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Hace poco más de una
década, Noam Chomsky, en
uno de sus textos,
resumió la democracia
liberal en pocas
palabras: “debates
triviales sobre asuntos
secundarios a cargo de
partidos que
fundamentalmente
persiguen las mismas
políticas favorables al
capital, pese a las
diferencias formales y
las polémicas
electorales. La
democracia es permisible
mientras el control del
capital quede excluido
de las deliberaciones
populares y de los
cambios, es decir,
mientras no sea una
democracia”.
Ya sé que cualquier
definición de democracia
liberal es mucho más que
lo propuesto por Chomsky,
pero traigo la frase a
colación porque,
probablemente, la
entendamos mejor por
estos días, cuando los
Ocupas de Wall Street
son brutalmente
reprimidos, cuando los
libros acumulados en una
biblioteca de ese
movimiento son
destrozados y
desaparecidos, cuando
Angela Davies tiene que
recurrir a los llamados
“micrófonos humanos”
para hablar frente a los
Ocupas, en medio de la
férrea censura a los
altoparlantes que han
impuesto las
autoridades.
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Son apenas evidencias
muy elocuentes de que el
capital trasnacional no
está dispuesto a ceder
un ápice de poder y que,
frente a sus ojos,
parecerán locuras las
propuestas que Michael
Moore acaba de hacer
como un tentativo
programa político para
el movimiento de los
Ocupas: “debemos aprobar
tres enmiendas
constitucionales —ha
dicho Moore—: quitar las
contribuciones a las
campañas electorales,
anteponer los intereses
del público a los
intereses de las
corporaciones, y que
todos los
estadounidenses tengan
derecho al empleo, al
cuidado de la salud, a
una educación gratuita y
completa, a respirar
aire puro, a tomar agua
limpia y a comer
alimentos saludables y a
que los traten con
dignidad y respeto en la
vejez”. En otras
palabras: Michael Moore
quiere exterminar el
capitalismo
norteamericano y eso, de
seguro, no se lo van a
permitir.
Pero, ¿a qué viene todo
esto? ¿Por qué empezar
por Wall Street para
terminar hablando de
medios alternativos y
opinión pública? En
principio, porque
tomando como objeto de
estudio el movimiento de
los Ocupas descubriremos
algunas claves
esenciales para
enfrentar con éxito la
comunicación
alternativa.
Preguntémonos, por
ejemplo, por qué en
apenas ocho semanas han
logrado tanto en materia
de visibilidad (se ha
extendido a decenas de
ciudades en EE.UU., en
Europa).
La respuesta,
obviamente, no es solo,
y tal vez ni siquiera
esencialmente,
comunicativa. Los Ocupas
interpretaron el
malestar histórico de
una sociedad, afectada
por los impactos de una
crisis económica,
estremecida por el
desempleo, por los
recortes fiscales, por
las políticas de ajuste
y por la
irresponsabilidad en el
manejo de las cuestiones
financieras por parte de
las instituciones
bancarias. Hablando en
términos marxistas,
estaban dadas las
condiciones para que
este movimiento
irrumpiera y se
expandiera
vertiginosamente.
Pero, al mismo tiempo,
no habría llegado tan
lejos, al menos no tan
rápido, sin un
acompañamiento
comunicacional
suficientemente creativo
y audaz. Su propio lema
—somos el 99% frente al
1%— encierra el
potencial inclusivo que
no tuvieron antes —como
lo hizo notar Angela
Davies recientemente—
los latinos, o los gays,
o las mujeres, o los
manifestantes antiguerra
que se pronunciaron
muchas veces en defensa
de causas específicas,
con públicos
específicos, a través de
métodos muy específicos.
Occupy Wall Street
encarna una concepción
reticular de la
comunicación, que
utiliza al mismo tiempo
todos los soportes —los
medios tradicionales,
Internet, las redes
sociales, facebook,
twitter, vocerías cara a
cara, perifoneo, y apela
a todos los formatos
para conseguir su
objetivo con un mensaje
único. Han logrado
“desde abajo”, en cierto
sentido, lo mismo que el
New York Times y
los grandes medios
consiguen “desde arriba”
sistemáticamente:
posicionar su mensaje
globalmente a fuerza de
repeticiones
comunicativas —y
activismo político, por
supuesto—, desafiar la
agenda tradicional de la
prensa norteamericana
—y de las elites
políticas— y consolidar
una creciente
legitimidad a los ojos
de la opinión pública de
ese país, al punto que,
según una reciente
encuesta, más de la
mitad de los
estadounidenses dice ver
en las preocupaciones de
los Ocupas, sus propias
preocupaciones.
Se dice fácil, pero en
la sociedad
despolitizada en que
vivimos, resulta una
gran hazaña. Todd Gitlin,
investigador
norteamericano que por
muchas décadas ha
documentado cómo la
prensa de su país
demoniza simbólicamente
a los movimientos
antisistema, registró
desde los años 60 cinco
estrategias en función
de lograr ese propósito
por parte de los grandes
medios: la
trivialización ( o
ridiculización de los
objetivos del movimiento
y del lenguaje de sus
integrantes), el énfasis
en el disenso interno,
la marginación, el
menosprecio de la
efectividad del
movimiento y la
desestimación del número
de participantes en las
manifestaciones (es
decir, contar de menos).
Con Occupy Wall Street
la prensa norteamericana
intentó hacer lo mismo (ppt),
pero ha debido aceptar
algunas capitulaciones
por el camino. Ha
sentido en su pellejo la
represión contra los
manifestantes, en la
medida que los propios
periodistas han sido
también reprimidos. El
activismo de los
comunicadores
alternativos ha
significado un duro
golpe para la
credibilidad del
discurso mediático
dominante. Y,
finalmente, secuestrar a
estas alturas la voz de
los Ocupas implicaría
silenciar a decenas de
personalidades del arte,
la cultura y el
pensamiento
solidarizados
intensamente con esa
causa.
Lo cierto es que la
convocatoria para ser
“Ocupa” proviene de
todas partes. Michael
Moore la ha puesto en
estos términos
recientemente: “Forme
parte de nosotros.
Comparta sus ideas
conmigo u online.
“Incorpórese (o comience
a organizar su
movimiento local de
Ocupación). Haga ruido.
No es necesario
instalarse con una carpa
en el bajo Manhattan
para ser un Ocupa. Usted
lo es diciendo
simplemente que lo es.
Este movimiento no tiene
líderes individuales ni
portavoces, cada uno de
los participantes es un
líder en su barrio, en
su escuela, en su lugar
de trabajo. Cada uno de
ustedes es un portavoz
frente a quienes
encuentre en su camino.
No hay que pagar nada ni
conseguir permisos para
desarrollar una acción”.
En otras palabras:
horizontalidad en el
discurso, acceso a la
participación a través
de asambleas libres
celebradas a nivel local
y, por sobre todas las
cosas, la intención de
trascender el ámbito
comunicativo para
proponer un proyecto de
transformación de la
sociedad, que transforme
también, durante el
proceso, a los propios
protagonistas del
cambio.
Llegué, tal vez sin
proponérmelo, a un
concepto de comunicación
alternativa. Y me
alegra, porque puede que
no podamos avanzar en
este campo, si no
partimos de conceptos
claros. Salgamos a las
calles de nuestras
ciudades a preguntar por
el significado de “lo
alternativo” y
encontraremos las
respuestas más
variopintas. Todo el
mundo quiere ser
alternativo, sin que
muchos sepan con
claridad de qué se
trata. Lo alternativo
implica una subversión
del poder y, en el
terreno que nos ocupa,
una subversión de un
tipo de poder que
utiliza los símbolos, la
información, el
conocimiento, para
perpetuar determinadas
relaciones de
dominación.
Comparto con Francisco
Sierra la noción de
capitalismo cognitivo
para designar un modelo
de integración mundial
que condena la mayor
parte de la producción
cultural a las lógicas
del capital globalizado.
Y, al mismo tiempo,
subrayo el hecho de que
no es posible construir
una alternatividad a ese
poder si no desde la
información, el
conocimiento y la
cultura.
Lo aterrizo más en el
tema que nos ocupa:
usted podrá tener un
periódico comunitario,
una radio universitaria,
una biblioteca
ambulante, 14 cuentas en
facebook, 3 blogs y 5
twitter y no saber qué
hacer con ellos. El
dilema no es nuevo. Se
parece mucho a lo que
dijo una vez Henry David
Thoreau: “estamos
ansiosos por excavar un
túnel a través del
Atlántico, y acercar el
viejo mundo al nuevo en
unas semanas, pero luego
la primera noticia que
oirá la gran oreja
estadounidense es que la
princesa Adelaida tiene
tos ferina”.
Hoy todos los mundos se
interconectan con
asombrosa inmediatez.
Por eso sabemos de las
relaciones entre Shakira
y Piqué, del
homosexualismo de Ricky
Martin y de las gripes
pasajeras de Angelina
Jolie. Y sabemos
también, por supuesto,
de cosas trascendentes,
pero en todo caso el
contraste nos confirma
que las tecnologías por
sí solas no son garantía
del cambio social. Un
rector de una
Universidad británica
nos recuerda un chiste
típico del determinismo
tecnológico: “señoras y
señores —dice John
Daniel— las nuevas
tecnologías son la
respuesta. Por favor,
¿Cuál era la pregunta?”
Pero como sabemos, las
preguntas son muchas.
¿Qué usos les damos a
las TICs y a los medios
alternativos? ¿Seremos
capaces de generar con
ellos una contracultura?
¿Hasta dónde la
comunicación puede
ayudarnos —o hasta dónde
no— a hacer emerger
formas más democráticas
de construcción de lo
público y lo político?
¿Está preparada la
sociedad contemporánea
para lidiar con la
noción de mediatización;
es decir, con la
centralidad de los
medios de comunicación
en la producción y
distribución del
conocimiento a escala
masiva?
Vistas en profundidad,
las interrogantes
anteriores podrían
asustar a cualquiera,
tanto como el tema que
da título a este panel.
Hemos sido convocados a
pensar las relaciones
entre medios, política y
opinión pública, justo
cuando muchas evidencias
apuntan a un universal
desencanto con esos tres
componentes de la
democracia.
Un experimentado
investigador de estos
temas, el británico Jay
Blumler, afirma que, en
materia de Comunicación
Política, atravesamos
una era de total
descreimiento: en los
partidos, vaciados ahora
de contenido ideológico
y atrapados por una
lógica de marketing;
en los gobernantes, más
preocupados por
enfrentarse a la
política en la
televisión que en la
propia realidad; y en
los medios, obcecados
por desatar escándalos
políticos que
multipliquen sus
ratings y les sirvan
de imán a los
anunciantes.
Es ese el contexto que
explica la renuencia de
los indignados en España
para canalizar sus
demandas a través de las
organizaciones políticas
tradicionales. O el
escepticismo que los
Ocupas de Wall Street
muestran hacia el
bipartidismo
norteamericano, tan
parecido al bipartidismo
británico, tan parecido
al bipartidismo español.
Mariano Rajoy acaba de
provocar, como ha dicho
recientemente un
articulista, que
millones de españoles
votaran por su
esclavitud, como si lo
hicieran por su
libertad. No hay opción:
llámese PSOE o PP, nada
salvará a España de un
plan de ajuste impuesto
por las cadenas del
mercado.
¿Se puede hablar, en
estas condiciones, de la
posibilidad de una
comunicación liberadora?
¿Pueden sobrevivir los
medios alternativos sin
que emerjan al mismo
tiempo proyectos
políticos alternativos?
¿Ocurrirá la
democratización de la
comunicación al margen
de la democratización de
la sociedad, como si los
comunicadores
viviéramos, dicho en
palabras de Rosa María
Alfaro, “en una isla
feliz”?
Disponemos de múltiples
experiencias en
Latinoamérica y el mundo
para demostrar
justamente lo contrario.
En apenas 12 años, por
ejemplo, Venezuela logró
expandir en miles sus
medios comunitarios,
creó una cadena de
televisión con
pretensiones de alcance
mundial, lanzó un
satélite para fomentar
su independencia en el
plano de las
telecomunicaciones y
fomentó un marco
jurídico, como pocos
países en Latinoamérica,
para vigorizar las
prácticas comunicativas
locales.
La voluntad de generar
un proyecto político
desde abajo, modelado
concretamente a través
de la progresiva
emergencia de un poder
comunal, demandó, al
mismo tiempo, el
empoderamiento de los
ninguneados y la
democratización
ineludible del espacio
público. Quienes hemos
visto Internet de banda
ancha en las alturas del
cerro más pobre de
Caracas, o la
organización de “mesas
técnicas comunicativas”
en los consejos
comunales para
visibilizar a los
invisibles, o la
emergencia de redes de
comunicación espontáneas
para desmontar las
mentiras de los medios
privados, creemos
entender el significado
de lo que Jesús Martín
Barbero, y muchos otros,
han sugerido con
especial lucidez: “el
tejido social de la
democracia se construye
comunicativamente”.
Claro que no siempre es
posible tomar el cielo
por asalto. Y algunos
dirán —con razón— que la
comunicación alternativa
no puede quedarse
cruzada de brazos
mientras se concreta la
Gran Revolución Social o
se desmorona a pedazos
el capitalismo.
Entretanto, más nos vale
suscribir una convicción
de Umberto Eco, que bien
pudiera ser una
convicción compartida
por todos nosotros: se
puede hacer mucho daño
al poder comunicativo
dominante desde una
sistemática y
consistente guerra de
guerrillas
comunicacional.
¿Qué otra cosa sino eso
han hecho los Ocupas de
Wall Street? ¿Pensaron
que iban a llegar tan
lejos cuando iniciaron
su movimiento? ¿Cómo han
logrado penetrar los
muros de acero del
New York Times y del
Washington Post
para presentarse incluso
con legitimidad frente
a los ojos de la
opinión pública de su
país?
Ya dije antes que la
respuesta no es solo
comunicativa, pero
agregué que no puede
desconocerse tampoco el
alcance de la
comunicación en dicho
movimiento. Bastaría
escuchar los lemas de
los Ocupas —lo mismo en
los parques de Nueva
York que en la Puerta
del Sol de Madrid— para
advertir un discurso a
la ofensiva, que no se
deja acorralar, que
sugiere acción de solo
pronunciarse: “Si no nos
dejan soñar, no los
dejaremos dormir”, “no
somos antisistema, el
sistema es antinosotros”,
“si los de abajo se
mueven, los de arriba se
caen”.
Uno de los aprendizajes
que podríamos obtener
sin mucho esfuerzo es
que, en el mundo
contemporáneo, todo
proyecto de subversión
del poder tiene que
agenciárselas para
dejarse acompañar por
una estrategia de
subversión también en el
terreno simbólico.
Además de ocupar Wall
Street, deberíamos
probablemente intentar
ocupar el New York
Times, el
Washington Post,
El País, FOX News
y tantas otras
trasnacionales
mediáticas. O gritamos
desde el lunetario para
que nos enfoque la luz,
o seremos condenados de
manera perpetua a la
oscuridad.
Permítanme redondear lo
dicho hasta aquí en unas
pocas ideas que, a mi
juicio, deberían servir
de brújula a los medios
alternativos en la
construcción de nuevos
espacios públicos y
nuevos modos de hacer
política:
1. Estamos abocados,
probablemente como nunca
antes, a estudiar y
sistematizar cuanta
experiencia de
alternatividad exista.
Pero si a la gran prensa
no le interesa hablar de
Occupy Wall Street, no
nos hagamos muchas
expectativas con las
grandes universidades.
Atrapadas en las lógicas
del mercado, tampoco les
seduce investigar la
naturaleza de los
movimientos antisistema,
y menos sus prácticas
comunicativas.
Dentro de un contexto
donde importa más
desarrollar habilidades
que pensamiento, y
mercancías que teoría,
Occupy Wall Street
seguramente se ve como
el desafío loco de un
puñado de locos en un
mundo loco. Y eso —dirán
los gurúes del
academicismo— más vale
excluirlo de las líneas
investigativas y de los
planes de estudio de las
facultades de
comunicación.
Es una responsabilidad
nuestra —esto es, de los
medios alternativos y de
los centros académicos
alternativos al
pensamiento liberal—
desentrañar hasta sus
esencias el movimiento
de los Ocupas,
identificar sus
estrategias de mayor
impacto e incorporarlas
dentro de una praxis más
general de la
alternatividad.
2. Dotar de sentido a lo
alternativo significa
restaurarle plenamente
su significado a la
palabra “deliberación”.
O, dicho de otra manera,
fomentar una cultura
deliberativa a todos los
niveles, en todos los
espacios, a través de
todos los soportes y
formatos. Y más ahora,
cuando los tecnócratas
financieros imponen sin
deliberar a los
gobernantes europeos,
cuando un ministro
griego pierde el puesto
por intentar discutir
con su pueblo sobre
políticas de ajuste,
cuando se declaran
guerras en nombre de
encuestas asombrosamente
antideliberativas.
El poder simbólico
trasnacional procesa las
deliberaciones, las
tritura y las devuelve
convertidas en cuños,
etiquetas y
estereotipos. La gran
estafa del capitalismo
cognitivo consiste en
usar el conocimiento
para desinformarnos y
para despojarnos de
nuestra condición de
ciudadanos.
Frente a tales
escenarios, no queda
otra opción que
trascender a los medios
y convertir la
“alternatividad” en una
filosofía de vida.
Aprender a participar,
saber dialogar, valerse
de la comunicación para
involucrarse y
transformar activamente
los espacios públicos.
Si de mí dependiera,
introduciría los
principios de la
Comunicación Alternativa
desde los currículos de
la enseñanza básica.
¿Acaso no lidian los
niños con el bombardeo
simbólico de los medios,
de Internet, de las
redes sociales? ¿Acaso
no sería preferible
desarrollar en ellos
desde pequeños una
cultura mediática con
potencial liberador?
3. Lo alternativo tiene
que trascender a los
pequeños grupos, a los
amigos, a lo comunitario
entendido como espacio
geográfico, para
insertarse no solo en
prácticas, sino también
en lógicas reticulares
de la comunicación. El
micrófono de una radio o
la columna de un
periódico local, no solo
deberían servir para
denunciar la falta de
agua en un barrio, o el
desfalco de una
microempresa a sus
trabajadores. A mi
juicio, tienen que ser
útiles también para la
interconexión política
de los individuos, para
la reafirmación de sus
identidades, para el
ejercicio de una
ciudadanía que se sirve
de la comunicación como
pasaporte hacia la
construcción de lo
público. Don´t hate
the media, become the
media (“no odien a
los medios, conviértanse
en los medios”), reza la
consigna de una red de
medios alternativos que,
sin decirlo, convoca a
sus integrantes a
apropiarse precisamente
de una conciencia de
alternatividad; es
decir, a subvertirlo
todo.
4. La alternatividad
tiene que superar su
tentación al
espontaneísmo. No se
puede, invocando la
supuesta falta de
capacitación de los
comunicadores
alternativos, despojar a
la comunicación de su
belleza, resultar
aburrido o hacerse
cómplice de un discurso
soso. Si queremos
desafiar las agendas de
los grandes medios, si
pretendemos subvertir
los límites en que los
poderosos encuadran el
debate público, no queda
otro remedio que ensayar
audacias, osadías e,
incluso, secuestrar
códigos probadamente
eficaces de la
comunicación dominante
para usarlos de modo
liberador.
Arribo a mi punto de
llegada ratificando una
tesis que fue también
mi punto de partida. La
batalla en la que
estamos enfrascados es
esencialmente cultural.
Y no enfrentarla desde
la cultura representaría
una actitud suicida. No
hay alternativa, que no
sea empoderar a los
ciudadanos y
convertirlos en
gestores-hacedores-protagonistas
de los medios. Es, más o
menos, lo que dice José
Ignacio López Vigil en
una frase lapidaria, con
la que termino:
“En los próximos años,
podremos producir con
calidad digital, con mil
canales simultáneos,
navegando en Internet a
velocidad de la luz y
corriendo por todas las
autopistas de la
información. Pero el
desafío principal no se
habrá logrado con esos
adelantos técnicos (…)
la mayor originalidad
del futuro será devolver
los medios a la
ciudadanía.”
Palabras en el Taller
Internacional Los
medios alternativos y
las redes sociales,
nuevos escenarios de
comunicación política en
el ámbito digital, La
Habana, 29 de noviembre
de 2011. |