La Habana. Año X.
3 al 9 de DICIEMBRE

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Sigue soplando el viento

Dania del Pino • La Habana

Fotos: Reinaldo Barreras

Desde el 1ro. de junio de 1999, Freddy Núñez Estenoz y su grupo Teatro del Viento, iniciaron su viaje por los mares teatrales de esta isla del Caribe. Seducidos por el universo juvenil, por los temas familiares y la naturaleza secreta de las relaciones humanas, el colectivo ha desarrollado un trabajo de investigación permanente en el que el trabajo del actor se erige como centro de su poética escénica. Combinando una variedad de estilos y formas, sus puestas abarcan un amplio abanico que se esparce desde las técnicas titiriteras, hasta los movimientos danzarios, los elementos del show, el clown y la narración oral, lo que ha convertido a este colectivo en parte de la vanguardia de nuestras tablas.

Tal vez por ello Teatro del Viento regresó este año a la programación del Festival de Teatro de La Habana con Viviendo en el alero, su más reciente creación. Pero como fueron pocas las funciones en el marco de esta 14 edición, el pretexto de una gira nacional le permitió compartir su quehacer con el público habanero otras dos semanas. Así fue como permutaron de la sede de Argos Teatro a la sala Adolfo Llauradó de la Casona de Línea, donde se presentaron en el horario habitual del fin de semana.

Escrita y dirigida por Freddy Núñez Estenoz, la obra cuenta la historia de una familia de golondrinas que luego de pasar una larga estancia en un alero, se preparan para seguir su peregrinaje ante la inminente llegada del invierno. Dispuesta a emprender vuelo rumbo norte, la familia entra en conflicto cuando los dos hijos adolescentes deciden quedarse en su hogar. La metáfora de emigrar al norte en busca de calor, deviene centro mismo de la puesta en escena y habla al espectador de su realidad más cercana a través de un discurso poético y muy teatral. Núñez introduce en el texto expresiones y jergas propias de nuestra cotidianidad que, aunque a veces de manera demasiado evidente, contextualizan la historia en la Cuba de hoy.

¿Qué sucede cuando los adolescentes se sublevan ante los tradicionales patrones de comportamiento, defendidos por una familia de generación en generación? ¿Cómo romper con las costumbres rituales del pasado, convertidas en obligaciones, que generalmente responden a necesidades ajenas a nuestros intereses? ¿Cuáles son los riesgos de ser diferentes, de seguir nuestra voluntad y de imponer nuestros criterios por encima de los de otros? Estas son algunas de las interrogantes que intenta responder, o mejor, esbozar, sugerir, despertar, Teatro del Viento con su montaje. Hacer pensar a los más jóvenes y, por qué no, a los ya no tan jóvenes que influyen en ellos de manera definitiva, son premisas de esta obra que más allá de dirigirse al público juvenil, constituyen una excelente propuesta para toda la familia.

El montaje destaca los resortes humorísticos de la fábula de Núñez y activa otros mecanismos de la comedia como el choteo, la ironía, la parodia y la caricatura. Para ello, los actores resaltan algunos parlamentos con un tono de arenga que ridiculiza la ineficiencia de algunas campañas políticas. Las escenas de shows nocturnos, las simulaciones burlescas de actos de agresión entre los padres de la familia, y la dramaturgia gestual a través de la cual la obra sugiere lecturas secundarias recuérdese el momento en el que la Mamá golondrina acepta el nombre de Horizonte para su hija mientras representa el ritual de hacerse el harakiri, o cuando el padre hace el gesto de robar para aludir a “la lucha”, práctica habitual en la Cuba actual, son algunos de los elementos que evidencian la presencia de un humorismo de situación. Se develan así procedimientos de la técnica del clown, como una de las bases del trabajo. Y como consecuencia de todo ello, el espectáculo adquiere un tono de divertimento recurrente en espectáculos del colectivo, como Aceite+Vinagre=Familia.

En esa cuerda, los personajes de la historia han sido construidos por los actores como caricaturas. Haciendo uso de múltiples registros vocales, con acentuación en los tonos agudos cercanos al sonido emitido por las golondrinas, los intérpretes matizan los textos hasta la saturación y mantienen un ritmo acelerado durante toda la puesta. Sin embargo, en ocasiones el volumen de la voz se hace insoportablemente alto para el público en una sala tan pequeña como la Llauradó, y lo que fue creado tal vez como un acierto de la puesta, se convierte en una deficiencia que entorpece el disfrute y el entendimiento de la historia.

No obstante, el elenco de Teatro del Viento ha demostrado tener talento suficiente para enfrentar cualquier tipo de trabajo. En una entrevista que realizara Norge Espinosa al director del grupo, en el último número del Perro Huevero durante el 14 Festival de Teatro de La Habana, Núñez confesó su cercanía a grupos como Teatro de la Luna, por trabajar y buscar ese actor “tan versátil, que canta y actúa”, y Teatro de Las Estaciones, “por la pulcritud en su trabajo, por su sentido espectacular”. Puedo vislumbrar esos referentes en un montaje como Viviendo en el alero. La limpieza en la manipulación de títeres mecanismo recurrente en el quehacer de la compañía, mediante el cual los actores proveen al muñeco de una gestualidad humanizada que provoca simultáneamente risas y sentimientos de ternura en el espectador; los movimientos coreográficos, que evocan en la puesta el vuelo de las golondrinas y, por momentos, recuerdan los ejercicios biomecánicos de Meyerhold; así como el cambio de vestuario y el manejo de los elementos escenográficos a la vista del público, son algunos de los elementos que develan el entrenamiento y la preparación integral de los actores de Teatro del Viento, y conceden un sentido coral a sus espectáculos.

Tres plataformas de aluminio sirven de escenografía para recrear la historia. Ubicado en un plano superior, el hogar construido por Papá Golondrina ha sido ambientado con elementos de corte doméstico, comúnmente vistos en las viviendas de nuestra sociedad: una manera también de situar al espectador frente a su propia realidad. Este diseño de Freddy Núñez desplaza la acción hacia varios niveles escénicos, rompe con la horizontalidad y permite, en ocasiones, concentrar la acción en una u otra sección espacial, dando jerarquía a determinadas circunstancias. Tal es el caso de la escena en la que los dos adolescentes reflexionan en proscenio sobre la decisión que tomarán, en un nivel muy cercano al piso, mientras el resto del espacio se mantiene en penumbras.

Es evidente entonces la implicación de la iluminación en la puesta, la cual, con un colorido y variado diseño, alterna entre la luminosidad total de la escena y las pequeñas zonas de luces concentradas en uno o dos personajes, para ganar mayor intensidad en el conflicto. Prevalecen los tonos cálidos, coherentes para recrear el mundo de las golondrinas, perennes perseguidoras del verano, y la atmósfera jocosa del espectáculo con sus picantes parlamentos.

Con este montaje, Teatro del Viento demuestra una vez más su interés por investigar en el universo de los adolescentes y jóvenes, en sus inquietudes y su derecho a decidir si quedarse en uno u otro lado del alero, a ser diferentes, a romper las normas y, sobre todo, a emprender su propio vuelo. Viviendo en el alero continuará su gira por la provincia de Pinar del Río, desde allí, seguirá soplando el viento.

 
 
 
 
   
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.