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En las mesas de las
librerías cubanas hay un
libro para lectores
furibundos: un centenar
de páginas sobre música
y poesía que se leen con
el placer y la rapidez
con que se toma agua
cuando se tiene sed.
La proeza es del poeta y
catedrático Guillermo
Rodríguez Rivera, quien
desempolva ensayos casi
olvidados y los une a
recientes hallazgos
sobre creadores como el
francés Voltaire y el
cubano Roberto Fernández
Retamar y asuntos como
la hermandad de la
poesía y la buena
música.
Se trata de un volumen
variado estilísticamente
y ambicioso tanto en
generaciones, como en
geografía. No es para
menos: desde sus 20
años, Rodríguez Rivera
ha estudiado a artistas
de cualquier lugar del
planeta, conocidos o
no.
Por eso, en esta especie
de quirófano literario,
aparecen también
Baudelaire, otro francés
majestuoso, y el peruano
César Vallejo, así como
una radiografía del
vanguardismo europeo.
El compendio de
Rodríguez Rivera, un
poeta de la generación
que en Cuba se llamó de
El Caimán Barbudo,
pues giraba,
creativamente, alrededor
de esa publicación
cultural, nacida a fines
de los años 60 del siglo
XX muestra una
indagación detallista de
un vínculo poético en el
que apenas reparan los
especialistas: el cubano
Nicolás Guillén y el
español Federico García
Lorca.
Casualmente, El
Caimán Barbudo le
concedió el premio
central de un concurso
de ensayos sobre la
historia de la propia
revista, que Rodríguez
Rivera fundó con un
grupo de poetas amigos.
El hallazgo de la
relación entre
Guillén y
Lorca lo consigue
gracias a lo que se
conoce como
intertextualidad, pero
en su análisis
arriesgado de esas
influencias mutuas va
más allá de la inclusión
de un fragmento de texto
en otro y expone el modo
y el momento en que
ambos escritores, tan
distantes en geografía,
comienzan a influirse.
Otras páginas dedicadas
a Guillén, uno de los
más completos poetas
cubanos de todos los
tiempos, se relaciona
con Motivos de son,
libro de la llamada
poesía negrista que
revolucionó los
ambientes poéticos a
partir de 1930, cuando
apareció con su
innovador y entonces
provocador lenguaje.
El cuaderno, el primero
que publicó, ensalzaba
el son, género musical
nacido en la región
oriental y rechazado por
los blancos y los negros
con afán de
“blanquearse”. Por eso,
también lo consideraron
una afrenta a la lengua
culta de España que los
puristas reconocían como
única válida para
hablar.
Otro poeta que merece la
mirada ávida de
Rodríguez Rivera es José
Sacarías Tallet, menos
atendido que otros de su
generación, la de 1920,
que el estudioso Juan
Marinello llamó la
década crítica, en
alusión a una cadena de
hechos sociales y
políticos que
fortalecieron a Cuba
como nación.
Uno de esos
acontecimientos fue la
fundación de la
Universidad Popular José
Martí, que Tallet creó
junto al líder comunista
Julio Antonio Mella.
Otros dos poetas
importantes de este
crítico conjunto de
páginas son
Roberto
Fernández Retamar, de la
generación de 1950, y
Luis Rogelio Nogueras,
de la de 1960, la misma
de Rodríguez Rivera,
quien fue su gran
amigo.
El recorrido por la
trayectoria de Fernández
Retamar, presidente de
Casa de las Américas, es
incisivo, detallado, y
está hecho desde el
profundo conocimiento de
Rodríguez Rivera de la
obra de su antecesor, de
quien analiza
influencias, parentescos
literarios, gustos
estéticos.
En cuanto a Nogueras, se
trata de un poeta de los
que el uruguayo Mario
Benedetti llamó
comunicantes, es decir,
los de la poesía
conversacional, que en
Cuba tuvo su auge entre
las décadas de 1960 y
1980. Nogueras murió con
40 años de edad, de una
extraña enfermedad que
lo fulminó en meses,
cuando ya su verbo se
había fortalecido y
madurado.
Las últimas 50 páginas
del volumen están
dedicadas a la música,
la otra gran pasión que
ha acompañado el
recorrido creativo de
Rodríguez Rivera,
incansable en sus
investigaciones.
Pone el dedo en un tema
siempre fresco: la
poesía y la literatura
en la trova cubana, y
explica el viejo vínculo
de los buenos textos y
la música, y la polémica
sobre si una letra bien
hecha puede ser poesía.
Rodríguez Rivera
defiende el derecho de
un texto magnífico para
ser considerado poesía.
De hecho,
Pablo Milanés
y
Silvio Rodríguez, en
quienes se inspira para
terminar su libro, son
autores de decenas de
canciones que, a la vez,
son poemas.
Lo que hicieron Silvio y
Pablo, en esencia, fue
convertir la
vilipendiada canción
comercial en una
expresión genuina de la
poesía y en un vínculo
de comunicación serio y
respetuoso con el
oyente.
Con estas y otras tesis,
un lector con sed de
saber disfrutará con la
cultura de Guillermo
Rodríguez Rivera, quien
le buscó a su libro un
título sin pretensiones,
aunque exacto: De
literatura, de música. |