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El próximo año
verá la luz por
Ediciones Unión,
de la UNEAC, el
libro Mito,
verdad y retablo
(El guiñol de
los hermanos
Camejo y Pepe
Carril),
ganador del
Premio de
Investigación y
Teatrología Rine
Leal 2009,
convocado por la
Editorial
Tablas-Alarcos.
Concebido por
mí, en coautoría
con el poeta,
dramaturgo y
crítico Norge
Espinosa, la
publicación
recoge la huella
de lo realizado
por Pepe y
Carucha Camejo
desde 1949, y
luego por Pepe
Carril, al
unírseles en
1956 para fundar
el Guiñol
Nacional de
Cuba, y llega
hasta sus
trabajos en el
extranjero, en
los años 80, ya
separados los
tres. La
investigación
arrojó gran
cantidad de
materiales
gráficos y
teóricos de una
época
maravillosa y
difícil, pero
que es
imprescindible
recoger y contar
para entender lo
logrado y no en
la actualidad.
Parte importante
de toda la
documentación
recopilada son
las entrevistas.
Retablo abierto
quiere compartir
con sus lectores
una selección de
las
conversaciones
sostenidas con
colegas,
admiradores y
familiares. De
manera muy
personal ellos
aportan
testimonios y
visiones sobre
estas tres
personalidades
de nuestro
teatro con
figuras, y de la
atmósfera social
y cultural de
las décadas
pasadas.
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¿Cómo conoció el
diseñador Jesús Ruiz en
los años 60, el trabajo
titiritero de los
hermanos Camejo y
Carril?
Yo detestaba los
títeres, los muñecos. Lo
que había visto no había
impresionado mi
sensibilidad, nada más
que de una manera
negativa. Cuando empecé
a trabajar en la
Delegación provincial de
Cultura, había varios
guiñoles, pero no los
conocía, mi encuentro
con el teatro de muñecos
fue accidental. Me
alegro mucho que haya
sido así, porque fue la
ruptura de un prejuicio
más.
El Guiñol de los Camejo
existía ya, tampoco lo
conocía, y una noche me
encontré en La Rampa con
Raúl Martínez y él me
invitó a una función de
ellos, yo por supuesto
me negué. Le dije que no
iba a ir, que eso ni me
gustaba ni me
interesaba, pero como
Raúl era una gente muy
simpática, un amigo que
respetaba, me dejé
arrastrar.
Experimenté un shock,
fue una cosa
inolvidable. Recuerdo el
asiento donde me senté y
hasta el ángulo en el
que estaba viendo la
función. Lo que vi fue
Farsa y licencia de
la Reina castiza,
de Valle Inclán. Sentí
cuando vi eso una
transformación, ahora me
doy cuenta de que estaba
viendo arte. El estado
de fascinación que me
produjo fue tal que me
dura hasta hoy.
¿Qué significaban los
Camejo y su teatro de
arte en aquellos días?
Los Camejo se
convirtieron en el
paradigma. Comencé a
trabajar como diseñador
en el Teatro de Muñecos
de La Habana con Roberto
Fernández, a la par que
ellos estaban en el
Focsa y siguieron,
y siguen siendo el
paradigma. Todo lo demás
que he visto en mi vida
y he visto cosas
asombrosas, no han
superado todo lo bueno
que vi en el teatro de
ellos. No se trata de
que una imagen desplace
a otra o de que empiece
a hacer una jerarquización de lo
mejor que he visto, pero
es que aquella fuerza y
aquella belleza a la que
tuve acceso con su
trabajo, sigue intacto
para mí. Era arte, pero
era sencillo, sin
pretensión y eso casi
fue un obstáculo en mi
desarrollo, algo que ni
yo tengo muy claro, y es
que quedé muy
impresionado con las
soluciones escénicas que
utilizaban, el uso de la
descomposición del
perfil y el volumen de
sus figuras. Pasé años
intentando no hacer en
mi trabajo lo que ellos
hacían, que era lo que
quería hacer porque me
gustaba. Era tan fuerte
su influencia que tuve
que luchar contra ese
influjo para ser
verdaderamente yo y
superar la impresión.
Nunca dejé de hacer una
especie de diseño
desesperado.
¿Tuvo algún contacto con
ellos?
Ellos me resultaron
siempre gente muy
difícil y temo a veces
decir estas cosas porque
puedo ser injusto. Quizá
mi visión esté permeada
de mi timidez, pero la
verdad es que siempre me
parecieron
inalcanzables. La
impresión que tuve en
ese tiempo es que ellos
tenían una posición que
no ayudaba al desarrollo
del arte al que ellos se
dedicaban con tanta
pasión y con tanto
éxito, porque me daba la
impresión de que eran
personas que tendían a
crear una atmósfera
elitista alrededor suyo,
de escogidos. Nunca
compartí con ellos ni
fui su amigo, a lo mejor
eran distintos, pero era
esta impresión la que yo
tenía.
¿Qué significó para la
estética del teatro de
títeres cubano el
trabajo del Teatro
Nacional de Guiñol con
los Camejo y Carril al
frente?
El no tener memoria
parece que es una de las
cosas que evidencian que
uno no ha alcanzado
cierto grado de
desarrollo espiritual.
Si tuviéramos memoria, y
no hubiéramos tenido un
devenir tan conflictivo
a lo largo de todos
estos años, en el que se
mezcló el dogmatismo, la
política, la gente con
sus defectos y sus
glorias, en fin todo
eso. Si nuestro
desarrollo hubiera
estado exento de todos
esos conflictos, quizá
el desarrollo del diseño
escénico en el teatro
para niños y de muñecos
hubiese sido otro,
porque la experiencia de
los Camejo no hubiera
sido anatematizada, sino
compartida. No
excomulgada, sino de
alguna manera puesta en
el altar de lo que uno
debe respetar. No
tuviéramos ese bache
terrible en la memoria
actual, en las que
algunas personas evocan
esos títeres y otros se
encargaron de
destruirlos, cosa que es
un verdadero crimen de
lesa cultura.
Lamentablemente pasaron
esas cosas y nos tocaron
a nosotros y fue
lamentable, porque Pepe
Camejo fue un maestro y
ese es el lugar que le
debemos asignar, no
importa si fue rubio,
gordo o bajito, como
quiera que fuera, era un
maestro, y no el de
otros, sino el nuestro.
No fue una experiencia
lejana, sino alguien
entre nosotros, que nos
dejó algo a nosotros. Y
se lo debemos agradecer,
independientemente de su
dimensión de otro tipo.
Eso es un deber.
El diseño del teatro de
títeres no evolucionó de
los 60 a la actualidad.
Si los Camejo se
hubieran mantenido el
diseño cubano se hubiera
desarrollado a la sombra
de esa cota. Sin estos
problemas que nosotros
vivimos, cuántos
talentos no se hubieran
desarrollado de una
manera no traumática, no
marginal y creo que el
panorama de nuestro
teatro de muñecos
hubiera sido otro. Una
de las consecuencias
terribles fue que
dejamos de tener teatro
de muñecos para adultos,
el títere se refugió
entonces en el único
lugar de donde no pudo
ser excluido, el mundo
de los niños, de un
valor extraordinario,
pero que no es nada más
que una parte del valor
del mundo titiritero.
Los Camejo tuvieron un
desarrollo ascendente,
sin llegar a alcanzar la
madurez que podrían
haber alcanzado como
artistas. Cuando su
trabajo se truncó eran
aún gente joven,
personas que hubieran
llegado a sabe Dios qué,
como joyas de nuestra
cultura.
Para los que seguimos
después, nos quedamos
con el vacío del
maestro, sin posibilidad
de comparación, siendo
los únicos y no los
mejores. Siempre que
hago algún trabajo me
impongo hacerlo mejor
que el trabajo anterior,
porque a alguien que
vendrá después le
servirá mi esfuerzo como
a mí me mostró el de
ellos, y esto funciona
sin proponérselo uno, es
simplemente una
consecuencia.
A pesar de todo, nada ha
sido en vano, hay una
cierta vitalidad y ha
funcionado una capacidad
de regeneración, que sin
llegar al techo de
calidad impuesto por
ellos, es como una etapa
postrauma, se comienza
a respirar otro aire y
los jóvenes empiezan a
ver con sus propios ojos
y son las promesas, la
nueva corriente de aire
fresco. |