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El último decenio del
siglo
xviii tuvo una
notable repercusión en
la isla de Cuba en el
orden cultural. Dicho
siglo había sido, en
Europa, el de las luces,
el del iluminismo, el de
la revolución
filosófica. En España,
el monarca Carlos III
fue su más fiel
representante. La oleada
renovadora llegó también
a Cuba, en especial con
el nombramiento de
gobernadores partícipes
de las ideas ilustradas.
El más conspicuo de
todos fue Don Luis de
las Casas, instalado en
la Isla en 1790. De
inmediato respaldó a los
inquietos criollos ricos
habaneros encabezados
por Francisco de Arango
y Parreño para crear,
primero, un periódico,
el Papel Periódico de
la Havana (1790-1805
en su primera etapa) y
después, bajo el nombre
inicial de Sociedad
Patriótica de la Havana,
una institución que
promoviera el auge de la
agricultura, la
educación, la industria,
la ciencia, el comercio
y las bellas artes. Como
órgano de esta
institución surgieron
las Memorias de la
Sociedad Patriótica de
la Havana
(1793-1805), que en el
transcurso de su larga
vida cambiaría varias
veces de título para así
responder al cambio de
nombre, y también a
circunstancias, de la
propia corporación
auspiciadora —por
ejemplo Memorias de
la Real
Sociedad
Económica de Amigos del
País de la Habana,
Memorias de la
Sociedad
Económica de Amigos del
País de la Habana y
Anales y Memorias de
la Real Junta de Fomento
y de la Real Sociedad
Económica de la Habana,
título este último
adoptado en 1854—. Esta
publicación, extendida
en el tiempo hasta 1949,
llevó a cabo una de las
labores más provechosas
y necesarias para sacar
adelante al país en la
medida en que lo
necesitaba el patriciado
criollo unido a los
ricos peninsulares.
Veía la luz anualmente
bajo los propósitos,
definidos en los
estatutos que dieron
origen a la sociedad, de
publicar “las
ocupaciones más
importantes [...] y una
relación histórica de
las materias y discursos
que se acordaren
imprimir, formando una
obra periódica, con
examen de los progresos
de otras Sociedades, que
le sirven de estímulo”.
En sus páginas se
constatan “los aumentos
y bajas de la
población”, en este caso
de La Habana, pues es
preciso aclarar que en
esta etapa el resto de
la Isla contaba menos
para los intereses,
tanto de los criollos
como de los españoles,
aunque es necesario
señalar que la primera
Sociedad Económica
fundada en Cuba se
estableció en Santiago
de Cuba en el año 1787,
pero sus labores fueron
muy limitadas. Se
expusieron también en
esta publicación “la
introducción y
exportación, con otras
curiosidades conducentes
al fin de su instituto”,
así como los discursos
pronunciados en las
sesiones y las actas con
la relación de los
socios y “mapas y
dibujos presentados que
puedan contribuir al
bien público, y a su
instrucción”.
Aún no ha podido
determinarse quién fue
la persona que redactó
los dos primeros
volúmenes, aunque
algunos coinciden en
señalar que fue Juan
Manuel O’Farril,
secretario de la
corporación en aquellos
años, mientras otros
afirman que fue Félix
Fernández de Veranes,
capellán de la Real
Armada. Años más
adelante fungió como
director interino un
conocido impresor y
escritor, José de
Arazoza.
En el tomo III de estas
Memorias puede leerse:
Las memorias de este
Cuerpo patriótico
correspondientes a los
años de 1793 en que tuvo
principio, y siguiente
1794 han hecho ver al
Público con los más
bellos coloridos cuantos
pasos dio la Sociedad
para llegar al brillante
estado en que se halla.
Los nombres de los
ilustres amigos, que
contribuyeron con sus
riquezas y sus
conocimientos al bien de
la humanidad, adelanto
de las artes, y fomento
de la agricultura, están
perpetuados en aquellos
anales para que la
posteridad admire sus
virtudes cívicas, y las
presente como dechados a
las generaciones
posteriores.
Tanto en las actas
reproducidas o
extractadas, en los
informes anuales de las
secciones de la Sociedad
Patriótica y en otros
documentos incluidos en
estas Memorias se
puede constatar el
desenvolvimiento de la
patriótica Corporación y
los valiosos servicios
prestados al país en
todos los órdenes
sociales. Se reproducen
además importantes
documentos
indispensables para el
conocimiento de la
historia de América en
general y de Cuba en
particular. Contienen
numerosos trabajos de
carácter histórico,
científico, económico y
literario; artículos
sobre educación y
copiosos datos
estadísticos con los que
se puede reconstruir
buena parte de nuestro
desarrollo en los más
variados órdenes.
Asimismo se publicaban
traducciones tomadas de
periódicos
norteamericanos y
europeos. Dedicó amplio
espacio a reseñar las
labores de las
sociedades homónimas
existentes en España y
en tierras americanas.
Resulta curioso que una
vez estabilizada su
salida periódica, la
Sociedad Económica
decidiera sacar a
concurso quién sería el
redactor de este
periódico, para así
lograr una mayor
imparcialidad y
estímulo, práctica que
duró varios años. Para
competir era
indispensable que el
aspirante escribiera un
discurso, para de esta
manera, en el seno de la
dirección de la
corporación, se pudiera
evaluar el estilo
utilizado en el
documento, que debía ser
“puro y claro, evitando
toda afectación de
elocuencia y erudición”.
Como esta publicación
respondía, sobre todo, a
los intereses de los
criollos ilustrados,
estaba sujeta a los
dictámenes del temido
censor, cargo
desempeñado durante
muchos años por el
Licenciado José Antonio
Olañeta, que debía
revisar el prospecto
anual de cada memoria.
Ejercitó con fuerza sus
prerrogativas cuando la
publicación, por razones
internas, dejó de salir
durante diez años
largos. Al reanudarse en
1835, hubo que esperar a
su decisión para que
pudiera ver la luz. Años
después, en julio de
1839, la Sociedad
Patriótica solicitó
también autorización al
gobierno para la
publicación de un
periódico semanal
titulado La Antorcha,
que se repartiría de
manera gratuita entre
“entre las personas
menesterosas del campo,
y cuyo papel se
consideraba un apéndice
de las Memorias”. El
censor informó, tras
conocer el plan de este
periódico, que “no era
oportuno conceder el
permiso, porque el
periódico de referencia
no sería dedicado
únicamente al fomento de
la agricultura, sino a
otros asuntos, para lo
que ya contaba dicha
corporación con las
citadas Memorias”.
Una vez más, el censor
hacía uso de sus
omnímodas facultades
para decidir qué se
publicaba en la Isla.
A través de su larga
vida la publicación fue
alcanzando notables
mejoras y no dio cabida
a ningún artículo que no
fuera original, a la vez
que desechó aquellos que
no tuvieran un alcance
“positivo” para la
mejora de la Isla. Los
redactores, animados de
los mejores deseos de
participar en un
periódico que pretendió
ser “el primero de La
Habana”, se rodeó a lo
largo de su historia de
un excelente grupo de
colaboradores, entre los
cuales se destacan, a lo
largo de su transcurrir,
nombres como los de
Tomás Romay, Antonio
Bachiller y Morales,
José Antonio Saco,
Domingo del Monte, Félix
Varela, Andrés Poey,
José Antonio Echeverría,
Tranquilino Sandalio de
Noda, Álvaro Reynoso y
Alejandro Ramírez. Todos
abogaban, dentro de sus
limitaciones
socioclasistas, por una
Cuba mejor y situarla a
la altura de las
sociedades más
adelantadas del orbe.
A lo largo de los años,
lograr la aparición
sistemática de las
Memorias no siempre
fue posible de cumplir
debido a razones de
índole económica. Así,
hacia el año 1849 su
entonces director,
Francisco de Paula
Serrano, debió solicitar
el apoyo de la Real
Junta de Fomento, pues
era insuficiente lo
aportado por la Sociedad
Económica. Accedieron
los miembros de dicha
junta, siempre y cuando
se modificara el título
del periódico. Así
surgió Anales de las
Reales Juntas de Fomento
y Sociedad Económica de
la Habana y debía
ser portavoz de la nueva
institución auspiciadora,
promoviente también de
la introducción de
mejoras en la Isla. El
gobierno de España
aceptó el cambio,
siempre y cuando se
remitieran ejemplares a
la Biblioteca Nacional
de Madrid y al
Ministerio de
Gobernación.
Al salir el primer
ejemplar bajo la nueva
denominación se
expresaba:
... porque bien podemos
prometer mucho con las
seguridades de cumplir
todos los artículos de
un prospecto luminoso;
bien podemos ameritar el
periódico sin
atribuirnos gloria, sin
aparecer poseídos del
fatuo orgullo de
suficiencia; porque por
su misma naturaleza ha
de presentar un campo
vastísimo, lleno de
producciones valiosas de
todo género, en el gran
número de objetos
comprendidos en los
ramos de ilustración y
fomento, de
subsistencia, bienestar
y engrandecimiento de
esta interesante
posesión, conservada por
la Providencia a la
altura en que se halla,
a pesar de todos los
inconvenientes que la
rodean, como para
ostentarla virgen, en
medio de las
oscilaciones del siglo,
rica, en medio de las
penurias y desastres de
otros pueblos.
Médicos, historiadores,
especialistas en
agricultura, literatos y
hasta un futuro
presidente de la
República, Alfredo Zayas,
fungieron como
directores, en diversos
momentos, de la
publicación. Al cesar la
dominación española el
título de Real,
incorporado a su título
durante muchos años,
desapareció. Entonces
asumió su dirección una
figura prominente de las
letras cubanas: Ramón
Meza, que en 1887 había
publicado una de las dos
novelas más emblemáticas
del siglo
xix cubano: Mi
tío el empleado. La
otra, es, por supuesto,
Cecilia Valdés o La
Loma del Ángel. Meza
fue un hombre de una
profunda vocación de
servicio a su patria, no
ya a través de la
literatura, sino como
hombre dado a una
infinita voluntad de
emprender mejoras en su
país en el campo de la
educación y del medio
ambiente. Dirigió las
Memorias hasta el
año 1910 y murió al
siguiente.
Hasta el año 1949 las
Memorias de la
Sociedad Económica de
Amigos del País
dieron fe de vida. La
institución auspiciadora,
de conjunto con la
Revista Bimestre Cubana,
reiniciada en 1910
gracias a la enorme
voluntad de Don Fernando
Ortiz, sí continuaron
dando servicio a la vida
cubana en sus más
amplias disciplinas.
Interrumpidas ambas en
1959, volvieron a cobrar
fuerza a partir de 1994
y hoy se inscriben, la
Sociedad, dentro de las
organizaciones que
contribuyen a encauzar
en la Isla diversos
proyectos culturales y
sociales, en tanto que
la revista se mantiene
inspirada en el espíritu
renovador bajo el cual
salió a la luz en el ya
muy lejano año de 1831. |