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Resulta más común
asistir a las
discusiones de Trabajos
de Diploma en el
Instituto Superior de
Arte (ISA) en junio y
julio de cada año, justo
en los meses que
finaliza cada período
lectivo. Como participo
en cada ocasión como
tutor, oponente o
tribunal, puedo, como
algunos de mis colegas
de la Facultad de Arte
Teatral, evaluar no solo
cada tesis en sí, sino
el conjunto que cada
grupo de Teatrología
presenta al concluir sus
estudios universitarios
en esta especialidad que
ha adquirido en Cuba
cierta licencia de
conocimiento público,
gracias al intenso
laboreo del ISA en estos
35 años, a los que
arriba justo en 2011.
A veces tenemos también
discusiones en
noviembre, más
habituales como término
de los cursos para
trabajadores, otra de
las modalidades docentes
en el ISA. La condición
de profesionales del
teatro o las artes
escénicas de estos
estudiantes, le confiere
interesantes
características a sus
diplomas, por supuesto,
vinculadas a sus
procesos de trabajo o a
la historia teatral de
los territorios donde
viven. Esta constituyó
la tónica de las cinco
tesis discutidas esta
misma semana en la
Facultad. Por la
importancia de las
mismas, vale la pena
“circularlas”, de modo
somero al menos, para
romper el injusto manto
de silencio que suele
acompañar a las
importantes
contribuciones que las
tesis del ISA portan
para la teatrología y la
cultura teatral cubanas.
En “El camino y la
puerta. El arte del
actor como centro
medular de la poética de
Teatro D’Dos”, Emmanuel
Correa García emprende
un viaje personal por
los túneles de trabajo
de dos décadas de este
grupo cubano. Más que
demostrar, quiere saber
él mismo cómo Julio
César Ramírez y su
equipo nuclear ha
llegado hasta aquí. Con
ese fin brinda la voz a
sus protagonistas que
cuentan los entresijos
de Teatro D’Dos y los
confronta con las
opiniones de la crítica.
Navega por los libros y
asideros que han servido
a los actores para
fraguar a lo largo del
tiempo la poética de la
agrupación. Selecciona
puntos en el camino en
los cuales observa
distinciones y puntos de
arribo: Federico,
a partir de textos de
Lorca, La casa vieja,
de Abelardo
Estorino y La edad de
la ciruela, de
Arístides Vargas.
Desmenuza muy bien los
espectáculos, al
detalle, lo que le
ofrece una verdadera
comprensión entre la
construcción y el
sentido, entre el actor
y la estética grupal,
entre el actor y el
espectador. No olvida la
relación entre el tejido
artístico y el contexto
social.
Con ese acumulado, nos
ofrece su testimonio
privado sobre dos
procesos que fueron su
puerta de entrada al
colectivo: Ignacio y
María, de Nara
Mansur y Esquinas,
versión de El tío
Vania, de Chéjov.
Pocas veces en nuestros
estudios teatrológicos,
un actor alcanza la
precisión y riqueza de
Correa al describir sus
desafíos, hallazgos y
matrices en medio de
montajes concretos. Al
final comprendemos que
Emmanuel Correa, ha
rebasado el nivel
empírico y se adentra en
las virtudes de la
investigación y el
ensayo sin abandonar
nunca su voz personal.
Ella es justamente lo
más importante, sobre
todo para un estudiante
que, como señalé arriba,
es un profesional del
teatro: que estas
páginas ofrezcan el
rastro de una compresión
teórica de su práctica,
al tiempo que legitima,
desde la importancia de
la academia, a un grupo
tan importante como
Teatro D’Dos.
Penetrante ejercicio
sobre el arte del actor,
se inscribe por derecho
propio entre los mejores
estudios sobre esta
especialidad central del
teatro en el panorama
insular contemporáneo.
Correa nos coloca, en
definitiva, frente a su
historia personal como
estudiante, espectador y
trabajador del teatro
que concluye sus
estudios con la ganancia
de una ética para
enfrentar su oficio. No
es poco en medio de los
tiempos que corren.
Mientras Abdel Soto
Perera en “Centro
Experimental de Teatro
de Las Villas. Historia
e impronta” , se destaca
por repasar
minuciosamente la
historia del teatro en
Villa Clara, incluso sus
más lejanos antecedentes
coloniales y, en
particular, lo que
podríamos denominar la
historia viva, aquella
que en el territorio
marca hasta el quehacer
actual.
Como parte esencial de
ese recorrido, la del
Centro Experimental de
Teatro de Las Villas,
(CET) un grupo con 20
años de trayectoria
entre las décadas de los
60 y los 80, parte de la
cual —en los 70— forma
parte de mis primeros
recuerdos teatrales como
espectador, por ejemplo
la inolvidable
Margarita en el país de
las maravillas.
Soto se detiene en cada
paso del surgimiento de
la agrupación, sus
desafíos primarios como
parte de un teatro que,
con la Revolución, se
“regaba” por toda la
geografía del país; en
cada producción del
colectivo; en su
relación con la política
cultural de cada momento
y en la construcción de
una poética específica,
justo lo que hizo
distinguirse al CET en
el panorama nacional.
Abunda sobre tres
montajes muy
importantes: el
mencionado Margarita…,
más El porrón
maravilloso y El
caballo de Ceiba,
todos a cargo de
Fernando Sáez, su
director y líder.
Finalmente, nos revela
razones de la
desintegración del CET y
su división en dos
nuevos proyectos.
Mediante otras
aproximaciones, Abdel
Soto podrá penetrar más
en las estructuras
artísticas, en la
dramaturgia, en las
estrategias específicas
de la dirección y en
otros niveles del
proceso de trabajo del
CET, cuya dedicación a
la modalidad del teatro
para niños con centro
fundamental en los
actores y no en los
títeres, se extraña hoy
en el panorama
villaclareño y nacional.
Lo que me parece
decisivo en este Trabajo
de Diploma, en última
instancia, para un
profesor y director que
prueba sus armas
precisamente en Santa
Clara —en un instante en
que muchos de los
directores mencionados
no trabajan ya y los
grupos que capitaneaban
no son lo que eran—, es
que bucee en la historia
que lo marca, sabiéndolo
él o no, y la haga
consciente. |