|
Julito, por minutos, no
nació en una cancha de
fútbol. Esto no es una
metáfora ni un lugar
común. Fue literalmente
así. Aquel 18 de
septiembre de 1937
jugaba el equipo del
Centro Gallego en la
Polar. Sedelina,
presidenta del Comité de
Damas, animaba a los
suyos cuando sintió las
primeras contracciones.
Al domingo siguiente,
con solo siete días,
Julio Blanco Alfonso
miraba su primer partido
desde las gradas.
No sé si creerá en el
destino, pero debería,
pues todas las señales
del universo indicaban
que sería futbolista.
Hijo de gallegos, su
padre —que tenía el
mismo nombre— jugó
fútbol amateur en
Ourense. En cuanto a su
madre, no se perdía un
partido en la Polar y
gritaba tanto que el
esposo jamás se sentaba
cerca de ella.
Además, por si fuera
poco, Julio Blanco se
crió en Puentes Grandes.
Quien nunca haya
visitado Puentes Grandes
no puede entender lo que
esto significa. Allí,
entre el humo de las
fábricas, solo se jugaba
al fútbol. Ya no hay
humo ni fábricas, pero
queda el fútbol. Muchos
de los mejores
futbolistas de este
país, como Julito,
salieron de jugar
descalzos en sus calles.
Todos los domingos,
después del partido,
Mario López, en aquel
entonces entrenador del
Centro Gallego; Garzón,
mediocampista; y Jesús
Villalón —más conocido
como el Negro Pito—, su
mejor delantero; iban a
probar el almuerzo de
Sedelina. Todos miraban
de reojo a Julito cuando
decía que quería ser
portero: “¿Pero cómo vas
a ser portero con ese
tamañito?” Ni hablar, lo
suyo estaba en el
ataque, era rápido y
sabía moverse en la
cancha.
Pero él quería quedarse
en la puerta, como su
ídolo Tarzán, no el de
las historietas, sino
Rolando Aguilar, portero
titular del Centro
Gallego. Sedelina, con
obstinación orensana, lo
presionaba para que
hiciera caso a los que
saben. Él, más obstinado
todavía, le prometió que
llegaría a ser el mejor
portero de Cuba. La
madre chasqueaba los
labios: “Que vas a ser
el mejor de Cuba,
muchacho, no seas loco”.
Pero aún le falta para
demostrarlo. Ahora,
apenas tiene diez años y
juega por primera vez en
el equipo de la Escuela
número 39, de Puentes
Grandes. Ese era el
equipo al que querían ir
todos los muchachos del
barrio, pues los mejores
salían de allí.
Con 14 años quiso jugar
en el Ceiba Juvenil,
pero en la 39 no se lo
permitían, sabían que
era de los buenos y, a
la usanza de los clubes
modernos, se negaron a
dejarlo ir. Por lo que,
durante un año, militó
en el Ceiba con el
nombre de otro: Carlos
Velis. Al final de la
temporada, el tal Carlos
Velis fue elegido para
integrar el equipo
All Stars y Julito
tuvo que entregarle el
diploma que había ganado
con su nombre.
Después jugó con el once
de Puentes Grandes, pero
al conjunto le fue mal
en la clasificación y se
desintegró. En ese mismo
año, otro equipo, el
Mordazo, también tenía
problemas. Faltaban solo
seis partidos para que
terminara el campeonato
y estaban en el tercer
lugar, debajo del San
Francisco. Bernardo
Llerandi —en aquel
entonces
entrenador-jugador, años
más tarde, padrino de su
boda— le dijo a Julito
que si él y Francisco
Mondelo fichaban por su
equipo, ellos ganarían
el campeonato.
“Pero Bernardo —señaló
Julio, incrédulo—, están
en tercer lugar y van
seis puntos detrás, eso
es imposible”. A lo que
este contestó: “No te
preocupes, que tú y
Mondelo van a hacer que
yo sea campeón”.
Mondelo era defensa
central y de los
mejores, ya había jugado
como profesional y llegó
a enfrentarse al Real
Madrid. Era tan bueno,
que un grupo de 16
jugadores argentinos,
que entrenaba aquí en
Cuba, decidió llevárselo
como refuerzo a un
partido que tuvieron en
Centroamérica.
El caso es que en la
temporada 1957-1958,
contra todo pronóstico y
con Julito bajo los tres
palos, el Mordazo quedó
campeón, ganando todos
los partidos que le
quedaban. Incluyendo el
del desempate, frente a
sus eternos rivales del
San Francisco. Luego, en
ese mismo año, todo el
equipo viajó a México.
Martes 7 de octubre de
1958, primer partido
frente a la selección
del Distrito Federal. En
el arco del Mordazo,
brilla Julito. Es joven,
bajo y tiene el pelo
negro brilloso, igual
que Elvis, el Rey, en
este caso, el rey del
área. Noventa cumplidos, los
cubanos ganaban 2-1, el
árbitro concede nueve
minutos de descuento.
Cuando faltaban dos para
el final, Nardito Gascón
se queda solo frente a
la portería rival; pero
los nervios, el público
y la suerte le jugaron
en contra y falló ante
la mirada atónita del
Estadio Olímpico de la
Ciudad de los Deportes.
Incluyendo la del
portero rival, que daba
gracias al cielo por
mandarle jugadores
inexpertos. Luego, ya en
el minuto 99, Jorge Diez
lanza un disparo al
ángulo, allí donde no
llega ni Dios y mucho
menos Julito, que es más
pequeño. El partido
acaba en empate.
Al día siguiente, se
habló de los goleadores,
la remontada mexicana,
la afluencia de público,
pero los titulares
tenían un solo
protagonista: “el
porterito cubano” que
salvó la noche. Las
primeras planas eran
para Julio Blanco, la
gran revelación.
Sedelina, siempre fiel,
lo apoyó desde las
gradas. Aunque no como
solía hacerlo en la
Polar, dejándose la voz.
Le habían advertido que
allí, en el D. F, podían
lincharla; así que ella,
obediente, aupó con bajo
perfil. También recortó
todos los periódicos en
los que aparecía su hijo
y los trajo a Cuba. Así
inició un álbum de
recortes que Julito
conserva hasta hoy.
Allí aparece la primera
selección nacional de
fútbol que representó a
Cuba después del 1ro de
Enero de 1959, en la que
Julio Blanco fue el
único portero, porque el
arquero suplente se
rehusó a serlo. El
evento era el Festival
de Fútbol de las Américas, celebrado en
Miami. Allí le ganaron a
EE.UU. y
Guatemala, pero contra
México fue más difícil.
El partido llegó
empatado a los penales.
Los mexicanos hicieron
un último cambio antes
del pitido final y
metieron en la cancha a
uno que le decían “el
frijol” con la intensión
expresa de que fuera él
quien cobrara. Era la
época en que un solo
hombre tiraba tres
penaltis. Blanco, seguro
de sí, se llevó aparte
al defensa cubano que
iba a cobrar, Alberto
Gutiérrez.
“Albertico —le dijo—,
trata de marcar los tres
que yo tarde o temprano
paro uno”.
Pero el último disparo
de Albertico lo desvió
el mejor amigo del
portero: el poste. Y
Julito, por su parte,
tampoco pudo detener
ninguno de los remates
del “frijol”. Aun así,
no fue un mal resultado,
sobre todo si se tiene
en cuenta que el único
portero de la selección
cubana jugó con el muslo
entablillado a causa de
una lesión. Al final,
quedaron segundos en el
torneo.
El desastre vendría poco
después, ese mismo año,
en los Panamericanos de
Chicago. Llegaron con
escaso entrenamiento a
enfrentarse a equipos
como Brasil, Argentina,
Costa Rica y, una vez
más, México. En el
partido contra Costa
Rica, estuvieron ganando
1-0 durante gran parte
del primer tiempo. Pero
en el minuto 25, en una
de las jugadas suicidas
que acostumbraba a
hacer, Julito se arrojó
a los pies del atacante
para quitarle el balón y
el delantero le fracturó
la mano derecha de una
patada. Tuvo que
abandonar el juego y
luego se enteró de que
habían perdido 2-1.
En el partido contra
Brasil, lo más relevante
fue que Gérson, el zurdo
de oro, quien luego
sería campeón mundial en
1970, ese que sabía
pegarle a la pelota como
nadie, le marcó dos
goles. Sendos tiros
libres que se colaron
por la esquina. “¿Ves
esa parábola que el
balón hace ahora? —me
pregunta Julito—. Pues
la comba de Gérson era
muy superior. En los dos
tiros indirectos que me
hizo, a 20 metros, yo me
tiré con todo, la bola
parecía que iba un metro
y medio por fuera de la
portería y de pronto
giraba y se metía por el
ángulo. Así fueron los
dos goles que él me
hizo”.
Luego, en 1962, en los
Centroamericanos de
Kingston, Jamaica, el
problema fue el exceso
de entrenamiento.
Después de entrenar de
siete a ocho horas
diarias, a uno le quedan
pocos deseos de patear
un balón. Por eso, me
explica, en el primer
tiempo jugaban de igual
frente a todos los
contrarios, pero ya en
el segundo comenzaba a
salir el cansancio y ahí
los remataban. “Tengo
fotografías de ese
equipo y parecíamos
salidos de un campo de
concentración”, asegura.
Mientras que en Europa,
el peor enemigo fue el
frío. El primer partido
era contra un club no
demasiado fuerte. En
cambio, el frío sí lo
fue. Julito no recuerda
haber tenido tanto en su
vida. Los cubanos,
inexpertos, nada más
llegar al cuarto se
metieron en la cama
tapados de pies a cabeza
y se levantaron apenas
15 o 20 minutos antes
del partido, totalmente
entumidos.
|
 |
Para colmo de la
desventaja, a alguien se
le ocurrió que debían
jugar al off side
con tres defensas en
línea que apenas podían
moverse y, por si fuera
poco, en un terreno que
no tenía césped. Julito
lo describe como “hecho
de un material parecido
al carboncillo”. Aquello
fue una masacre. Cada
vez que se lanzaba al
suelo, a por el balón,
se ponía de pie con
sangre en los costados,
lo rociaban con un spray
con una especie de goma
para tapar las heridas y
seguía jugando, así,
hasta la próxima caída.
Logró detener varios
disparos, pero hubo
cinco que no alcanzó.
Mientras, del otro lado,
la puerta ni se enteró
que estaban jugando al
fútbol.
Era la época en que
alineaban cinco
delanteros y un arquero
podía recibir hasta 30
disparos en un solo
partido. Aun así, Julito
cubría sin guantes.
Cuenta que una vez,
mientras jugaba con el
equipo de la Polar, José
Zorrilla, el dueño de la
cervecera, lo vio sobre
el terreno. Al día
siguiente le mandó a
decir, a través del
entrenador, que se
comprara todos los
implementos que le
hicieran falta, él
pagaba. Una semana
después Julito se
apareció en el campo con
indumentaria de estreno,
entre el conjunto: un
par de guantillas
nuevas. La primera
jugada de peligro fue un
disparo al costado, no
era una trayectoria muy
difícil, pero cuando le
dio en los dedos, el
balón resbaló y cayó
dentro. Ahí mismo se
quitó los guantes. Si no
han llegado al mar,
todavía dan vueltas por
el río Almendares.
“Es que las manos mías
eran bastante seguras
—recuerda—. Yo había
jugado baloncesto y fui
rematador en un equipo
de voleibol. Jugué de
todo, hasta pelota. En
el voleibol la gente se
impresionaba por mi
corto tamaño y lo mucho
que saltaba”.
Una cualidad que le
sería muy útil poco
después, dentro del
área, esa donde, como
todo buen arquero, era
rey. Los defensas, a
quienes dirigía, se
sorprendían al ver que
se elevaba por encima de
todos, casi de manera
sobrenatural, en busca
del balón. “El buen
portero tiene que saltar
—aconseja—, no puede
dejar los pies pegados
al suelo porque le hace
un puente a la pelota y
esta le pasa por debajo.
El portero es el primer
atacante de un equipo de
fútbol y el último
defensor”.
Sin embargo, Julio
Blanco era más que eso,
también fue último
atacante o, si se
prefiere, primer
defensor, y de los
buenos. En el 61, pasó
seis meses en España,
visitando las
propiedades de su
familia. Allí, entrenó
en el Couto de Ourense y
el Riazor de la Coruña,
también recibió ofertas
para jugar en el
Espanyol de Barcelona,
pero, como diría a
muchas proposiciones
similares a lo largo de
su vida: no le
interesaba ser
profesional. Al regresar
a Cuba, su posición de
portero regular en el
Mordazo había sido
ocupada por otro y el
entrenador no quería
quitarle la titularidad
después de seis meses en
el arco, no era justo.
Así que puso a Julito en
el extremo izquierdo. Al
día siguiente apareció
una crónica de Elio
Constantín en el
periódico Revolución,
donde alababa al
delantero Julio Blanco
por marcar cuatro goles
el domingo.
Además del Mordazo y la
Selección Nacional, jugó
tres años en
Industriales, no el
equipo de pelota, desde
luego, sino otro con un
palmarés mucho más
modesto. Pero, a pesar
de la escasez en sus
vitrinas, Julito le
ayudó a conseguir tres
títulos consecutivos,
hasta su retiro en 1967.
Aunque, de todos modos,
siguió ganando, esta vez
como entrenador:
“Fui entrenador en Pinar
del Río. Como tuve
buenos resultados me
trajeron para la EIDE
(Escuelas de Iniciación
Deportiva Escolar) de La
Habana. Aquí gané dos
campeonatos, invicto. Al
año siguiente entrené al
equipo de escolares de
La Habana y tuve otro
campeonato invicto.
Luego me llevaron para
los juveniles y también
ganamos. Después dirigí
al Deportivo
Industriales, de primera
categoría, y ganamos el
campeonato. Las tres
categorías en el mismo
año. Más tarde me
hicieron director del
Frente Escolar de
Fútbol, aquí en la
provincia, y después fui
comisionado provincial
durante 17 años. También
dirigí la Academia de
Fútbol de La Habana, que
estaba en la Polar y me
quedé ahí hasta que me
retiré, porque ya tenía
bastantes años y quería
un poco de descanso”.
Bueno, tal vez
descansaba durante toda
la semana, pero no los
domingos. Porque fue
fundador de la Liga de
los Veteranos y jugó
allí 30 años. Aunque,
eso sí, muy pocas veces
como portero, ya los
reflejos no eran los de
antes. La última vez que
cubrió la puerta fue a
regañadientes, el mismo
día que le fracturaron,
por novena ocasión, el
meñique de la mano
derecha.
Ni el portero regular ni
el suplente se
presentaron a la cancha
y el único que conocía
la posición era él. Así
que cedió ante la
presión grupal y fue al
arco, como siempre, sin
guantes. Hay una jugada
confusa dentro del área,
se lanza a atrapar el
balón y la primera
patada fue de un defensa
suyo, en las costillas;
la otra se la propinó
Mondelo, el compañero
del Mordazo histórico,
en las piernas; y la
última, la fatídica,
vino de un delantero
contrario que intentaba
rematar a puerta,
ignorando que, alrededor
de la pelota, había un
par de manos. Nunca más,
se dijo Julito.
Ahora, ya no juega, pero
a veces se le puede ver
en el Marrero, donde
todos lo saludan con
respeto de general
viejo. O caminando por
Puentes Grandes, rumbo a
la casa donde creció,
con la ropa sencilla,
los rasgos de gallego y
el meñique torcido. O
los domingos, en la
Polar, en esas mismas
gradas donde no nació
por apenas minutos. En
el mismo lugar en que se
sentaba cuando niño, una
zona neutral entre la
hinchada del Centro
Gallego —el equipo de
sus padres— y la del
Deportivo Puentes
Grandes —su barrio—.
Allí, donde cada vez que
los primeros marcaban,
su papá, entusiasmado,
corría a abrazarlo y,
entre los cánticos de la
tribuna, decía: “Julito,
Dios es gallego”.
|

Foto: Kike |
|