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Cuando no existían las
agendas electrónicas ni
los celulares ni las
sofisticadas
computadoras que hoy nos
son imprescindibles, mi
padre anotaba los
cumpleaños de sus
compañeros de trabajo
combinando, con un
lápiz, los números de
las páginas de un
librito delgado y ya sin
carátula. Así su amigo
Salcedo aparecía en la
página 2, y luego en la
20, en un código que se
inventó para no olvidar
que el 20 de febrero
debía reunir a la
familia, desandar la
ciudad bicicleta arriba
y pasar a felicitar.
Jamás supo mi padre la
curiosidad que
despertaban en mí
aquellas combinaciones,
entre páginas de breves
narraciones, diversas
como los códigos de su
puño y letra. Un libro
con un nombre, tan
extenso en su semántica
y confuso, como
Divertimentos1
comenzó a explicarse
ante mí, solo después de
muchos años recurriendo
a sus páginas. Mas debo
confesar que descubrí
cabalmente al poeta
cuando ya había sido
consumado hace mucho el
hurto de aquel volumen
que me obsesionaba en su
contundente brevedad
llena de símbolos,
impresos y dibujados.
Muchos años pasaron
antes que fuera capaz de
separar a los fantasmas
de mi padre de los de la
literatura.
Ahora Eliseo Diego
vuelve entre recuerdos
que se me antojan
semejantes a mi confuso
y dilatado
descubrimiento. Esta vez
otras páginas lo traen,
y otros hijos y otros
amigos. Pero no solo
está mi curiosidad
intacta sobre su obra,
también parece estarlo,
por desconocida, cierta
zona de la creación del
escritor.
El número 72 de la
revista de Literatura y
Arte UNIÓN,
presentado el martes 29
de noviembre en la sala
Villena de la Unión de
Escritores y Artistas de
Cuba, “opta por
reconocer al poeta y sus
circunstancias”2
y dedica su dossier al
autor de los
“estremecedores poemas
de En la Calzada de
Jesús del Monte”3.
Para ello, nos descubre
entre las fotografías de
las primeras páginas a
los niños Rapi, Lichi y
Fefé y sus
despreocupadas sonrisas
al amparo de Villa
Berta, hogar de la
familia. Y después,
cuando ya aparecen canas
en la barba de Eliseo,
donde estaban aquellos
hijos, otros niños
sonríen con la misma
ingenuidad.
Dos Recuerdos,
de Josefina de Diego
García-Marruz, Fefé,
inician este encuentro
con la familia. En sus
páginas están la abuela
Berta Fernández-Cuervo y
Giberga, y la madre,
Bella García-Marruz,
como estampas vivas de
aquel halo de inefable
poesía que los rodeó más
allá de las palabras.
Acaso lo más
sorprendente que aflora
entre las páginas de la
publicación es
justamente el proyecto
de novela de Eliseo
Diego y uno de sus
fragmentos más extensos
titulado Narración de
domingo. Ideas
esbozadas, otras
tachadas, las más
inconclusas, conforman
los restos —¿o debiera
decirse el principio?—
de un texto que debió
escribirse “en primera
persona por Cayetano
[C.],
el protagonista”4,
y que su autor comenzó
en junio de 1945, para
dejar a medias, perdido
el impulso inicial.
Abandono relacionado
quizá con las obsesiones
del creador que se
descubren entre muchas
de sus líneas, en el
“Principal problema:
¿NOS DA O NO NOS DA
MATERIAL PARA UNA NOVELA
EL TEMA QUE
CONSIDERAMOS?”5,
y en su interés
reiterado por dejar
claro que el segundo
capítulo, como
continuidad del primero,
“se inicia desde la
almohada, es decir,
desde el cuaderno, es
decir, desde la memoria,
desde el fin”6.
“El abrumador paso del
tiempo, la inevitable
muerte, los misterios
insalvables de la
religión”, como temores
al descubierto en este
número, están también en
su cuento, hasta ahora
inédito, “Acerca de una
muchacha que supo muy
bien lo que quería”. Una
narración digna de un
apasionado egiptólogo,
por el acercamiento
detallado del autor a
esa cultura milenaria,
según expresó el
presidente del Instituto
Cubano del Arte e
Industrias
Cinematográficos, Omar
González, durante la
presentación de este
número de UNIÓN.
Solo otro tanto a favor
de la edición, que el
propio González
bautizara como
“coleccionable” durante
su exhaustiva
intervención.
Es cierto. La novedad de
las páginas de esta
revista trasciende la
presencia de Eliseo
Diego desde su obra
inconclusa, aún cuando
con ello bastaba.
Completan el convite
literario pasajes
inéditos de otras tres
novelas de igual número
de escritores cubanos,
tan diferentes entre sí,
como sorprendentes en
sus particularidades.
“Paisaje vienés”, un
fragmento de la novela
Detrás del silencio,
de Monseñor Carlos
Manuel de Céspedes; “El
arribo”, de esa
narración de Abelardo
Estorino que deberá
llamarse El tren;
y un pasaje de Se
anda buscando a un
hombre llamado Máximo.
Si lo ve, pídale, por
favor, no desaparecer,
de Enrique Pineda
Barnet, conforman esa
tríada impresionante,
anunciada en la
publicación como “Tres
próximas novelas”, pero
a las que en sus
respectivas notas de
presentación, por
motivos diversos, se les
augura similares
destinos que la del
proyecto de Eliseo.
Carlos Velazco, jefe de
redacción de UNIÓN,
había dicho durante su
intervención que “uno
puede presentar bien o
mal una revista, pero
esta se debe valorar por
el producto final”, y
coherentes en el
conjunto, e
imprescindibles en
contenido, transitan así
ante el lector Jacinto
Muñiz la Vallée, Mario
Coyula, Liborio Noval y
Miriam Rodríguez
Betancourt con visiones
muy particulares de
Eliseo Diego o alguna de
sus obras.
Los trabajos de Natalia
Bolívar sobre Camerún y
las sociedades secretas;
de Albero Abreu a
propósito de Ediciones
El Puente; de Olga
García Yero sobre el
escritor Marcelo
Pogolotti; el
acercamiento del propio
Velazco y de Elizabeth
Mirabal al intelectual
cubano Carlos Victoria;
la mirada de Luciano
Castillo a la
inclinación
cinematográfica de Alejo
Carpentier; y la
Nostalgia Habanera, de
Graziella Pogolotti como
homenaje a Eliseo
Alberto, completan fuera
de dossier una mirada
plural al acontecer
cultural contemporáneo.
Que al decir del jefe de
redacción, “jerarquizan
la producción cultural y
literaria de Cuba, y dan
cuenta de lo que sucede
actualmente”.
Y a pesar de la
diversidad contenida en
sus páginas, en el
número 72 de UNIÓN,
Eliseo Diego está por
todas partes. Las
ilustraciones de su hijo
Rapi, íntimas, diversas,
estentóreas o a penas
esbozadas, acompañan
también la poesía de
Nelson Herrera Ysla, de
Lina de Feria, de
Alpidio Alonso-Grau y de
Luis Marré. Casi todas
las páginas cargan con
los trazos del
primogénito,
reproduciendo a veces el
rostro del padre, a
veces el suyo propio tan
parecido, convirtiendo a
la revista también en
una especie de álbum de
familia, que husmea
hacia otras realidades
de la cultura cubana,
ninguna ajena al poeta.
Un mensaje de Fefé
disculpándose por su
ausencia, en la voz de
la escritora Nancy
Morejón, directora de la
revista de Literatura
y Arte; la presencia
de casi todos los
creadores que
colaboraron con el
número y su cuidada
edición; son algunos de
los divertimentos que
podrían resumir la tarde
en que llegó esta
UNIÓN al mundo.
Desde su primera página,
el lector es advertido
de las conjunciones que
acoge, cuando en la nota
editorial se dice que
Eliseo “en una ocasión
se refirió a que sus
mejores poemas no eran
suyos, sino de su esposa
Bella García-Marruz: así
consideraba a sus hijos
Constante, Eliseo
Alberto y Josefina”7,
aquellos niños
sonrientes de las
primeras páginas.
Y a pesar de tal aviso,
el encuentro conmueve.
Más cuando permanecen
intactos los recuerdos
de quienes descubrimos
al poeta también desde
otras páginas, desde
otros álbumes
familiares, a los que se
suma ahora, sin duda, la
revista UNIÓN.
Notas:
1- Eliseo Diego:
Divertimentos.
Colección
Cocuyo,
Editorial Arte y
Literatura, La
Habana, 1975.
2- Este es
Eliseo Diego,
Nota Editorial
Unión, Revista
de Literatura y
Arte, Año L,
Número 72 de
2011.
3- Josefina de
Diego García-Marruz:
Dos Recuerdos.
En UNIÓN,
Ob. Cit., pp.
4-5.
4- Eliseo Diego:
Proyecto de
Novela. En
UNIÓN, Ob.
Cit., pp. 6-17.
7- Este es
Eliseo Diego.
Ob. Cit.1
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