos en otros un apoyo indiscutible. Ellos nos ven jugar y nos dan sus recomendaciones al final de los partidos, nos señalan los errores, nos dan aliento. Pasa igual de nosotras hacia ellos, les hacemos saber nuestros criterios. Creo que hay mucho respeto en esa relación”. La mirada retadora de la jovencita Milagros pide precisamente respeto y confianza para las damas: “No me gusta que nos comparen con los hombres, porque eso es una manera de vernos como un equipo inferior, cuando en realidad vamos elevando rápidamente el nivel en la modalidad”. 

La grabadora ya ha andado bastante, y Yezenia todavía no aparece. Van a dar las tres y media en el estadio de La Tropical y la tarde de hoy tal vez ha comenzado a parecerse a la vieja tarde de 1952. Pero las muchachas son como todas las muchachas y no hay nada de folclórico en el juego, así que no podré escribir pensando en un montaje de atracciones como pudo haberlo hecho algún colega periodista hace 60 años. Para no traicionar el aliento del fútbol de hoy tendré que mencionar a Leo Messi, que de todas formas viene bien, porque Yezenia, mi perseguida, debe estar en este instante sola como él, preparándose para el momento más difícil del juego: el primer gol.

 
 
 
 


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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.