La Habana. Año X.
24 al 30 de DICIEMBRE

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Memorias de la sociedad patriótica de La Havana
Árbol que creció y enriqueció nuestro patrimonio cultural
Cira Romero • La Habana

El último decenio del siglo xviii tuvo una notable repercusión en la isla de Cuba en el orden cultural. Dicho siglo había sido, en Europa, el de las luces, el del iluminismo, el de la revolución filosófica. En España, el monarca Carlos III fue su más fiel representante. La oleada renovadora llegó también a Cuba, en especial con el nombramiento de gobernadores partícipes de las ideas ilustradas. El más conspicuo de todos fue Don Luis de las Casas, instalado en la Isla en 1790. De inmediato respaldó a los inquietos criollos ricos habaneros encabezados por Francisco de Arango y Parreño para crear, primero, un periódico, el Papel Periódico de la Havana (1790-1805 en su primera etapa) y después,  bajo el nombre inicial de  Sociedad Patriótica de la Havana, una institución que promoviera el auge de la agricultura, la educación, la industria, la ciencia, el comercio y las bellas artes. Como órgano de esta institución surgieron las Memorias de la Sociedad Patriótica de la Havana (1793-1805), que en el transcurso de su larga vida cambiaría varias veces de título para así responder al cambio de nombre, y también a circunstancias, de la propia corporación auspiciadora —por ejemplo Memorias de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de la Habana, Memorias de la Sociedad Económica de Amigos del País de la Habana y Anales y Memorias de la Real Junta de Fomento y de la Real Sociedad Económica de la Habana, título este último adoptado en 1854—. Esta publicación, extendida en el tiempo hasta 1949, llevó a cabo una de las labores más provechosas y necesarias para sacar adelante al país en la medida en que lo necesitaba el patriciado criollo unido a los ricos peninsulares.

Veía la luz anualmente bajo los propósitos, definidos en los estatutos que dieron origen a la sociedad, de publicar “las ocupaciones más importantes [...] y una relación histórica de las materias y discursos que se acordaren imprimir, formando una obra periódica, con examen de los progresos de otras Sociedades, que le sirven de estímulo”. En sus páginas se constatan “los aumentos y bajas de la población”, en este caso de La Habana, pues  es preciso aclarar que en esta etapa el resto de la Isla contaba menos para los intereses, tanto de los criollos como de los españoles, aunque es necesario señalar que la primera Sociedad Económica fundada en Cuba se estableció en Santiago de Cuba en el año 1787, pero sus labores fueron muy limitadas. Se expusieron también en esta publicación “la introducción y exportación, con otras curiosidades conducentes al fin de su instituto”, así como los discursos pronunciados en las sesiones y las actas con la relación de los socios y “mapas y dibujos presentados que puedan contribuir al bien público, y a su instrucción”.

Aún no ha podido determinarse quién fue la persona que redactó los dos primeros volúmenes, aunque algunos coinciden en señalar que fue Juan Manuel O’Farril, secretario de la corporación en aquellos años, mientras otros afirman que fue Félix Fernández de Veranes, capellán de la Real Armada. Años más adelante fungió como director interino un conocido impresor y escritor, José de Arazoza.

En el tomo III de estas Memorias puede leerse:

Las memorias de este Cuerpo patriótico correspondientes a los años de 1793 en que tuvo principio, y siguiente 1794 han hecho ver al Público con los más bellos coloridos cuantos pasos dio la Sociedad para llegar al brillante estado en que se halla. Los nombres de los ilustres amigos, que contribuyeron con sus riquezas y sus conocimientos al bien de la humanidad, adelanto de las artes, y fomento de la agricultura, están perpetuados en aquellos anales para que la posteridad admire sus virtudes cívicas, y las presente como dechados a las generaciones posteriores.

Tanto en las actas reproducidas o extractadas, en los informes anuales de las secciones de la Sociedad Patriótica y en otros documentos incluidos en estas Memorias se puede constatar el desenvolvimiento de la patriótica Corporación y los valiosos servicios prestados al país en todos los órdenes sociales. Se reproducen además importantes documentos indispensables para el conocimiento de la historia de América en general y de Cuba en particular. Contienen numerosos trabajos de carácter histórico, científico, económico y literario; artículos sobre educación y copiosos datos estadísticos con los que se puede reconstruir buena parte de nuestro desarrollo en los más variados órdenes. Asimismo se publicaban traducciones tomadas de periódicos norteamericanos y europeos. Dedicó amplio espacio a reseñar las labores de las sociedades homónimas existentes en España y en tierras americanas.

Resulta curioso que una vez estabilizada su salida periódica, la Sociedad Económica decidiera sacar a concurso quién sería el redactor de este periódico, para así lograr una mayor imparcialidad y estímulo, práctica que duró varios años. Para competir era indispensable que el aspirante escribiera un discurso, para de esta manera, en el seno de la dirección de la corporación, se pudiera evaluar el estilo utilizado en el documento, que debía ser “puro y claro, evitando toda afectación de elocuencia y erudición”.      

Como esta publicación respondía, sobre todo, a los intereses de los criollos ilustrados, estaba sujeta a los dictámenes del temido censor, cargo desempeñado durante muchos años por el Licenciado José Antonio Olañeta, que debía revisar el prospecto anual de cada memoria. Ejercitó con fuerza sus prerrogativas cuando la publicación, por razones internas, dejó de salir durante diez años largos. Al reanudarse en 1835, hubo que esperar a su decisión para que pudiera ver la luz. Años después, en julio de 1839, la Sociedad Patriótica solicitó también autorización al gobierno para la publicación de un periódico semanal titulado La Antorcha, que se repartiría de manera gratuita entre “entre las personas menesterosas del campo, y cuyo papel se consideraba un apéndice de las Memorias”. El censor informó, tras conocer el plan de este periódico, que “no era oportuno conceder el permiso, porque el periódico de referencia no sería dedicado únicamente al fomento de la agricultura, sino a otros asuntos, para lo que ya contaba dicha corporación con las citadas Memorias”. Una vez más, el censor hacía uso de sus omnímodas facultades para decidir qué se publicaba en la Isla.

A través de su larga vida la publicación fue alcanzando notables mejoras y no dio cabida a ningún artículo que no fuera original, a la vez que desechó aquellos que no tuvieran un alcance “positivo” para la mejora de la Isla. Los redactores, animados de los mejores deseos de participar en un periódico que pretendió ser “el primero de La Habana”, se rodeó a lo largo de su historia de un excelente grupo de colaboradores, entre los cuales se destacan, a lo largo de su transcurrir, nombres como los de Tomás Romay, Antonio Bachiller y Morales, José Antonio Saco, Domingo del Monte, Félix Varela, Andrés Poey, José Antonio Echeverría, Tranquilino Sandalio de Noda, Álvaro Reynoso y Alejandro Ramírez. Todos abogaban, dentro de sus limitaciones socioclasistas, por una Cuba mejor y situarla a la altura de las sociedades más adelantadas del orbe. 

A lo largo de los años, lograr la aparición sistemática de las Memorias no siempre fue posible de cumplir debido a razones de índole económica. Así, hacia el año 1849 su entonces director, Francisco de Paula Serrano, debió solicitar el apoyo de la Real Junta de Fomento, pues era insuficiente lo aportado por la Sociedad Económica. Accedieron los miembros de dicha junta, siempre y cuando se modificara el título del periódico. Así surgió Anales de las Reales Juntas de Fomento y Sociedad Económica de la Habana y debía ser portavoz de la nueva institución auspiciadora, promoviente también de la introducción de mejoras en la Isla. El gobierno de España aceptó el cambio, siempre y cuando se remitieran ejemplares a la Biblioteca Nacional de Madrid y al Ministerio de Gobernación.

Al salir el primer ejemplar bajo la nueva denominación se expresaba:

... porque bien podemos prometer mucho con las seguridades de cumplir todos los artículos de un prospecto luminoso; bien podemos ameritar el periódico sin atribuirnos gloria, sin aparecer poseídos del fatuo orgullo de suficiencia; porque por su misma naturaleza ha de presentar un campo vastísimo, lleno de producciones valiosas de todo género, en el gran número de objetos comprendidos en los ramos de ilustración y fomento, de subsistencia, bienestar y engrandecimiento de esta interesante posesión, conservada por la Providencia a la altura en que se halla, a pesar de todos los inconvenientes que la rodean, como para ostentarla virgen, en medio de las oscilaciones del siglo, rica, en medio de las penurias y desastres de otros pueblos.

Médicos, historiadores, especialistas en agricultura, literatos y hasta un futuro presidente de la República, Alfredo Zayas, fungieron como directores, en diversos momentos, de la publicación. Al cesar la dominación española el título de Real, incorporado a su título durante  muchos años, desapareció. Entonces asumió su dirección una figura prominente de las letras cubanas: Ramón Meza, que en 1887 había publicado una de las dos novelas más emblemáticas del siglo xix cubano: Mi tío el empleado. La otra, es, por supuesto, Cecilia Valdés o La Loma del Ángel. Meza fue un hombre de una profunda vocación de servicio a su patria, no ya a través de la literatura, sino como hombre dado a una infinita voluntad de emprender mejoras en su país en el campo de la educación y del medio ambiente. Dirigió las Memorias hasta el año 1910 y murió al siguiente.

Hasta el año 1949 las Memorias de la Sociedad Económica de Amigos del País dieron fe de vida. La institución auspiciadora, de conjunto con la Revista Bimestre Cubana, reiniciada en 1910 gracias a la enorme voluntad de Don Fernando Ortiz, sí continuaron dando servicio a la vida cubana en sus más amplias disciplinas. Interrumpidas ambas en 1959, volvieron a cobrar fuerza a partir de 1994 y hoy se inscriben, la Sociedad,  dentro de las organizaciones que contribuyen a encauzar en la Isla diversos proyectos culturales y sociales, en tanto que la revista se mantiene inspirada en el espíritu renovador bajo el cual salió a la luz en el ya muy lejano año de 1831.

 
 
 
 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
(.pdf, 736 Kb)
Información sobre el resultado del Debate
(.pdf, 394 Kb)
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.