|
El gran Nat King Cole,
allá por los finales de
los 50, repetía una y
otra vez en Tropicana el
famosísimo estribillo de
"El Bodeguero":"toooma
chocolaaate /paaaga lo
que debes...” Nat
viajaba feliz a La
Habana de Batista, a
deleitar con su música y
su voz a los cientos de
norteamericanos y
ricachones cubanos, que
cada noche disfrutaban
en uno de los cabarés
más codiciados del
mundo.
Rober (Bob) Henry Walz,
de Boulder, Colorado,
llegó a La Habana casi
cuatro décadas después.
Mezcla de Hemingway e
Indiana Jones; lo de
Hemingway por la barba
cana y la devoción por
Cuba; lo de Indiana, por
lo de
patriota-aventurero; que
fue a hacer la guerra en
Vietnam; y vino a Cuba
sin pedirle permiso a su
gobierno.
|

Bob en Cayo
Levisa |
Apareció un buen día de
1994, impulsado por una
manera bien curiosa de
disfrutar la vida.
Bob se movía de proyecto
en proyecto. Conocía,
por ejemplo, a un grupo
de niños pobres amantes
del fútbol, y ahí le
brotaba la idea.
Contactaba primero con
algún equipo famoso y
organizaba un juego de
exhibición. Luego, con
su carisma indiscutible,
embullaba a alguna
estrella del cine, la
música, o el
espectáculo, para que se
incorporara a la causa
como atractivo especial
para los medios de
comunicación. Estos
últimos, interesados en
las sempiternas
historias de príncipes y
mendigos, aseguraban la
promoción, y con ella
otros buenos samaritanos
se sumaban al proyecto.
El alcalde del pueblo en
cuestión tampoco querría
quedarse atrás...
El proyecto favorecía a
todos. Los niños hacían
realidad su sueño por un
día, zapatillas
deportivas y balones
autografiados incluidos…
Con buena suerte, la
alcaldía les donaba una
cancha de bajo
presupuesto. La estrella
y los deportistas
brillaban un poco más;
la prensa lograba la
historia y pagaba por
ella; y Bob obtenía lo
suyo, más que dinero
para seguir adelante, la
inmensa satisfacción de
hacer el bien y verse
reflejado en las
pantallas de la
televisión y en las
páginas los periódicos
locales, algo que
disfrutaba muchísimo.
Fue esa precisamente la
carta de presentación
que trajo a Cuba: un
dossier de periódicos
norteamericanos, donde
se hablaba de él y de
aquellos proyectos
logrados. Su primera
propuesta fue organizar
en La Habana una carrera
de maratón, en la cual
participarían ciudadanos
de su país, entre los
cuales —dijo— vendría
algún deportista famoso.
Él mismo se encargaría
de organizar el viaje y
pagaría los gastos del
proyecto. Solo
necesitaba la
autorización y la
logística organizativa
por parte de las
autoridades cubanas.
En un par de días
recibió el sí del
Instituto Nacional de
Deporte, Educación
Física y Recreación (INDER)
de Cuba, junto con las
preocupaciones de sus
dirigentes acerca de si
él era capaz de cumplir
lo prometido, pues de
esa forma estaría
desafiando las
restricciones del
bloqueo norteamericano
contra la Isla.
Bob Walz reafirmó su
decisión. No parecieron
importarle los riesgos
que (los cubanos le
explicaron) ya estaba
corriendo. El hecho de
haber viajado a la Isla
sin solicitar permiso,
podía traerle graves
problemas con las
autoridades de su país.
Bob, además, había
rechazado la opción que
ofrece la Inmigración
cubana, de no estampar
la visa de entrada al
país en el pasaporte de
quien así lo solicite.
Varias semanas después,
cumplió casi todo lo
prometido: unos cuarenta
y tantos
norteamericanos, de los
dos sexos, y edades
entre 14 y los 80 años
descendieron con cara de
incrédulos del avión que
los condujo desde
México, porque entonces
no estaban autorizados
los vuelos directos
entre Cuba y EE.UU.
Cierto que la única
“estrella” que pudo
traer Bob fue un
maratonista de origen
mexicano, radicado en
EE.UU., cuyos mayores
brillos eran ya historia
pasada. Viajaron también
algunos reporteros de la
radio, la televisión y
de la prensa plana
estadounidense.
El maratón, a lo largo
de todo el malecón
habanero, y con la
presencia de importantes
campeones cubanos de la
pista, resultó todo un
éxito. El programa de
varios días en la Isla,
que organizó el INDER,
incluía también visitas
a sitios vinculados a la
vida de Hemingway, y
hasta una jornada de
pesca de la aguja.
Todo funcionó a las mil
maravillas. Los cuarenta
y tantos participantes
agradecieron
públicamente a “míster
Walz” por aquella
aventura, y él fue feliz
al conceder cuantas
entrevistas de prensa le
solicitaron los
reporteros de ambos
países.
Fue así como comenzó su
relación con Cuba.
Viajaba prácticamente
una vez cada dos meses,
como organizador de
otros grupos de
coterráneos suyos,
interesados en probar el
“chocolate” prohibido:
jugar béisbol con los
cubanos, pescar donde
Hemingway o fumar en
los festivales del
habano.
Aquel niño escondido en
un traje de gringo viejo
mostraba a todos —como
el mayor trofeo— su
pasaporte
norteamericano, donde
llegó a acumular una
inmensa colección de
cuños de entrada a la
Isla. “¡Estás loco,
cuídate, Bob!”, le
decían todos los que lo
encontraban en La
Habana. Su respuesta era
siempre la misma: alguna
pícara broma, un guiño
de ojo, y en su rostro
el rubor infantil.
Hasta que sucedió. Una
mañana varios de sus
amigos cubanos recibimos
copias de aquella carta
enviada por un Bob que
no conocíamos. Estaba
atemorizado. Contaba que
lo habían llamado desde
Washington para
preguntarle por sus
viajes a Cuba. Luego se
le aparecieron dos
hombres en su casa en
Boulder y le entregaron
una carta del
Departamento del Tesoro
(nos adjuntó la copia).
En ella le advertían
que, “por violar el
embargo” y “comerciar
con el enemigo” podía
recibir una multa de
hasta 55 mil dólares y
diez años de cárcel.
Nos narraba que le
hicieron llenar un
cuestionario de decenas
de preguntas sobre sus
actividades y contactos
en Cuba. Supo, además,
que habían estado
hurgando en su cuenta
bancaria, y le
amenazaron con
congelársela. Robert
Henry Walz, el más común
de los norteamericanos,
no sabía qué hacer para
proteger sus derechos
violados por el mismo
gobierno que una vez
defendió en Vietnam.
Pasaron meses hasta que
regresó a La Habana. De
modo respetuoso eludió
cada pregunta nuestra
sobre la carta y las
amenazas. Nunca supimos
exactamente cómo terminó
aquel “incidente”. Lo
cierto es que el buen
Bob no cejó en su
relación con la Isla.
Para ello fundó y
presidió, en 1996, la
compañía Last Frontier
Expeditions, que
organizaba y traía
grupos de
norteamericanos a Cuba.
Baste buscarla en la web
(www.hemingwaytoursandsafaris.com),
para ver su amplia y
prolífera actividad, y
lo que de esas
“expediciones” cuentan
agradecidos sus
protagonistas.
Robert mostró a miles de
estadounidenses un país
vecino y un pueblo culto
y amistoso que, de otra
manera, ellos no habrían
podido conocer jamás.
Amigos suyos afirman hoy
que Walz nunca se
subordinó a las reglas
del bloqueo.
|

Robert Walz con
amigos cubanos y
norteamericanos
en Cayo Levisa |
Sus peripecias
relacionadas la política
de su país contra la
Isla, son muchas. Hasta
Nueva York llevó una vez
al afamado fotógrafo
cubano Roberto Salas,
con parte de su obra y
la de su padre, el gran
Osvaldo Salas, sobre
Cuba y su Revolución.
Hubo que retirar antes
de tiempo la exposición,
porque el lugar fue
amenazado con bomba. Bob
contaba estas cosas como
quien habla de un safari
en África.
En otra ocasión,
viniendo en avión hacia
La Habana, Bob le relató
con lujo de detalles, a
un compañero de asiento,
todos sus proyectos con
Cuba. Aquel americano
palideció y no lo dejó
terminar; se identificó
como un alto funcionario
de la Sección de
Intereses de EE.UU. en La Habana, y
le puso una cita para el
día siguiente. Bob,
obviamente, nunca fue al
encuentro, y siguió
viniendo a Cuba sin
importarle las
consecuencias.
En los últimos tiempos
nuestros caminos no se
cruzaron, y apenas supe
de él. Esporádicamente,
nos saludábamos por
correo electrónico. La
última vez fue en
octubre de este año. Me
hablaba con entusiasmo
de la publicación de un
libro de poesías, de un
nuevo viaje a Cuba, y
del deseo de verme para
recordar aquellos días
de su primera visita,
casi 20 años atrás.
Solía bromear diciendo
que fui el primer
comunista que conoció en
La Habana.
El pasado 9 de noviembre
recibí una inesperada
comunicación de uno de
sus amigos cercanos.
“Bob Walz murió hace un
par de días”, decía el
escueto e-mail. A través
de otros mensajes de
conocidos y familiares
suyos supe del largo y
progresivo deterioro de
su salud, mientras
desarrollaba nuevos
proyectos de afecto y
amor, en otros “oscuros
rincones del planeta”.
Hace dos días llegó una
invitación de su familia
a todos sus amigos, para
un evento en su memoria,
el próximo 15 de enero.
En ella han puesto una
foto de Bob sentado
junto al mar, en el Club
Havana de Cuba. ¿Qué
otra mejor hubiera
podido escogerse?
También quiero
recordarlo así, con
aquella mirada bondadosa
y sus bromas como
manantial. Su madre, una
mujer inteligentísima,
que había sido
corresponsal de guerra a
Vietnam, y quien, ya muy
ancianita, lo acompañó
en uno de esos viajes a
Cuba, comentó entonces
sobre él: “Bob es un
hombre libre, de alma
rebelde, pero tierna”.
En estos días, cuando
desde Washington y Miami
vociferan nuevamente los
que siembran el odio y
la venganza contra Cuba,
la vida de Robert Walz,
el más común de los
estadounidenses, se
yergue como mejor
respuesta. Él plantó
cientos de árboles de
amistad y confianza
entre los pueblos cubano
y norteamericano. Cuba
le retribuyó el amor,
pero Washington le pagó
con la amenaza y el
terror.
Pese a todo, Bob siguió
—sigue— soñando,
haciendo el bien y
riendo por ello. Tal vez
la mejor de todas sus
bromas, la que nunca
llegamos a entender, era
su empeño por escuchar
constantemente la famosa
canción popularizada por
el viejo Nat en
Tropicana: “toma
chocolate... paga lo que
debes...”. |