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A mi hijo Arturo, cuyos
llantos nocturnos
inspiraron este relato
Tin ya no vive aquí.
Quiero decir entre
nosotros. Ahora que se
fue, creo que hasta lo
estoy extrañando.
Cuando nació era un bebé
de lo más normal: se
reía con las marugas
voladoras, lloraba
cuando tenía hambre o se
sentía incómodo, le
pegaba manotazos al
robot nodriza y, como
todo buen lactante,
orinaba y defecaba con
asiduidad los culeros.
Yo lo visitaba cada
tercer día en el cunero,
como es tradición. Lo
contemplaba desde
afuera, por supuesto.
Hasta me extraje el
fluido de los pechos
para ayudarlo a
protegerse de los
microorganismos, cosa
que muy pocas
progenitoras hacen hoy
en día.
Fue sobre los dos años
cuando comenzó a hacer
cosas raras. Recuerdo
que la directora me
mandó a buscar alarmada,
porque durante la hora
dedicada al
reconocimiento de la
especie, Tin trataba de
abrazar y besar a los
otros pequeños. Ella se
asombró bastante y me
dijo que hacía lo menos
50 años no se presentaba
un niño con ese
comportamiento anómalo
en su institución. Los
otros niños lo miraban
con una mezcla de
disgusto y perplejidad.
El sicólogo recomendó su
inmediato aislamiento
físico durante la
sesión; así fue que
comenzaron a llevarlo en
un aislador transparente
que solo permitía el
intercambio de imágenes
y sonidos.
Pasó el tiempo y parecía
que la absurda conducta
quedaba en el pasado;
pero a los cuatro años,
cuando ya empezaba con
sus clases de idioma y
comunicación a
distancia, lo
encontraron una mañana
destripando su primer
comunicador con una
manivela de
ferroplástico.
Fue por esos días cuando
se iniciaron también sus
pesadillas. Solía
despertarse hasta tres
veces en la noche
gritando y llorando sin
consuelo con una
tristeza de muerte. Lo
más extraño fue cuando
empezó a llamarme en las
noches. Por supuesto no
me llamaba por mi
nombre, porque no lo
conocía, pero clamaba
por su progenitora
empleando un vocablo
arcaico: mamá.
La directora y el
sicólogo no sabían qué
opinar. No tenían la
menor idea de qué fuente
podría haber llegado a
Tin esa palabra.
Aseguraban que en los
programas educativos del
primer ciclo no podía
haber un error tan
garrafal; pero el hecho
es que de algún lugar
conocía la palabra, y me
llamaba sin descanso con
su vocecita desgarrada y
contrita, unas veces
suplicante, otras,
airada y otras aterrada.
Ninguno de nosotros
había escuchado jamás de
un caso parecido en
nuestras vidas.
Era del todo inusual que
una progenitora se
enterara de los
problemas de sus
descendientes, sin
embargo, ante la
situación creada, la
directora opinó que era
imprescindible ponerme
al tanto. Me preguntaron
si yo había transgredido
las normas vigentes
estableciendo contacto
personal con mi vástago,
pero yo les aseguré que
no había tocado a Tin,
ni hablado con él desde
que salió de mi vientre.
Eso sí, me vi obligada a
confesar que cuando lo
llevaba dentro de mí,
tuve la debilidad de
cantarle antiquísimas
canciones de cuna. Tras
esta confesión, el
sicólogo no demoró en
argüir que era un hecho
demostrado que las
criaturas en etapa
avanzada de desarrollo
fetal son capaces de
captar muchas señales
externas, en especial
las provenientes de su
progenitora. Conjeturó
que, estando en contacto
indirecto con estas
canciones, el embrión
debió de archivar, de
forma críptica,
determinados conceptos
en su subconsciente.
Vinieron unos años en
que los accesos de
melancolía y las
llamadas por mi
presencia fueron
disminuyendo, hasta que
Tin aprendió a leer y
escribir. Entonces
comenzó a enviarme
cartas. Al inicio
enviaba una diaria, al
cabo de varias semanas
la frecuencia disminuyó
hasta una semanal. Meses
después las misivas se
hicieron más
esporádicas, pero nunca
dejó de escribir.
Redactaba las misivas en
su comunicador y las
enviaba a las
direcciones electrónicas
de los educabots, de la
directora y del
sicólogo.
Pero las cartas eran
para mí.
Eran cartas de reclamo,
tan desgarradoras como
sus llantos. Al
principio las leía, pero
más tarde decidí
destruirlas sin leerlas
porque temía contagiarme
y terminar tan
trastornada como él. Yo
no entendía como un niño
que nunca había conocido
a su progenitora podía
sentir eso. Me
preguntaba qué olvidado
instinto se había
despertado en Tin, y lo
hacía sufrir de esa
manera.
Su fijación conmigo fue
uno de los primeros
síntomas de su
anormalidad, pero no el
único. Un poco después
Tin exigió pasar al
menos una hora de su
tiempo de descanso
arriba, en la
superficie. Me cuentan
que gustaba de acostarse
en un pequeño prado para
“sentir el roce de la
hierba en su piel”,
según sus palabras
textuales. Regresaba de
esos paseos cargando
brazadas de hierbas y
flores silvestres, que
lanzaba en el piso de su
cuarto, “para disfrutar
del olor de la
naturaleza”, como solía
decir. Nadie comprendía
cómo Tin prefería esos
hedores de afuera a la
pulcra limpieza y los
asépticos olores de los
salones de dormir de la
escuela.
Otra de sus
excentricidades era
disfrutar de las
“puestas de sol”. No
supimos nunca de qué
arcaico videolibro sacó
el muchacho esta frase
rimbombante. Este era,
no obstante, un placer
bastante infrecuente, y
en consecuencia, mucho
más disfrutado; ya que
nuestro sol se encuentra
eclipsado casi a
perpetuidad por la
perenne suciedad que
enrarece la atmósfera.
Ante esta situación, el
sicólogo decidió revisar
a profundidad los
archivos para
documentarse. Encontró
algunos reportes de
casos aislados en los
cuales aparecía alguna
que otra de las anómalas
actitudes adoptadas por
Tin, pero ninguno tan
florido en síntomas de
insanidad como este.
Pero al mismo tiempo,
Tin era un infante sano
y con un índice de
aprendizaje normal.
Vencía sin dificultad
todas las materias y
hasta lograba algunas
notas sobresalientes.
Claro está, había
asignaturas que no le
interesaban, y en estas
sus notas eran
mediocres. En especial,
todo lo relacionado con
técnicas de comunicación
a distancia y
virtualidad, no generaba
el menor interés en él; por el contrario,
podría decirse que le
disgustaban muchísimo
esas materias. Tampoco
mostraba sentirse
atraído por las
distracciones que solían
cautivar a los muchachos
de su edad. Lo más
notable era su absoluto
desprecio por las
conexiones y juegos
virtuales con sus
compañeros de estudio.
Por esos días también
empezó a correr. Digo
correr de verdad, por la
superficie, y no una de
las carreras virtuales
en que se enfrascaban
los otros niños. Decía
la directora que le
gustaba correr bajo el
sol durante casi 30
minutos y regresar
transpirando a mares
bajo su camiseta. De
solo imaginármelo, me
invadía una profunda
sensación de asco.
A los ocho años, Tin
intentó crear una
especie de cofradía
secreta con niños
interesados en
experimentar con mayor
asiduidad el contacto
personal entre ellos. La
idea fracasó después de
las dos primeras
reuniones porque uno de
los niños involucrados
se asustó y reportó el
incidente, con lujo de
detalles, a los
educabots.
Ante esa actitud
francamente sediciosa,
la directora y el
sicólogo resolvieron
pedir ayuda
especializada.
Comenzaron a temer que
el mal se extendiera
entre sus compañeros y
pusiera en crisis los
pilares básicos que
sostienen nuestra
sociedad. Eso no podía
permitirse jamás.
La directora remitió los
detalles del caso a la
central de educación y
ellos nos conectaron con
un asesor. Este escuchó
las generalidades y,
durante dos semanas,
deglutió informes,
estudios y muchas horas
de evidencia fílmica.
En la mañana del
decimoquinto día se
despidió de nosotros con
su amable e inexpresiva
sonrisa y nos dijo que
en breve recibiríamos
instrucciones de los
niveles superiores.
Las instrucciones
llegaron por escrito.
Le pidieron a la
directora que se
presentara con el chico
en las instancias
superiores. Reclamaban
presentación física,
nada de contacto virtual
esta vez. Querían ver al
niño de cerca. Esa
inusual propuesta nos
indicó que se estaban
tomando el caso de forma
muy seria.
Se creó una comisión
ad hoc para
entrevistar a Tin. Esta
incluía oficiales
administrativos de muy
alto rango y destacados
científicos. Había
sicólogos, sociólogos,
virtuólogos, biólogos,
clínicos, artistas,
parasicólogos,
historiadores,
comunicólogos, místicos
y especialistas en
deportes virtuales. Las
entrevistas se
extendieron durante 13
días.
Al cabo de este tiempo
tuvieron a bien
llamarnos a la directora
y a mí a una oficina muy
amplia e importante en
el edificio de la Junta
Central. Nos recibieron
un hombre canoso con un
traje elegante y dos
mujeres que vestían las
túnicas con el logotipo
de la Junta. Una de las
mujeres era mucho mayor
que la otra. El hombre
nos atendió con
estudiada cortesía y,
luego de las
presentaciones de rigor,
fue directo al grano.
Nos explicó que el caso
de Tin no era en
realidad un problema
nuevo en nuestra
sociedad. Aseguró que
habían existido otros
antes que él; que
ocurrían con muy baja
frecuencia, pero
ocurrían. “Los expertos
han llegado a la
conclusión de que estos
niños viven en el
pasado” dijo. Y continuó
explicando que la
Ciencia no ha conseguido
aún comprender cómo
sucede, ni que
mecanismos están
involucrados. Que
algunos especulan que se
activan determinados
genes que han estado
“dormidos” por miles de
años, y cuya expresión
desencadena instintos
ocultos por
generaciones. El asunto
es que son unos seres
inadaptados a nuestro
mundo, y lo peor es que
su caso no tiene cura
posible hasta el
momento.
Aquí comenzó a hablar la
mujer más joven con una
voz melodiosa y
sosegada. Explicó que
Tin sería muy infeliz en
nuestra sociedad y que
conocían, por amargas
experiencias anteriores,
que nada podría hacerse
para que se llegara a
adaptar a nuestras
costumbres. Recalcó que
Tin añoraba vivir en el
pasado, pero que
nosotros no podíamos
devolverle ese pasado.
Planteó la existencia de
una remota posibilidad
para enviar un ser vivo
al pasado, pero las
afectaciones
espacio-temporales que
esto ocasionaría podrían
ser demasiado graves
para que fuera
éticamente aceptable.
La mujer mayor tomó
entonces la palabra y
nos dijo que algo se
podía, no obstante,
hacer por Tin, ya que
existía ahora una opción
que no estuvo disponible
para los casos
anteriores. Por ella nos
enteramos de los
resultados de la última
expedición del proyecto
Éxodo. Se había
encontrado un planeta
con excelentes
condiciones para la vida
en uno de los brazos
espirales, no muy lejos
de aquí. El lugar no era
propicio para emigrar ya
que estaba habitado;
pero por otra parte, la
existencia de esa
civilización, en muchos
aspectos más atrasada
que la nuestra,
permitiría brindarle a
Tin lo que necesitaba:
una nueva casa.
Explicó que el fenotipo
de los habitantes del
planeta, al cual
llamaban Tierra, era
bastante parecido al
nuestro, por lo que solo
se necesitarían ligeras
modificaciones en la
anatomía del pequeño
para que pasara
inadvertido. Lo más
importante; muchas de
las rarezas de Tin eran
aún costumbres bastante
comunes allí, por lo que
pensaban que su
adaptación sería rápida
y completa. Afirmó que
nuestros expertos han
vaticinado que la
sociedad terrestre lleva
una evolución semejante
a la nuestra y que, si
antes no se han
aniquilado entre ellos,
dentro de dos siglos
vivirán exactamente
igual que nosotros. Pero
eso es tiempo suficiente
para que el muchacho
viva una vida plena y
feliz.
A mí me pareció aquella
solución muy
satisfactoria. En
definitiva yo ni
siquiera debía haberme
enterado de los avatares
de mi descendiente, el
cual era responsabilidad
exclusiva de la
sociedad.
Y así fue como Tin
partió. Un día nos
informaron que todo lo
planeado había sido
ejecutado sin mayores
obstáculos. Se modificó
su memoria para que
reconociera como suyo
aquel mundo lejano y
partió en silencio, sin
despedidas ni lágrimas.
Yo regresé a mi rutina
diaria en el trabajo,
mis sesiones de gimnasia
virtual, mis esporádicas
aventuras sexuales
—virtuales, por
supuesto, pues ya yo
había cumplido con mis
deberes sociales—, mis
mascotas y mis
videolibros.
Pero algo dentro de mí
había cambiado.
Con frecuencia me
sorprendía pensando en
Tin y en cómo sería su
vida en aquel mundo al
que llamaban Tierra.
Recordaba su llanto, sus
cartas y su conducta
desafiante y no podía
evitar las dudas, al
inicio agazapadas y
luego abriéndose paso en
mi cabeza de forma
inquietante.
Han pasado diez años.
Ahora ya sé que casos
como los de Tin han
dejado de ser algo
esporádico. Al inicio
trataron de ocultarlos
pero, como una epidemia,
son cada vez más los
niños que se niegan a
adoptar nuestros
patrones sociales. Ya no
pueden simplemente
desterrarlos. No hay
suficientes recursos. A
algunos han tratado de
cambiarles la mente, una
especie de
reprogramación hipnótica
le dicen los sicólogos
—mi colega Ala lo ha
llamado lavado de
cerebro—. Pero los
efectos son de corta
duración y las
consecuencias dicen que
pueden ser terribles
para la salud.
Cada vez más reaparecen
en nuestro mundo
palabras hace tiempo
sepultadas: amor,
cariño, ternura, hijo,
caricia, besos, madre,
ejercicio, abrazo,
hermano, empatía. Nos
acosan con sus
significados tentadores.
Para mí es tarde.
Mi mente está demasiado
condicionada para
entender que alguien
pueda rechazar nuestra
vida tan perfecta,
ordenada y pulcra. Pero
es evidente que otros
pueden hacerlo y que
cada vez son más. Ala,
por ejemplo, mucho más
joven que yo, se atrevió
a decir que es un error
imponer a la gente un
patrón único de
conducta, aun cuando lo
consideremos ideal. Ella
dice que nuestra forma
de vida ha perdido algo
esencial en el camino.
Que no es en realidad
tan ideal como nos
obligamos a creer. Que
quizá seamos tan solo un
envoltorio vacío, una
frase impecable pero
fútil.
Yo la escucho y me doy
cuenta de que ya no
puedo asimilar sus
ideas.
Tengo demasiado miedo a
los cambios.
Pero tampoco la voy a
denunciar; puede que
ellos tengan razón.
Puede incluso que sean
el futuro.
Solo lamento que mi
hijo no estará aquí
para vivirlo.
Carlos A. Duarte
Cano: Es doctor en
Ciencias Biológicas y
trabaja en el Centro de
Ingeniería Genética y
Biotecnología de La
Habana. Comenzó a
escribir ficciones a
partir del 2005, cuando
ingresó al Taller 7 de
CCF. Coordinador
General de la web
Guaicán Literario. Ha
colaborado además en la
edición de los ezines
Alpha Eridiani,
Axxon y Sinergia.
Es miembro del taller
literario Forjadores.
Junto a otros amigos
fundó, el 21 de marzo
del 2008, el Taller
Literario de ciencia
ficción y fantasía
Espacio Abierto. Es
también uno de los
editores del ezine
Korad asociado al
mencionado taller.
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