La Habana. Año X.
24 al 30 de DICIEMBRE

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Diálogo con el diseñador escénico Jesús Ruiz,
director de la Galería Raúl Oliva
El Guiñol Nacional: Una joya de nuestra cultura
Rubén Darío Salazar • Matanzas


El próximo año verá la luz por Ediciones Unión, de la UNEAC, el libro Mito, verdad y retablo (El guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril), ganador del Premio de Investigación y Teatrología Rine Leal 2009, convocado por la Editorial Tablas-Alarcos. Concebido por mí, en coautoría con el poeta, dramaturgo y crítico Norge Espinosa, la publicación recoge la huella de lo realizado por Pepe y Carucha Camejo desde 1949, y luego por Pepe Carril, al unírseles en 1956 para fundar el Guiñol Nacional de Cuba, y llega hasta sus trabajos en el extranjero, en los años 80, ya separados los tres. La investigación arrojó gran cantidad de materiales gráficos y teóricos de una época maravillosa y difícil, pero que es imprescindible recoger y contar para entender lo logrado y no en la actualidad. Parte importante de toda la documentación recopilada son las entrevistas. Retablo abierto quiere compartir con sus lectores una selección de las conversaciones sostenidas con colegas, admiradores y familiares. De manera muy personal ellos aportan testimonios y visiones sobre estas tres personalidades de nuestro teatro con figuras, y de la atmósfera social y cultural de las décadas pasadas.
 

¿Cómo conoció el diseñador Jesús Ruiz en los años 60, el trabajo titiritero de los hermanos Camejo y Carril?

Yo detestaba los títeres, los muñecos. Lo que había visto no había impresionado mi sensibilidad, nada más que de una manera negativa. Cuando empecé a trabajar en la Delegación provincial de Cultura, había varios guiñoles, pero no los conocía, mi encuentro con el teatro de muñecos fue accidental. Me alegro mucho que haya sido así, porque fue la ruptura de un prejuicio más.

El Guiñol de los Camejo existía ya, tampoco lo conocía, y una noche me encontré en La Rampa con Raúl Martínez y él me invitó a una función de ellos, yo por supuesto me negué. Le dije que no iba a ir, que eso ni me gustaba ni me interesaba, pero como Raúl era una gente muy simpática, un amigo que respetaba, me dejé arrastrar.

Experimenté un shock, fue una cosa inolvidable. Recuerdo el asiento donde me senté y hasta el ángulo en el que estaba viendo la función. Lo que vi fue Farsa y licencia de la Reina castiza, de Valle Inclán. Sentí cuando vi eso una transformación, ahora me doy cuenta de que estaba viendo arte. El estado de fascinación que me produjo fue tal que me dura hasta hoy.

¿Qué significaban los Camejo y su teatro de arte en aquellos días?

Los Camejo se convirtieron en el paradigma. Comencé a trabajar como diseñador en el Teatro de Muñecos de La Habana con Roberto Fernández, a la par que ellos estaban en el Focsa y siguieron, y siguen siendo el paradigma. Todo lo demás que he visto en mi vida y he visto cosas asombrosas, no han superado todo lo bueno que vi en el teatro de ellos. No se trata de que una imagen desplace a otra o de que empiece a hacer una jerarquización de lo mejor que he visto, pero es que aquella fuerza y aquella belleza a la que tuve acceso con su trabajo, sigue intacto para mí. Era arte, pero era sencillo, sin pretensión y eso casi fue un obstáculo en mi desarrollo, algo que ni yo tengo muy claro, y es que quedé muy impresionado con las soluciones escénicas que utilizaban, el uso de la descomposición del perfil y el volumen de sus figuras. Pasé años intentando no hacer en mi trabajo lo que ellos hacían, que era lo que quería hacer porque me gustaba. Era tan fuerte su influencia que tuve que luchar contra ese influjo para ser verdaderamente yo y superar la impresión. Nunca dejé de hacer una especie de diseño desesperado.

¿Tuvo algún contacto con ellos?

Ellos me resultaron siempre gente muy difícil y temo a veces decir estas cosas porque puedo ser injusto. Quizá mi visión esté permeada de mi timidez, pero la verdad es que siempre me parecieron inalcanzables. La impresión que tuve en ese tiempo es que ellos tenían una posición que no ayudaba al desarrollo del arte al que ellos se dedicaban con tanta pasión y con tanto éxito, porque me daba la impresión de que eran personas que tendían a crear una atmósfera elitista alrededor suyo, de escogidos. Nunca compartí con ellos ni fui su amigo, a lo mejor eran distintos, pero era esta impresión la que yo tenía.

¿Qué significó para la estética del teatro de títeres cubano el trabajo del Teatro Nacional de Guiñol con los Camejo y Carril al frente?

El no tener memoria parece que es una de las cosas que evidencian que uno no ha alcanzado cierto grado de desarrollo espiritual. Si tuviéramos memoria, y no hubiéramos tenido un devenir tan conflictivo a lo largo de todos estos años, en el que se mezcló el dogmatismo, la política, la gente con sus defectos y sus glorias, en fin todo eso. Si nuestro desarrollo hubiera estado exento de todos esos conflictos, quizá el desarrollo del diseño escénico en el teatro para niños y de muñecos hubiese sido otro, porque la experiencia de los Camejo no hubiera sido anatematizada, sino compartida. No excomulgada, sino de alguna manera puesta en el altar de lo que uno debe respetar. No tuviéramos ese bache terrible en la memoria actual, en las que algunas personas evocan esos títeres y otros se encargaron de destruirlos, cosa que es un verdadero crimen de lesa cultura. Lamentablemente pasaron esas cosas y nos tocaron a nosotros y fue lamentable, porque Pepe Camejo fue un maestro y ese es el lugar que le debemos asignar, no importa si fue rubio, gordo o bajito, como quiera que fuera, era un maestro, y no el de otros, sino el nuestro. No fue una experiencia lejana, sino alguien entre nosotros, que nos dejó algo a nosotros. Y se lo debemos agradecer, independientemente de su dimensión de otro tipo. Eso es un deber.

El diseño del teatro de títeres no evolucionó de los 60 a la actualidad. Si los Camejo se hubieran mantenido el diseño cubano se hubiera desarrollado a la sombra de esa cota. Sin estos problemas que nosotros vivimos, cuántos talentos no se hubieran desarrollado de una manera no traumática, no marginal y creo que el panorama de nuestro teatro de muñecos hubiera sido otro. Una de las consecuencias terribles fue que dejamos de tener teatro de muñecos para adultos, el títere se refugió entonces en el único lugar de donde no pudo ser excluido, el mundo de los niños, de un valor extraordinario, pero que no es nada más que una parte del valor del mundo titiritero.

Los Camejo tuvieron un desarrollo ascendente, sin llegar a alcanzar la madurez que podrían haber alcanzado como artistas. Cuando su trabajo se truncó eran aún gente joven, personas que hubieran llegado a sabe Dios qué, como joyas de nuestra cultura.

Para los que seguimos después, nos quedamos con el vacío del maestro, sin posibilidad de comparación, siendo los únicos y no los mejores. Siempre que hago algún trabajo me impongo hacerlo mejor que el trabajo anterior, porque a alguien que vendrá después le servirá mi esfuerzo como a mí me mostró el de ellos, y esto funciona sin proponérselo uno, es simplemente una consecuencia.

A pesar de todo, nada ha sido en vano, hay una cierta vitalidad y ha funcionado una capacidad de regeneración, que sin llegar al techo de calidad impuesto por ellos, es como una etapa postrauma, se comienza a respirar otro aire y los jóvenes empiezan a ver con sus propios ojos y son las promesas, la nueva corriente de aire fresco.

 
 
 
 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.